El sistema del perro agente - Capítulo 151
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151: Fuego X Fuego 151: Fuego X Fuego —De por sí, con un robot gigante ya no podemos… ¿Y ahora con un ejército y un gigante a la vez?
¿Qué vamos a hacer?
—preguntaron Sheila y Marta al unísono, sus voces llenas de ansiedad mientras tragaban saliva.
—Tranquilas, guarden la calma.
Nosotros podemos —indicó Margaret, levantando nuevamente escombros con su telequinesis para lanzarlos contra el enemigo—.
Hagan lo mismo que yo, como en los entrenamientos.
Las demás asintieron rápidamente, obedeciendo sin rechistar.
A pesar del temor que sentían, sabían que Margaret tenía razón: el pánico solo empeoraría las cosas.
—Ray, nosotros te cubrimos.
Puedes ir por Ramona —indicó Brea, concentrándose en crear barreras con objetos flotantes para repeler a los pequeños robots que se acercaban.
—Bien, haré mi mejor esfuerzo —respondió Ray, todavía algo aturdido por el ruido ensordecedor que había resonado momentos antes.
Sacudió la cabeza, tratando de despejar su mente.
“Debo concentrarme y conectarme con mis sentidos.
Debo ser más ágil y no dejar que maten a esa…
señora de fuego”, pensó para sí mismo, casi sonriendo ante el apodo que Emiko había sugerido.
“Creo que le queda bien ese nombre.” Con un movimiento rápido, Ray comenzó a avanzar como una ráfaga de viento.
Desenvainó su espada y la envolvió en una energía violeta brillante, visible solo para él.
Corrió hacia donde estaba Ramona, inconsciente y en peligro inminente.
Cuatro robots con cuchillas giratorias similares a licuadoras se acercaban a ella, moviéndose a toda velocidad con intención de empalarla.
Sin vacilar, Ray se deslizó entre ellos con precisión milimétrica, logrando sacar a Ramona del camino justo a tiempo.
Los cuatro robots impactaron contra el suelo, incrustando sus cuchillas en la tierra con un estruendo metálico.
—La tengo —dijo Ray a través del enlace psíquico creado por Margaret.
—Qué bueno —respondió Brea, mientras seguía lanzando escombros contra los enemigos.
Luego añadió, intentando disimular su tono posesivo—: Ray, escóndete.
Trata de protegerla.
Aunque Brea lo dijo con buena intención, Margaret sintió una punzada de molestia al escucharlo.
No quería que otra mujer estuviera demasiado cerca de Ray, ni siquiera en situaciones de combate.
Sin embargo, también sabía que era lo correcto.
—Sí, Ray, por favor protégela —indicó Margaret a través del enlace, forzando un tono neutral.
Sin dudarlo, Ray cargó a Ramona sobre su espalda y se alejó del campo de batalla.
—Bien, salgamos de aquí —murmuró para sí mismo, moviéndose con agilidad entre los escombros y los robots enemigos.
Una vez en un lugar seguro, colocó a Ramona en el suelo, lejos del peligro.
—Vamos, despierta, Ramona —le dijo Ray, observándola con preocupación.
Sabía que no podía dejar todo el trabajo a las chicas.
Había demasiados enemigos, y el robot gigante parecía estar coordinando a los pequeños, bloqueando todos sus ataques.
—Tenemos que hacer algo para acabar con ese gigante… pero ¿qué podemos hacer?
Los robots pequeños lo están protegiendo.
Vamos, levántate, Ramona —murmuró, mirándola fijamente mientras permanecían ocultos, incapaces de regresar al combate.
En ese momento, Ramona comenzó a tener un sueño vívido.
Una voz burlona resonó en su mente: —Vaya, eres débil, niña.
¿El fuego no lo gana todo?
Demuéstralo… o acaso, ¿eres una debilucha?
Ramona frunció el ceño en su inconsciencia, molesta por las provocaciones.
—Yo soy fuego, y el fuego nunca se extingue mientras tenga mana en mi cuerpo —respondió con firmeza a la voz.
