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El sistema del perro agente - Capítulo 161

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161: Desfile Loco 161: Desfile Loco Lita y Todd se encontraban frente a un inmenso tucán animatrónico que lanzaba rayos láser desde sus ojos brillantes como brasas encendidas.

Pero no estaban solos contra esa criatura; de pronto, más animatrónicos comenzaron a surgir entre los escombros, acompañando carrozas de desfile que ahora parecían sacadas de una pesadilla mecánica.

“Mira, Todd,” dijo Lita señalando a su alrededor con preocupación.

“Todos esos animatrónicos se volvieron locos, igual que las máquinas taladoras.” Los pequeños robots comenzaron a rodearlos lentamente, mientras el tucán gigante avanzaba hacia ellos con pasos metálicos resonantes.

“Es hora de actuar,” anunció Todd, quien corrió hacia un grupo de robots alineados.

Con agilidad y rapidez, traspasó cada uno de ellos, extrayendo los chips centrales que los mantenían activos.

Los robots se apagaron instantáneamente, cayendo al suelo con estrépito.

“No está nada mal,” comentó Lita, observando su trabajo.

Sin perder tiempo, hizo brotar unas raíces espinadas del suelo que atraparon a los robots restantes en el aire, apretándolos hasta que se desarmaron en pedazos.

“Oye, eso es trampa,” protestó Todd, reapareciendo junto a otro robot que acababa de desactivar.

“Yo no tengo ese tipo de poderes como tú.” Te daría una mano para ayudarte a acabar más rápido, pero…

ya sabes, no tengo,” respondió Lita sarcásticamente, levantando sus manos hechas de ramas y hojas.

“Ja, ja, qué graciosa,” replicó Todd con una sonrisa irónica.

“Bien, ahora encarguémonos de ese tucán superdesarrollado,” indicó Todd, volviendo su atención al enorme pájaro mecánico.

El tucán lanzó un potente rayo láser hacia Todd.

“¡Todd, cuidado!” gritó Lita, alarmada.

Pero él ni siquiera se movió.

Se colocó directamente en la trayectoria del ataque, dejando que los rayos lo atravesaran sin causarle daño alguno.

“Es por mi habilidad,” explicó, girándose hacia ella con calma.

“¿Se te olvida que puedo traspasar cualquier objeto?” “Ah, sí, cierto.

Me había olvidado,” admitió Lita, tocándose la cabeza con una expresión de disculpa.

“Terminaste, pajarraco crecido.

Entonces es mi turno,” declaró Todd con determinación.

Corrió hacia el tucán y se desvaneció en el aire.

Un momento después, el colosal pájaro mecánico se derrumbó sobre la calle con un estruendo ensordecedor.

“Fue muy fácil,” presumió Todd, cruzándose de brazos con aire triunfal.

“Otra victoria para el Ninja-11,” añadió, usando el título que tanto le gustaba que le dieran.

Pero antes de que pudieran celebrar su éxito contra los animatrónicos, se escuchó el grito desesperado de varias personas a lo lejos.

Ambos agentes intercambiaron una mirada rápida antes de decidir avanzar hacia el origen del ruido.

En una de las calles obstruidas por escombros, vieron a un grupo de personas corriendo despavoridas.

Algunas vestían trajes alegóricos, probablemente parte del desfile, mientras otras eran espectadores atrapados en el caos.

Las calles ardían, los edificios se desmoronaban en pedazos y el pánico reinaba por doquier.

De repente, aparecieron más animatrónicos gigantes, aún más amenazantes que el tucán.

Uno era un dragón que escupía fuego abrasador, otro una serpiente mecánica que devoraba a algunos de los fugitivos sin piedad, y un tren gigante con un rostro caricaturesco que perseguía a todo lo que veía, arrollando todo a su paso.

Estos tres monstruos mecánicos estaban liderados por un robot en forma de mujer, cuyas piernas eran patas de ave y cuya parte inferior tenía el cuerpo de un león.

