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El sistema del perro agente - Capítulo 164

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164: ¡Que Frio!

164: ¡Que Frio!

Los tres descendieron rápidamente del vehículo, moviéndose con urgencia hacia el campo de batalla donde los civiles luchaban contra las máquinas que avanzaban implacables.

Marcus les ordenó a los cadetes continuar hacia adelante y llevar a los afectados al punto marcado en el radar del auto, que seguía su curso de forma automática.

“Bueno, luego haré otro”, dijo Marcus, ajustando sus guantes con un destello metálico.

Mientras tanto, Marin extendió sus manos hacia el frente, invocando torrentes de agua que se estrellaron con fuerza contra los robots motos.

Los circuitos de estos chirriaron y se apagaron al instante, dejando un silencio momentáneo que fue interrumpido por los agradecimientos entrecortados de los residentes.

Uno de ellos señaló hacia un edificio imponente, una torre rodeada de pequeñas construcciones.

“Aún hay más en esa zona…

¡y gente que necesita ayuda!”, gritó uno de los sobrevivientes.

Desde lo alto de la torre, bajaron figuras extrañas: unos parecían insectos humanoides, grotescos y amenazadores, mientras que otros tenían la forma absurda de cafeteras, pero con ojos brillantes y bocas que escupían vapor.

“¿Qué son esas cosas que vienen hacia nosotros?” preguntó Lumi, su voz temblorosa mientras observaba cómo los robots se acercaban.

“Parecen bichos humanoides…

y cafeteras con rostro”, respondió Marin, frunciendo el ceño ante la rareza de aquellas máquinas.

Los recién llegados no tardaron en atacar.

Los insectos disparaban grapas afiladas que atrapaban a las personas contra las paredes, como si fueran moscas en una trampa pegajosa.

Las cafeteras, por su parte, lanzaban chorros de café hirviendo que parecía ácido, derritiendo todo lo que tocaba en su camino.

Lumi quedó cercada por varias cafeteras que la apuntaban directamente.

Su respiración se aceleró mientras intentaba controlar el pánico.

“No puedo usar mis poderes…

congelaría todo”, murmuró para sí misma.

Marin, notando su inmovilidad, le gritó desde una distancia segura mientras creaba una sombrilla giratoria de agua para protegerla.

“¡Ya sé que no puedes controlar bien tus poderes, pero haz algo!

¿Un muñeco?

¡O mantente fuera de peligro!” Marcus, por su parte, reconstruyó sus guantes endurecidos como el acero.

Con movimientos precisos y llenos de fuerza, golpeó a los insectos uno por uno, ganando terreno rápidamente.

De repente, extrajo pequeños láseres de los guantes, que cortaron a los robots en pedazos con un brillo letal.

Los tres pensaron que habían acabado cuando, de pronto, la torre liberó una nueva amenaza.

Un colosal muñeco envuelto en llamas emergió lentamente, tan grande como un castillo.

Sus enormes ojos parpadeaban con una luz siniestra, y su ropa infantil contrastaba de manera perturbadora con su presencia intimidante.

Parecía sacado de una película de terror, como si mirara a todos lados buscando víctimas.

Marin no dudó.

Elevó sus manos al cielo y pronunció con firmeza: “¡AQUA SPIRAL!”.

De sus palmas surgió un torrente de agua que tomó la forma de un espiral gigante mientras avanzaba hacia el muñeco flameado, cubriéndolo completamente.

El agua rugió al chocar contra el fuego, y Marin se volteó hacia los demás con una expresión de triunfo.

“Creo que con eso será suficiente”, dijo, pero su confianza se desvaneció al ver cómo el robot emergía intacto de la espiral, sin que su fuego se extinguiera ni un ápice.

“Eso no puede ser posible…

¡el agua siempre gana al fuego!”, exclamó Marin, incrédula, justo antes de que el muñeco la mirara con malicia y la golpeara con uno de sus brazos llameantes, lanzándola varios metros por el aire.

Marcus reaccionó al instante.

Extendió sus guantes, que crecieron en tamaño para alcanzarla y amortiguar su caída.

