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El sistema del perro agente - Capítulo 153

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153: ¿Se Termino?

153: ¿Se Termino?

El nombre resonó en el aire, cargado de peso e importancia, como si la simple mención de la máquina fuera suficiente para imponer respeto.

Drake observó la escena con una mezcla de asombro y esperanza, preguntándose si finalmente habían encontrado algo capaz de detener a su hermano.

—¡B-12!

¿Es en serio?

¡Qué creatividad!

—dijo una voz alegre detrás de ellos.

Era Leila, con su característico tono juguetón y una sonrisa pícara dibujada en el rostro.

Se cruzó de brazos mientras inclinaba la cabeza ligeramente, como si estuviera bromeando con un amigo—.

Así también se le dice en código a uno de los agentes que trabajan con nosotros, ¿no, señor Drake?

—añadió, guiñando un ojo antes de dar un paso al frente.

Drake suspiró, pero antes de que pudiera responder, añadió: —Bueno, él fue quien me sugirió que usara las mismas letras que emplea en sus escuadrones.

Yo solo le agregué un número a cada agente para diferenciarlos —explicó Drake, encogiéndose de hombros como si fuera algo obvio.

Luego giró hacia su derecha, con un deje de reproche en su voz que no lograba ocultar del todo su curiosidad—: ¡Oye!

¿Y dónde estabas, Leila?

—Bueno, me quedé a proteger a los otros chicos —respondió Leila, señalando detrás de sí con un gesto casual, como si quisiera restarle importancia al asunto.

María, Elena y Billy permanecían en silencio, sus rostros pálidos y sus ojos vidriosos reflejaban el peso del horror que aún los envolvía.

No podían olvidar la imagen del gran can en su forma lobo siendo destrozado frente a ellos, y lo que era peor: dentro de aquel cuerpo desgarrado, creían haber visto a su amigo Aiden, a quien daban por muerto.

Sus cuerpos permanecían tensos, y el sonido entrecortado de sus respiraciones llenaba el aire, evidenciando que las imágenes de la batalla seguían grabadas profundamente en sus mentes, como cicatrices frescas.

Drake miró al general con curiosidad.

—Oiga, General, ¿qué hace aquí?

Si aún no se cumplió el tiempo límite que me dio.

El General exhaló una bocanada de humo de su puro, su único ojo brillando con intensidad bajo la luz tenue.

—Cierto, pero veo que tenías problemas según la transmisión que vimos.

Decidí entrar en acción y darte una mano… bueno, en sentido figurado, claro está —añadió el General, echando un vistazo significativo al brazo perdido de Drake.

Tosió ligeramente, disimulando el desacierto de sus palabras con un gesto casual, como si intentara quitarle hierro al asunto, aunque su incomodidad era apenas perceptible.

—Señor, lo tenemos controlado —informó uno de los soldados, firme y profesional.

—Excelente, soldado.

Pero será mejor que aumenten la dosis y saquen las otras once armas para neutralizarlo por completo —ordenó el General con autoridad.

Luego añadió, con un gesto firme—: ¡De inmediato!

Del hueco en el techo comenzaron a descender más armas, cada una del mismo tamaño que la primera, acompañadas por soldados que se movían con precisión militar.

Las colocaron estratégicamente alrededor de Milo, formando un círculo perfecto.

El zumbido constante de las máquinas llenó el aire, creando una atmósfera tensa y opresiva.

Al ver que todas las armas estaban en posición, el General levantó una mano y dio la orden: —¡Actívenlas y colóquenlas a máxima potencia!

Mantengan al sujeto neutralizado sin posibilidad de moverse.

Las armas emitieron un brillo azulado, casi sobrenatural, mientras cargaban un rayo conjunto hacia el objetivo.

Milo gritó de dolor, un sonido desgarrador que resonó por todo el lugar, haciendo eco entre las paredes como un lamento interminable.

—Tus planes inútiles terminan aquí, tonto niño —declaró Bronjort con frialdad, su voz resonando como un trueno.

Billy, observando la escena con atención, rompió el silencio: —Ahora ya entiendo… Por eso tiene el número doce y la inicial B.

El General lo escuchó y respondió con calma: —Exacto.

Fue el resultado de las doscientas veces que probamos con la letra A, hasta que pasamos a la serie B.

La número 12 fue la indicada, y creamos doce armas con la misma potencia, además de otras más pequeñas que guardamos en el almacén B-12, para redundar aún más en el nombre —explicó el General con un deje de orgullo, como si estuviera revelando un gran logro técnico—.

No planeaba usarlas, pero dada la situación, es bueno saber que sirven.

—Sí, qué originales son ustedes con los nombres, como dijo Leila —comentó Billy con una sonrisa traviesa, incapaz de contener su propio comentario sarcástico, aunque lo suavizó con un tono amigable para no sonar demasiado insolente.

Drake frunció el ceño, visiblemente molesto.

—Maldición, Bronjort.

Te la tenías guardada en caso de que algo saliera mal con la gente con poderes, ¿verdad?

Era tu as bajo la manga.

El General lo miró directamente, sin titubear.

