El sistema del perro agente - Capítulo 155
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155: Agente Sombra 155: Agente Sombra —Bien, es hora de que mueran —indicó Maos con frialdad, dando media vuelta para regresar a su laboratorio.
Sin embargo, al no escuchar ningún ruido proveniente de sus robots aplastando a los intrusos, se detuvo y volteó con curiosidad.
Lo que vio lo dejó atónito.
—¿Qué cosa eres?
—preguntó Maos, su voz cargada de asombro mientras observaba cómo una masa oscura bloqueaba simultáneamente los cuatro puños de los robots gigantes.
—No iba a salir, pero veo que necesitan ayuda… Y, además, necesitaba algo de diversión —dijo una voz tranquila que emergía desde las sombras a costado de Michele y los demás.
La figura continuó hablando con un tono relajado, casi juguetón—: Te estuve observando, chica aviadora.
Nada mal burlar a los agentes federales en ese lugar y llegar hasta aquí con tus amigos.
Pero esto ya se puso difícil.
Deberían dejarlo en manos de los profesionales.
Además, el cuadrado les siguió la pista.
—¿El cuadrado?
—repitieron los cuatro al unísono, mirándose entre ellos con confusión.
—Luego hablaremos de eso.
Primero, debo eliminar estas chatarras —declaró la voz antes de que una figura masculina emergiera lentamente del suelo.
Parecía tener unos 18 años aproximadamente, cubierto por completo de sombras que lo envolvían como un manto oscuro, excepto por su rostro.
Tenía un semblante simpático, ojos morados brillantes y cabello azul purpura que parecía absorber la luz a su alrededor.
—Ese sujeto acaba de salir de tu sombra —le dijo Choy a Michele, señalando al recién llegado con incredulidad.
—Así parece —respondió ella, sus ojos abiertos de par en par por la sorpresa.
Maos, aun tratando de procesar lo que estaba viendo, gritó desde lejos: —Pero, ¿quién demonios eres tú?
La figura sonrió de manera despreocupada y respondió: —Donde están mis modales… Me presento: soy el agente Sombra, aunque si hablamos del equipo del señor Drake, soy el agente E-8.
—Bien, basta de tanto preámbulo.
Es hora de acabar con estas chatarras —declaró el agente, levantando una mano hacia los robots.
De inmediato, las sombras bajo él, cobraron vida, desgarrando los brazos de los robots gigantes como si fueran papel.
En cuestión de segundos, las máquinas quedaron inutilizadas.
—¡Pero eso es imposible!
¿Acaso son las mismas sombras de los robots quienes destruyeron a los reales?
—exclamó Maos, incrédulo.
El agente E-8, escuchando el comentario del científico, respondió con una sonrisa traviesa: —Sí, así es.
Puedo viajar por las sombras e incluso hacer que tu propia sombra te ataque.
—Acto seguido, sacó una pequeña linterna de su bolsillo, iluminándola frente a sus ojos mientras hacía una expresión exagerada de terror, como si estuviera interpretando una película de miedo.
—Bien, ¿qué sigue?
—preguntó el agente, mirando a ambos lados con una sonrisa divertida mientras observaba las caras de asombro de todos.
Maos, recuperándose de su estupefacción inicial, cambió su expresión a una de furia.
Decidió usar su reloj para traer más robots a pelear por él, pero antes de que pudiera tocarla, sintió cómo una fuerza invisible lo jalaba y le impedía moverse.
Intentó nuevamente, pero su mano se detuvo en el aire, incapaz de alcanzar el dispositivo.
—¡Pero¡¡¿qué pasa?!
—gritó, visiblemente frustrado.
Volvió a intentarlo con todas sus fuerzas, pero fue inútil.
—¡Incluso con todas mis fuerzas no puedo!
—rugió, echando humo por los oídos.
En ese momento, escuchó risas cercanas.
Levantó rápidamente la mirada y vio al joven de cabello azul purpura riendo a carcajadas, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡¿Qué me hiciste, maldito?!
—gritó Maos, furioso, mientras señalaba al agente con rabia.
El agente E-8 fingió inocencia y respondió con calma: —Yo, nada.
Eres tú mismo quien te lo impides… Bueno, técnicamente, es tu sombra.
Maos volvió a intentar tocar su reloj, pero esta vez pudo ver claramente cómo una oscuridad densa surgía de su propia muñeca, atrapándolo antes de que pudiera completar el movimiento.
La sombra lo sujetó con firmeza, impidiéndole cualquier acción.
Vio cómo del suelo se alzaba una silueta oscura de igual tamaño que él, que lo miraba fijamente con una sonrisa burlona.