—Pues demuéstralo —replicó la voz, aun mofándose de ella—.
Sé que no eres mucho de trabajar en equipo, pero esos de tu propia agencia están protegiéndote.
Incluso el de la espada está contigo, ocultándose para que no te hagan nada.
¿Qué esperas?
¿Una invitación?
¿Eres una niña tonta y débil?
—¡No soy una tonta y mucho menos una débil!
—gritó Ramona mentalmente, su voz llena de determinación—.
¡Soy Ramona Hex, la agente A-1, y la única que se convertirá en la líder de todos esos inútiles de mi unidad!
¡Incluso derrotaré a la jefa Adía algún día!
—Esa es la actitud.
No solo lo digas, hazlo.
Ya levántate y pelea —le instó la voz, esta vez con un tono más serio.
—¡Ay!, ¡cómo molestas!
—exclamó Ramona, molesta pero decidida.
Con un rugido furioso, lanzó su puño envuelto en llamas contra el suelo.
Una luz brillante emergió de la tierra, iluminando todo a su alrededor.
—¡Aquí vienen!
—gritó Ray, desenvainando su espada con rapidez para proteger a Ramona.
Su mirada escaneaba el campo de batalla mientras los robots se acercaban como un enjambre de avispas mecánicas.
—Maldición, son muchos —murmuró Ray entre dientes, bloqueando ataques con movimientos precisos pero agotadores.
Los enemigos seguían llegando sin cesar, superando en número al equipo.
—Oh no, Ramona… No creo que pueda llegar hasta ti —pensó Ray mientras luchaba desesperadamente contra los robots.
De repente, los robots que rodeaban a Ramona comenzaron a incinerarse en el acto, sus cuerpos metálicos convirtiéndose en cenizas bajo una oleada de llamas abrasadoras.
—¿Cómo se atreven a querer acercarse a mí, malditas chatarras?
¡Los quemaré a todos!
—rugió Ramona, completamente envuelta en fuego.
Su voz resonaba con una mezcla de furia y determinación.
—¡Ramona!
—exclamó Ray con una sonrisa aliviada, viendo cómo ella regresaba a la pelea.
—¿Qué tanto sonríes, samurái?
Eres un inútil, no puedes con estas cosas tú solo.
Patético —respondió ella con su habitual arrogancia, lanzando llamaradas que reducían a los robots a montones de metal derretido.
Luego, miró hacia el cielo, donde el gigantesco robot aún acechaba sobre ellos.
—Y tú… Maldita chatarra crecida, voy a acabar contigo —declaró, cubriendo su cuerpo en llamas aún más intensas.
—Vaya, pero qué atrevida —comentó Ray, admirando su energía—.
Bueno, al menos ya está de vuelta.
Supongo que iré a ayudar a las demás.
Las otras chicas estaban comenzando a perder terreno frente a la avalancha de robots.
Justo cuando un grupo de máquinas se acercaba peligrosamente, estos fueron partidos a la mitad, explotando en el acto.
—¡Perdón por la tardanza!
—indicó una voz familiar.
Era Ray, quien llegó justo a tiempo para reforzar a su equipo.
—Qué bueno que estás aquí.
Casi ya no tenemos mucha mana —dijo Brea, respirando con dificultad mientras mantenía sus poderes activos.
—Menos mal que estás aquí —añadió Margaret, visiblemente cansada, con gotas de sudor resbalando por su frente—.
¿Y dónde está Ramona?
En ese momento, una especie de estrella de fuego surcó el cielo, lanzando rayos ígneos que destruían a los robots en su camino.
—¡Ahí está!
—indicó Ray, señalando hacia el cielo.
Luego añadió, con una sonrisa: —Y creo que está furiosa.
Bueno, eso es lo que siento.
—Parece que está decidida a acabar con esa cosa —comentó Margaret, observando cómo Ramona avanzaba hacia el robot gigante.
—Oye, Ramona, qué bueno que estés de vuelta —dijo Brea a través del enlace mental, su tono mezcla de alivio y preocupación—.
