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El sistema del perro agente - Capítulo 163

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163: ¡Que Calor!

163: ¡Que Calor!

Diego cargó contra el gigantesco robot-taco con determinación, pero los pequeños robots que emergían del estómago del coloso lo interceptaron antes de que pudiera acercarse.

Los mini-taquitos formaron una barrera impenetrable frente a él, bloqueando su ataque con una precisión casi insultante.

—¡Mendigo robot tonto!

—gruñó Diego, molesto, mientras retrocedía un paso y fruncía el ceño.

Su frustración era evidente, pero no estaba dispuesto a rendirse.

Por su parte, Clara no perdió el tiempo.

Con un movimiento fluido, comenzó a formar bolas de aire entre sus manos, comprimiéndolas hasta que brillaron como cristales translúcidos bajo la luz del sol.

—WIND COMPRESS—murmuró, lanzando las esferas hacia los pequeños robots.

Al impactar, el aire comprimido actuó como balas sólidas, despedazando a varios de los taquitos metálicos—.

Comprimo el aire para luego lanzarlo como balas —explicó rápidamente a Diego, sin apartar la vista del caos frente a ellos.

—¡Son demasiados!

—exclamó el muchacho, mientras los mini-taquitos lo rodeaban, cortándole cualquier camino de escape.

Levantó las manos en un gesto exasperado—.

¡Quítense de mi camino!

Me gustaría comérmelos, pero son de metal… Y dijo “ELETRIC PULSO”, de repente, un pulso eléctrico intenso brotó de su cuerpo y expandiéndose como una onda expansiva.

Los pequeños robots salieron volando en todas direcciones, algunos cayendo al suelo convertidos en cenizas tras ser alcanzados por la descarga.

—No se metan conmigo —dijo Diego con una media sonrisa arrogante, comenzando a lanzar rayos de sus manos indiscriminadamente.

Sin embargo, uno de esos rayos pasó peligrosamente cerca del cabello largo de Clara, que estaba ocupada enfrentándose a un grupo de taquitos que la rodeaban.

—¡Tranquilo, niño!

¡Casi me chamuscas el cabello!

—le gritó ella, sacudiendo su melena con fastidio mientras lanzaba ráfagas de viento para deshacerse de los robots.

—¡Ups!

Lo siento —respondió Diego, aunque con un ligero tono de remordimiento en su voz.

No quería admitirlo, pero había sido un error estúpido.

Clara resopló, pero no dijo nada más.

En lugar de eso, tomó una decisión rápida.

—Encárgate de los pequeños, Diego.

Voy a intentar algo para acabar de una vez por todas con ese Taco Maligno Gigante —declaró, ajustando su postura con determinación.

—Está bien —respondió el chico, concentrándose nuevamente en los mini-taquitos que seguían llegando.

Clara sacó un pequeño palo de su bolsillo, que comenzó a crecer y transformarse en un bastón largo y elegante.

Lo giró con rapidez sobre su cabeza, y de pronto, dos manos gigantes de aire se materializaron desde el extremo del bastón.

Pero estas manos no tenían dedos; en su lugar, relucían sierras afiladas que zumbaban con energía.

—SHARP WIND—anunció con firmeza, dirigiendo las manos de aire hacia el pecho del robot-taco.

Las sierras de aire se clavaron en el metal con un chirrido agudo, y Clara hizo un esfuerzo sobrehumano para abrir una brecha en el blindaje del robot.

Gotas de sudor perlaron su frente mientras apretaba los dientes, empujando con toda su fuerza.

Finalmente, logró hacer una pequeña incisión justo donde el trabajador les había indicado.

Respiró hondo, sintiendo cómo su energía disminuía tras el esfuerzo monumental.

—¡Oye, niño!

¡Haz lo tuyo!

—gritó hacia Diego, señalando la abertura—.

Si logras asestar ahí, te prometo que tendrás lo que quieres.

Diego asintió con determinación, aun luchando contra los mini-taquitos que lo acosaban.

Se cubrió con un campo eléctrico que repelió a los robots cercanos y juntó ambas manos frente a su pecho.

Un rayo potente comenzó a formarse entre ellas, brillando con una intensidad que iluminó todo el campo de batalla.

—¡Toma, tonto robot!

¡Espero que esto te sobrecargue de una vez!

—gritó Diego, lanzando el rayo directamente hacia la incisión que Clara había abierto.

El rayo impactó con fuerza, penetrando profundamente en el núcleo del robot-taco.

Por un momento, pareció que funcionaba.

—¡Está funcionando!

—exclamó Clara, emocionada—.

¡Pero debes darle con todo lo que tengas!