—¿Qué es esto?
—preguntó Maos, su voz cargada de incredulidad mientras observaba la figura.
—Pues, como ya te dije… Es tu sombra —respondió el agente E-8 con calma, disfrutando claramente del desconcierto del científico.
—Bueno, vas a decirnos dónde tiene oculto el interruptor para apagar esos robots locos de una vez —indicó el profesor Kile, interrumpiendo la escena con urgencia.
Maos no respondió.
Había decidido guardar silencio cuando, de repente, su reloj emitió un pitido estridente que resonó en el aire como una alarma.
Era una llamada entrante.
—Te necesito, Maos —dijo la voz de Milo al otro lado, fría y autoritaria.
Solo atinó a responder con un tono apresurado: —No puedo ayudar ahora… Antes de que pudiera decir algo más, su propia sombra cobró vida.
Una mano oscura y densa emergió del suelo, lanzando un puñetazo devastador que lo golpeó con fuerza brutal, enviándolo directamente al suelo.
Maos cayó inconsciente, su cuerpo inerte desplomándose como un peso muerto mientras el eco del impacto se desvanecía lentamente.
—Vaya, no me sirves si no me vas a dar lo que quiero —comentó el agente E-8 con una mueca divertida, cruzándose de brazos.
El grupo de Michele lo miró con asombro.
—Tranquilos, no está muerto.
Solo desmayado.
Si es que pensaron que lo había aniquilado, lamento decepcionarlos —dijo el agente, levantando las manos en señal de inocencia.
—Oye, eso fue increíble.
¿Cómo hiciste eso?
¡Genial!
—exclamó Choy, emocionado, acercándose al agente con curiosidad.
Michele, sin embargo, frunció el ceño y lo enfrentó directamente.
—¿Por qué no nos ayudaste antes?
Y, además, ¿por qué ahora?
¿Por qué nos estuviste siguiendo?
—preguntó, su tono lleno de sospecha.
—Oye, Michele, primero hay que darle las gracias.
No seas tan directa —intervino Choy, tratando de calmar los ánimos.
—Tranquilos —indicó el profesor Kile, viendo que ambos podrían comenzar una discusión en cualquier momento.
El agente E-8 levantó una mano para interrumpir.
—Dame un segundo —dijo, mientras de las sombras emergía algo familiar: Tron, golpeado pero funcional.
—¡Qué bueno que estás bien, Tron!
—exclamó Philip, acercándose rápidamente al robot para revisarlo.
El agente desvaneció las sombras que lo rodeaban, revelando un traje militar similar al de un soldado de élite.
Al parecer, era el mismo soldado que los había estado siguiendo durante su travesía.
—Ahora sí, mejor para que no piensen que solo soy una sombra —indicó el agente sarcásticamente, ajustándose el cuello del uniforme.
—A tu pregunta, Michele: No podía interferir en la pelea de allá arriba.
Tenía mis órdenes, que eran solo de seguimiento.
Pero recibí nuevas instrucciones de los más altos, quienes me ordenaron intervenir y salvarlos.
Parece que tienes un ángel de la guarda en el cuadrado, muchacha —explicó el agente, mirándola con una sonrisa enigmática.
—¿Quién eres realmente?
¿Y por qué tanto misterio?
—insistió Michele, aún sin confiar del todo.
—No puedo decir más.
Es información clasificada para esta misión.
Incluso mi nombre está fuera de los límites —respondió el agente, adoptando un tono más serio.
—Gracias por salvarme, Jake —dijo Tron con voz entrecortada, apenas recuperándose del daño que había sufrido.
—Oye, eso es trampa, chatarra parlanchina.
Encima de que te he salvado, ¿divulgas mi identidad?
—respondió Jake con fingida indignación, cruzándose de brazos mientras miraba al robot con una sonrisa irónica.
—Mil perdones, se me olvidó… Creo que estoy un poco averiado —indicó Tron, ladeando su cabeza mecánica como si estuviera confundido.
—Así que te llamas Jake —intervino Michele, mirándolo fijamente con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—Bueno, ya sabes mi nombre, ¿qué más quieres?
¿Mi apellido también?
—preguntó Jake, levantando una ceja.
Antes de que Michele pudiera responder, Tron volvió a interrumpir: —Es Blade.
—¡Ey, Tron!
Cierra tu boca robótica.
¿Quieres decirle también mi tipo de sangre, mi edad y esas cosas?
—replicó Jake con sarcasmo, señalando al robot con gesto exagerado.
—No, ni se te ocurra, robot —le advirtió Jake, mirándolo con una expresión fingidamente furiosa.