Pero esa cosa no la podrás destruir así como así.
Está hecha de un material a prueba de fuego.
Eso es lo que nos dijo la mamá de Emiko.
Ramona frunció el ceño, sus ojos brillando con intensidad mientras procesaba la advertencia.
Por un momento, pareció dudar, pero rápidamente recuperó su confianza característica.
—Gracias por el dato, Brea —respondió con una sonrisa desafiante—.
Solo hace que mi determinación aumente aún más.
Si el fuego no puede destruirla…
entonces usaré suficiente calor como para derretir un volcán entero.
Su voz resonó con firmeza en el enlace mental, dejando claro que no iba a rendirse tan fácilmente.
Brea suspiró, sabiendo que tratar de disuadirla sería inútil.
—Solo ten cuidado, ¿quieres?
No queremos que termines como una vela apagada de nuevo —añadió Brea, intentando aligerar el momento con un toque de humor.
—No te preocupes, esta vez no me subestimaré —replicó Ramona, su tono lleno de decisión mientras comenzaba a concentrar su mana—.
Observa y aprende cómo se maneja el verdadero poder.
Aunque las palabras de Ramona eran arrogantes como siempre, había un brillo de seriedad en sus ojos que indicaba que estaba tomando el consejo de Brea en cuenta.
Sabía que enfrentarse a un enemigo tan resistente requeriría más que solo fuerza bruta; necesitaría estrategia y precisión.
—Gracias por darme ese detalle.
Eso solo hace que mi determinación aumente y quiera acabar con esa cosa aún más —respondió Ramona, su tono lleno de desafío.
—Así que eres resistente al fuego, ¿eh?
—murmuró Ramona para sí misma, sus ojos brillando con intensidad—.
No soy mucho de usar conjuros, pero creo que con este bastará.
Se concentró profundamente, buscando en su memoria el nombre de un hechizo adecuado.
—Algo con “F”…
¡Destello de fuego, luz renaciente!
¡Ata todo a tu paso con tus llamas!
¡FIRE BOX!
—gritó, extendiendo sus brazos hacia el cielo.
Detrás de ella, comenzaron a formarse enormes tablones de fuego, flotando como si fueran construidos por manos invisibles.
—Este será tu fin, chatarra —declaró Ramona con una sonrisa feroz.
Con un movimiento de sus manos, hizo que los tablones comenzaran a rodear al robot gigante desde su base, apilándose uno tras otro y formando una jaula de fuego impenetrable.
Los robots pequeños intentaron detenerla, pero al tocar los tablones de fuego, se incineraron al instante.
El gigantesco robot, furioso, ordenó a cuatro de sus subordinados posicionarse en cada esquina de los edificios cercanos, apuntando con sus manos convertidas en armas laser hacia Ramona.
—¡Debemos cubrirla!
—indicó Ray, corriendo hacia ella mientras esquivaba ataques.
—Ya casi no nos queda mana, Ray.
Estamos al límite.
Apenas puedo mantener el enlace —advirtió Margaret, jadeando por el esfuerzo.
Los robots dispararon simultáneamente hacia Ramona.
Ella levantó un escudo de fuego para protegerse, pero este no era lo suficientemente fuerte para resistir el impacto constante.
—¡Maldición!
Este conjuro gasta mi mana muy rápido.
No sé si pueda acabar con esa cosa grande —murmuró Ramona, sintiendo cómo sus fuerzas comenzaban a disminuir.
—Y puedes lanzarme con la poca mana que te queda hacia ese robot de la derecha —indicó Ray a Margaret con determinación—.
Yo haré el resto desde ahí.
—Trataré —respondió Margaret, apretando los dientes mientras reunía sus últimas fuerzas.
—Te daré un poco de fuerza también —añadió Brea, concentrándose al máximo.
Mientras tanto, Sheila y Marta se ocupaban de mantener a raya a los demás robots que intentaban acercarse.
Ambas chicas combinaron sus poderes telequinéticos, lanzando a Ray como si fuera una catapulta psíquica.
