El sistema del perro agente - Capítulo 162
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162: ¿Y Mi Enchilada?
162: ¿Y Mi Enchilada?
Varios robots salieron despedidos del puesto que lucía un letrero con letras garabateadas a mano: Don Pepe.
Entre el caos de metal retorcido y humo acre, apareció un chico de cabello trinchudo, dorado con las puntas naranjas, como si llevara consigo un fragmento del atardecer.
Sus ojos celestes brillaban con fluctuaciones eléctricas, pequeños destellos que parecían chispas de energía contenida, dándole un aire casi sobrenatural.
A pesar de su apariencia juvenil, no superaba los doce años.
Vestía algo común: un polo naranja desteñido, shorts negros y zapatillas deportivas gastadas, pero había algo en él que lo hacía destacar.
El sonido de sus pisadas sobre el pavimento resonaba con calma mientras inspeccionaba el campo de batalla.
La gente que se había refugiado dentro del negocio comenzó a asomarse tímidamente.
Algunos murmuraban entre ellos; otros simplemente observaban al chico con asombro.
Había derrotado a los robots sin siquiera sudar, sin mostrar un ápice de cansancio.
El silencio era interrumpido solo por el crujido metálico de los restos de máquinas desperdigados por el suelo.
—Malditas chatarras —murmuró Diego, rascándose la nuca con fastidio—.
Malograron una gran comida, como decía en las redes sociales.
Y yo quería probarla… ¡Y ya había pagado!
Las personas que habían estado ocultas emergieron lentamente, algunas aún temblorosas, otras con lágrimas en los ojos.
Un anciano se acercó y, con voz rasposa pero sincera, le dio las gracias.
Diego levantó una mano para detenerlo antes de que pudiera decir más.
—No me den las gracias —respondió, mirando hacia el horizonte con el ceño fruncido—.
Aún hay más de esos merodeando.
Lo puedo sentir.
Será mejor que busquen un lugar seguro.
Los civiles asintieron, agradeciendo nuevamente antes de dispersarse.
Pero justo cuando Diego estaba a punto de marcharse, una brisa fresca acarició el ambiente.
Llevaba consigo el olor a tierra mojada y hierba recién cortada, un contraste curioso contra el calor metálico que aún flotaba en el aire.
Una voz femenina resonó desde arriba, clara y firme.
—¡Diego!
¡Aquí estás!
El chico giró la cabeza hacia el cielo, entrecerrando los ojos bajo la luz del sol.
Desde las alturas descendió una figura ágil y elegante: una joven de cabello claro como nubes algodonadas y ojos color café cálido, como el chocolate derretido.
Su piel bronceada relucía bajo los rayos del mediodía, y su ropa contrastaba con la informalidad de Diego.
Llevaba una blusa blanca impecable, ajustada lo suficiente para resaltar su figura, junto con una minifalda negra y zapatos de punta fina que resonaban con cada paso.
Cuando tocó el suelo, cruzó los brazos con una mezcla de autoridad y exasperación.
—Para ti soy el agente A-10 —dijo él, con un tono sarcástico que no dejaba lugar a réplicas.
—Tonto Diego López —replicó Clara al notar que el muchacho arrastraba las palabras con deliberada insolencia.
Su voz tenía un matiz de exasperación, aunque sus ojos brillaban con una chispa de diversión contenida.
—Ya sé quién eres —respondió Diego, fingiendo seriedad mientras alzaba las manos en un gesto dramático—.
Mi superiora, ¿no?
Clara lo fulminó con la mirada, pero no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara a sus labios.
Estaba acostumbrada a su actitud descarada, aunque eso no significaba que fuera a tolerarla completamente.
—Sí, Clara Moraleeeees la agente A-3 dijo Diego.
—Es Morales, no como lo dices tú, mocoso engreído.
Siempre te gusta molestar y no hacer caso a tus mayores.
—Si, como digas, señora —respondió Diego, fingiendo seriedad mientras alargaba exageradamente el apellido de ella.
—¡No soy señora!
¡Aún soy joven, tengo dieciocho!
—protestó Clara, cruzándose de brazos.
—Claro, claro —dijo Diego, rodando los ojos con dramatismo.
Clara respiró hondo, intentando recuperar la compostura.
—¿Dónde andabas?
Llevo una hora buscándote.
Tenemos trabajo que hacer.
Hay robots locos atacando a las personas, y esto está pasando en todo el mundo, como nos indicaron por radio.
Diego bajó la mirada hacia los restos de metal desparramados a sus pies y señaló con desinterés.
—¿Te refieres a estos?
Ya me hice cargo de ellos.
Clara parpadeó, incrédula, y luego sacudió la cabeza.
—No solo son estos.
Hay más.
Debemos ayudar a la gente aquí.
Diego bufó, cruzándose de brazos.
—Pues yo no me voy hasta comer mi enchilada.
