El sistema del perro agente - Capítulo 158
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158: Sombra versus Rayo 158: Sombra versus Rayo Todos los que acompañaban a Milo abrieron los ojos con un brillo de horror reflejado en sus pupilas.
Frente a ellos, Podbe —el lobo gigante— yacía partido en dos mitades, su cuerpo descomunal ahora convertido en un espectáculo macabro.
A lo lejos, una nube eléctrica pulsaba con vida propia, iluminando el cielo oscuro con destellos azulados y plateados.
Desde su núcleo surgió una risa maligna, profunda y resonante, como si mil voces se entrelazaran en una burla cósmica.
María, Elena y Billy aparecieron entre la niebla espesa que rodeaba el campo de batalla.
Sus pies crujían sobre la hierba húmeda mientras avanzaban hacia los restos de Podbe, buscando alguna señal de Aiden.
Los tres intercambiaron miradas tensas, sus rostros pálidos bajo la luz parpadeante de la tormenta eléctrica.
“¿Y ustedes de dónde aparecieron?” preguntó Melisa, girándose hacia ellos con una mezcla de incredulidad y frustración.
Su voz sonó cortante, como un latigazo en medio del caos.
“¿En qué momento llegaron?” añadió Ian, recuperándose apenas del impacto de su herida.
Su mano aún temblaba al sostenerse el costado ensangrentado, pero sus ojos no dejaban de escudriñar a los recién llegados.
“¿De dónde salieron?
¡Casi me da un infarto al verlos así de la nada!” exclamó Creg, apretando los puños en un gesto defensivo.
“¿Qué pasó con el perro gigante?
¿Por qué está así?” preguntó Jake, su voz teñida de asombro y confusión.
Melisa frunció el ceño, mirando a Jake con una mezcla de curiosidad y desconfianza.
“Y tú, ¿quién eres?” “No hay tiempo para presentaciones,” interrumpió Michele con urgencia, levantando una mano para detener cualquier explicación adicional.
“¿Qué pasó aquí?” “Así es,” respondió Melisa rápidamente, señalando hacia la nube eléctrica con un movimiento brusco de su brazo.
“El tal Zeus, o Milo, o como quieran llamarlo, lo partió en dos cuando cambió de forma.
Luego aparecieron esos tipos del ejército que ven por allá.” Su tono era acusatorio, como si culpara a todos por el desastre que se desplegaba ante ellos.
“Pero parece que se ha enfurecido aún más, porque ahora se ha convertido en esa nube eléctrica que ves allá.” La nube volvió a reír, una carcajada escalofriante que vibraba en el aire como el eco de un trueno distante.
Era una risa que parecía provenir de otro mundo, cargada de malicia y poder.
“Una nube eléctrica que se ríe,” murmuró Choy, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
“Eso me sonaría raro en cualquier otra situación, pero ahora ya ni me sorprende.” De pronto, la voz resonó nuevamente, atronadora y autoritaria: —”¡Prepárense!
¡Su juicio ha llegado!” Las palabras se extendieron como una sombra implacable, envolviendo a todos los presentes en un manto de inevitabilidad.
La voz era tan profunda que parecía vibrar en los huesos, provocando escalofríos que recorrían la columna vertebral de cada uno.
El aire estaba cargado de electricidad, casi palpable, como si estuviera a punto de estallar.
Los recién llegados observaron con asombro cómo de la nube comenzaron a emerger unas manos cubiertas de corrientes eléctricas que danzaban de arriba abajo, brillando con una intensidad cegadora.
Luego apareció un pie calzado con sandalias griegas, seguido por pierneras doradas que llegaban hasta las rodillas, reluciendo como si fueran hechas de oro puro.
Muñequeras del mismo material y brillo se deslizaron hacia abajo, revelando brazos musculosos.
Cuando la nube finalmente se disipó, el hombre que emergió era imponente.