—¡Si eso quieres!

—respondió Diego, aumentando aún más la potencia del rayo.

Su cabello se erizó completamente, y sus ojos brillaron con una intensidad eléctrica casi sobrenatural.

Con un grito poderoso, lanzó un último rayo que superó al anterior en brillo y fuerza.

El impacto fue devastador.

El núcleo del robot-taco explotó desde adentro, enviando fragmentos metálicos volando por todas partes.

El sombrero metálico del robot salió disparado hacia el cielo, girando como una hoja arrastrada por el viento, antes de caer nuevamente y clavarse justo debajo del cuerpo del taco gigante.

Con un estruendo ensordecedor, el robot se desplomó sobre el sombrero afilado, partiendo al taco por la mitad.

El colosal robot se desactivó al instante, y los mini-taquitos que quedaban cayeron inertes al suelo, como juguetes rotos.

—¡Lo logramos!

—exclamó Clara con una sonrisa triunfal mientras observaba al robot-taco desactivado y partido a la mitad.

Sin embargo, su alegría se desvaneció cuando notó que Diego se tambaleaba ligeramente.

Antes de que pudiera decir algo más, el muchacho sonrió débilmente y, acto seguido, colapsó sobre el suelo.

Por suerte, Clara aún tenía suficiente energía mágica.

Con un gesto rápido, formó una pequeña nube blanda como una cama y lo depositó sobre ella con cuidado.

Cuando Diego despertó, se encontró flotando sobre la misma nube creada por Clara.

El paisaje era diferente ahora; estaban en un lugar tranquilo y acogedor, rodeado de árboles verdes y un aire fresco que contrastaba con la tensión de la batalla anterior.

—Vaya, te levantaste —dijo Clara al verlo abrir los ojos.

Su voz tenía un tono ligero y burlón, aunque sus ojos mostraban preocupación.

—Tengo hambre —respondió él simplemente, llevándose una mano al estómago al escuchar que este sonaba.

Clara soltó una risita baja antes de girarse hacia él.

En su mano sostenía un plato humeante con una enchilada perfectamente preparada.

—¿Es lo que creo que es?

—preguntó Diego, emocionado, con los ojos brillando de anticipación.

—Sí —respondió ella con una sonrisa—.

Te prometí traerte a comer la enchilada.

Sin decir palabra, Diego tomó el plato y dio un gran mordisco.

Inmediatamente, su rostro se puso rojo debido al picante, pero eso no lo detuvo.

Tras unos segundos de silencio, finalmente habló: —No me gusta.

Clara lo miró desconcertada, frunciendo el ceño.

—¿Qué?

—No me gusta… ¡Me encanta!

—corrigió rápidamente, devorando otro bocado con entusiasmo.

Clara negó con la cabeza, divertida, y señaló hacia un señor mayor que se acercaba.

Era del mismo tamaño que Diego y vestía un delantal blanco manchado de salsa.

—Así que te gusta, ¿eh?

—dijo el hombre con una amplia sonrisa—.

Es cortesía de la casa por salvar a mi hija.

Diego parpadeó, confundido.

—¿Así como así?

—Resulta que uno de los trabajadores de esa compañía es hija mía —explicó el señor, asintiendo con orgullo—.

Le dije que querías comer una enchilada, y aquí estamos en la casa del dueño de las cadenas de don Pepe el mismo Don Pepe indico Clara.

—En serio… Guau, eso es increíble —murmuró Diego, impresionado.

—Pide con confianza —dijo el señor, apoyándose contra el mostrador con calma—.

Pero recuerda, no solo hay un sabor.

Hay varios.

—¿Y puede hacer todos para mí?

—preguntó el chico, casi sin poder creerlo.

—Sí, muchacho.

Veo que te gusta el chile, a pesar de no ser de por aquí.

—Pues sí, señor.

Me gustan las cosas picantes.

—Bien, eso es lo bueno, muchacho —respondió el dueño con una risa ronca—.

Ya vuelvo, te haré una de cada una.

Mientras el señor desaparecía tras la puerta de la cocina, Diego se volvió hacia Clara con una expresión de felicidad absoluta.

—Gracias.

Es la mejor que he probado.

La probé cerca de nuestra base, pero no es buena.

Esta, en cambio, es picante y deliciosa.

—Claro, niño.

No hay como mis enchiladas —dijo el señor desde la cocina, escuchando claramente el halago.

De pronto, Clara giró la cabeza hacia un sonido distante.

Explosiones cercanas resonaban en el aire.

—Creo que debemos seguir ayudando a la gente —dijo, levantándose rápidamente—.

