El sistema del perro agente - Capítulo 154
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154: Defensas Enemigas 154: Defensas Enemigas Tron y sus acompañantes —el profesor Kile, Philip, Michele y Choy— descendían por unas escaleras que el robot había detectado previamente.
Llevaban más de una hora bajando, o al menos eso era lo que Choy pensaba mientras avanzaba con desgana.
Observaba las mismas estructuras repetitivas: ventanas polarizadas y un diseño monótono.
La escalera en espiral parecía no tener fin, y cada vuelta les daba la sensación de no haber avanzado nada.
—¿Ya llegamos?
—preguntó Choy al robot, su rostro marcado por un aburrimiento evidente.
Los demás también estaban cansados, pero se esforzaban por no demostrarlo.
Tron, siempre atento, respondió con calma: —Estamos ya casi cerca del objetivo.
En ese momento, desde las sombras, Maos observaba a través de una pantalla de vigilancia.
Sonrió con suficiencia.
—Pero qué veo… intrusos —murmuró para sí mismo, aunque su tono era más curioso que alarmado—.
Aunque no creo que sean una molestia.
Solo ese robot que los acompaña podría serlo.
Tron, en efecto, había regresado a su forma original, menos humanoide debido al daño causado por el aullido del lobo galáctico.
Su figura ahora era más cuadrada y rígida, similar a los robots antiguos, pero seguía siendo funcional.
—Bien, les daré la bienvenida —dijo Maos con una sonrisa ladina—.
Al estar aquí adentro, mis robots funcionan perfectamente.
Menos mal que tomé algunas contramedidas en caso de que ese lobo hiciera su aparición.
Mientras tanto, Choy, distraído como siempre, llegó al final de la escalera sin notar que los demás se habían detenido.
Siguió caminando y chocó de frente con Tron, cuyo cuerpo metálico resonó como una campana al impacto.
—¡Auch!
—exclamó Choy, llevándose una mano a la frente mientras retrocedía tambaleándose—.
¿Por qué pararon repentinamente?
—Bueno, vimos que Tron paró —respondió Michele, cruzándose de brazos—.
Pensé que te habías dado cuenta.
—Estaba sumido en mi aburrimiento y no me percaté —admitió Choy, rascándose la nuca con aire culpable.
—Deberías tener la mirada al frente, muchacho —intervino el profesor Kile con tono severo.
—Verdad, oigan, robot, ¿por qué paraste?
—preguntó Michele, dirigiendo su atención hacia Tron.
—Hemos llegado —respondió Tron con su voz metálica y neutral.
Philip frunció el ceño, mirando hacia el frente.
—¿Dónde?
Solo veo un montículo de hielo gigante enfrente, como un muro.
—Creo que te has equivocado, robot —dijo Choy con sarcasmo—.
Ya no hay más camino.
Seguro algo se dañó contigo con el aullido del lobo.
En ese instante, el supuesto “muro” comenzó a moverse.
Con un zumbido mecánico, se levantó lentamente, revelando una gran puerta de metal que se abrió automáticamente.
—Creo que ya sabe que estamos aquí —comentó Michele, mirando hacia la entrada con cautela.
—Es una trampa —pensó Kile en voz baja, pero lo suficientemente audible para que todos lo escucharan.
De pronto, una figura emergió de la oscuridad.
Vestía una bata de laboratorio blanca, manchada con restos de aceite y cables colgando de sus mangas.
Era Maos, quien sonreía con arrogancia.
—Ilusos —dijo con desprecio—.
¿Creen que mi interruptor está aquí conmigo?
No soy ingenuo.
Ustedes son los tontos, como pensé.
Y no se los diré a menos que venzan a mis creaciones.
Levantó la manga de su bata, revelando un reloj tecnológico con luces intermitentes.
Lo presionó, y de repente, un grupo de robots emergió del suelo.
En lugar de manos, tenían cañones láser que brillaban con un fulgor amenazante.
—¡Cuidado!
—gritó Choy, empujando a Michele al suelo.
El doctor Kile hizo lo mismo con Philip, protegiéndolo con su cuerpo.
—Oigan, seguimos vivos —dijo Philip, levantando la cabeza con cautela.
Vio cómo Tron estaba delante de ellos, bloqueando todos los ataques láser con su cuerpo metálico.
—Yo los cubro —indicó Tron con firmeza—.
¡Quédense ahí abajo!
Desde su abdomen, Tron lanzó varios misiles que surcaron el aire con un silbido agudo.
Impactaron contra los robots enemigos, destruyéndolos en explosiones de chispas y humo.
Sus compañeros observaban desde el suelo, impresionados por la resistencia y precisión del robot.
El robot disparó más misiles hacia los otros robots, acabando con el grupo rápidamente.
Las explosiones iluminaron el lugar con destellos naranjas y rojos, dejando un humo acre suspendido en el aire.
—Nada mal —comentó Maos, cruzándose de brazos mientras observaba los restos de sus creaciones—.
Sabía que me ibas a traer problemas.