Su cuerpo estaba envuelto en una túnica blanca que dejaba al descubierto parte de su pecho y llegaba hasta sus muslos.
Un cinturón en forma de rayo ceñía su cintura, y su piel parecía vibrar con electricidad pura.
Su barba y cabello largos y frondosos recordaban las representaciones clásicas de Zeus, como si hubiera salido de las páginas de un libro de historia o de una pintura antigua.
Sus ojos irradiaban energía, como si dos ondas eléctricas chocaran continuamente en su interior, y una especie de corona en forma de relámpago rodeaba su cabeza, completando su aura divina.
“¡Disparen!” gritó el general a los soldados, quienes se estaban recomponiendo tras la onda expansiva que los había derribado momentos antes.
Las balas salieron disparadas hacia Milo en una ráfaga ensordecedora, pero antes de que pudieran alcanzarlo, se detuvieron en el aire como si estuvieran suspendidas por hilos invisibles.
Giraban lentamente, bailando alrededor de él en una danza hipnótica.
Milo simplemente sonrió, sus labios curvándose en una mueca de superioridad absoluta.
Con un chasquido de sus dedos, las balas regresaron con una velocidad devastadora, perforando a algunos soldados y dejando a otros gravemente heridos, sus gritos de dolor resonando en el aire nocturno.
“Maldito seas, Milo,” espetó el general Bronjort, su voz cargada de rabia contenida mientras observaba al hombre divino frente a él.
“¡General, no se acerque!
¡Parece peligroso!” exclamó el mayor Mike, interponiéndose rápidamente entre Bronjort y Milo, su cuerpo tenso como un escudo humano.
Con un destello cegador, Milo se teletransportó frente a ellos, materializándose como un haz de luz pura.
Con un gesto preciso —el dedo índice y pulgar juntos— lanzó un proyectil invisible hacia el mayor Mike, quien salió disparado por los aires como si una fuerza sobrehumana lo hubiera catapultado.
Su cuerpo trazó un arco violento antes de caer con un golpe sordo a varios metros de distancia.
El general Bronjort mantuvo una expresión impasible, aunque por dentro sentía cómo el miedo reptaba por su columna vertebral como una serpiente fría.
Sus ojos, afilados como cuchillas, se clavaron en Milo mientras intentaba ocultar su temor tras una máscara de desafío.
“¿Qué quieres, muchacho?
¿Pelear?” preguntó Bronjort, su tono gélido y provocador.
Milo sonrió con desdén, sus labios curvándose en una mueca cruel.
“Tú fuiste quien me infligió dolor, tanto como ese perro,” respondió, señalando con desprecio los restos de Podbe.
“Y ahora te lo devolveré.” El general intentó atacarlo con un puñetazo contundente, pero su brazo se paralizó en el aire, incapaz de moverse ni un milímetro.
Milo avanzó lentamente, disfrutando del momento, y comenzó a golpearlo con bofetadas rápidas y precisas.
Cada impacto resonaba como un latigazo, dejando surcos sangrientos en el rostro del general.
La sangre brotaba en finos hilos carmesíes que caían sobre su uniforme impecable.
“Eres un viejo tonto, pero resistente,” dijo Milo, deteniéndose brevemente para observar el estado lastimero de Bronjort.
“Lo único malo es que eres un simple mortal.” Bronjort, a pesar de los golpes brutales, seguía firme, aunque cada impacto lo hacía tambalearse al borde de la inconsciencia.
Su respiración era entrecortada, y sus piernas amenazaban con ceder bajo su peso, pero su voluntad de hierro lo mantenía en pie.
“Por favor, detente,” suplicó Becky, su voz quebrada por la angustia mientras presenciaba el desgarrador espectáculo.
Milo ignoró su ruego, concentrado únicamente en su víctima.
“¿Crees que puedes vencerme a mí, a un dios?
Eres simplemente un mortal viejo y decrepito de cien años.” Las palabras de Bronjort apenas eran audibles, distorsionadas por el castigo físico que había recibido.
