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El sistema del perro agente - Capítulo 150

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  3. Capítulo 150 - 150 Robot y más Robots
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150: Robot y más Robots 150: Robot y más Robots Ray y sus compañeras seguían avanzando hacia Tokio, enfrentándose a cada robot que se cruzaba en su camino.

Ramona, como siempre, disfrutaba al máximo el caos destructivo que desataba.

Con una risa casi maniática, disparaba llamas desde sus dedos como si fueran dardos incandescentes, que impactaban contra los robots y explotaban con la fuerza de granadas ígneas.

—¡Tomen eso, tontas máquinas!

¡Nunca tendrían oportunidad contra mí, la gran Ramona!

—gritó, mientras las máquinas estallaban en llamas a su alrededor.

Sheila y Marta intercambiaron miradas nerviosas, observando cómo Ramona reía enloquecidamente entre las explosiones.

Había algo escalofriante en su comportamiento, pero también innegablemente impresionante.

—¿Estás bien?

—le preguntó Ray a Emiko, quien permanecía aferrada a su espalda mientras él blandía su espada con gracia letal.

Giraba y danzaba entre los robots, cortándolos con movimientos precisos que dejaban un rastro plateado en el aire.

—Sí, estoy bien —respondió Emiko en voz baja, aunque su pequeño cuerpo temblaba ligeramente.

—En ese caso, sostente fuerte, niña —dijo Ray con calma, mientras partía a varios enemigos en un solo movimiento.

Su espada brilló bajo la luz del sol, reflejando destellos dorados mientras reducía a los robots a chatarra inútil.

Una vez que acabaron con los robots de esa zona, rescataron a varias personas atrapadas entre los escombros.

Margaret y su equipo usaron sus poderes telequinéticos para levantar bloques de concreto y vigas metálicas, ayudando a los civiles a salir de los bloqueos.

Mientras los guiaban hacia un lugar seguro, Margaret les indicó: —Suban las colinas y diríjanse a ese lugar verde, parece un gran bosque.

Allí están los sobrevivientes.

—Dime, Emiko, ¿por dónde está tu mamá?

—preguntó Sheila, inclinándose hacia la pequeña con una sonrisa amable.

Su tono era suave, como si intentara calmar cualquier temor que pudiera haber en el corazón de la niña.

—Ella trabaja en la Torre de Tokio —respondió Emiko con seriedad, su voz firme pero cargada de preocupación infantil.

Sheila levantó la vista hacia el cielo, señalando una enorme estructura partida a la mitad.

Las nubes grises parecían envolverla en un aura sombría, y los restos metálicos brillaban débilmente bajo la luz mortecina.

—¿Te refieres a esa?

—¡Shh… no le enseñes eso a la niña!

—intervino Marta rápidamente, colocando una mano sobre el brazo de Sheila.

Su expresión era de genuina preocupación, como si temiera que la imagen pudiera romper aún más el frágil estado emocional de Emiko—.

Se puede traumar.

La pequeña Emiko miró hacia donde Sheila señalaba, sus ojos se agrandaron al ver los restos destrozados de lo que alguna vez fue un ícono imponente.

Por un momento, sus labios temblaron, pero logró contenerse, aferrándose con fuerza a la manga de Ray.

Pero fue demasiado tarde.

La niña comenzó a sollozar, gritando desesperadamente: —¡Mami, no!

¿Dónde estás?

¡Mami!

—¡Vean lo que hicieron!

Deberían saber cómo tratar mejor a una niña —indicó Brea, quien, a diferencia de las demás, mantenía una calma casi maternal.

Aunque no era tan exuberante como las otras, tenía un instinto protector que se activaba cuando veía a un niño en peligro emocional.

Con delicadeza, Brea hizo flotar algunos peluches abandonados en el suelo y los animó a “bailar” frente a Emiko, creando un pequeño show mágico.

Los ojos de la niña se iluminaron poco a poco, olvidando momentáneamente su angustia.

Incluso algunos ciudadanos que aún permanecían en el lugar se quedaron maravillados ante el espectáculo improvisado.

—Vaya, sí que podrías ser una buena madre —comentó Ray, sonriendo ligeramente al ver cómo Brea calmaba a la niña.

—¡No digas esas cosas!

—replicó Brea, ruborizándose visiblemente.

—¿Qué haces, Brea?

—preguntó Margaret, con un tono ligeramente celoso que apenas podía ocultar.