Tron, al notar la mirada del joven, decidió actuar rápidamente.
—Mejor no… Me voy a modo de recuperación.
—Y dicho esto, el robot se apagó.
—¡Espera!
Antes de apagarte, nos hubieras dicho si estábamos cerca del aparato —exclamó Choy, pero fue inútil.
El robot ya estaba inactivo.
—Bueno, ya que…
Lo llevaré en mis sombras para que no se quede aquí.
—Jake extendió su mano y sumergió a Tron en una masa oscura que lo envolvió por completo.
—Oigan, Jake Blade, habla: ¿quién son esos del cuadrado que mencionaste?
—insistió Michele, enfrentándolo directamente con los brazos cruzados y una mirada penetrante que no admitía evasivas.
Su voz era firme, casi desafiante, como si estuviera acorralando al joven agente para obtener respuestas.
Jake levantó las manos en señal de inocencia, aunque una media sonrisa asomaba en su rostro, evidenciando que disfrutaba un poco la situación.
—No puedo decir mucho, señorita.
Es información clasificada —respondió Jake con calma, aunque su tono dejaba entrever cierta diversión ante la insistencia de Michele.
—¡Anda, respóndele, anda sí!
Hazlo —insistió Choy con una sonrisa traviesa, disfrutando claramente del momento mientras se dirigía a Jake—.
Además, ella debe ser tu mayor… ¿no?
—agregó, cruzándose de brazos como si acabara de ganar un punto importante.
Su tono burlón y su actitud relajada dejaban claro que estaba tratando de complicar aún más la situación, disfrutando del incómodo silencio que siguió.
—¡No soy tan vieja!
—gritó Michele, lanzándole una mirada asesina a Choy.
—Lo siento —se disculpó este, levantando las manos en señal de rendición.
—Sí, yo creo que es mayor que yo —comentó Jake entre bromas, disfrutando del momento.
—Por tu apariencia intuyo que tienes, a lo mucho, 16 años —indicó el profesor Kile, observando a Jake con atención.
—Pues intuye mal.
Tengo 18 —respondió Jake, cruzándose de brazos con una sonrisa traviesa.
—Igual sigues siendo menor que Michele —intervino Choy nuevamente, ganándose otro coscorrón en la cabeza por parte de Michele.
—¡Te dije que no ayudes!
—exclamó ella, visiblemente molesta.
—Bueno, ya dejen de discutir.
Necesitamos buscar el aparato —intervino el profesor Kile, intentando calmar los ánimos.
—Sí, por fin alguien con sentido común —dijo Jake, sonriendo ampliamente—.
Bueno, vamos a buscarlo.
Y comencemos a movernos, rápido.
—Oigan, tú no eres mi jefe —protestó Michele, aunque sin mucha convicción.
—Sí, sí, como sea, señorita.
Pero debemos buscarlo en este lugar.
Tiene que estar aquí —indicó Jake, ignorando sus protestas.
Michele respiró hondo, tratando de calmarse.
—Tranquila, Michele.
Tiene razón.
Solo hay que buscar el interruptor.
No ocasiones una pelea sin sentido —añadió el profesor Kile, poniendo una mano sobre su hombro.
—Está bien —aceptó Michele finalmente, aunque con reticencia.
—Gracias por salvarnos.
Te debemos una —agradeció el profesor Kile con sinceridad.
—No hay de qué —respondió Jake con una ligera inclinación de cabeza.
Michele, por su parte, murmuró algo inaudible antes de cerrar la boca y alejarse hacia una esquina del laboratorio para buscar el interruptor sola.
—¿Qué dijo?
—preguntó Jake, metiéndose un dedo en el oído como si no hubiera escuchado bien—.
¿Dijo algo o estoy sordo?
—Quiso decir gracias —aclaró Choy con una sonrisa burlona.
—¡Ah!
Pero no lo oí —dijo Jake encogiéndose de hombros—.
Bueno, empecemos la búsqueda.
Me da igual si me dan las gracias o no.
—Pero qué modestia —comentó Choy, riendo bajo.
—Qué pasado —murmuró Michele para sí misma mientras evitaba mirar hacia atrás, concentrada únicamente en la pared frente a ella.
El lugar era enorme, parecía una biblioteca, pero en versión laboratorio.
Había estanterías llenas de frascos con experimentos extraños: animales mutados, partes humanas y otras cosas indescriptibles.
Todo el ambiente tenía un aire macabro, como sacado de una película de terror.
—Qué lugar tan horripilante —comentó Philip, observando con asco uno de los frascos que contenía lo que parecía un tentáculo humanoide flotando en líquido verde.