La sostuvo firmemente, sus ojos fijos en ella mientras preguntaban: “¿Te encuentras bien?” Marin, aún aturdida, se sonrojó al darse cuenta de que estaba en brazos de Marcus.

Emitió un pequeño “sí” casi inaudible, incapaz de articular más palabras mientras sentía el calor de su contacto.

“¡Ya puedes bajarla!” le gritó Lumi a Marcus, quien aún sostenía a Marin con sus guantes ampliados.

“¡Oigan, no malogren mi momento!” protestó Marin, intentando recuperar algo de dignidad mientras se ponía de pie.

Sacudió su ropa con rapidez y miró hacia el colosal muñeco llameante que seguía avanzando inexorablemente.

“¿Y ahora cómo vamos a destruir esa cosa?

El agua no funciona…

¡y ese es uno de mis ataques más fuertes!” Marcus, sin perder tiempo, creó un megáfono improvisado con sus manos y gritó: “¡Rápido, todo el mundo evacúe la zona!” Su voz resonó con urgencia, y los ciudadanos comenzaron a correr despavoridos al ver cómo el gigantesco muñeco movía sus enormes piernas, dejando huellas ardientes en el suelo desértico.

“Parece ser que alguno de sus componentes tiene resistencia al agua”, reflexionó Marcus en voz alta mientras observaba al muñeco.

“Además, es extremadamente caliente.

A pesar del calor infernal de este desierto, lo que debe haber provocado que se prendiera en llamas, creo que hay algo más en juego aquí”.

Sus ojos brillaron con determinación mientras analizaba al enemigo.

De pronto, el muñeco abrió su boca cavernosa y comenzó a expulsar fuego como un lanzallamas descontrolado.

No solo arrojaba llamas hacia afuera, sino que su propio cuerpo parecía encenderse aún más, como si estuviera alimentándose del calor del entorno.

“¡Cuidado!” gritó Marin, levantando una barrera de agua para proteger a todos del fuego abrasador.

Pero el agua se evaporó al instante, consumida por el intenso calor.

“Creo entender el funcionamiento de esa cosa”, dijo Marcus pensativamente, su mente trabajando a toda velocidad.

“Si sabes cómo destruir esa abominación, ¡dínoslo ya!” exclamó Lumi, lanzando unas pequeñas dagas congeladas que rebotaron inofensivamente contra el cuerpo del muñeco.

“Eso es todo lo que puedes hacer, ¿verdad?” comentó Marcus, arqueando una ceja hacia ella.

“Bueno, de momento sí”, respondió Lumi, cruzando los brazos con frustración.

“Aún no controlo bien mi poder, y no quiero congelar todo el sitio.

Por eso reprimo mis habilidades”.

“Pues vas a tener que hacer exactamente lo contrario”, indicó Marcus con firmeza.

“¿Por qué dices eso?” preguntó Marin mientras luchaba por contener las llamas con otra barrera de agua.

Marcus señaló hacia la boca del muñeco.

“Ves esas piezas en su interior.

Están hechas de un material que, si se enfría a una temperatura determinada, puede averiarse y destruirse al instante con un golpe potente.

El resto es simple: haz que ingiera tu agua y destruye los circuitos desde dentro”.

“Ya oíste, Lumi.

Debes hacerlo y dejar de reprimir tus poderes”, le dijo Marin entre jadeos mientras sudaba copiosamente, usando todo su poder para crear escudos temporales.

“Pero va a pasar lo mismo que la última vez”, protestó Lumi, su voz temblorosa.

“Casi te congelo el cuerpo y perdiste la movilidad”.

“Sí, lo sé, Lumi”, respondió Marin con paciencia, aunque su rostro mostraba signos de agotamiento.

“Te dije que estoy bien y que no pasó nada.

Así que no te preocupes”.

“Además”, interrumpió Marcus con seguridad, “esa vez no me tenían a mí.

Puedo crear un escudo que nos proteja del frío intenso”.

En su mente, añadió para sí mismo: Al menos por algunos minutos.

No quería asustar a Lumi con la limitación de su poder.

“Vamos, Lumi, hazlo”, insistió Marin, mirándola con determinación.

“La mayoría de la gente ya ha evacuado la zona”.