Ambos agentes se quedaron paralizados por un instante, contemplando la magnitud del desastre frente a ellos.

Fue entonces cuando Todd rompió el silencio: “No hay tiempo de pensar en la situación.

Es hora de proteger a los ciudadanos.” Y, como era su costumbre, desapareció en el acto.

“Típico de ti desaparecer sin previo aviso,” murmuró Lita con una mezcla de exasperación y admiración.

Un segundo después, Todd reapareció brevemente junto a ella.

“Yo me encargo del tren y la serpiente,” anunció rápidamente.

“En ese caso, a mí me toca el dragón y lo que sea esa cosa,” dijo Lita, señalando al robot femenino con el cuerpo inferior de animal.

Antes de que pudiera decir algo más, Todd volvió a desaparecer en el aire.

La niña invocó su magia de la naturaleza, conjurando un arbusto en forma de rana con un capullo de flor en la espalda.

“Veamos si esta batalla es de tu conocimiento,” dijo Lita al animatrónico dragón, como si el colosal robot pudiera entenderla.

Una leve risa escapó de sus labios ante la idea.

“Es como una pelea de ese anime entre un tipo planta y uno fuego…

o algo así, pero en versión gigante.” El arbusto-rana cobró vida, moviéndose con agilidad inesperada hacia el dragón, que se desplazaba como si fuera un ser vivo.

La planta rana esquivó hábilmente los ataques de fuego lanzados por el dragón, siguiendo previamente las órdenes de su creadora.

“Enséñale que las plantas son mejores que el fuego,” murmuró Lita con determinación.

Los látigos de raíces emergieron de las extremidades del arbusto-rana, envolviendo con firmeza la cola y el hocico del dragón.

A pesar de estar inmovilizado, el dragón mecánico seguía resistiéndose, intentando zafarse del agarre implacable.

“Ahora, lanza tu cañón de rosas,” ordenó Lita.

El capullo del arbusto-rana se abrió lentamente, revelando pétalos de rosa que comenzaron a flotar en el aire antes de incrustarse en el cuerpo metálico del dragón.

“Rosas, crezcan,” susurró Lita, y luego gritó con fuerza: “¡DRAIN ROSE!” Rápidamente, los delicados pétalos se transformaron en rosas completas, con tallos largos y espinosos que perforaron el cuerpo del dragón.

Las flores crecieron sin control, devorando al robot desde adentro hasta destruirlo por completo.

“Ese es uno de mis trucos mágicos,” dijo Lita con orgullo, jactándose de su poder mientras observaba los restos del dragón.

“Si hubieras estado vivo, te habrían drenado la energía.

Pero como no lo estás, solo crecen las rosas destruyendo todo a su paso.” Con una mirada decidida, Lita giró hacia el siguiente objetivo: el robot femenino con patas de ave y cuerpo de león.

“Ahora voy por ti, mujer-animal,” murmuró, preparándose para el enfrentamiento.

Mientras tanto, Todd corría hacia las personas que huían despavoridas.

Un enorme pedazo de escombro se desprendió de un edificio cercano y cayó directamente hacia una niña y su madre.

Sin pensarlo dos veces, Todd tocó a ambas justo antes de que el escombro las aplastara.

Para sorpresa de todos, cuando el polvo se disipó, Todd salió de debajo del escombro ileso, con la niña y su madre a salvo a su lado.

“¿Cómo es eso posible?” murmuró alguien entre la multitud que se había detenido a observar la escena, como si fueran chismosos ávidos por presenciar algo extraordinario.

Algunos incluso intentaron sacar sus teléfonos para grabar el momento, movidos por la costumbre de documentar cualquier evento fuera de lo común.

Sin embargo, pronto recordaron con frustración que esos dispositivos ya no estaban en sus manos; se habían transformado en máquinas letales durante el caos inicial.

