El sistema del perro agente - Capítulo 160
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160: Pausa, Naturaleza 160: Pausa, Naturaleza En lo más profundo de la selva amazónica, el rugido de máquinas taladoras rompía el silencio ancestral de los árboles.
Gigantescas máquinas avanzaban lentamente hacia un grupo de enormes troncos centenarios, dispuestas a arrancarlos de raíz.
Sin embargo, justo en su camino, se detuvo una pequeña figura cubierta por un poncho y una capucha que ocultaba su rostro.
Los hombres, pertenecientes a una empresa ilegal de tala, tocaron repetidamente el claxon con impaciencia.
“¡Niña, muévete o te pasamos encima!” gritó uno de ellos, un hombre corpulento con cara redonda y expresión irritada, desde el asiento elevado de la máquina.
Su voz resonó como un trueno entre los árboles.
“Señor, creo que no se quiere mover,” dijo otro hombre, delgado y nervioso, que lo acompañaba en el vehículo.
“Pues denle un escarmiento a esa mocosa para que se vaya.
Estos mocosos hoy en día se creen héroes,” respondió el hombre grueso con desdén.
“Ve y retírala del camino,” ordenó al sujeto flaco, señalando hacia la niña con un gesto brusco.
El hombre delgado bajó del vehículo con vacilación.
Se acercó a la pequeña figura y, con voz temblorosa, le dijo: “Niña, puedes salir del camino.
No querrás meterte en problemas.” La niña levantó la mirada, revelando un rostro serio y decidido bajo la sombra de su capucha.
“No dejaré que destruyan el bosque,” respondió con firmeza, su voz suave pero cargada de convicción.
“Vamos, niña, ve con tus padres,” insistió el hombre delgado, tratando de sonar amable, aunque sus manos temblaban ligeramente.
Pero la niña permaneció inmóvil, como una estatua viviente.
Finalmente, el hombre regresó junto al corpulento conductor, sacudiendo la cabeza.
“No se mueve, señor.
Dice que no dejará que destruyan el bosque.” “Ya veo,” gruñó el hombre grande.
“Entonces tendré que asustarla para que se mueva.” Con una sonrisa cruel, puso en marcha la máquina y comenzó a avanzar hacia la niña, alzando una de las sierras de corte.
Pero, de repente, las máquinas dejaron de funcionar.
“¿Qué pasa?” preguntó el conductor, sorprendido, mirando frenéticamente los controles.
“No lo sé, señor.
Todo indica que está bien,” respondió el hombre delgado, inspeccionando los instrumentos.
“¡Pero no funciona nada!
¡No avanza el vehículo!
¿No ves?
¡Tú eres el ingeniero, arréglalo!” gritó el conductor, furioso.
El hombre delgado se inclinó para revisar los controles cuando, de pronto, un ruido ensordecedor emergió de la máquina.
Era un rugido bestial, como el de un animal furioso.
Ante sus ojos incrédulos, la máquina comenzó a desarmarse y a reconfigurarse, transformándose en un robot gigantesco del tamaño de un árbol, con la sierra aun firmemente sujetada en una de sus manos.
Lo mismo ocurrió con las otras veinte máquinas.
Los operadores, aterrorizados, saltaron de sus cabinas y echaron a correr, pero los robots los persiguieron, acorralándolos como depredadores implacables.
“Tontos, eso es lo que se merecen,” murmuró la niña, observando la escena con satisfacción.
Sin embargo, una chispa de sorpresa cruzó su rostro cuando vio a las máquinas listas para atacar a los hombres.
“Aunque… como soy parte del equipo de agentes, debo ayudarlos,” reflexionó en voz alta.
Con determinación, les gritó a los taladores ilegales, que estaban paralizados de miedo, esperando ser cortados por las sierras.
Rápidamente, se quitó el poncho y la capucha, revelando su verdadera identidad.
Era una niña de cabello verde hasta los hombros, con ojos anaranjados que brillaban intensamente en la oscuridad de la noche como dos faroles encendidos.
Aparentaba unos siete años de edad y llevaba un traje hecho de plantas y flores, tejido con tal precisión que parecía cosido por manos expertas.
Lo que más llamó la atención fue que no tenía brazos visibles.
Los hombres, confundidos y aterrados, se preguntaban cómo podría salvarlos sin extremidades.