—Una sonrisa ladina se dibujó en su rostro—.
Por eso tengo un regalito especial… y no podrás proteger a esos tontos por mucho tiempo.
Volvió a presionar su reloj, y dos cajas metálicas cayeron del techo con un estruendo ensordecedor.
De ellas emergieron dos robots gigantes, del tamaño de la puerta.
Tenían aspecto simiesco, con manos enormes y musculosas que parecían capaces de aplastar cualquier cosa en su camino.
Ambos robots atacaron a Tron simultáneamente, lanzando golpes devastadores con sus puños.
Tron bloqueó los ataques con precisión, pero era evidente que estaba siendo empujado hacia atrás por la fuerza bruta de las máquinas.
—Quizá necesita más velocidad —indicó el científico, observando la escena con satisfacción al notar que sus creaciones superaban a Tron.
Los puños de los robots eran cada vez más rápidos, y Tron apenas podía contenerlos.
Con voz tensa, les dijo a sus acompañantes: —Váyanse.
No sé cuánto tiempo podré contenerlos.
El profesor Kile asintió con urgencia, comprendiendo la gravedad de la situación.
—Escuchen al robot.
Es nuestra única oportunidad.
—Ay, no… Pobre robotcito, con lo bien que me estaba cayendo —bromeó Choy, aunque su tono tenía un deje de preocupación.
Fue demasiado tarde.
Los dos robots gigantes remataron a Tron con un golpe coordinado que lo lanzó volando varios metros, hasta estrellarse contra las escaleras cercanas.
—¿Y ahora qué hacemos?
—preguntó Philip, colocándose detrás del profesor con gesto nervioso.
Maos sonrió con crueldad.
—Bien, es hora de que los acaben y luego limpien el lugar —ordenó a sus creaciones.
Los robots gorila adoptaron posiciones estratégicas: uno enfrente y otro detrás del grupo, levantando sus enormes puños como martillos listos como para clavar un clavo.
El peso de la amenaza era palpable.
—¡Ay, no!
¡No quiero morir!
—gritó Choy, abrazando a Michele con desesperación—.
¡Aún soy muy joven!
No he amado a nadie, no he tenido familias ni nada de eso… ¡Todo por seguirte!
Mira lo que pasa… —Comenzó a llorar, presa del miedo.
—Ya estuvo, tranquilo.
Aceptemos esto con dignidad —dijo Michele con calma forzada, aunque sus ojos reflejaban resignación—.
Nadie nos salvará.
Tratamos de ser los héroes, pero veo que todo termina aquí.
—Bueno, fue un placer conocerte, Michele —murmuró el profesor Kile, cerrando los ojos con pesar.
Philip, por su parte, se quedó mirando el gran puño del robot sobre ellos, murmurando para sí mismo: —Eso quiere decir que ya no voy a graduarme ni tener el trabajo de mis sueños… —¡Háganlo de una vez!
—ordenó Maos, impaciente.
Los dos robots dejaron caer sus enormes puños sobre ellos.
Sin embargo, después de unos segundos, no se escuchó ningún ruido de impacto ni choque con el suelo.
—Pero, ¿qué pasó?
¿Por qué no se escuchó nada?
—preguntó Maos, desconcertado.
Se giró hacia su improvisado laboratorio, pensando que tal vez había algún error en sus cálculos.
Pero cuando volvió a voltear para ver qué había ocurrido, se quedó boquiabierto.
En sus ojos había una mezcla de asombro e incredulidad.
—Pero, ¿qué es eso?
—murmuró, señalando algo frente a él.
En tanto, Megumi y Akira seguían descendiendo siguiendo el camino que el aparato que les había dado Rafael les indicaba.
Finalmente, llegaron a su destino.
—Mira, aquí es.
Llegamos —indicó Megumi, deteniendo la plataforma de tierra que había creado para transportarlos.
Extendió una mano hacia la roca grande frente a ellos y abrió una abertura con un movimiento fluido.
Al atravesar el agujero, se encontraron en un gran ambiente lleno de máquinas con botones parpadeantes y luces intermitentes.
Era un cuarto de control desbordante de tecnología avanzada.
—Me pregunto cuál será —dijo Megumi, inspeccionando el lugar con curiosidad—.
El objeto que me dieron solo indica aquí, pero nada más.
Este sitio parece un cuarto de máquinas.
—Déjame ver ese aparato que te pasó Rafael.
Quizá pueda hacer que nos ayude a encontrar exactamente lo que estamos buscando —propuso Akira.
Megumi le entregó el dispositivo sin dudarlo.
Akira lo examinó cuidadosamente, sacando un pequeño clip de uno de sus bolsillos y abriendo el aparato por la parte trasera.
—Quizá si muevo estas cosas y cambio la polaridad… —murmuró mientras ajustaba pequeños componentes internos—.
Tal vez así pueda sintonizarlo para detectar lo que necesitamos.