Esas chatarras destruyeron mi comida, además, ya había pagado.
Ahora me quedé sin dinero.
Clara lo miró durante un momento, evaluando su expresión obstinada.
Finalmente, suspiró y cedió.
—Está bien.
Si me ayudas, conozco un lugar donde hacen buenas enchiladas.
Solo espero que siga en pie.
Yo las pago.
Diego sonrió triunfal, como si hubiera ganado una batalla personal.
—Trato hecho.
—Bien, ya dijiste “vamos a patear traseros metálicos” —exclamó Diego con una sonrisa traviesa mientras un campo eléctrico comenzaba a formarse a su alrededor.
Un zumbido bajo y vibrante llenó el aire, haciendo que su cuerpo se elevara unos centímetros del suelo.
Las chispas azules y blancas danzaban sobre su piel como relámpagos contenidos, iluminando su rostro con un brillo decidido.
Clara lo miró con una mezcla de admiración y exasperación.
—Vaya… Qué cambio repentino.
¿Tanta determinación solo por una comida?
—murmuró ella, aunque no pudo evitar sonreír.
Con un movimiento elegante, el viento invisible a su alrededor cobró vida, envolviéndola como si fuera una corriente cálida y constante.
Su cabello claro flotaba ligeramente mientras ascendía junto a él, como si bailara en el aire.
Ambos iniciaron su viaje, surcando los cielos con rapidez y propósito.
Mientras volaban, Clara aprovechó para comentarle algo importante.
—Escucha, Diego.
Lo que está pasando en el mundo es grave.
Primero fueron los niños huérfanos controlados, ahora estos robots maniacos… Según lo que indicó Marie, esto no terminará aquí.
Después vendrá un dinosaurio supergigante dijo Clara en son de broma.
Diego, sin embargo, parecía distraído, observando el horizonte con desinterés.
Clara frunció el ceño.
—¿Me prestaste atención a lo que dije?
—preguntó, cruzándose de brazos.
—Sí, sí…
Menos mal que de los controlados se encargan otras personas —respondió él con un tono despreocupado, aunque era evidente que sus pensamientos estaban en otra parte.
Solo quería acabar con los robots para poder disfrutar de su tan ansiada enchilada.
De pronto, el chico señaló hacia abajo con entusiasmo.
—¡Mira allá abajo!
—dijo, interrumpiéndola abruptamente—.
Se ve todo ese tumulto de gente.
Seguro están festejando algo.
¡Acerquémonos!
Sin esperar respuesta, Diego descendió a toda prisa, dejándose caer en picada hasta tocar el suelo con agilidad felina.
Clara, molesta pero acostumbrada a su impetuosidad, lo siguió rápidamente, aterrizando con la misma gracia silenciosa que siempre la caracterizaba.
—No creo que estén celebrando algo —murmuró ella al ver la escena que tenían frente a ellos.
La multitud estaba siendo perseguida por extraños robots en forma de calaveras que portaban guitarras.
Sin embargo, aquellas “guitarras” eran en realidad armas letales, metralletas disfrazadas de instrumentos musicales.
—¡Rápido, protégelos!
—ordenó Clara al muchacho, quien asintió con decisión.
Cuando los robots comenzaron a disparar, Diego actuó de inmediato.
Extendió ambas manos hacia adelante, y una especie de campo electromagnético brillante se materializó frente a él.
Las balas se detuvieron en el aire, paralizadas por el intenso magnetismo.
—¡ELECTRIC SHIELD!
—gritó con firmeza, su voz resonando como un trueno.
El escudo electromagnético brilló con intensidad, repeliendo cada proyectil y devolviéndolo con fuerza hacia los robots calavera.
Estos explotaron en una lluvia de chispas y fragmentos metálicos, dejando a la multitud a salvo.
—Siempre funciona mi escudo eléctrico —comentó Diego con orgullo, posicionándose delante de la gente para protegerlos—.
El escudo eléctrico paraliza todo lo metálico a su paso.
Clara lo observó con una mezcla de satisfacción y preocupación.
—Bien, ahora sí.
¿Dónde están mis enchiladas?
Me lo prometiste —dijo Diego, girándose hacia ella con una sonrisa triunfal.
Pero antes de que Clara pudiera responder, un rugido ensordecedor sacudió el aire.
Ambos levantaron la vista para encontrarse con un gigantesco taco robótico que se acercaba a toda velocidad, su estructura metálica brillando bajo el sol como un monumento viviente.
—¡Pan comido!
—exclamó Diego, lanzando rayos eléctricos hacia el colosal robot.
Pero en lugar de destruirlo, el taco pareció absorber la energía, creciendo aún más imponente y agresivo.
—¡Creo que le diste más poder!
—gritó Clara, incrédula—.
¡El gigantesco taco se ve recargado y más agresivo!