El hombre corpulento, jadeando, murmuró: “Y cómo nos va a ayudar esa niña si no tiene con qué atacar…” Su mirada se posó en el lugar donde deberían estar los brazos de la niña, incapaz de comprender.
“No me subestimen,” dijo ella con voz firme, elevando la voz para que todos pudieran oírla.
De inmediato, del suelo brotaron unas raíces gruesas y flexibles que se fusionaron perfectamente con su cuerpo, formando unos brazos hechos de ramas y hojas.
Eran idénticos a brazos humanos, pero con un toque etéreo y poderoso.
De pronto, la niña colocó sus nuevos brazos hechos de ramas y hojas con las palmas de las manos contra el suelo.
Un instante después, del terreno brotaron varias enredaderas gruesas que se enroscaron alrededor de las máquinas, inmovilizándolas por completo.
Luego, un torrente de hojas afiladas como cuchillas surgió del suelo, cortando las máquinas en pedazos.
“STEEL LEAF,” murmuró la niña mientras las hojas destellaban con un brillo metálico bajo la luz tenue de la selva.
Los restos de las máquinas cayeron pesadamente cerca de los hombres, quienes observaron atónitos cómo la pequeña niña realizaba tal proeza.
Con temor en sus ojos, los taladores ilegales se acercaron a ella y, con voces temblorosas, pidieron perdón.
“Por favor, no volveremos a talar los árboles,” prometieron, inclinándose en señal de respeto.
La niña los miró fijamente, su expresión seria pero llena de determinación.
“Eso espero,” respondió con firmeza.
Sin embargo, antes de que pudiera relajarse, algo se acercó sigilosamente desde el campamento.
Eran unos pequeños robots, del tamaño de un adulto promedio, equipados con armas que apuntaban directamente hacia ella.
Eran cuatro en total.
“¡Cuidado, niña!
¡Mira arriba!” gritó el hombre corpulento, señalando frenéticamente a los robots.
Pero antes de que la niña pudiera reaccionar, las máquinas comenzaron a destruirse una tras otra, misteriosamente.
“¿Qué pasó?
¿Tú no hiciste eso, niña?” preguntó el hombre grande, confundido.
La niña negó con la cabeza, sus ojos anaranjados brillando con curiosidad.
“Vaya, vaya…
A veces eres descuidada,” dijo una voz familiar, y de repente, apareció un joven al lado de la niña.
Era un chico vestido completamente de negro, cubriendo su nariz y boca con una máscara similar a la de un ninja.
Su cabello castaño oscuro, recogido en una coleta baja, hacía juego con sus ojos marrones profundos.
No era musculoso, pero su porte atlético y su presencia silenciosa lo hacían parecer intimidante.
“¿En qué momento llegaste?” le preguntó la niña, sorprendida.
“Hace unos minutos, pero menos mal que lo hice,” respondió él con una sonrisa arrogante.
“Por cierto, ¿por qué no contestas mis mensajes?
Te he estado llamando.” “No tengo tiempo para eso.
Además, aquí no hay mucha señal que digamos,” replicó la niña, cruzando sus brazos hechos de ramas.
“¿Quiénes son ustedes?” preguntó el hombre corpulento, aún asombrado por las habilidades sobrenaturales de ambos.
“Bien, ya basta de jugar a la protectora del bosque,” interrumpió el joven, dirigiéndose a la niña.
“Tenemos trabajo que hacer.” La niña lo miró con desagrado, pero asintió.
Se volvió hacia los taladores ilegales y les lanzó una mirada severa.
“No quiero verlos destruyendo este bosque nunca más, ¿entendido?
O se las verán conmigo.” Los hombres asintieron rápidamente, casi al unísono, mientras la niña y el joven desaparecían frente a sus ojos como si fueran parte de un truco de magia.
Una vez a solas, la niña se volvió hacia el joven.
“¿Tenías que hacer eso?” le reprochó, señalando su atuendo.
“Y, además, ¿por qué te vistes así?
Pareces un ninja de caricatura.” “¿Qué tiene de malo mi ropa?
Soy un ninja,” respondió él con aire defensivo.
“El hecho de que puedas volverte invisible no te convierte en uno,” replicó la niña con una sonrisa burlona.
El joven rodó los ojos.
“Bien, dejemos eso.