—Vaya, sí que eres todo un cerebrito —comentó Megumi con una sonrisa ligera, observando cómo Akira manipulaba el aparato con destreza.
—Bueno, como dicen, soy un nerd.
Quizá desde pequeño me han gustado los artefactos, y creo que me conecto con ellos muy bien.
Incluso los entiendo tan bien como entiendo a los humanos —respondió él con modestia, aunque sus ojos brillaban con orgullo mientras ajustaba los últimos componentes del dispositivo.
—Vaya, eso está bien —dijo Megumi, asintiendo con apreciación.
Sin embargo, su tono cambió ligeramente cuando añadió—: Pero recuerda que estamos contra el tiempo.
Si no encontramos el mecanismo que controla esas máquinas locas, mucha gente morirá.
—Sí, tienes razón —admitió Akira, volviendo a concentrarse en el aparato.
Movió un último interruptor y cerró la parte trasera del dispositivo.
Lo encendió, y la pantalla cobró vida, mostrando un escáner en tiempo real—.
Con esto podremos ver qué consume más energía, y esa, por ende, debe ser la que debemos desconectar.
Qué raro que esta vez ha dicho más palabras de las habituales…
Normalmente solo balbucea o se queda callado, pero cuando se trata de tecnología parece que algo lo despierta por completo.
Es como si se transformara en otra persona, pensó Megumi para sí misma, observando cómo Akira manipulaba el aparato con precisión casi reverencial.
Una sonrisa coqueta asomó a sus labios mientras lo miraba de reojo.
—Vaya, sí que eres todo un cerebrito —dijo en voz alta, dejando escapar una risita ligera.
Su tono era amigable, pero cargado de ese toque travieso que siempre la caracterizaba.
Sin embargo, Akira ni siquiera volvió la cabeza hacia ella.
Estaba completamente absorto en su tarea, concentrado en cada detalle del dispositivo como si fuera lo único que existía en el mundo.
Sus dedos movían pequeños componentes con delicadeza, y su expresión reflejaba una mezcla de seriedad y fascinación.
Megumi alzó una ceja, fingiendo sentirse ignorada, aunque en realidad disfrutaba viéndolo tan centrado.
Mira que ni siquiera me mira… Aunque supongo que eso es parte de su encanto, pensó, cruzándose de brazos mientras seguía observándolo.
Aunque podría haberme dedicado al menos una miradita, ¿no?
Decidió no insistir.
Después de todo, sabía que estaban en una situación crítica y no había tiempo para distracciones.
Pero, aun así, no pudo evitar soltar un pequeño suspiro burlón antes de volver a enfocarse en el problema que tenían entre manos.
Akira levantó el aparato y lo giró en todas direcciones, escaneando el entorno.
En la pantalla, algo comenzó a iluminarse intensamente.
—Esa debe ser la cosa del medio —indicó, señalando un objeto que brillaba en el centro del cuarto—.
Bien, entonces solo basta con destruirla, ¿verdad?
—Sí, creo que con eso bastará —respondió él, aunque su tono dejaba entrever cierta incertidumbre.
Megumi sonrió con confianza.
—Bueno, con una piedrita será suficiente —dijo, lanzando una piedra hacia el botón brillante como si estuviera jugando béisbol.
Pero antes de que la piedra pudiera impactar, una enorme tenaza metálica surgió de la nada y bloqueó el golpe con un estruendo metálico.
El objeto que brillaba comenzó a elevarse, pero no era el botón lo que subía, sino el piso mismo.
Con un rugido mecánico, emergió un gigantesco cangrejo robótico, cuyas patas metálicas resonaron al tocar el suelo.
Sus pinzas enormes brillaban con luces intermitentes, y sus ojos rojos parpadearon con hostilidad.
—Genial… Justo cuando pensé que iba a ser fácil —murmuró Akira, retrocediendo un paso mientras evaluaba al colosal enemigo.
—Pues si no queda de otra —respondió Megumi, levantando una roca con su magia.
La piedra flotó a su lado, lista para ser lanzada, mientras ella adoptaba una postura de combate—.
Vamos a enfrentarlo.
El cangrejo emitió un zumbido grave, como si estuviera procesando su próximo movimiento.
De repente, una de sus pinzas se disparó hacia ellos como un proyectil, obligándolos a separarse rápidamente.
—¡Cuidado!
—gritó Akira, esquivando el ataque mientras intentaba pensar en una estrategia.
Megumi, sin embargo, ya estaba actuando.
Lanzó la roca flotante con precisión quirúrgica, apuntando directamente al aparato que estaba en la parte de arriba del cangrejo.
Pero la máquina era rápida: otra de sus pinzas interceptó el proyectil, partiéndolo en dos con un chasquido metálico.
—Esto va a ser más difícil de lo que pensé —murmuró Megumi, frunciendo el ceño.
—Sí, pero no imposible —añadió Akira, ajustando el escáner en su mano—.
Solo necesitamos encontrar su punto débil y explotarlo.
Ambos se prepararon para enfrentar al gigantesco robot crustáceo.
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