Se notaba que estaba molesta por el cumplido que Ray había dirigido a Brea.

—Tranquila —le dijo Ray, tocándole el hombro suavemente—.

No hay tiempo para riñas sin sentido.

Necesitamos buscar a la madre de Emiko.

Margaret se ruborizó aún más al sentir el contacto de Ray, aunque trató de disimularlo.

Aunque no lo decía con palabras, sus expresiones corporales revelaban claramente que el agente samurái le gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Bien, pues debemos ir allá —indicó Margaret, recuperando la compostura—.

Si ahí es donde está la persona que estamos buscando, además puede haber más sobrevivientes.

—De acuerdo, vamos para allá —coincidió Ray, liderando el grupo mientras avanzaban hacia los edificios destruidos que rodeaban los restos de la Torre de Tokio.

Al llegar, Emiko bajó rápidamente de la espalda de Ray y corrió hacia los escombros, gritando con desesperación: —¡Mamá!

¡Mamá!

—¡Espera, niña!

¡No sabemos si hay peligro en la zona!

¡No vayas sola!

—advirtió Marta, intentando alcanzarla.

Pero Emiko ya estaba lejos, corriendo hacia los restos del edificio.

En ese momento, una mujer cubierta de polvo emergió de entre los escombros.

Vestía un traje de oficina arrugado y sucio, y sus ojos se llenaron de lágrimas al ver a la pequeña.

—¡Eres tú, mi niña!

¡Sobreviviste!

Gracias al cielo —dijo la mujer, abrazando a Emiko con fuerza.

—¡Sí, mami!

Gracias a estas personas que me acompañaron.

Son como superhéroes —exclamó Emiko, señalando al equipo con admiración.

La madre alzó la mirada hacia ellos, con gratitud en sus ojos.

—Gracias… No sé qué habría hecho sin ustedes.

—No fue nada —respondieron Margaret y Brea al unísono.

Ray, por su parte, simplemente hizo una reverencia profunda, como todo un samurái.

Sin embargo, el momento de tranquilidad duró poco.

De repente, un gran brazo metálico emergió del suelo, seguido por una enorme cara robótica con una expresión malvada grabada en su superficie.

El gigantesco robot se levantó lentamente, revelando su imponente figura de más de 200 pies de altura.

Sus movimientos eran pesados pero amenazantes, y su mano se transformó en una jaula metálica que atrapó a Emiko y a su madre.

Ambas gritaron de terror mientras el robot parecía burlarse de ellos, su risa metálica resonando en el aire como un eco siniestro.

—Bueno, es mi turno de acabar con esa cosa —declaró Ramona, con fuego danzando entre sus dedos.

—¡Alto!

—intervino Brea rápidamente, alzando una mano—.

Si usas tu poder, puedes quemar a la madre y la niña en el proceso.

Pero Ramona ya había lanzado una pequeña llama hacia el robot gigante.

Para su frustración, no surtió ningún efecto.

—No iba a quemarlas del todo —replicó, cruzándose de brazos—.

Solo quería destruir el brazo para liberarlas.

—Sí, pero a esa altura, la caída las habría matado —indicó Margaret, con un tono firme pero preocupado—.

Menos mal que no funcionó.

—Aguafiestas —murmuró Ramona, aunque bajó la guardia momentáneamente.

—Necesitamos hacer algo… ¡y rápido!

—urgió Margaret, mirando hacia el gigantesco robot que aún mantenía prisioneras a Emiko y su madre.

—Margaret, necesito de tu ayuda —dijo Ray, interrumpiendo la discusión—.

Crea un enlace mental entre nosotros.

Sin esperar respuesta, Ray comenzó a correr hacia los edificios derruidos que aún permanecían en pie.

Con agilidad felina, saltó de una estructura a otra, creando un camino improvisado hacia el coloso mecánico.

Con un último impulso, dio un gran salto, desenvainando su espada en el aire.

Giró sobre sí mismo como un remolino letal, acercándose rápidamente a la mano robótica que aprisionaba a Emiko y su madre.

—¡Emiko, no tengas miedo!

Retrocede un poco —indicó Ray con calma, mientras su espada cortaba limpiamente los barrotes metálicos de la jaula.

La niña, que había recuperado el brillo en sus ojos, lo miró con admiración.

—¡Qué genial, señor samurái!

—Rápido, súbanse en mi espalda, ambas —ordenó Ray, guardando su espada y asegurando a las dos mujeres contra su cuerpo.