Sin embargo, Milo, con su oído sobrehumano, logró captarlas claramente: “Tú… te crees un dios… eres tan mortal como yo.” Un destello de furia cruzó los ojos eléctricos de Milo.
“Ya no soy humano, tonto general,” replicó con desprecio.
“¡Soy un dios!
¡Soy todopoderoso!
¡Soy Zeus, y esta es mi forma final, mi forma perfecta!
¡Nadie podrá contra mí!” Con un rugido de frustración, Milo detuvo los golpes y elevó al general en el aire, sujetándolo con una mano mientras con la otra extraía un rayo brillante de su espalda.
El arma celestial relucía con una energía abrasadora, lista para atravesar el estómago de Bronjort.
Pero antes de que pudiera ejecutar su ataque, algo oscuro envolvió al general, haciéndolo desaparecer del lugar.
“¿Dónde te fuiste, maldito Bronjort?” bramó Milo, su voz resonando como un trueno furioso.
A unos metros de distancia, Jake emergió de las sombras con el general en brazos.
“Menos mal que actué rápido.
Si no, esa cosa lo habría matado,” dijo Jake, depositando cuidadosamente a Bronjort junto a Michele y los demás.
“¿Eres tú, Jake?” preguntó Drake, reconociendo al agente.
“Sí, jefe, estoy aquí,” respondió Jake con una sonrisa cansada.
“Veo que estás haciendo horas extras trabajando para el cuadrado,” comentó Drake, señalando la insignia en el uniforme de Jake.
“Así parece,” respondió Jake, encogiéndose de hombros.
Antes de que pudieran continuar conversando, la voz atronadora de Zeus interrumpió el momento.
“¡Tú, maldito!
¡Nadie me quita a mi presa!
¡Morirán!
¡Todos morirán!” Las palabras resonaron como un eco apocalíptico, sacudiendo el aire con una fuerza que hizo temblar el suelo bajo sus pies.
“Creo que lo hice enojar,” dijo Jake con una sonrisa traviesa, aunque sus ojos reflejaban determinación.
“Ni modo, tendré que hacerle frente.
Chicas, cuiden al general,” ordenó a Michele y compañía antes de desvanecerse en las sombras para reaparecer frente a Zeus.
“Bien, susodicho dios, dame tu mejor golpe,” desafió Jake con entusiasmo, sumergiendo su cuerpo en una oscuridad densa mientras preparaba su defensa.
“Jake, no seas muy precipitado,” advirtió Eduard desde la distancia, preocupado por el enfrentamiento.
Aunque sabía que Jake era fuerte, no estaba seguro de que fuera rival para alguien como Zeus.
“Ah, también está aquí, jefe de unidad.
Mire cómo le pateo el trasero a este sujeto,” respondió Jake con una sonrisa confiada, aunque la tensión en su voz era evidente.
Zeus se movió como un relámpago, apareciendo al costado de Jake en un abrir y cerrar de ojos.
El joven agente intentó usar su habilidad para manipular la sombra de Zeus, pero descubrió que era imposible.
El aura eléctrica que emanaba del dios era tan intensa que bloqueaba cualquier conexión con su sombra, además de que se movía a una velocidad sobrehumana.
Por poco, Zeus le propina un golpe devastador en la cara, pero Jake logró sumergirse en su propia sombra justo a tiempo.
“Eso estuvo cerca,” murmuró Jake, recuperando el aliento mientras emergía de las sombras.
“Ya veo que eres rápido, pero no invencible,” añadió con una sonrisa burlona, tratando de provocar a Zeus.
El dios respondió con una mirada fulminante.
“Eso que no has visto nada, mocoso,” declaró antes de iluminar sus dedos y lanzar rayos deslumbrantes directamente hacia Jake.
El agente usó su sombra como una especie de capa protectora, absorbiendo los rayos antes de devolvérselos a Zeus como si fuera un espejo.