Ya viste que han aparecido estos robots descontrolados.
Debemos ayudar a la gente de las zonas cercanas.
Es nuestro deber como agentes protegerlos.
Esta es una orden directa de un alto rango.” “Sí, ya vi los robots que enfrenté,” respondió la niña, pensativa.
“Bueno, ya que estamos en esto, vámonos al siguiente lugar con tecnología.” Hizo una pausa y luego añadió, con tono exasperado: “Y ya quítate esa cosa que cubre la mitad de tu cara, Todd.” “Es mi estilo, Lita,” le dijo Todd con aire confiado mientras ajustaba su máscara ninja.
“Como quieras,” respondió ella, rodando los ojos.
“Pero dime algo: ¿cómo vamos a ir a la siguiente ciudad?
¿Trajiste alguna nave o algún transporte?” “Bueno…
traje uno, pero se convirtió en un robot.
Así que tuve que caminar,” admitió Todd con una sonrisa nerviosa, rascándose la nuca.
La chica lo miró con gesto de desaprobación.
“Tonto,” murmuró.
“Siempre tengo que hacer todo yo.” Con un movimiento fluido, tocó el suelo con sus manos hechas de ramas, y de la tierra brotó una especie de tubérculo gigante, similar a una papa.
La forma extraña se abrió lentamente, revelando una cabina en su interior.
“Sube.
Iremos por debajo,” indicó Lita, señalando el interior.
Todd asintió sin discutir, y ambos subieron al peculiar vehículo.
En cuanto cerraron la puerta, el tubérculo se hundió en la tierra, comenzando a avanzar como si fuera un tren subterráneo.
Mientras viajaban bajo tierra en lo que Todd bromeó llamando la “papa móvil,” aprovecharemos para presentar a estos dos agentes extraordinarios: Lita Oliveira, la agente A-5, es una niña de apenas siete años.
Aunque joven, posee una sabiduría y habilidad sorprendentes.
Nació sin brazos, pero gracias a su conexión mágica con la naturaleza, puede crear extremidades hechas de ramas y hojas que parecen completamente reales.
Su poder no solo reside en controlar la flora, sino también en proteger el equilibrio natural del mundo.
Es decidida, valiente y tiene un sentido innato de justicia que supera su corta edad.
Por otro lado, está Todd Reynolds, el agente B-11, un adolescente de dieciséis años obsesionado con jugar a ser un ninja.
Su habilidad única le permite volverse invisible y traspasar materiales sólidos, aunque a veces su creatividad para usar estas habilidades deja mucho que desear.
A pesar de su actitud despreocupada y bromista, Todd es leal y siempre está listo para apoyar a sus compañeros en las misiones más difíciles.
“¡Llegamos!” anunció Lita mientras el tubérculo comenzaba a ascender hacia la superficie como si fuera un ascensor.
Al salir de la tierra, la cáscara de la “papa” se abrió como una puerta, revelando una escena caótica frente a ellos.
La ciudad estaba sumida en el desorden más absoluto.
Edificios derrumbados, vehículos volcados y humo negro flotando en el aire creaban una atmósfera apocalíptica.
“Nunca había visto la ciudad así,” dijo Todd, observando con asombro.
“Sé que Río de Janeiro es una ciudad alegre, festiva y llena de desfiles, pero esto…
Esto parece un caos aún mayor que mi cuarto,” añadió, intentando aligerar el ambiente con una broma.
Lita miró el letrero partido a la mitad que aún decía “Bienvenidos a Río”.
“Sí, es el lugar,” confirmó con tono serio.
“Pero creo que esas cosas lo han convertido en algo irreconocible.” Todd levantó la vista al escuchar un sonido metálico.
Una enorme escultura de un carrito alegórico en forma de tucán se erguía sobre los escombros.
Sus ojos brillaban con un resplandor rojo, y de pronto, lanzó rayos láser directamente hacia ellos.
“¿Esa cosa no te parece amigable?” preguntó Todd, señalando al tucán mecánico con preocupación.
“No, definitivamente no,” respondió Lita mientras observaba cómo más criaturas mecánicas emergían de entre los escombros de los edificios, rodeándolos lentamente.
El peligro era inminente.
¿Qué le deparará a este peculiar dúo?
Descúbralo en el siguiente capítulo.
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