El sistema del perro agente - Capítulo 16
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16: Algo Huele Mal 16: Algo Huele Mal Por fin llegaron a la casa de Adía.
Repitieron el mismo procedimiento: ser escaneados por los dragones y otras medidas de seguridad.
Una vez dentro, notaron que todas las luces estaban apagadas.
Cerraron la puerta con cuidado, pero alguien los asustó desde atrás.
Era Adía, quien les increpó por llegar tan tarde.
Luego, riéndose suavemente, les dijo: —Claro, si yo fuera tu madre, ya estarías castigado, jovencito.
Después de que el alma regresara al cuerpo de Aiden y Podbe —por así decirlo—, Adía le preguntó al muchacho cómo le había ido en su primera cita.
Aiden respondió que todo había sido maravilloso hasta que ocurrió un incidente y la chica tuvo que irse.
Adía, quien normalmente no era chismosa ni se interesaba demasiado en detalles, simplemente señaló que estaba bien para una primera cita y que ya habría otra oportunidad.
—Mañana es otro día —le dijo ella con calma.
Aiden, primero negó que hubiera sido una cita, algo exaltado, pero luego añadió: —Sí, tienes razón, mañana es otro día.
Ella les indicó: —Bueno, vayan a dormir.
El niño y el can obedecieron, subiendo a su habitación.
Cansados por todo lo que habían realizado durante ese día, Aiden comenzó a cambiarse mientras se quedaba pensativo, reflexionando sobre lo sucedido.
Se acostó en la cama y, tras repasar mentalmente la situación, se quedó plácidamente dormido.
Podbe y Reia también estaban sumidos en sus pensamientos, pero el sueño venció al can, quien hizo lo mismo que Aiden: se subió a la cama, se colocó a los pies del muchacho y también cayó rendido.
La única que permaneció despierta fue Reia, quien seguía analizando qué hacer si surgía alguna amenaza y preparando contingencias para cualquier eventualidad.
Adía entró a la habitación de Aiden vestida con su pijama rojo.
Al ver la tierna escena, decidió cubrirlos con unas mantas y apagar la luz de la habitación, cerrando lentamente la puerta antes de regresar a su propia habitación.
Aunque Adía no quería interrogar al muchacho, sentía cierta inquietud; deseaba saber qué preocupaba al chico.
Se metió en su cama, sacó un libro de la cómoda y, como no podía conciliar el sueño, comenzó a leer.
En el orfanato de las Hermanas del Sol (nota del autor: en el capítulo once mencioné “Hermanos del Sol”, mi error, es “Hermanas”.
Mil disculpas), una camioneta negra se detuvo frente al edificio.
De ella bajaron dos jóvenes: Lidia y Rino.
Lidia tenía el cabello rojo lacio hasta los hombros, ojos amarillos que combinaban con el esmalte de sus uñas.
Según ella misma, no era una belleza capaz de ganar el concurso de Miss Mundo, pero sí podría destacar en un certamen estatal.
Su compañero desde la escuela, Rino, lucía un cabello azul corto con un pequeño copete al frente y unos brillantes ojos verdes.
Siempre atento a la acción, su simpatía a veces lo hacía parecer un tanto pesado.
Ambos llevaban gafas de sol que les daban toda la apariencia de agentes gubernamentales, como en las películas.
Tocaron la puerta del orfanato.
El portero, un anciano, salió a recibirlos y les preguntó a qué venían.
Rino se acercó al señor y le explicó que estaban allí por el caso de un niño desaparecido.
El anciano, algo sordo, no entendió bien, y Rino repitió la pregunta, pero esta vez gritó.
El portero lo interrumpió: —No soy sordo, joven.
No tiene que gritarme.
Una vez comprendido el motivo de su visita y tras mostrarles sus identificaciones, el portero Jon llamó a la madre superiora por el intercomunicador y le informó que había personas interesadas en el caso del muchacho.
La madre, sorprendida porque ella había contactado al sheriff sin obtener resultados, pensó que el caso había escalado y ahora agentes especiales buscaban al menor.
Le dijo a Jon que los dejara pasar y que los esperaran en su despacho.
Jon, después de entender las instrucciones tras ser repetidas varias veces, permitió el ingreso de los visitantes.
Desde la ventana, los niños observaban cómo un gran carro negro polarizado entraba en la residencia.
Pensaban que alguien venía a adoptar a alguno de ellos, pero todos los huérfanos se preguntaban, si ya habían pasado varios días desde el día oficial de adopción, qué significaba esa visita inesperada.
Durante ese día, el veinte por ciento de los niños habían encontrado hogares.
Los dos jóvenes agentes ingresaron al edificio y fueron conducidos por la hermana Elsa, quien se presentó y les indicó que la siguieran.
Billy y María, quienes estaban cerca, junto con otros niños, sentían curiosidad por saber el motivo de la visita.