Treparon por los restos de la jaula hasta llegar a la parte superior del brazo robótico.

Sin embargo, justo cuando parecía que estaban a salvo, el robot lanzó su otra mano hacia ellos con furia, como si intentara aplastar un molesto insecto.

En el último segundo, fueron jalados hacia atrás con brusquedad, evitando el impacto por escasos centímetros.

Confundidos pero aliviados, los tres se giraron rápidamente para descubrir qué había ocurrido.

Era Margaret, cuyos ojos brillaban con intensidad mientras concentraba su poder telequinético.

Con precisión implacable, había elevado pedazos de escombros flotantes frente a ellos, creando una barrera improvisada que bloqueó el ataque del robot gigante.

Los fragmentos metálicos resonaron con estruendo al chocar contra la mano mecánica del coloso, desviándola justo a tiempo.

El equipo permaneció inmóvil por un instante, procesando lo cerca que habían estado de ser aplastados.

—Menos mal que estás aquí, Margaret —murmuró Ray, recuperando la compostura mientras observaba cómo los escombros caían lentamente al suelo.

Margaret no respondió de inmediato.

Su rostro estaba tenso, concentrado, como si calculara mentalmente su próximo movimiento.

Finalmente, exhaló con fuerza y bajó los brazos, permitiendo que los restos de escombros regresaran al suelo con un golpe sordo.

—No hay tiempo para agradecimientos —dijo con firmeza, aunque un leve rubor apareció en sus mejillas ante la mirada de admiración de Ray—.

Todavía estamos en peligro.

El robot, furioso por haber fallado, emitió un rugido metálico que resonó en el aire, preparándose para otro ataque.

.

—Menos mal que pudiste hablarme a tiempo —le dijo Ray, agradecido, mientras Margaret asentía con seriedad.

El robot intentó golpearlos nuevamente, pero Margaret desactivó su poder repentinamente, haciendo que los tres cayeran en picada hacia el suelo.

Por suerte, Brea, Sheila y Marta estaban listas.

Usaron su telequinesis combinada para sostenerlos en el aire, frenando su caída y haciéndolos descender lentamente.

—Bien, es tu turno, Ramona —indicó Brea, mientras mantenían el escudo telequinético activo—.

Puedes quemar esa cosa ahora sin riesgos.

—Bien, la haré cenizas —declaró Ramona, envolviéndose completamente en llamas.

Como un proyectil humano, se lanzó directamente hacia el robot gigante.

—¡Quémate, maldita cosa!

—gritó, lanzando torrentes de fuego contra el coloso.

Sin embargo, para su sorpresa, el robot no se derretía ni mostraba señales de debilidad.

En cambio, con su mano libre, atrapó a Ramona y la estrelló contra el suelo con fuerza brutal.

Cuando el polvo se disipó, Ramona yacía dentro del contenedor de metal, apagada como una vela extinguida por falta de oxígeno al entrar en contacto con el suelo.

—¡Oh, no!

¡Ramona!

—exclamó Brea, horrorizada.

—Esa cosa es a prueba de fuego —observó Sheila, señalando el material resistente del robot.

La madre de Emiko, que aún estaba cerca, intervino con urgencia.

—Ese robot está hecho de varias partes del laboratorio donde trabajo.

Están recubiertas con materiales especiales para resistir incendios.

—Eso pone las cosas más difíciles —murmuró Margaret, frunciendo el ceño.

—Sí, pero… ¿y la pobre Ramona?

—preguntó Brea, angustiada.

—Tranquila —intervino Ray, colocando una mano en su hombro—.

Aún siento sus latidos.

Está viva, pero debemos tener cuidado con ese robot.

Con un movimiento rápido, Ray blandió su espada frente a él, bloqueando otro ataque del robot con precisión milimétrica.

—Señora, es mejor que vaya con los refugiados —indicó Margaret, dirigiéndose a la madre de Emiko.

—Sí —respondió ella, asintiendo rápidamente.

Tomó a Emiko en brazos y comenzó a correr hacia el lugar seguro, no sin antes despedirse de ellos con una sonrisa agradecida.

—¡Cuídense!

¡Salven a la señora de fuego!

—gritó Emiko, agitando su pequeña mano mientras su madre corría con ella en brazos.

—La señora de fuego… —murmuró Brea, soltando una pequeña risa nerviosa mientras observaba el hueco donde Ramona yacía inconsciente—.

Ese nombre le quedaría bien, pero seguramente se molestaría si lo escuchara.