No sigas lanzando tus ataques, ¡solo lo estás alimentando de energía!
Diego retrocedió un paso, frustrado.
—¡Maldito robot come-energía!
—masculló entre dientes.
En ese momento, un hombre de gafas gruesas y bigote pronunciado se acercó corriendo, sudoroso y visiblemente nervioso.
—Lo siento, niño, pero ese robot-taco es una batería andante.
En la compañía fusionamos varias partes experimentales para desarrollarlo, pero parece que algo salió terriblemente mal —explicó el hombre, ajustándose las gafas con torpeza—.
Y nada más lo estás alimentando de energía.
Diego lo miró con una mezcla de incredulidad y fastidio.
—¿Por qué me dice lo obvio?
—replicó sarcásticamente, rodando los ojos.
El hombre tragó saliva, incómodo, mientras el taco gigante seguía avanzando, amenazador.
—Yo me encargo —dijo Clara con firmeza mientras pequeños remolinos comenzaban a formarse en sus manos.
Con un giro elegante y preciso, lanzó los torbellinos hacia el gigantesco robot-taco.
A medida que avanzaban, los remolinos crecían en tamaño y fuerza, hasta convertirse en dos enormes tornados rugientes que envolvieron al colosal taco desde ambos lados.
—¡TORNADO TWIST!
—gritó ella, su voz resonando como un eco poderoso.
Los tornados se fusionaron en un vórtice imparable que levantó al robot del suelo, haciéndolo girar descontroladamente como si fuera una hoja atrapada en una tormenta.
Finalmente, el taco salió disparado hacia el cielo, perdiéndose entre las nubes.
Diego observó la escena con una mezcla de admiración y fastidio.
—Con eso ya tiene ese taco… Pero ¿quién hace un robot de un taco?
—preguntó, rascándose la cabeza con incredulidad.
—Bueno, la verdad es que eran partes que se unieron a un animatrónico en forma de taco, la mascota de la compañía —explicó una chica del grupo de personas que aún permanecían cerca, tratando de no parecer demasiado culpable—.
Pero creo que no le hiciste nada —añadió, señalando nerviosamente hacia el horizonte.
El taco gigante cayó de nuevo al suelo con un estruendo ensordecedor que hizo temblar la tierra bajo sus pies.
Sin embargo, estaba intacto.
Se levantó lentamente, pero esta vez su expresión de taco feliz había cambiado a una de furia absoluta.
Sus ojos brillaban con un intenso rojo carmesí, y su aura era ahora amenazadora.
—Creo que lo enojaste —dijo Diego con una sonrisa burlona, aunque no pudo evitar mirar al robot con algo de preocupación—.
Ahora no podré comer mi comida picante.
—Pues tú lo recargaste —replicó Clara, cruzándose de brazos mientras lo fulminaba con la mirada.
Ambos comenzaron a discutir acaloradamente, ignorando momentáneamente el peligro que tenían frente a ellos.
Fue entonces cuando uno de los trabajadores de la compañía intervino con urgencia: —¡Se tranquilicen!
¡El taco va a volver a atacar!
Como si hubiera estado esperando esa señal, el robot-taco lanzó un rugido ensordecedor, como un grito de guerra robótico.
De repente, su estómago comenzó a abrirse, liberando una avalancha de pequeños taquitos metálicos que salieron disparados en todas direcciones.
—¿Es en serio?
—Clara abrió los ojos con incredulidad, observando cómo los mini-taquitos comenzaban a rodearlos—.
Esto es completamente absurdo.
—Será mejor que se vayan —dijo ella dirigiéndose a los trabajadores, quien asintieron rápidamente antes de echarse a correr—.
Nosotros trataremos de vencerlo —añadió, aunque más para sí misma que para los demás.
Sin embargo, el hombre que había explicado el origen del robot se quedó atrás, observando la escena con expresión pensativa.
—Si quieren ganarle, tendrán que hacer un ataque más potente.
En otras palabras, deberán sobrecargar su núcleo —dijo finalmente, ajustándose las gafas con gesto nervioso.
—¿Y dónde está eso?
—preguntó Clara con impaciencia.
—En su estómago.
Tendrán que abrirlo y sobrecargarlo.
Solo así podrán derrotarlo.
Diego intercambió una mirada rápida con Clara antes de electrificar sus manos nuevamente, listo para enfrentarse al descomunal adversario.
—Hay que darle —dijo él con determinación, avanzando hacia el taco gigante con paso decidido.
—Ya que…
Gracias por la información —respondió Clara, siguiéndolo de cerca.
Antes de irse, se volvió hacia el trabajador y añadió—: Será mejor que te resguardes.
Esto se pondrá feo.
Mientras corrían hacia el robot, Diego no pudo evitar pensar en su comida.
—Podrá el joven eléctrico probar una enchilada…
veámoslo en el siguiente capítulo.
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