“¡Rayos!

Es verdad que ya no tenemos teléfonos,” dijo uno de ellos, rascándose la cabeza con resignación.

“La costumbre,” respondió otro encogiéndose de hombros, como si ese simple gesto pudiera explicar su reacción automática.

Desilusionados, se limitaron a mirar la escena con asombro, incapaces de grabarla o subirla a sus redes sociales.

Era irónico: vivían en una era donde capturar momentos era casi más importante que vivirlos, pero ahora, frente a algo verdaderamente extraordinario, no tenían manera de inmortalizarlo.

Algunos suspiraron con desánimo, otros simplemente se cruzaron de brazos, aceptando su papel de espectadores pasivos en medio de un desastre que parecía salido de una película de ciencia ficción.

Nadie notó que el animatrónico del tren gigante venía rugiendo hacia ellos, listo para arrollar a todo lo que encontrara a su paso.

Todd, alerta, se volvió hacia los presentes.

“¡Denme su mano, rápido!” gritó.

Sin dudarlo por lo observado, las personas extendieron sus manos hacia él.

El tren, con un rostro caricaturesco que parecía sacado de los dibujos animados que tus hermanos solían —o aún ven—, rugió como un torbellino metálico enfurecido mientras avanzaba a toda velocidad hacia el grupo de personas.

Su rugido resonó como un trueno, haciéndose eco entre los edificios derruidos.

Cuando finalmente se detuvo, Todd sintió un nudo en el estómago, temiendo por un momento haber fallado.

Pero entonces, al mirar a su alrededor, se dio cuenta de que nadie había resultado herido.

Había utilizado su habilidad para hacer que todas las personas cercanas se volvieran intangibles durante unos instantes, protegiéndolas del impacto mortal.

Las personas, incrédulas, comenzaron a mirarse unas a otras, sorprendidas de seguir ilesas.

“¿Qué acaba de pasar?” murmuró alguien, aún aturdido.

Todd sonrió para sí mismo, satisfecho de haber logrado su objetivo, aunque su expresión permaneció seria.

Sabía que no había tiempo para celebraciones; el peligro aún no había pasado.

“¡Gracias!” exclamaron varias voces al unísono.

Todd sonrió con modestia.

“No olviden decir que su amigo el Ninja-11 los salvó,” bromeó, señalándose a sí mismo con un gesto dramático.

“Bien, ya terminó el espectáculo,” anunció, pero su expresión cambió al ver que el tren regresaba furioso.

“Será mejor que todos se escondan.

Me haré cargo de esto,” dijo con una mirada determinada antes de correr hacia el tren a toda velocidad…

o más bien, desapareciendo en el acto.

El tren se detuvo abruptamente al perder de vista a su objetivo, como si estuviera confundido por la repentina desaparición de Todd.

Pero entonces, algo inesperado ocurrió.

Un extraño cosquilleo comenzó a recorrer su estructura metálica, como un temblor eléctrico que se extendía desde sus ruedas hasta su rostro caricaturesco.

Poco a poco, el colosal vehículo empezó a tambalearse, sus luces parpadeando débilmente mientras su poderoso motor emitía un último gemido metálico.

Era como si estuviera luchando contra lo inevitable, pero al final, no pudo resistir la habilidad sigilosa de Todd.

Con un estruendo sordo, el tren se desplomó sobre las vías, víctima de su propia derrota.

Su rostro, antes lleno de energía y determinación mecánica, ahora mostraba una expresión casi melancólica mientras se apagaba por completo.

Las luces de sus ojos se extinguieron lentamente, dejando una sensación de tristeza en el aire, como si incluso una máquina pudiera sentir el peso de su fin.

Todd observó la escena en su forma invisible, satisfecho, pero con una pizca de reflexión en su mirada.

Sabía que había hecho lo necesario, pero algo en esa última expresión del tren le hizo preguntarse cuánto de humano quedaba en esas máquinas descontroladas.