—Como ves, muchacho, esta arma es un seguro en caso de que los METALUX se salgan de control y no haya forma de defendernos.

Hizo una pausa, luego añadió con un tono más severo: —Pero veo que tu equipo son un montón de debiluchos en comparación con este sujeto… tu hermano —dijo, encogiéndose de hombros—.

Sin ofender.

Leila intervino de inmediato, con un tono defensivo: —¡Oiga!

Sin embargo, Drake la interrumpió, bajando la cabeza y aceptando la crítica con resignación.

—Tiene razón.

Nos falta más experiencia y fuerza.

Debemos seguir mejorando —dijo, su voz cargada de determinación.

—Bueno, al grano, Drake —dijo el General Bronjort con su voz grave y autoritaria, rompiendo el silencio tenso que flotaba en el aire—.

¿Dónde está el chico de los portales?

Mejor dicho, tu nieto.

Comprendo si no quieres entregármelo, pero las reglas son las reglas.

El General giró lentamente sobre sus talones, escaneando el lugar con su único ojo penetrante, mientras su cicatriz brillaba bajo la luz parpadeante.

—¿Dónde está?

No lo veo —preguntó, su tono impaciente pero controlado.

Drake bajó la mirada, su expresión cargada de dolor y resignación.

Con un suspiro pesado, señaló los restos destrozados del lobo gigante que yacían esparcidos en el suelo como fragmentos de una tragedia.

—Señor, como sabe, no se lo voy a entregar porque recién me entero que es mi nieto.

Además, aunque no lo fuera, tampoco le habría entregado a un niño —dijo Drake con firmeza, aunque su voz comenzó a quebrarse al continuar—.

Pero… dudo que pueda dárselo de igual forma.

Mire esas partes de un animal gigante partido a la mitad.

—Drake señaló los restos destrozados del lobo con un gesto pesado, sus manos temblando ligeramente mientras su mirada se perdía entre los fragmentos ensangrentados—.

Es donde estaba mi nieto.

Desafortunadamente… murió dentro de ese lobo.

Su última frase apenas fue un murmullo, casi inaudible, cargado de un dolor tan profundo que parecía resonar en el aire.

Bajó la cabeza, incapaz de sostener la mirada del General, mientras el silencio se extendía como una sombra sobre el grupo.

El General permaneció en silencio por un momento, acariciándose la barbilla con gesto pensativo.

Sus ojos reflejaban una mezcla de comprensión y cálculo estratégico.

—Ya veo —respondió finalmente, aunque sus pensamientos parecían divididos—.

Eso complica las cosas… o quizás sea un alivio.

Elena y María intercambiaron miradas de desaprobación ante el comentario frío del General.

—Qué despiadado es usted —murmuraron ambas casi al unísono, sus voces llenas de reproche.

El General las miró brevemente, sin alterarse.

—Tranquilas, niñas.

No me malinterpreten.

No soy malo, solo soy una persona recta —respondió con calma, como si estuviera acostumbrado a enfrentar críticas.

Luego, en un intento por romper la tensión, cambió de tema: —Oye, Drake, ¿encontraron ya el aparato para desactivar a esos robots descontrolados que están azotando el mundo?

Drake negó con la cabeza.

—No, pero dos de mis hombres están en eso —respondió con firmeza.

—Ya veo —dijo el General, asintiendo lentamente—.

Bueno, quizá alguien de los míos les dé una mano.

Aunque, sinceramente, no me preocupo.

Creo que podrán con un par de robots.

A lo lejos, Gabriel sostenía a Aragón, cuyo brazo descansaba sobre su hombro mientras ambos avanzaban con dificultad.

Ambos llevaban las armaduras rotas y maltrechas, sosteniéndose únicamente gracias a los últimos vestigios de su poder del AURA.

Observaron a los recién llegados y luego dirigieron sus miradas hacia Milo, cuyos gritos de dolor resonaban como un eco agónico en todo el lugar.

—Se lo tiene merecido, ese maldito —murmuró Aragón entre dientes, apretando los puños con frustración mientras intentaba caminar.

Piti iba con los demás, cargando en brazos a Benjamín, quien estaba inconsciente.

Ezequiel llevaba a Riota, y Eduard sostenía a Floud.

Gat y Mukio eran transportados sobre los hombros de Adora, mientras Amaya avanzaba montada en un gusano de dulce que ondeaba suavemente con cada paso.

Adía, por su parte, utilizó un hechizo de levitación para llevar a todo el equipo de Azulema, además de Adrián y Rafael.

Azulema, a pesar de su propio dolor, mantenía a Mark suspendido en el aire gracias a su telequinesis, resistiendo con determinación.

Todos comenzaron a reunirse donde estaban Drake y el General, formando un grupo exhausto pero resiliente.

El General los observó con una mezcla de satisfacción y desdén.

—Vaya, ya están todos aquí, pero no es necesaria su presencia —declaró con frialdad—.

Hemos acabado con la amenaza.

Solo falta desenchufar a esos robots malignos.

Adía, al enterarse del propósito del arma B-12, frunció el ceño con evidente molestia.

—Así que esa cosa… ¿iba a usarse contra nosotros?

Qué desagradable sujeto —comentó, cruzándose de brazos.