—Es todo lo que podemos hacer, Ray —indicaron ambas, exhaustas pero decididas.
Con un grito de batalla, Ray salió disparado por los aires, desenvainando su espada justo antes de llegar al primer robot.
Con un corte limpio, partió al enemigo a la mitad.
Luego, saltó sobre una de las partes, utilizando la explosión resultante como impulso para lanzarse hacia el siguiente objetivo.
Repitió el mismo proceso con los otros dos robots, cortándolos con precisión milimétrica.
Cuando acabó con el último, Ray se comunicó con el equipo a través del enlace mental: —Lo hice usando mi energía violeta como un impulsor, aprovechando la explosión de las máquinas para avanzar más rápido.
—¡Genial!
—exclamaron las demás, impresionadas por su habilidad.
—Bien, el resto es tuyo, Ramona —dijo Ray, guardando su espada mientras observaba cómo la agente de fuego tomaba el control de la situación.
—No me lo tienes que decir dos veces —respondió Ramona con una sonrisa desafiante.
Las tablas de fuego que había creado comenzaron a envolver al robot gigante, formando una caja de fuego masiva que brillaba como un sol ardiente.
El coloso intentó moverse, pero algo lo detenía, impidiendo su escape, encapsulándolo dentro de la misma caja.
—Es hora de ser incinerada, chatarra —declaró Ramona con una risa triunfal—.
¡Adiosito, tonta chatarra!
¡Erupción controlada!
De pronto, la caja de fuego estalló internamente, como si un volcán estuviera entrando en erupción dentro de ella.
Un rugido ensordecedor resonó en el aire mientras el calor abrasador consumía al robot.
Cuando las llamas se disiparon, el gigante ya no era más que una masa derretida, pareciendo una pieza de arcilla malformada.
—¡Huy!
Maldición, pensé que esa cosa no iba a dejarme sin mana, pero se me acabó… —murmuró Ramona, jadeando por el esfuerzo.
Sin embargo, al darse cuenta de que estaba suspendida en el aire, su rostro cambió de victorioso a preocupado—.
Y ahora estoy muy arriba… Inmediatamente, comenzó a caer en picada hacia el suelo.
—Creo que este es mi fin —dijo, cerrando los ojos y esperando el impacto inminente.
Pero el golpe nunca llegó.
—¿Qué fue eso?
¿Por qué aún sigo aquí?
—preguntó, abriendo los ojos y mirando hacia arriba.
En lugar de estar en el suelo, se encontraba en las manos de Ray, quien la había salvado justo a tiempo.
—¿Cómo demonios lo hiciste?
—preguntó Margaret, rendida en el suelo y visiblemente molesta al ver la escena.
—Tuve que correr muy rápido entre los edificios, saltar y colgarme de mi espada para frenar su caída —explicó Ray, respirando con dificultad debido al agotamiento—.
Casi llego a mi límite de mana también.
Ramona lo miró sorprendida, sintiendo un leve rubor en sus mejillas al darse cuenta de que estaba en el regazo del samurái.
—¡Oye, Ray!
Bájala de una vez —gritó Margaret a través del enlace psíquico, su tono lleno de celos apenas disimulados por ver a Ramona en los brazos de su hombre.
—Tú, Ray, bájala ya —insistió Margaret, tratando de sonar autoritaria.
Las demás intercambiaron miradas cómplices.
—Sabía que te gustaba, jefa —bromeó Sheila.
—¡Tontas!
—replicó Margaret, cruzándose de brazos.
—¡Bájame, tonto!
—gritó Ramona, forcejeando para liberarse.
Sin embargo, al mirar a Ray, notó que este se había quedado dormido en esa posición, completamente agotado después de salvarla.
—Menos mal que no escuchó eso, jefa —comentaron las demás, acercándose para ayudar.
Margaret, furiosa, pero conteniendo su frustración, usó su telequinesis para sacar a Ramona del regazo de Ray y dejarla caer al suelo con un golpe sordo.