—Sí, mi joven pasante, pero no hay de otra.
Recorreremos más camino.
Además, hay cuatro pasajes y todos conectan aquí al centro.
Así que nos dividiremos en cuatro grupos —propuso el profesor Kile, señalando cada uno de los caminos oscuros que se abrían ante ellos.
—Bueno, yo tomo el de la izquierda —dijo Jake, quien rápidamente desapareció por ese pasillo antes de que alguien pudiera replicar.
Melisa, viendo que Jake había tomado ese camino, decidió seguir con el siguiente.
—Choy, ¿por qué no vas con ella?
—sugirió el profesor.
—Mejor no, profesor.
Esta molesta.
Iré yo por este —respondió Choy, tomando el tercer pasillo sin pensarlo dos veces.
—Bien, entonces Philip y yo iremos por este pasillo.
Nos volveremos a ver en esta sala —dijo el profesor Kile con determinación, señalando el camino que tomarían.
Choy, desde el otro lado del laboratorio, solo levantó el pulgar en señal de aprobación antes de perderse por su propio pasillo.
—Bien, Philip, vamos —indicó el profesor, ajustando su postura como si estuviera listo para enfrentar cualquier cosa.
—Sí, señor —respondió Philip, siguiéndolo con paso firme pero nervioso.
Mientras tanto, Megumi y Akira no lo tenían nada fácil.
El gigantesco crustáceo robótico había resultado ser mucho más resistente de lo que esperaban.
Para empeorar las cosas, el interruptor que necesitaban desactivar estaba incrustado dentro de su coraza, protegido por capas de metal casi impenetrable.
Megumi lanzó un ataque de rocas afiladas, transformándolas en cuchillos filosos que cortaban el aire al volar hacia el cangrejo.
Sin embargo, estas rebotaron contra la coraza sin dejar ni un rasguño.
Akira, por su parte, disparaba ráfagas de energía con la pistola que Adrián le había dado.
Pero sus ataques tampoco surtieron efecto.
Los impactos apenas lograban enfurecer aún más a la bestia, que respondía lanzando sus enormes tenazas contra ellos, creando cráteres profundos en el suelo con cada golpe.
De repente, de sus otras patas emergieron pequeños cangrejos mecánicos, que comenzaron a avanzar hacia ellos como una marea metálica.
—¡Genial, más enemigos!
—exclamó Akira, disparando frenéticamente a los pequeños cangrejitos que se acercaban.
Afortunadamente, estos eran menos resistentes y explotaban con cada impacto.
—¡Son muchos!
—gritó Megumi, retrocediendo mientras intentaba mantenerlos a raya con su magia.
—¡Lo sé!
—respondió Akira, concentrándose en eliminar a los cangrejitos uno por uno.
No pude conectar con estas máquinas deben tener algún seguro pensó el muchacho.
Pero los pequeños robots no se detuvieron.
Avanzaron implacablemente, rodeando a Akira hasta que algunos lograron subirse a sus piernas.
Al hacer contacto, se fusionaron con él, formando una especie de coraza que lo inmovilizó por completo.
El cangrejo gigante, al notar que Akira estaba atrapado, levantó una de sus enormes tenazas, apuntando directamente hacia él.
—¡Debes moverte!
¡Sal de ahí, Akira!
—gritó Megumi, tratando de abrirse paso hacia él.
Pero los cangrejitos bloqueaban su camino, acumulándose frente a ella como una barrera viviente y explotando al conectarse.
Megumi levantó un muro de piedra justo a tiempo para protegerse de una explosión cercana.
A pesar de eso, su corazón latía desbocado mientras veía cómo la gran tenaza se acercaba a toda velocidad hacia Akira.
—¡Muévete!
¡Sal de ahí, Akira!
—volvió a gritar, desesperada.
No puedo decía Akira tratando de moverse, pero era inútil.
Pero era inútil.
Los cangrejitos seguían multiplicándose, impidiéndole avanzar.
Cada vez que intentaba atacarlos, algunos explotaban, pero otros tomaban su lugar instantáneamente.
Akira, completamente inmovilizado, cerró los ojos al ver la enorme tenaza acercarse.
Su mente se llenó de imágenes fugaces: su infancia, sus sueños, los momentos que nunca tendría.
Este será mi fin…
¿Acaso no habrá futuro para mí?
pensó, sintiendo cómo el peso de la situación lo aplastaba tanto física como emocionalmente.
La tenaza descendió con una velocidad aterradora, y Megumi lanzó un grito desgarrador: —¡No, Akira!
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