El sistema del perro agente - Capítulo 15
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15: Del Amor al Odio 15: Del Amor al Odio “Ahora que eres nivel cuatro, has obtenido un punto.
¿Dónde deseas colocarlo?”, le dijo Reia a Podbe.
Ella sugirió ponerlo en vitalidad, ya que el menú del sistema había cambiado y ahora mostraba el árbol de habilidades para desbloquear.
“Recuerda que no fuiste muy rápido ni resistente contra esos conejitos”, añadió.
“Bien, colócalo”, le indicó.
Al hacerlo, ella le informó que se había activado una nueva habilidad llamada dureza.
“¿Dureza?”, preguntó Podbe, intrigado.
“Sí”, respondió Reia.
“Es una habilidad que te ayuda a protegerte ante cualquier daño, ya sea un golpe, balas o fuego.
Pero como es de nivel uno, solo te permite protegerte por cinco minutos y consume veinte puntos de mana”.
“Ya veo”, dijo el can, un poco fastidiado porque solo duraba un corto tiempo.
“Ahora, para llegar al nivel cinco necesitarás ciento cincuenta puntos de experiencia”, explicó Reia.
Mientras ellos dos hablaban sobre las trivialidades del sistema, Elena y Aiden terminaban de comer la gran pizza.
Una vez terminaron, Aiden pagó al mozo y ambos salieron del local.
Al cruzar la puerta, se toparon con un hombre entrado en años, con gafas negras y barba, vestido con un traje blanco, custodiado por dos personas musculosas de traje negro y altas como rascacielos, pensó Aiden.
Al ver que el chico chocó con el señor, uno de sus guardias lo empujó hacia atrás, haciéndolo caer.
Podbe, al ver esto, comenzó a ladrar, y aún más cuando vio al anciano.
Reia se preguntaba por qué ladraba con más fuerza cuando el anciano se acercaba.
De inmediato, Aiden se levantó y cargó a Podbe, diciéndole que se tranquilizara, que él estaba bien, solo fue un pequeño empujón, pero el can seguía ladrando.
El señor le dijo: “No sabes mirar, muchacho, y ese perro debería tener un bozal; odio sus ladridos”.
Aiden y el hombre cruzaron miradas serias, pero al ver a Elena, el hombre se calmó un poco.
“Ah, eres tú, Elena”, dijo el hombre.
Elena le pidió disculpas por el incidente: “El muchacho y el perro vienen conmigo, señor Zeus, aunque claro, ellos habían empezado”.
El hombre aceptó las disculpas, pero le indicó que ese animal no se acercara a él la próxima vez y que ese niño con el que andaba mirara por dónde caminaba.
De nuevo, ella le pidió disculpas, y el anciano le expresó: “Dile a tu padre que se apure con el pendiente que me debe, o lo despediré”.
Los tres individuos, incluyendo a Zeus, comenzaron a caminar.
Mientras avanzaba, Zeus pensó haber visto una cara familiar al observar a Aiden.
“¿Dónde habré visto esa mirada y ese rostro?
Me parece conocido.
¿Será acaso alguno de mis…?
No creo, pero me causa intriga”, reflexionó el hombre en sus pensamientos.
“Tendré que hacer una pequeña parada”, pensó, subiendo a la parte trasera de un auto grande, no tanto como una limosina, de color negro con vidrios polarizados.
Aiden se molestó un poco con Elena por disculparse con ese sujeto cuando ellos no habían sido los culpables.
“Lo siento”, dijo ella, “pero él es el jefe de mi padre, y si hago algo mal, podrían despedirlo por mi culpa”.
Su voz se quebró un poco, entristecida.
El muchacho le dijo que no se preocupara, que ya había pasado.
Mirando la hora en el reloj de la plaza, Elena vio que eran las nueve de la noche y comentó que ya debía irse.
“Fue bueno verte hoy”, dijo.
Él iba a proponer verse de nuevo al día siguiente, recordándole que le había prometido enseñarle a andar en bicicleta, pero ella no respondió y simplemente se despidió, echándose a correr entre lágrimas.
El chico no entendía qué había ocurrido ni por qué ese sujeto la había asustado tanto como para irse así, después del grato momento que habían compartido.
Trató de seguirla, pero Podbe estaba inquieto en sus brazos.
Una vez que el sujeto se fue, Podbe se tranquilizó.
Reia le preguntó qué le pasaba, qué había sido eso.
Aiden también se unió a la conversación: “¿Por qué actuaste así?”.
Podbe no sabía el motivo de su comportamiento.
Aiden pensó que tal vez era porque lo habían empujado, pero luego sus ladridos se volvieron más fuertes al ver a ese sujeto.
“Tus ladridos no sonaban de ataque, sino más bien de miedo”, reflexionó.
“Supongo que es por eso que el sistema nos trajo hasta aquí; debemos averiguar sobre ese sujeto”, comentó Reia.