Drake se acercó rápidamente, tratando de calmarla.

—Tranquila, Adía.

El General está más arriba en el liderazgo.

Luego te explico todo —susurró, aunque sus palabras no lograron disipar del todo la tensión.

Leila, aún desconfiada, intervino: —¿Está seguro de que con eso no se moverá?

¿De que no volverá a molestar?

El General respondió con absoluta seguridad: —Con esta arma, no habrá problemas.

Lo tenemos neutralizado.

Milo, atrapado en el campo de fuerza de las doce torretas, gritaba con desesperación.

Su voz era un rugido mezclado con dolor y furia.

—¡Maos!

¡¿Dónde estás?!

¡Ven a apagar estas cosas!

—gritó, pero del otro lado solo se escuchaba estática, como si su llamado quedara perdido en el vacío.

El gran Zeus caído… Se repetía Milo a sí mismo, incrédulo ante su situación.

“No puede ser este mi fin.

Yo soy el rayo que cae del cielo, el poder que reformará todo a su paso y transformará el mundo a mi imagen.

¡No puede acabar todo así!”, pensó con desesperación.

En medio de su agonía interna, una voz resonó en su mente, cargada de sarcasmo y desdén: —Vaya, te crees el todopoderoso, ¿eh?

Pero mírate: no puedes ni zafarte de este simple rayo inhibidor de poder.

Eres un inútil.

Absorbiste mi poder y aun así te has rendido tan fácilmente.

Debería darte vergüenza —dijo Geros o bueno una forma mental de este, cuyo tono burlón parecía clavarse como un cuchillo en la mente de Milo.

—¿Tú?

¿Qué haces en mi interior?

—gruñó Milo, su voz mezcla de furia y confusión.

—Soy parte de ti… bueno, más bien, una parte de mí quedó en ti cuando absorbiste mi poder —respondió Geros con calma, como si estuviera explicando algo obvio—.

No puedes hacer nada, ¿verdad?

Este rayo te está agotando.

Patético.

Tan fácil te rindes… Me das lástima, muchacho.

Bueno, tendré que hacer algo o me matarán a mí también.

Geros hizo una pausa antes de continuar, su voz adoptando un tono casi divertido: —Haré que liberes todo tu poder y acabes con estos insignificantes.

El poder que tienes es comparable al de un Guardián de Lux, incluso más poderoso de lo que Urion fue alguna vez.

Quizá seas el segundo o el tercero más fuerte de todos ellos.

Bueno, aquí va… Esto va a doler aún más que esos tontos rayos —advirtió Geros, desvaneciéndose en un humo oscuro que dejó tras de sí unos ojos demoníacos que brillaron con malicia.

Una risa maquiavélica resonó en la mente de Milo, helándole la sangre.

De repente, Milo soltó un grito desgarrador, mucho más fuerte que cualquiera que hubiera emitido antes.

El sonido fue tan intenso que los cristales del lugar explotaron en mil pedazos, lanzando fragmentos afilados en todas direcciones.

—¡General, esto lo va a matar!

—exclamó Drake, visiblemente preocupado por su hermano, a pesar de todo el daño que Milo había causado.

El General Bronjort lo miró con calma, aunque sus palabras revelaban cierta tensión: —Tranquilo, no lo matará.

Solo es para neutralizarlo.

Un soldado interrumpió la conversación, señalando a Milo con urgencia: —¡Señor, mire los ojos del sujeto!

¡No tienen color, están completamente en blanco!

Drake se acercó al General, llamándolo por su nombre con desesperación: —Basta, James.

Esto lo está matando.

Está sufriendo y ha entrado en estado de shock.

Detenga su máquina, ya llegó al punto que quería.

Por favor… El General frunció el ceño, pero antes de que pudiera responder, unos rayos comenzaron a emanar del cuerpo de Milo, cortocircuitando las torretas.

Los soldados retrocedieron, desconcertados.

—¡Señor, algo pasa!

—gritó uno de ellos—.

¡Las torretas no funcionan!

—¡Eso es imposible!

—replicó el General, su voz firme, pero con un leve temblor que delataba su inquietud—.

¡Revísenlas y vuelvan a activarlas!

Los soldados obedecieron de inmediato, pero antes de que pudieran hacer algo más, una onda expansiva brutal emergió del cuerpo de Milo, lanzando a todos por los aires como hojas arrastradas por un huracán.

—¡Mayor Mike!

—llamó el General, dirigiéndose a un hombre de cabellera roja corta y ojos marrones que venía corriendo desde el lugar de las torretas.

—¡No lo sé, señor!

¡Algo salió del…!

—respondió el Mayor Mike, pero antes de terminar su frase, fue lanzado por los aires, impactando contra uno de los muros cercanos con un estruendo ensordecedor.

Una densa nube de polvo comenzó a elevarse, rodeada por chispas eléctricas que crepitaban en el aire como relámpagos encerrados en una tormenta.

En medio de la penumbra, unos ojos llenos de furia brillaron con intensidad, seguidos por una voz grave y autoritaria que resonó como un trueno: —¡Prepárense!

¡Vuestro juicio ha llegado!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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