—¡Ay!
—exclamó Ramona, sobándose el trasero mientras se levantaba rápidamente—.
¡Estás loca, Margaret!
Al recuperarse todos, especialmente Ray, notaron que ya no había más robots en la zona.
Al parecer, los demás habían sido destruidos al intentar salvar al robot gigante, pensó Brea mientras observaba los restos metálicos desperdigados por el suelo.
—¿Qué más pasó?
—preguntó Ray, tocándose la cabeza con gesto confundido—.
No recuerdo nada.
—¿No recuerdas?
—le preguntó Margaret, arqueando una ceja.
—Solo me acuerdo de ir muy rápido hacia donde estaba Ramona, columpiándome con mi espada… aunque creo que usé dos, no lo recuerdo bien.
Pero llegué a tiempo; si no, ella se hubiera hecho puré contra el suelo —dijo él, encogiéndose de hombros.
—Gracias, tonto —murmuró Ramona desde un rincón, cruzándose de brazos, pero con una leve sonrisa en sus labios.
—Bien, es hora de seguir adelante —indicó Margaret, levantándose con determinación—.
Recuperemos energía y sigamos salvando a más personas.
Esto parece un caos total.
Una vez recompuestos gracias a una botella especial que les había entregado Eduard para su viaje, continuaron ayudando a los demás en la búsqueda de personas desaparecidas.
La población les agradeció enormemente, llamándolos héroes, tal como había ocurrido con los sobrevivientes que dejaron en la base de Radar, ubicada en el bosque a las afueras de la ciudad.
Regresaron a la base de Radar, llevando consigo a los sobrevivientes rescatados del ataque de las máquinas.
Al entrar en la base, vieron una especie de búnker improvisado.
—En esta base, la gente podrá alimentarse y cobijarse —indicó Brea, señalando las instalaciones.
En ese momento, se escuchó una vieja radio transmitiendo una señal débil.
Era alguien del gobierno, intentando comunicarse para saber si había sobrevivientes.
Una de las personas que estaban con ellos respondió rápidamente: —¡Estamos aquí!
Estamos refugiados en este sitio.
Poco después, un helicóptero militar llegó al lugar para evacuar y asistir a las personas.
Todos agradecieron profundamente a los agentes, quienes aceptaron con humildad los elogios.
Mientras tanto, Emiko, llena de curiosidad, corrió hacia una esquina donde vio una gran manta cubriendo algo del tamaño de un auto.
Sheila, intrigada, retiró el cobertor y reveló una pequeña nave en forma de mariquita, diseñada para seis tripulantes.
—Al parecer, esta nave no fue hecha con esos chips como las otras —indicó Marta, inspeccionándola con atención—.
Quizá sea la que iban a utilizar como escape en caso de que fallaran con los controlados.
—Bueno, está operativa —dijo Margaret, revisando los controles—.
Con esta máquina podemos seguir apoyando a los demás.
—Necesitan de nuestra ayuda aún en su país, ¿verdad?
—preguntó Ray al líder militar presente.
Este asintió con seriedad.
—Hay algunas áreas que todavía necesitan de su apoyo.
—Bien, ya que estamos listos —indicó Ramona, subiendo a la nave con decisión—.
Vamos a seguir quemando chatarras.
—Esa es la actitud… bueno, más o menos —comentó Brea con una sonrisa, mientras las demás seguían a Ramona al interior de la nave.
Todos abordaron la pequeña nave y partieron, siguiendo a otro helicóptero militar que los guiaría hacia su próximo destino.
Desde el aire, se despidieron de los ciudadanos que, felices y agradecidos, los saludaban desde el suelo.
Entre ellos, Emiko y su madre agitaban sus manos con entusiasmo.
—Espero que todo esté bien… —se decía a sí misma Margaret en silencio, mirando hacia el horizonte mientras la nave avanzaba rumbo a su siguiente misión de rescate.
Sabía que aún quedaba mucho trabajo por hacer, pero también sentía una pequeña chispa de esperanza en medio del caos.
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