Bien entonces, señor Pepe, que sean para llevar.

En otro lugar, muy pero muy lejos, donde el calor abrasador parecía tragarse todo a su paso, se extendía el Desierto de Lut.

Era un vasto océano de dunas doradas bajo un sol inclemente, donde el aire caliente ondulaba como si fuera agua.

Allí, dos figuras combatían contra un grupo de niños controlados, moviéndose con agilidad entre el caos.

Un torrente de agua, lanzado con la presión de una manguera industrial, golpeó a los controlados, derribándolos al suelo.

En cuestión de segundos, el agua comenzó a solidificarse, formando jaulas de hielo que aprisionaron a los pequeños.

Sin embargo, el calor extremo del desierto hacía que el hielo empezara a derretirse lentamente.

—Listo, hemos acabado con este grupo —dijo una voz femenina, relajada pero firme.

—Sí, pero a mí no me hace gracia estar por aquí —respondió otra voz, jadeante—.

Me estoy muriendo de calor, y mi poder se derrite demasiado fácilmente.

Además, si congelo todo, después el jefe o la señora Adía se van a molestar.

La primera chica, llamada Marin Taylor, sacudió la cabeza con una sonrisa indulgente.

Extendió su mano y cogiendo un vaso lo lleno de agua fresca.

—Toma un poco de agua —ofreció, tendiéndole el vaso—.

Te hará bien.

Lumi Lombardo, la chica de hielo, cruzó los brazos con obstinación.

—No tomaré agua que proviene de ti.

—¿Y por qué no?

—preguntó Marin, fingiendo ofenderse.

—Porque…

no sé, me da cosas, Marin Taylor —respondió Lumi, apartando la mirada.

—¿Así que con esas estamos, Lumi Lombardo?

—replicó Marin, alzando una ceja—.

Y cuando me diste hielo que sale de tu poder mágico, yo no te hice una escena.

—Yo…

pues…

—Lumi balbuceó, intentando defenderse, cuando de pronto una llamada interrumpió su discusión.

—Atención —dijo la voz calmada de Marie a través del comunicador—.

Ya se ha encontrado la cura para los controlados.

Se les enviarán las dosis junto con un cadete para que se encargue de la situación.

—¡Gracias al cielo!

—exclamó Lumi, dejando escapar un suspiro de alivio.

Lumi era una chica que desprendía un aura fría como el invierno.

Su cabello celeste ensortijado caía sobre sus hombros en delicados rizos, mientras sus ojos verdes cristalinos brillaban con la misma transparencia del hielo que conjuraba.

Llevaba un vestido corto de un azul claro, similar al atuendo de una princesa, aunque su actitud distaba mucho de ser regia.

Por otro lado, Marin tenía una presencia más recatada pero igualmente imponente.

Su cabello azul oscuro, adornado con sutiles vetas celestes en las puntas, contrastaba con sus ojos de un azul profundo.

Vestía una blusa guinda y un pantalón azul marino, una combinación práctica para alguien acostumbrada a enfrentar peligros.

Ambas tenían quince años y eran agentes destacadas: Lumi, conocida como la agente A-9, dominaba la magia del hielo, mientras que Marin, la agente A-2, controlaba el agua con maestría.

—Anda, toma un poco de agua —insistió Marin, ofreciéndole nuevamente un vaso lleno de líquido fresco—.

Te vas a deshidratar con este calor infernal.

Lumi negó con firmeza, cruzándose de brazos.

—No, no lo haré.

Me da… un poco de asquito.

Prefiero esperar hasta la siguiente civilización.

Marin soltó un suspiro exasperado mientras ambas comenzaban a caminar bajo el sol abrasador del Desierto de Lut.

El calor parecía palpable, como una manta pesada que intentaba sofocarlas.

Detrás de ellas, los niños controlados permanecían encerrados en jaulas de hielo que poco a poco se derretían, goteando agua que se evaporaba al contacto con el suelo ardiente.

—Toma agua —volvió a decir Marin, extendiendo el vaso hacia su compañera.

—¡Que no!

—repitió Lumi, obstinada—.

Ya te dije que espero hasta la siguiente civilización.

—Recuerda que la siguiente está muy, muy, pero muy lejos —respondió Marin, enfatizando cada palabra con una sonrisa burlona.

En ese momento, el rugido de una nave resonó a lo lejos.

Ambas chicas levantaron la vista, entrecerrando los ojos contra el brillo cegador del sol.

Hicieron señas con las manos, y pronto la nave descendió frente a ellas.

Un grupo de reclutas salió rápidamente, portando jeringas con la vacuna necesaria para curar a los controlados.