Aiden le preguntó si el sistema podía saber quién era, como internet, donde puedes encontrar información si tienes una computadora o un teléfono.
“Yo no soy como internet”, respondió Reia.
“Soy más avanzada.
Lo malo es que no puedo recordar algunas cosas mientras Podbe no aumente de nivel y desbloquee todo su potencial.
De poco a poco voy teniendo acceso a ciertas cosas, pero no puedo conectarme a aparatos como si fuera inalámbrica o tuviera un cable para conectarme; no tengo puertos.
Además, estoy en la mente de un perro”, le increpó al niño.
“Bueno, pues ni modo, debemos volver; ya es tarde, la señorita Adía se preocupará”.
El perro y el niño comenzaron el camino de regreso a casa de Adía.
Mientras tanto, Elena llegaba a su casa.
A diferencia del vecindario donde se hospedaba Aiden, el de ella era solitario y descuidado.
Vio un auto grande negro estacionado frente a su casa.
Tenía sospechas de quién podría ser.
Se acercó a su hogar, una pequeña casa de un piso con fachada de color marfil y una puerta de madera que estaba abierta.
Al entrar, comenzó a llamar a su padre, pero no obtuvo respuesta.
De pronto, una mano la agarró por detrás, la levantó y la cargó.
Intentó forcejear y gritar, pero otra mano le tapó la boca antes de que pudiera hacer algo, llevándola hasta el cuarto de su padre.
La bajaron y vio al mismo tipo de antes, Zeus, junto a uno de los sujetos que lo acompañaba, y del otro lado, a su padre, golpeado y maltrecho.
Zeus le dijo: “Tranquila, solo he venido a conversar y a ver qué hace tu padre con el proyecto que supuestamente debía entregarme”.
Hizo señas al otro sujeto para que la soltara.
“No hagas ruido, niña, y ni pienses en llamar a la policía.
Solo quiero charlar contigo, y quizás puedas salvar a tu padre y le pueda dar más plazo para su trabajo”, le dijo el señor con una mirada fija y amenazadora.
La chica estaba atónita, sin saber qué hacer.
Titubeando, aceptó escucharlo.
“Es algo simple, niña: debes entregarme a ese chico con el que saliste hoy”, explicó Zeus con una sonrisa amenazadora.
“A Aiden”, pensó Elena.
“¿Qué quiere con el chico?”, preguntó ella.
“Nada, simplemente lo quiero llevar a mi empresa para realizar algunas pruebas.
Pero no creo que después de lo de hoy venga de forma pacífica, así que tú te tendrás que encargar de ello”.
La chica replicó que era la primera vez que veía al chico, además de que nunca se alejaba de su perro y no sabía dónde vivía.
“Usa tus encantos, niña”, respondió Zeus.
“Ellos dos te ayudarán a realizar el cometido, y recuerda que te estarán observando”.
Se rió en tono desafiante y malévolo.
Los tres se retiraron de la casa.
Antes de irse, Zeus le entregó un celular y le indicó que quería que todo se realizara al día siguiente, o regresaría a terminar lo que había empezado con su padre.
Al quedarse sola, Elena salió del trance.
No sabía qué hacer y pensaba que todo esto era un sueño.
Muy asustada, se acercó a donde estaba su padre, tratando de despertarlo.
Al verlo en ese estado, decidió ir por el botiquín al baño para curarlo.
Encontró una caja con gasas, algodón, alcohol y otros implementos.
Regresó donde estaba su padre y, con un poco de algodón empapado en alcohol, lo pasó cerca de su nariz.
El padre se levantó de la silla, adolorido por los golpes recibidos, con sangre en la boca y muy espantado.
Le dijo a Elena que sentía mucho la escena que acababa de presenciar.
Ella se puso a llorar y, entre lágrimas, le expuso lo que Zeus le había pedido que hiciera.
El padre le expresó que lo sentía, que por su culpa también la había involucrado en los planes de la compañía.
El padre de Elena se llamaba Mike, un hombre en sus últimos años de los treinta o quizás un poco mayor.
Se había separado de la madre de Elena cuando ella tenía cinco años, debido a los constantes trabajos que tenía que realizar, según le había dicho a su hija.
Pero en realidad, lo que Elena no sabía era que la compañía se había encargado de apartarla porque su madre era reportera y se había inmiscuido en los planes de la empresa, obligándolo a contarle esa historia falsa a su hija.
Mike trabajaba para Zeus desde hacía tiempo en la empresa Radar, una compañía que aparentaba dedicarse a avances científicos y tecnológicos, aunque en realidad ocultaba otros propósitos.
Luego de curar a su padre y darle medicinas para el dolor, Elena enfrentó una difícil decisión: traicionar a la persona que acababa de conocer, pero con quien se había encariñado por el grandioso día que le había hecho pasar y que por primera vez en años la había hecho sentir feliz, o salvar a su padre y a sí misma.
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