Todd apareció frente al tren inactivo, con una sonrisa satisfecha en su rostro.

“Bueno ni modo, va uno, falta uno,” declaró antes de desvanecerse nuevamente en el aire.

Mientras tanto, la serpiente mecánica seguía avanzando implacablemente, engullendo a las personas que huían como si fuera un juego antiguo de celular donde una serpiente devora bloques que en este caso eran personas.

Todd corrió invisible hasta posicionarse cerca de la cabeza del reptil robótico.

Justo metros antes de llegar, reapareció, haciendo una seña exagerada para captar su atención.

La serpiente, sin dudarlo, abrió sus fauces metálicas y lo tragó entero.

Dentro del vientre de la máquina, Todd buscó rápidamente a las personas atrapadas.

Cuando las encontró, las reunió en un espacio seguro.

Los sobrevivientes lo miraron con asombro, notando que cubría media parte de su rostro con su máscara ninja.

“¡No se preocupen!

Aquí está su salvador: el Ninja-11,” anunció con orgullo.

“Fórmense y denme la mano si quieren salir de aquí.” La gente lo miró con escepticismo.

Algunos murmuraban entre sí: “¿Está loco?” Pero otros, resignados, pensaron: “Ya que…

Si ya nos comió una serpiente robótica, ¿qué más da?” Poco a poco, todos extendieron sus manos hacia él.

Cuando Todd confirmó que todos le habían dado la mano, dijo con determinación: “Bien, caminen conmigo.” Se acercó a una de las paredes internas de la serpiente.

“¿Y ahora qué?

¿Confiamos en este loco?” preguntó alguien nervioso.

“Es algo sólido.

¿Cómo vamos a pasar?” “Solo háganme caso,” respondió Todd con calma.

Luego, para demostrar su punto, puso una mano sobre la pared y la traspasó como si fuera agua.

Todos se quedaron boquiabiertos.

Sin perder tiempo, lo siguieron.

Algunos cerraron los ojos temerosos, mientras otros miraban maravillados cómo atravesaban la pared metálica como fantasmas.

Uno a uno salió al exterior del robot-serpiente, parpadeando bajo la luz del sol.

“¡Gracias, Ninja-11!” exclamaron varias voces.

Unos niños se acercaron emocionados.

“¡Gracias, Ninja-11!” “¡Ey!

Ese es mi nombre, no lo gasten en forma de burla,” les advirtió Todd con fingida severidad, aunque sus ojos brillaban con diversión.

“Bien, váyanse a ocultarse.

Yo me encargo de este ‘robo problema,'” dijo, cruzándose de brazos.

“¿Robo problema?

Porque junte problemas con robots,” explicó con una sonrisa.

Es un chiste de juego de palabras dijo mirando a todos los que había salvado.

Nadie se rio.

“Bien, váyanse,” suspiró Todd, sacudiendo la cabeza.

“Qué público tan difícil.” Con las personas a salvo, Todd lanzó una piedra hacia la cabeza de la serpiente para llamar su atención.

“¡Oye, tú, serpiente!

¡Es hora de que conozcas al chatarrero!” gritó.

La serpiente giró su enorme cuerpo hacia él, pero Todd ya estaba dentro de ella, moviéndose como un fantasma entre sus circuitos.

Encontró el chip central y lo destruyó con precisión quirúrgica.

El gigantesco reptil mecánico cayó rendido al suelo con un estruendo metálico.

Todd salió de entre los escombros justo a tiempo para ver a Lita terminar su enfrentamiento.

Había creado un árbol gigante, similar a un matamoscas, que aplastó al extraño robot femenino con patas de ave y cuerpo de león.

“Bien, ya acabé con lo que fuera esa cosa,” dijo Lita, acercándose a Todd mientras observaba los restos del robot.