“Pero si lo hago, congelaré todo el desierto.

El jefe me matará, y la señora Ramona se enfadará mucho.

Recuerda que ella está liderando la unidad porque la jefa Adía no está”.

“No se molestarán”, aseguró Marin con una sonrisa tranquilizadora.

“Luego podemos traer a Adía para que derrita todo el hielo.

Además, podríamos usar esto como algo positivo: dar agua libre a esta región”.

“Si lo vas a hacer, ¡hazlo ya!” gritó Marcus mientras lanzaba misiles desde sus guantes hacia el muñeco gigante.

Los proyectiles explotaron contra su cuerpo, pero apenas lograron ralentizarlo.

“Está bien, lo haré”, dijo Lumi con determinación.

Se colocó frente a la barrera de agua que Marin había levantado, cerró los ojos y comenzó a repetir mentalmente: Yo puedo, yo puedo.

Recordó las enseñanzas de Clara: debía estar relajada, respirar hondo y encontrar su centro.

Inspiró profundamente, sintiendo cómo el aire frío llenaba sus pulmones, y visualizó su objetivo.

Cuando abrió los ojos, vio al colosal muñeco casi traspasar la barrera de agua.

Con firmeza, recitó en voz alta: “Aire que todo circula, emana tu calor y déjalo ir para que el frío se expanda.

¡Congela todo!” Extendió sus manos hacia el cielo mientras invocaba: “FROZEN LASER”.

En un instante, el ambiente cambió drásticamente.

La temperatura cayó estrepitosamente, transformando el calor abrasador del desierto en un frío polar.

La arena bajo sus pies comenzó a congelarse, formando enormes estructuras de hielo que brillaban bajo la luz tenue.

“¡Uy!

¿Qué frio está empezando a hacer?” dijo Marin, temblando visiblemente mientras su barrera de agua se congelaba, atrapando al muñeco dentro de una prisión helada.

Este intentó romperla con sus puños llameantes, pero el hielo resistió.

“Lumi, apunta a su boca, por donde sale el lanzallamas, ¡no al suelo!” gritó Marcus, señalando al gigante.

“¡Sí!” respondió ella, levantando sus manos hacia el muñeco.

Un rayo de hielo salió disparado hacia él, pero su poder era tan descomunal que rebotó contra el cuerpo del enemigo y se dirigió directamente hacia sus compañeros.

“¡Ay, no!

¡Otra vez!” exclamó Lumi, frustrada, mientras veía cómo el rayo se acercaba peligrosamente.

Por suerte, Marcus actuó rápidamente.

Utilizó los nano robots de sus guantes para crear un espejo improvisado que reflejó el rayo, enviándolo de vuelta hacia el muñeco.

“¡Lo hiciste bien!” le dijo mientras sostenía el escudo protector, levantándolo hacia el cielo para evitar más daños colaterales.

“Es suficiente”, interrumpió Marin, tiritando aún más.

“Trata de estabilizarte”.

“No puedo controlarlo, ya lo sabías”, respondió Lumi, jadeando.

“Una vez que uso esta técnica, no puedo detenerla hasta que se me acabe la mana”.

“Eso es verdad”, confirmó Marin entre dientes.

“Es como un celular: hasta que no se le acabe la batería, no para”.

“¿Y qué tal si lo lanzas hacia el cielo hasta que te agotes?” sugirió Marcus rápidamente.

La chica asintió.

“Está bien”, dijo, y alzó ambas manos hacia el cielo, liberando el rayo de hielo en dirección opuesta.

El frío se intensificó aún más, cubriendo el entorno con una capa gélida que parecía suspenderse en el aire.

“Bien, es tu turno”, dijo Marcus, volviéndose hacia Marin.

Señaló la congelada boca del muñeco.

“Dale tu mejor tiro antes de que se proteja”.

“No tienes que decírmelo dos veces”, respondió Marin con una sonrisa confiada.

Creó una punta de flecha hecha de agua densa y la lanzó con fuerza hacia el interior del robot.

Sin perder tiempo, gritó: “FLOOD CANON” , y un torrente de agua en forma de láser penetró el cuerpo del muñeco.