—Menos mal nos vieron —indicó Lumi, aliviada—.

¿Tienen agua?

Uno de los reclutas asintió y le alcanzó una botella sellada.

—Sí, aquí tienes.

—¡Menos mal!

—exclamó Lumi, agarrando la botella con entusiasmo.

Estaba a punto de abrirla cuando los reclutas comenzaron a administrar la cura a los niños controlados, asegurándolos para llevárselos a un lugar seguro.

Sin embargo, antes de que pudiera dar un sorbo, la nave en la que viajaban los reclutas comenzó a transformarse.

Sus partes metálicas se reconfiguraron rápidamente, convirtiéndola en un robot gigante armado hasta los dientes.

En uno de sus hombros había una misilera, mientras que en el otro brazo giraba una hélice que generó ráfagas de viento que barrieron el área.

La botella de agua de Lumi salió volando de sus manos, estrellándose contra el suelo y derramando su contenido.

—¡Ay!

¡No, mi agua!

—protestó Lumi, mirando con frustración el charco que se evaporaba rápidamente bajo el calor—.

¿Y ahora qué voy a tomar?

Marin la miró con una mezcla de diversión y reproche.

—Te dije que podía darte un poco.

Incluso podría haberla conjurado si hubieras querido, en vez de sacarla de mi cuerpo.

—¡Eso no me lo dijiste!

—replicó Lumi, indignada—.

Además, ¿de dónde sale esa agua?

Es una buena pregunta… Al igual que tú no sabes de dónde sale el hielo.

—No es momento para esas trivialidades, señoritas —intervino uno de los cadetes, agachándose rápidamente—.

¡Esa cosa nos está atacando y va a lanzar los misiles que trae en el hombro!

¡Cuidado!

El calor ya era insoportable, y ahora debían enfrentar a un robot gigante en medio del desierto.

Marin frunció el ceño, pensativa.

—Encima que hace calor, ¿debemos enfrentar esta cosa?

Será algún invento de esos frikis del equipo D —murmuró, molesta.

—No lo creo —respondió Lumi, observando al robot con cautela—.

No creo que nos quieran matar así sin más.

Si es una broma, es una muy pesada.

De pronto, una moto apareció a toda velocidad desde el horizonte.

Sobre ella iba un chico que, sin detenerse, disparó hacia el robot, causando una explosión que iluminó momentáneamente el cielo.

—¡Oye!

¡¿Por qué no avisas?!

—gritó Marin, formando un escudo de agua para proteger a todos del impacto.

El motociclista se detuvo frente a ellas, quitándose las gafas oscuras.

Su cabello castaño claro, peinado hacia arriba con gel, brillaba bajo el sol, y sus ojos eran de un azul claro tan cristalino como el mar.

Cuando se bajó de la moto, las chicas quedaron boquiabiertas ante su apariencia.

—Mil disculpas, señoritas —dijo con una sonrisa confiada—.

Como las vi peleando, pensé que no les importaría un pequeño espectáculo.

—¡Señor De León!

—lo interrumpió uno de los cadetes—.

Soy Marcus De León para ti, cadete.

O, mejor dicho, agente D-5.

Lumi y Marin intercambiaron una mirada impresionada.

—¿Este quién se cree?

—murmuraron al unísono, observando su ropa de motociclista y su porte arrogante.

Marcus se quitó las gafas por completo, revelando aún más su atractivo.

Las chicas no pudieron evitar sonrojarse ligeramente.

—Tranquilas, chicas —comentó otro cadete con una risita—.

Que no les engañe su estatura ni su porte.

Tiene trece años.

—¿Trece?

¿Es un mocoso?

Pero es bonito… —susurraron ambas, sin darse cuenta de que hablaban en voz alta.

—¡Señoritas!

¿Están bien?

—preguntó uno de los cadetes, notando su distracción.

Ambas se voltearon rápidamente, tratando de disimular su vergüenza.

—¡Nada!

¡No es nada!

—respondieron al unísono, evitando hacer contacto visual.

Después de unos minutos de silencio incómodo, Marcus explicó que había llegado al área tras ver la nave pasar.

También mencionó que, en su camino, había observado cómo otras máquinas también se transformaban en robots en el poblado más cercano.

—¿Y ahora cómo vamos a llegar hasta allá si destruiste el único medio de transporte?

—preguntó uno de los cadetes, molesto.

Todos lo miraron con una expresión que claramente decía: “Te puedes callar”.

El cadete bajó la cabeza, avergonzado.

—Mejor me callo —murmuró, retirándose con los demás que seguían aplicando la cura a los controlados.

Todos los cadetes llevaban cascos que ocultaban sus rostros.

