El sistema del perro agente - Capítulo 152
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152: El Arma del General 152: El Arma del General Milo, ahora transformado en su forma “demoledora”, giró hacia donde estaban los demás después de arrojar los pedazos del cuerpo destrozado de Podbe al suelo.
Como una ráfaga eléctrica que ilumina un cielo tormentoso, apareció frente a ellos en un abrir y cerrar de ojos.
Drake, con los puños apretados y los nudillos blancos por la tensión, no encontraba palabras más allá de la ira que lo consumía.
Su mirada ardía con odio hacia su propio hermano, recordando el nieto que nunca llegó a conocer y las vidas truncadas de sus hijos.
Una parte de él sabía que también cargaba culpa: había sido imprudente al llevarlos a misiones desde tan jóvenes.
—¡Todos en guardia!
—gritó Drake con una voz que resonó como un trueno entre las ruinas desoladas del lugar.
Su eco reverberó por las paredes agrietadas, cargando el aire de una electricidad casi palpable, mientras las sombras danzaban inquietas bajo la luz tenue de los destellos intermitentes.
Adía reaccionó al instante, invocando cadenas de energía que se lanzaron hacia Milo, brillando con un fulgor azulado.
Pero antes de que pudieran siquiera rozarlo, estas se deshicieron como telarañas bajo una tormenta.
Benjamín aprovechó el momento para transformarse en un zorro gigantesco, su cola fusionándose con la textura rugosa de un pez martillo.
Con un rugido gutural, se lanzó hacia Milo, intentando aplastarlo con su peso colosal.
Sin embargo, Milo lo esquivó con la facilidad de un relámpago zigzagueando en el cielo, agarrándolo del extremo de su cola escamosa y lanzándolo contra una pared cercana con un estruendo ensordecedor.
—¡No!
—gritó Riota, furioso ante la brutalidad con la que Milo había tratado a su mejor amigo.
Sus ojos se encendieron con un brillo dorado mientras corría hacia él, dispuesto a atacar.
Sin embargo, Milo conocía bien el poder del muchacho.
Desde su abdomen emergieron tentáculos oscuros que serpenteaban con vida propia.
Antes de que Riota pudiera alcanzarlo, uno de esos tentáculos la detuvo en seco, envolviéndola de pies a cabeza.
Luego, sin esfuerzo, Milo la lanzó hacia una columna cercana con una bola de luz cegadora que explotó en un destello violento.
—¡Maldito!
—rugió Gat, su voz cargada de furia contenida mientras sus ojos ardían con un brillo feroz.
Aunque siempre se había peleado con Riota, en lo más profundo de su corazón sentía por él una lealtad tan fuerte como la de un hermano de sangre.
Verlo derribado así despertó algo primitivo en él, una mezcla de rabia e impotencia que lo hizo temblar.
Con los dientes apretados hasta casi rechinar, levantó las manos y disparó ráfagas de energía desde sus dedos, que chisporrotearon en el aire como relámpagos diminutos.
Pero Milo apenas lo miró, su expresión indiferente teñida de desprecio.
—Patético —dijo con desprecio, su voz fría como el acero—.
Hasta esos dos niños tienen mejores poderes que tú.
Con un movimiento rápido, golpeó a Gat directamente en el estómago.
El impacto fue brutal: sangre salpicó el aire mientras el cuerpo de Gat salía volando, impulsado por la fuerza del golpe.
Ezequiel y Eduard intercambiaron una mirada decidida antes de avanzar juntos hacia Milo.
Cada uno preparó su ataque, concentrando su energía en los puños hasta que brillaron con intensidad.
—¡Eres un maldito!
—gritaron al unísono, lanzándose al ataque.
Pero Milo era demasiado rápido.
Con un movimiento fluido, liberó descargas eléctricas desde sus manos, enviando a ambos volando hacia donde Gat había caído momentos antes.
Adía, furiosa, conjuró un rayo combinado de fuego y electricidad que surcó el aire como un látigo ardiente.
Milo lo esquivó con una sonrisa burlona y respondió con un rayo igual de potente, lanzándola hacia el grupo derrotado.
Mukio y Adora, junto con los ositos de goma creados por Amaya, intentaron un nuevo asalto.
Pero sus ataques fueron repelidos con la misma facilidad: Milo extendió ambas manos, liberando descargas eléctricas que electrocutaron a todos, dejándolos rendidos a sus pies.
Adrián y Rafael, desesperados, crearon un ejército de robots metálicos con las partes de los robots que habían destruido antes, que avanzaron hacia Milo con engranajes chirriantes.
Sin embargo, Milo simplemente levantó una ceja y lanzó un rayo incinerador que redujo a los robots a cenizas.
Con un movimiento elegante, utilizó sus tentáculos para atrapar a Adrián y Rafael por la cintura, electrocutándolos al instante.
—Este poder siempre me pareció inútil —dijo con sorna, antes de azotarlos contra el suelo con una fuerza devastadora.