Los ataques regresaron hacia el dios, impactando directamente en su pecho.
Sin embargo, Zeus permaneció imperturbable, sin mostrar ni un rasguño.
“Tonto,” dijo Zeus con desdén.
“¿Crees que puedes conmigo?
Mis propios ataques no me afectan; solo regresan a mí.” “Así será,” declaró Jake con determinación, su voz firme como el eco de un tambor de guerra.
Levantó ambas manos hacia las sombras que lo rodeaban y gritó: “¡SHADOW WHIPPING!” De las oscuridades emergieron látigos hechos de oscuridad pura, serpenteantes y densos como humo negro.
Con precisión implacable, los látigos se lanzaron hacia Zeus, envolviendo sus brazos y piernas en un intento desesperado por inmovilizarlo.
Jake sonrió, creyendo haber ganado la ventaja.
“¡Te tengo!” exclamó mientras tiraba con todas sus fuerzas.
Pero Zeus permaneció inmóvil, como una estatua tallada en piedra viva.
Ni un músculo se movió bajo la presión de los látigos de sombra.
Jake frunció el ceño, confundido, y volvió a jalar con más fuerza, pero fue en vano.
El dios apenas levantó una ceja, bostezando con desdén.
“Ya terminaste.
Me aburres,” dijo Zeus, su tono cargado de arrogancia mientras observaba al joven agente con una mezcla de hastío y diversión.
Jake apretó los dientes, furioso.
“Entonces no queda de otra… ¡SHADOW BOOM!” Los látigos comenzaron a inflarse como globos oscuros, vibrando con una energía contenida antes de explotar en una serie de detonaciones ensordecedoras.
La explosión lanzó una nube de humo tan densa y opaca que ocultó completamente a Zeus de la vista.
“¡Eso fue increíble!” exclamó Choy, sus ojos brillando con asombro.
Akira, aunque aparentemente impasible, estaba fascinado por el ataque de su amigo.
“Sí, un poco,” respondió, tratando de mantener su tono neutral, aunque su mirada traicionaba su admiración.
“Bien, creo que con eso ya terminé con ese sujeto,” dijo Jake, satisfecho consigo mismo mientras observaba la nube de humo disiparse lentamente.
“No creo que eso lo haya matado,” intervino Drake, cruzándose de brazos con expresión escéptica.
Eduard asintió en acuerdo.
“Estoy de acuerdo.
Ese tipo no parece ser alguien que pueda derrotarse tan fácilmente.” Como si las palabras de Eduard hubieran invocado su presencia, un resplandor eléctrico surgió de la nube de humo.
Era Zeus, cubierto de hollín, pero indemne, su aura divina irradiando poder.
“¿Eso es todo, chico sombra?” dijo con una sonrisa burlona, limpiándose el polvo de los brazos con indiferencia.
“Tú y tu tonta habilidad de controlar sombras son inútiles ante mí.” “Soy agente sombra, no chico sombra,” corrigió Jake, molesto.
Zeus torció los labios en una mueca cruel.
“Eso es todo, ya veo.
Entonces tú morirás primero.
Iba a ser el tonto general, pero me quitaste a mi presa.
Ahora tú serás la primera víctima.” El cuerpo de Zeus se envolvió en una luz eléctrica cegadora, convirtiéndolo en un destello que se movía más rápido que el rayo.
Apareció frente a Jake en un instante, formando una esfera de energía en su mano.
La esfera chisporroteaba con un alto voltaje, iluminando su rostro con una expresión de crueldad absoluta.
“Muere,” dijo antes de lanzar el rayo directamente hacia el agente sombra.
La explosión resonó como un trueno, iluminando el campo de batalla con un destello blanco que cegó momentáneamente a todos los presentes.
Cuando el humo se disipó, Zeus sonrió con suficiencia.
“¿Quién sigue?” preguntó, mirando a su alrededor.