—Ya ves, por andar de metiche —dijo otro de los cadetes, suspirando.

—Pues un poco de razón tiene ese recluta —admitió Marin con un suspiro, observando los restos de la nave destrozada—.

Pero ¿cómo vamos a llegar al siguiente lugar sin un vehículo?

Marcus, quien aún mantenía su postura confiada, sonrió levemente.

—¿Quieren un vehículo?

Yo les daré uno.

Lumi lo miró con escepticismo, cruzándose de brazos.

—¿Así y cómo?

—preguntó, arqueando una ceja.

Marin intervino, explicando pacientemente: —Pues recuerda que ellos son tecno-patas.

Pueden comunicarse con las máquinas y rehacer las cosas.

Marcus asintió, pero luego negó con la cabeza.

—Sí, en teoría sí.

Pero estas máquinas no responden a mis llamados.

Aunque… puedo crear una.

Solo me tomará un poco de tiempo.

Sin esperar respuesta, Marcus extendió sus brazos hacia adelante.

De entre sus manos comenzaron a emerger palos de metal, brillantes y pulidos, como si fueran hilos sólidos que se materializaban del aire.

—Si no tenemos materiales, pues los creamos —dijo con una sonrisa traviesa—.

Bueno, eso casi lo hacen todos en mi unidad… menos esos dos —agregó en voz baja, pensando en Akira y Becky.

Lumi y Marin intercambiaron una mirada incrédula.

—Pero son solo palos de metal —dijo Lumi—.

¿Qué vas a hacer?

Por aquí no hay forjas ni alguien que haga fuego para soldarlos.

Marcus sonrió más ampliamente, claramente anticipando esa pregunta.

—Bueno, pensé que iban a decir eso —respondió con aire triunfal—.

Por eso siempre ando preparado con mis nano-tejidos.

De repente, los guantes que llevaba en sus manos comenzaron a deshacerse.

Las fibras de los guantes se mezclaron con los metales que había creado, formando una estructura compleja que rápidamente tomó la forma de una camioneta robusta.

La parte trasera tenía una extensión diseñada para transportar a los niños controlados, que ahora estaban inconscientes después de recibir la cura.

—Bien, chicos, carguen todo —indicó Marcus mientras terminaba de ajustar algunos detalles finales—.

Será mejor que estemos alerta y ayudemos a la gente de este lugar.

Lumi seguía sintiendo el calor abrasador del desierto pegado a su piel.

Se llevó una mano a la frente, secando una gota de sudor que resbalaba lentamente.

—Sigo sintiendo calor… —murmuró con fastidio.

Marcus, sin decir palabra, sacó una botella de agua fresca y se la ofreció.

Lumi la tomó inmediatamente, bebiendo con avidez.

—Gracias —dijo, mirándolo brevemente antes de apartar la vista.

—De nada —respondió él con una sonrisa suave, aunque había un deje de arrogancia en su tono.

Una vez que todo estuvo en orden, Marcus subió al asiento del conductor.

—Bien, vamos en marcha —anunció con entusiasmo.

Lumi y Marin lo miraron con incredulidad.

—Oye, pero eres un niño.

¿Cómo vas a conducir?

—preguntaron al unísono.

Marcus soltó una carcajada ligera, encogiéndose de hombros.

—Fácil.

Lo hace la nano-tecnología por mí.

Solo simulo que manejo.

Les lanzó una sonrisa coqueta antes de arrancar el motor.

Las chicas intercambiaron una mirada, ligeramente ruborizadas, pero decidieron no insistir.

—Está bien —murmuraron, resignadas.

El cadete metiche iba a decir algo más, pero su compañero lo calló rápidamente, dándole un codazo discreto.

El vehículo avanzó a toda velocidad por el desierto, levantando nubes de arena dorada que se disipaban lentamente tras ellos.

Finalmente, llegaron al siguiente poblado, donde el caos reinaba.

Personas armadas intentaban defenderse disparando contra robots en forma de motos, pero estos eran mucho más ágiles y reducían a sus oponentes con facilidad.

—Es hora de entrar en acción —indicó Marin con determinación, preparándose para usar su magia del agua.

Marcus asintió, colocándose nuevamente sus gafas oscuras.

—Ok.

Estoy listo.

Lumi miró a ambos con frustración, sintiéndose inútil.

El calor del desierto había debilitado sus poderes, y no podía usar su magia de hielo sin riesgo de colapsar o peor aún congelar todo el desierto eso era lo que ella temía.

—Ni modo —murmuró para sí misma, apretando los puños—.

Al menos ya no tengo sed por el calor…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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