El impacto causó un cortocircuito instantáneo dentro del robot, provocando que este se desactivara.

Sin embargo, debido al intenso frío generado por el rayo de hielo de Lumi, el agua dentro del robot comenzó a transformarse en grandes cristales de hielo.

Con un estruendo ensordecedor, el muñeco se partió en dos, dejando solo un montón de restos helados y fragmentos metálicos.

“Ya para”, dijo Marcus con preocupación mientras observaba a Lumi luchar contra su poder desbocado.

“No puede”, respondió Marin, cruzando los brazos.

“Una vez que activa su poder, no para hasta que se drene toda su energía”.

“¿Y eso cuándo pasa?” preguntó Marcus, arqueando una ceja.

“Bien, en 3…

2…

1…”, contó Marin con calma.

Justo cuando terminó, el poder de Lumi comenzó a desvanecerse, y su cuerpo cayó al suelo, exhausto.

“Listo, se acabó”, anunció Marin con un suspiro de alivio.

“Sí, pero ahora su poder causó una tormenta de nieve”, señaló Marcus, mirando hacia el cielo donde copos blancos comenzaban a caer lentamente.

“Bueno, creo que será la primera Navidad que tengan aquí”, bromeó Marin con tono sarcástico, provocando una risa compartida entre ellos.

Marcus se inclinó, levantó a Lumi del suelo y la colocó cuidadosamente sobre su espalda.

“Bueno, es momento de seguir”, dijo mientras una especie de moto con un compartimento adicional aparecía frente a ellos.

La gente, al principio molesta por el frío repentino, pronto encontró consuelo en la alegría de los niños, quienes reían y jugaban con la nieve como si fuera un milagro inesperado.

Antes de partir, Marcus creó una máquina improvisada para mantener a los residentes calientes y comenzar a descongelar gradualmente el lugar.

Al llegar a la moto, Lumi comenzó a despertar lentamente.

“¿Dónde estoy?

Aquí está cálido…”, murmuró, aún aturdida.

Miró hacia abajo y notó que estaba sobre la espalda de Marcus.

Se sonrojó ligeramente al darse cuenta.

“Ah, bueno que despertaste.

Es hora de avanzar”, dijo él con una sonrisa amable.

“Cinco minutitos más”, respondió ella con voz soñolienta, cerrando los ojos de nuevo.

“Está cálido…” “¡Oye, despierta ya!

Es hora de irnos”, intervino Marin con firmeza, aunque no pudo evitar sonreír ante la escena.

“Aguafiestas”, murmuró Lumi, fingiendo molestia.

“No me dejas vivir el momento”.

Finalmente, colocaron a la joven en el compartimento de la moto porque seguía adormecida.

Mientras Marcus conducía, Marin lo abrazaba con fuerza, aunque no precisamente por elección.

“No porque quiero, sino porque no hay de dónde agarrarme”, se justificó, aunque su tono dejaba entrever un poco de humor.

Sin más demoras, siguieron su camino hacia el siguiente destino.

En otro frente… El equipo de la Unidad I avanzaba rápidamente hacia su objetivo.

Tras atravesar nuevamente la frontera, ingresaron a España, más específicamente a Barcelona.

Lo que encontraron allí fue un panorama caótico: máquinas en formas de toros, que perseguían a los ciudadanos.

“No tenemos suficientes municiones, jefa”, informó Travis a Anais, su voz cargada de preocupación.

“¿Qué vamos a hacer?” preguntó Cris, mirando a su alrededor con ansiedad.

“Debemos salvar a todos los que podamos”, respondió Anais con determinación.

“Pero son demasiados.

Nos superan en número”, indicaron varios miembros del grupo, incluyendo a Eliot.

Antes de que las máquinas —de todo tipo y tamaño, desde lavadoras hasta licuadoras y refrigeradoras— pudieran rodearlos completamente, formaron un círculo defensivo.

“¡No de nuevo!” exclamaron Berta y Patricia al unísono, preparándose para lo peor.

Pero algo peculiar ocurrió.

Las máquinas fueron golpeadas repentinamente por lo que parecían ser notas musicales flotantes.

Una voz resonó detrás de ellos: “¿Están bien, tíos?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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