Floud, decidido a no rendirse, lanzó una ráfaga combinada de fuego, aire, agua y tierra que rugió como una tormenta primordial.
Pero ni siquiera eso logró hacerle daño a Milo.
Con un solo tentáculo, atrapó a Floud de la pierna y lo lanzó contra el suelo con un golpe seco.
—Estos niños de ahora son muy irrespetuosos —comentó Milo con una risa fría, su voz resonando como un eco cruel.
Gabriel, quien alguna vez había sido llamado Milo y luego renombrado como el caballero oscuro Sir Larot, pareció despertar de su confusión.
Junto con Aragón, activaron la tercera forma del AURA, envolviendo a Milo en llamas abrasadoras en forma de dragón.
Por un momento, pensaron que habían logrado algo.
Pero cuando las llamas se extinguieron, Milo seguía allí, intacto.
—Si hubieran hecho eso antes, tal vez habrían hecho la diferencia —dijo con una sonrisa torcida antes de devolverles el ataque multiplicado por diez.
La explosión creó un cráter enorme en el suelo, dejando a Gabriel y Aragón inconscientes.
Azulema, junto con su equipo, activó su telequinesis para detener el avance implacable de Milo.
Con los ojos cerrados y la concentración grabada en sus rostros, formaron una barrera invisible pero palpable que vibraba con energía pura.
—Hasta aquí no irás más lejos —indicó Azulema, conectada telepáticamente con su equipo.
Su voz resonaba clara y firme en sus mentes—.
No rompan la posición.
Sin embargo, Milo sonrió con desdén.
Con un rugido ensordecedor, liberó una onda expansiva que hizo añicos la barrera como si fuera vidrio.
La fuerza del impacto lanzó a todos los miembros del equipo hacia atrás, haciéndolos caer al suelo con un golpe sordo.
—Otro poder que me parece inútil —comentó Milo con un sarcasmo gélido, su voz afilada como el filo de una navaja recién pulida.
Una sonrisa torcida se dibujó en su rostro mientras sus ojos brillaban con burla cruel—.
Quizá funcione para los de mente hueca —se mofó, arrastrando las palabras con un dejo de desprecio que hizo que cada sílaba resonara como un insulto directo.
Piti observaba desde las sombras, sus manos temblando ligeramente mientras revisaba uno por uno a los compañeros que habían sucumbido ante Milo.
Con delicadeza, los arrastró hacia un lugar seguro, asegurándose de que estuvieran juntos y protegidos.
Sus ojos reflejaban preocupación y determinación mezcladas, aunque sabía que su papel no era combatir directamente.
Por otro lado, Becky permanecía detrás de Drake, sus brazos cruzados sobre el pecho como si quisiera protegerse de algo más grande que ella misma.
Su respiración era rápida y superficial, y murmuraba para sí misma: —Yo no estoy hecha para el combate… Esto no es para mí.
Drake, sin embargo, no tenía tiempo para dudas.
Con decisión férrea, avanzó por un costado y materializó figuras que representaban a cada uno de sus aliados: una maga como Adía, cuyas manos brillaban con energía incandescente; un luchador como Ezequiel, con músculos tensos listos para el ataque; una psíquica como Azulema, cuyos ojos irradiaban poder mental; un técnico como Adrián, rodeado de hologramas y circuitos flotantes; y un ser etéreo como Eduard, cuya forma parecía fluctuar entre lo tangible y lo desconocido.
Todas estas creaciones se lanzaron contra Milo en una arremetida coordinada.
Pero Milo ni siquiera pestañeó.
Con apenas unos cuantos golpes certeros, destrozó a todas las materializaciones en cuestión de segundos.
Fue tan rápido que pareció casi imposible seguirlo con la vista.
—Es muy fuerte —murmuró Drake, su voz cargada de frustración y asombro.
Milo sonrió, mostrando dientes afilados como los de un depredador.
—Ya me cansé de jugar contigo, hermanito —declaró con frialdad—.
Es hora de que tú y tu equipo mueran.
—¿Qué estás haciendo, Milo?
—gritó Drake, tratando de mantener la calma—.
¡Vas a destruir el planeta si sigues así!
—¿Destruirlo?
—replicó Milo con una carcajada burlona—.
Yo no lo llamaría así.
Estoy creando un nuevo mundo, uno a mi imagen.
Solo los fuertes sobrevivirán.
—Sigues con eso —respondió Drake, incrédulo.
Con un movimiento rápido, Milo extendió sus tentáculos y atrapó a Drake, inmovilizándolo al instante.
Los tentáculos apretaron con fuerza, provocando un grito ahogado de dolor.
—¿Para qué volviste a materializar ese modelo de brazo?
—dijo Milo con desprecio, su voz cargada de burla mordaz mientras inclinaba la cabeza hacia un lado como si estuviera viendo algo patético—.
Creo que es insignificante…
y, claramente, no te sirve.
Deberías actualizarte.
Sin darle tiempo a Drake para responder, Milo extendió sus tentáculos con una rapidez escalofriante y agarró el brazo en forma de guante, cuya superficie metálica aún brillaba débilmente bajo la tenue luz.