“Era un charlatán, solamente.” Sin embargo, desde una de las paredes cercanas, una sombra se deslizó silenciosamente.
Era Jake, emergiendo de las sombras con una expresión de alivio mezclada con frustración.
“Menos mal que convertí mi sombra en una especie de armadura, sino ya me hubieras acabado,” murmuró, ajustando su postura mientras preparaba su siguiente movimiento.
“Eres como una cucaracha, muchacho,” dijo Zeus, su paciencia claramente agotándose.
“Ya estás colmando mi paciencia.
Tengo cosas que hacer, así que no estorbes.” Con un gesto rápido, Zeus lanzó otra esfera de energía hacia Jake, esta vez más poderosa que la anterior.
Pero Jake, aprovechando su habilidad para trasladarse a través de las sombras, reapareció en una de las paredes laterales, esquivando el ataque por poco.
“Nada mal,” murmuró Jake, observando cómo la esfera impactaba contra la pared, dejando un cráter humeante.
Zeus continuó lanzando más y más esferas, cada una más letal que la anterior, pero Jake seguía esquivándolas con movimientos rápidos y calculados, reapareciendo en diferentes puntos del campo de batalla.
Chispazos y explosiones iluminaron el lugar, llenando el aire con el olor acre de la electricidad y el polvo quemado.
Adía, viendo el caos que se desataba, conjuró rápidamente un campo de fuerza para proteger a los demás mientras Jake jugueteaba con Zeus en una danza mortal.
Decidido a tomar la ofensiva, Jake utilizó su sombra como una armadura protectora y la transformó en un puño gigante del tamaño de una refrigeradora.
Con un rugido de esfuerzo, lanzó el puño hacia Zeus, golpeándolo con fuerza brutal.
El impacto hizo que el dios retrocediera unos pasos, pero antes de que Jake pudiera capitalizar su éxito, Zeus desapareció en un destello de velocidad sobrehumana.
“Esos golpes son inútiles.
Hasta el tonto de mi hermano pelea mejor que tú,” se burló Zeus desde algún punto invisible.
Jake, sin rendirse, se sumergió nuevamente en su sombra y reapareció justo encima de Zeus.
Transformó su sombra en un puño aún más grande, similar a una caja fuerte, y lo lanzó con toda su fuerza hacia el rostro de Zeus.
El impacto resonó como un trueno, y una gota de sangre brotó de la mejilla del dios.
“Bien, ¿no que eras un dios?
Mira cómo te hice sangrar,” dijo Jake con una sonrisa triunfal.
Zeus se tocó la herida con indiferencia, limpiándose la sangre con un solo dedo.
Para horror de Jake, la herida comenzó a cerrarse instantáneamente, como si nunca hubiera existido.
“Ese chico se mueve por las sombras.
Es una habilidad fastidiosa, pero… ¿qué tal si…?” Zeus sonrió con malicia, sus ojos brillando con una nueva idea.
Jake se acercó nuevamente, esta vez desde abajo, lanzando otro golpe hacia el estómago de Zeus.
Pero el dios detuvo el ataque con su abdomen, mirando al joven agente con una sonrisa siniestra.
“Veamos si con esto dejas de molestar,” dijo Zeus antes de comenzar a gritar, cargando energía en su interior.
Su cuerpo entero comenzó a brillar con una intensidad abrasadora, como si fuera una estrella viviente.
Pequeñas esferas de luz salieron disparadas de su cuerpo, iluminando no solo donde estaba parado, sino todo el lugar como si fuera un gran foco.
Jake intentó atacar nuevamente, pero notó algo alarmante: su sombra comenzó a desvanecerse bajo la luz implacable de Zeus.
“¡Maldición!” murmuró, retrocediendo mientras su conexión con las sombras se debilitaba.
“Así que la luz es tu debilidad,” dijo Zeus, relamiéndose los labios con deleite.
“Por suerte para ti, soy toda una luz.
Luz de rayo, como un dios, como un dios todopoderoso.”
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