“¿Quién fue el loco que hizo esta cosa?” preguntó, señalando el destrozado animatrónico.

“Es una esfinge,” respondió un joven vestido con lentejuelas, que parecía haber sido parte del desfile.

“Iba a ser la sensación del concurso, pero todo se volvió un caos.

Las máquinas se volvieron locas, algunas se fusionaron y crearon estas cosas gigantes que destruyeron edificios y arrasaron con todo.” “¡Ups!” dijo Lita, sintiéndose culpable por haber destruido el animatrónico.

“Lo siento por tu esfinge.” “No hay problema,” respondió el joven con una sonrisa cansada.

“Gracias por ayudarnos.

Veo que son fuertes.

Por favor, necesitamos su apoyo con las personas atrapadas entre los escombros.

Hay muchos heridos y algunos amigos están por allá.” Lita y Todd asintieron sin dudarlo.

Durante un rato, ambos agentes trabajaron incansablemente para rescatar a las personas atrapadas.

Una vez que terminaron de ayudar, un hombre musculoso y alto, vestido con uniforme militar, se acercó a ellos.

Era un general.

“Gracias por su ayuda,” dijo con voz grave pero sincera.

“Si pudieran seguir apoyándonos en otras ciudades, sería de gran ayuda.

Esto no parece terminar pronto.” Lita se encogió de hombros.

“Ya que no tengo otra cosa que hacer más que espantar taladores ilegales, y por ahora eso está controlado…

Lo ayudaré,” respondió con una sonrisa traviesa.

“Y yo, el Ninja-11, también estoy dispuesto a ayudar,” añadió Todd, colocándose en pose dramática.

El general asintió con gratitud.

“Entonces, prepárense.

Nos esperan más batallas.” En una bulliciosa ciudad de México, un muchacho esperaba pacientemente en un puesto callejero famoso por sus tacos, enchiladas y demás delicias.

El aroma a chile, cilantro y carne asada flotaba en el aire, haciendo que su estómago rugiera con anticipación.

Finalmente, recibió su pedido: una orden humeante de enchiladas bañadas en salsa picante, acompañadas de guarniciones frescas.

Estaba a punto de llevarse el primer bocado a la boca cuando, de repente, todo cambió.

Las luces parpadearon y los artefactos eléctricos comenzaron a apagarse uno tras otro.

Los hornos, neveras y hasta los pequeños ventiladores se transformaron en robots malvados armados hasta los dientes.

Las máquinas cobraron vida, disparando al azar contra la multitud aterrorizada.

En medio del caos, la comida del joven cayó al suelo, aplastada por el desorden.

El vendedor del puesto salió corriendo despavorido, gritando algo sobre salvar su vida, pero el joven permaneció en su lugar, molesto.

Su estómago rugía de frustración, pero lo que realmente lo enfurecía era no haber podido disfrutar ni un solo bocado de aquella enchilada picante que le hacía agua la boca.

“¿En serio?

¿Me quitan mi comida justo ahora?” murmuró, cruzándose de brazos.

Su ceño fruncido dejaba claro su disgusto.

De pronto, su cuerpo comenzó a brillar con destellos eléctricos.

Pequeñas chispas saltaban de sus manos y cabello, iluminando el ambiente como si fuera una tormenta contenida en su piel.

Los robots cercanos giraron hacia él, apuntándole con sus armas letales.

Sin embargo, el joven no parecía intimidado.

Más bien, estaba furioso.

“Escúchenme bien,” dijo con voz firme, cargada de electricidad estática.

“Van a pagar caro por no haberme dejado deleitar mi paladar con esa enchilada picante que pedí aquí en Don Pepe el mejor lugar donde hacen estos manjares.” Los robots emitieron un zumbido metálico, como si evaluaran al chico frente a ellos.

Pero antes de que pudieran reaccionar, el joven levantó las manos y una descarga eléctrica masiva surgió de su cuerpo, iluminando toda la calle.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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