Margaret arqueó una ceja, mirando a Brea con curiosidad.

—¿Por qué?

—Porque aún se cree joven —respondió Brea, encogiéndose de hombros con una sonrisa traviesa—.

Ya saben cómo es Ramona: orgullosa, explosiva y siempre lista para demostrar que puede enfrentarse al mundo entero.

No creo que le guste que la llamen “señora”.

Un leve silencio siguió a sus palabras, interrumpido solo por el rugido distante del robot gigante que aún amenazaba en el horizonte.

—Aunque, siendo justos, tiene todo el derecho de estar orgullosa —añadió Ray , con una mezcla de admiración y preocupación en su voz—.

Miren lo que hizo hace un momento.

Arriesgó todo para intentar salvar a esa madre y a su hija.

—Sí, pero ahora está ahí abajo, inconsciente, y nosotros estamos aquí arriba sin poder hacer mucho más que reírnos de su apodo imaginario —intervino Marta , cruzándose de brazos—.

Quizá deberíamos enfocarnos en sacarla de ese agujero antes de que el robot decida aplastarla como una lata vacía.

—Tiene razón —dijo Sheila, asintiendo rápidamente—.

Si seguimos perdiendo tiempo, podríamos perder a Ramona…

o a todos nosotros.

El equipo intercambió miradas serias, conscientes de que la situación no daba margen para bromas.

Sin embargo, la ligera risa de Brea había logrado aligerar momentáneamente la tensión, recordándoles que incluso en medio del caos, podían encontrar pequeños momentos de humanidad.

—Bien, dejemos el tema del “nombre” para después —concluyó Margaret, recuperando su tono autoritario—.

Ahora, debemos acabar con ese robot y salvar a Ramona.

Todos asintieron en silencio, preparándose para enfrentar al coloso mecánico que aún acechaba sobre ellos.

—Bien, debemos acabar con esa cosa —indicó Margaret con firmeza, levantando dos enormes vigas metálicas con su telequinesis.

Las lanzó con fuerza hacia el robot gigante, obligándolo a retroceder unos pasos.

El movimiento del coloso reveló un gran hueco en el suelo, donde Ramona yacía inconsciente, envuelta en sombras.

—No queda de otra.

Debemos destruir esa cosa —declaró Ray, ajustando su postura de combate—.

Además, tenemos que salvar a Ramona.

Está inconsciente ahí abajo.

Los cinco miembros del equipo intercambiaron miradas rápidas, preparándose mentalmente para enfrentar al gigantesco robot.

Sin embargo, el coloso parecía furioso por los ataques de Margaret.

Comenzó a abrir lo que tenía por boca, emitiendo un sonido agudo y atronador que resonó como un trueno en el aire.

—¡Ah, mis oídos!

—gritaron todos al unísono, llevándose las manos a la cabeza.

Ray, en particular, se tambaleó visiblemente, afectado por su oído más desarrollado.

El estruendo no solo dejó sordos temporalmente a los combatientes, sino que también destruyó las pocas lunas que aún quedaban intactas en los edificios cercanos.

Fragmentos de vidrio llovieron sobre el suelo, reflejando destellos bajo la luz mortecina del atardecer.

Una vez que el ruido cesó, un profundo silencio invadió el lugar, solo interrumpido por un extraño movimiento subterráneo que comenzó a hacer temblar el suelo.

—¿Será un terremoto, acaso?

—preguntó Marta, mirando a su alrededor con nerviosismo.

—No lo creo… aunque son muy comunes aquí —respondió Sheila, tratando de mantener la calma mientras observaba cómo el suelo vibraba con más intensidad.

De repente, un ejército de electrodomésticos y otros objetos cotidianos emergió de entre los escombros.

Ahora transformados en pequeños robots hostiles, avanzaban hacia ellos con movimientos erráticos pero amenazantes.

Estaban listos para pelear, rodeando al equipo por todos lados.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

—preguntaron Sheila y Marta al unísono, tragando saliva audiblemente.

Sus rostros reflejaban una mezcla de miedo y determinación, mientras intentaban calcular cómo enfrentarse a tantos enemigos simultáneamente.

El equipo estaba atrapado: un gigantesco robot enfurecido frente a ellos, Ramona inconsciente en el suelo y ahora un ejército de máquinas pequeñas pero peligrosas rodeándolos.

La situación parecía insuperable, pero sabían que no podían rendirse.

No cuando había vidas en juego.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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