Con un crujido metálico ensordecedor, lo trituró sin esfuerzo, reduciéndolo a fragmentos retorcidos que cayeron al suelo con un tintineo hueco.
Los restos del guante quedaron esparcidos como reliquias rotas de una batalla perdida.
—Bien, ¿qué quieres?
¿El otro brazo?
¿Las piernas?
—se burló Milo, riendo mientras miraba a su hermano con una expresión endemoniada.
—No… Si ibas a acabar conmigo de una vez, hazlo —gruñó Drake, su voz ronca pero firme.
—Cambié de parecer —replicó Milo con una sonrisa cruel que dejaba entrever sus dientes afilados, brillando bajo la luz tenue como filos recién afilados—.
Es mejor verte sufrir.
Y quizá haga lo mismo con tus agentes.
Lamió sus labios lentamente, saboreando cada segundo del momento, mientras sus ojos relucían con un brillo sádico que helaba la sangre.
Su voz era un susurro venenoso, cargado de amenaza.
—Además —continuó, su tono lleno de arrogancia mientras extendía sus tentáculos con un movimiento fluido, como serpientes ansiosas por atacar—, quiero seguir probando mis nuevas habilidades en esta forma que llamo “forma demoledora”.
Porque, francamente…
—Hizo una pausa dramática, mirando a Drake y a los demás con desdén absoluto—, ustedes no son nada ante mí.
Son aplastados como moscas insignificantes.
De ahí el nombre.
—Soltó una carcajada estridente que resonó en el aire como el eco de un trueno lejano, burlándose de su propia crueldad.
En ese preciso instante, un rayo fulgurante impactó en la espalda de Milo, sorprendiéndolo e interrumpiendo su risa.
El golpe fue tan intenso que lo obligó a soltar a Drake, quien cayó al suelo jadeando.
Becky corrió hacia él, ayudándolo a ponerse de pie mientras ambos trataban de comprender qué había ocurrido.
—¿Qué demonios es eso?
—murmuró Milo, girando rápidamente para enfrentar a su nuevo atacante.
Una voz autoritaria resonó en el aire: —¡Sigan apuntándole!
¡Que no se mueva!
—¡Entendido, señor!
—respondieron varias voces al unísono.
Drake, aun recuperándose, levantó la vista hacia la figura que emergía de entre las sombras.
Su rostro reflejó tanto sorpresa como incredulidad.
—G… General —balbuceó, confundido—.
Pero… ¿qué hace aquí?
¿Y esa cosa?
La figura alta y robusta del General se dibujó bajo la luz tenue.
Era un hombre adulto, entrado en años, pero su presencia imponía respeto.
En lugar de mostrar señales de senilidad o debilidad, su cuerpo estaba marcado por músculos prominentes que se delineaban bajo su uniforme militar.
Su único ojo marrón brillaba con intensidad, mientras que el parche que cubría su ojo derecho dejaba entrever una cicatriz profunda que cruzaba su rostro.
Su cabello canoso, corto y bien recortado, completaba su apariencia intimidante.
En su mano derecha, sostenía un puro encendido, cuya brasa titilaba como un pequeño faro en la penumbra.
—¿Qué hay, Drake?
—saludó el General con calma, su voz grave y pausada.
Pero lo que realmente dejó a Drake boquiabierto no fue la aparición del General, sino el objeto que lo acompañaba.
Una torreta gigantesca, del tamaño de una lavadora, se alzaba imponente a su lado.
Su superficie metálica brillaba con un tono grisáceo bajo la luz tenue, y un zumbido constante emanaba de sus entrañas, vibrando en el aire como un enjambre de abejas mecánicas.
Un rayo pulsante de energía azulada brotaba de su cañón, rodeando a Milo con un campo de fuerza que lo mantenía inmovilizado.
El brillo del rayo titilaba intermitentemente, proyectando sombras danzantes sobre las paredes cercanas.
—Zeus, Milo, como quieras que te llames ahora, ríndete —ordenó el General con una severidad inquebrantable, su voz grave resonando como un trueno en el silencio tenso del lugar—.
Estás bajo el poder de mi mejor arma, y la que acabará con cualquiera que abuse de su poder para propasarse.
Tu padre estaría decepcionado de tus acciones.
Milo frunció el ceño, visiblemente molesto.
Sus labios se crisparon mientras los dientes apretaban con fuerza, como si quisiera contener tanto la rabia como el dolor que el rayo le provocaba.
Gotas de sudor comenzaron a deslizarse por su frente, brillando bajo la luz parpadeante del lugar.
Sin embargo, en sus ojos había un destello de curiosidad mezclada con incredulidad, como si estuviera evaluando la situación con una mezcla de cautela y fascinación.
—Saluda a mi gran arma —continuó el General, señalando la torreta con orgullo mal disimulado.
Su postura erguida y su expresión resuelta transmitían una confianza absoluta—.
La llamé B-12.
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