No parecían padres dispuestos a adoptar; más bien, su aspecto sugería que eran investigadores.
Al entrar en la oficina de la madre superiora, esta les dio las gracias por responder a sus súplicas para encontrar al muchacho.
Sin embargo, les preguntó: —¿No son muy jóvenes para ser de la policía de investigación?
Rino respondió con firmeza: —No.
Lidia calló a su compañero y le preguntó a la madre superiora cómo era posible que el muchacho se hubiera escapado bajo su cuidado.
La madre explicó que no tenía idea de por qué había huido.
Mientras Lidia fingía tomar notas en su tableta, preguntó si alguien lo había visto por última vez.
La madre confirmó que sí, y Lidia le pidió que llamara a esa persona.
Mientras hablaban, Elsa notó que Billy y María estaban espiando detrás de la puerta.
Los sorprendió y, aunque les recordó que estaba mal escuchar conversaciones ajenas, añadió: —Qué bueno que estás aquí, Billy.
La madre superiora te busca.
Elsa, conocida por su agudo oído, era los ojos y oídos del orfanato.
Condujo a los niños hacia el interior de la oficina y le preguntó a Billy: —El muchacho que buscan, Aiden, como dice en el aviso de desaparecido, ¿es tu amigo?, ¿verdad?
Billy asintió.
Luego, Elsa le preguntó si sabía por qué Aiden se había ido y si conocía algún lugar donde pudiera estar.
La hermana le advirtió que respondiera con la verdad, de lo contrario aumentarían sus días de castigo.
Temeroso, Billy explicó que Aiden solo se había marchado porque no encajaba en ese lugar y quería explorar el mundo.
Sobre posibles destinos, María interrumpió: —¿A dónde podríamos ir?
Estamos en un orfanato, no salimos a otros lugares, como pueden ver.
—Silencio, jovencita —replicó Elsa.
La madre volvió a mirar a Billy y le pidió que respondiera.
Él admitió que, aunque Aiden había estado en varias casas adoptivas, no tenía un lugar especial.
Sin embargo, si él estuviera en su lugar, se iría en un medio de transporte que no requiriera documentos ni hiciera preguntas.
La madre replicó: —¿Me estás diciendo que pudo haberse subido a un tren?
Reflexionó un momento y añadió: —El único tren que podría hacer eso es el gran tren.
Pero Elsa intervino: —Recuerda las noticias, el gran tren se descarriló.
Ojalá no le haya pasado nada al muchacho.
La madre se entristeció.
—Esperemos que no, aunque aún están revisando los escombros.
Lidia tomó nota de todo esto y le indicó a Rino que era hora de irse.
Ambos agentes agradecieron la información y se dispusieron a retirarse, no sin antes recibir las gracias de la madre por su apoyo y la esperanza de que encontraran al muchacho con vida.
Elsa les dijo a Billy y María que también podían retirarse.
Pronto, Billy y María salieron de la oficina antes que los agentes.
Billy le confesó a María: —Si algo le pasó a Aiden, no me lo podría perdonar.
María intentó tranquilizarlo: —No te preocupes, tengo un plan.
De inmediato, solicitó la ayuda de algunos niños, prometiendo darles sus canicas más brillantes si los ayudaban a retrasar por un rato a los dos sujetos que estaban saliendo de la oficina de la madre superiora.
Los niños aceptaron y rodearon a los agentes, haciéndoles preguntas para impedir su avance.
María le indicó a Billy que esa era su oportunidad.
Salieron al patio, se acercaron al auto y notaron que la puerta trasera de la camioneta estaba sin seguro.
Ella se subió rápidamente y jaló a Billy hacia adentro, cerrando la puerta tras ellos.
Rino comenzó a gritarle a los niños para que dejaran de bloquear su camino, a lo que Lidia respondió sarcásticamente: —Serías el hermano del año.
Y él replicó: —Tú sabes que soy hijo único.
Finalmente, lograron abrirse paso, subieron al vehículo y se alejaron del lugar.
Dentro del auto, Lidia comentó: —Pobre niño, espero que no le pase nada malo.
Rino respondió: —Solo por ti nos metemos en estos líos.
Solo a ti te gusta jugar a los detectives.
Lidia replicó: —No puedo evitar mis ganas de siempre ayudar.
Vamos a donde se descarriló el tren.
—Pero Lidia, tú siempre eres la voz de la razón —argumentó Rino—.
Por tu terquedad y no seguir lo que Marie nos indicó, nos pueden expulsar de la agencia y nunca convertirnos en agentes.
¿Qué va a decir mi padre sobre esto?
A lo que ella respondió: —Tranquilo y relájate, no va a pasar nada malo.
En la parte trasera de la camioneta, debajo de una manta, María le susurró a Billy: —Algo huele mal.
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