El sistema del perro agente - Capítulo 165
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165: ¿Sonido Protector?
165: ¿Sonido Protector?
“¡Están bien, tíos!” dijo una voz cálida.
“¿Tíos?” repitió Patricia con una sonrisa irónica.
“Aún somos jóvenes”.
Todos voltearon rápidamente hacia la voz y vieron a un hombre delgado vestido como un guitarrista flamenco.
Llevaba pantalones oscuros impecablemente planchados, una camisa de manga larga de tono sobrio, zapatos de cuero elegantes pero cómodos, y sostenía una guitarra clásica de madera que parecía haber vivido mil historias.
Su cabello rubio brillaba bajo la luz tenue, y sus ojos verdes irradiaban calma y seguridad.
“¡Hostias, joder!” exclamó Antonio, usando una expresión típica de la región.
“Quise decir chavales.
¡Qué bueno que los encontré!
Llegué justo a tiempo”.
Hizo una pausa dramática antes de presentarse.
“Soy el agente A-12, aunque ya que estamos entre colegas, pueden llamarme Antonio Navarro.
¿Qué hacen por aquí?
¿Dónde está mi colega Olaf?
Hace tiempo que no lo veo”.
Mientras hablaba, Antonio comenzó a mirar a su alrededor, buscando a Olaf, pero notó cómo todos bajaron la mirada, llenos de tristeza.
“¿Por qué las caras largas?” preguntó Antonio, percibiendo algo en el ambiente.
Un silencio incómodo se apoderó del grupo.
Nadie quería ser el primero en hablar, hasta que Anais, con lágrimas en los ojos, rompió el silencio.
“Olaf…
murió en combate.
Estaba tratando de salvarnos”.
Antonio asintió lentamente, llevándose una mano al mentón con gesto pensativo.
Sus ojos se entrecerraron ligeramente, como si estuviera sopesando cada palabra antes de pronunciarlas.
“Ya veo…
Algún día le iba a pasar la factura ser tan arriesgado.
A todos, tarde o temprano, nos llega,” murmuró con una serenidad que contrastaba con el caos que aún vibraba en el aire.
Sin añadir más, levantó su guitarra y comenzó a tocar una melodía que resonó en el silencio tenso del campo de batalla.
Era una canción triste pero reconfortante, como un susurro de esperanza en medio de la desolación.
Sus dedos se deslizaban por las cuerdas con una delicadeza casi reverencial, extrayendo notas que parecían flotar en el aire como hilos de luz dorada.
Cada acorde tejía una atmósfera íntima, envolviendo a quienes lo escuchaban en un abrazo invisible que calmaba incluso los corazones más agitados.
Las notas se mezclaban con el viento, llevando consigo una sensación de paz que parecía decir: “No todo está perdido.” Berta, quien había estado al borde de las lágrimas, sintió cómo el peso de su angustia comenzaba a disiparse.
Patricia, a su lado, cerró los ojos por un momento, dejándose llevar por la música que parecía hablar directamente a su alma.
“No hay por qué estar tristes”, dijo Antonio suavemente mientras tocaba.
“Debemos seguir adelante, siempre recordándolo.
Si gustan, puedo ayudarlos”.
Cambió entonces la tonada por una más pegajosa y alegre que hizo que algunos miembros del grupo sonrieran nuevamente.
Uno a uno, los integrantes del equipo comenzaron a agradecerle por salvarlos.
Incluso Eliot, quien últimamente era reservado, se acercó para darle las gracias sin levantar sospechas.
“Ya me encargué de los controlados de estos lares”, explicó Antonio con una sonrisa modesta.
“Pero luego vi que las máquinas comenzaron a tomar vida.
Menos mal que siempre ando acompañado de esta guitarra de madera, que no usa tecnología.
Con ella puedo tocar mis canciones y ayudar a que el mundo se llene de alegría.
Al ver este caos, entré en escena para apaciguar y salvar a la población.
Me alegra saber que ustedes también estuvieron salvando a las personas después de perder a Olaf”.
Además de su música, Antonio tenía un don especial para conectar con las personas.
Berta, quien había estado callada hasta ese momento, se atrevió a hablar.
“Además de tu voz…
La canción me pareció hermosa.
¿Qué buena letra?, ¿no?” dijo, sonrojándose ligeramente.
“¡Ah, señorita!”, respondió Antonio con galantería, tomando su mano y besándola con delicadeza.
“Ver un rostro hermoso sonreír haría cualquier cosa por mí”.
Cris, observando la escena con una ceja arqueada, murmuró: “Vaya, resultó ser todo un Don Juan este agente”.
“Hay amor para todos, tengo 18”, bromeó Antonio entre risas, haciendo que algunas de las chicas se rieran tímida, pero genuinamente.
Eliot, incómodo con la situación, hizo un ruido con las manos para interrumpir.
“Debemos seguir con la misión”, dijo con firmeza.
“Tienes razón”, coincidió Antonio, volviendo a adoptar un tono serio.
“Si quieren, pueden seguirme.
Podemos ayudar a evacuar a los heridos y ciudadanos como una operación de búsqueda y rescate.
También debemos acabar con los robots.
Creo que escuché que están quedándose sin municiones”.
“Sí”, confirmó Travis, ajustando nerviosamente su arma.
“Bien, vi por aquí un almacén de armas.
Quizá tenga municiones.
Síganme,” indicó Antonio con seguridad, tomando la iniciativa.
Su voz era firme, pero una sombra de duda cruzó su rostro cuando las palabras abandonaron sus labios.
“Un almacén de armas…
en serio,” murmuró para sí misma Anais, dubitativo, mientras avanzaba a paso rápido hacia el lugar que había divisado antes.
El grupo lo siguió en silencio, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
El aire estaba cargado de tensión, mezclada con el olor metálico del polvo levantado por la reciente explosión.
Finalmente, llegaron al almacén.
Era un edificio bajo y robusto, con paredes de metal oxidado y una gran puerta corrediza que parecía haber resistido el paso de los años.
Llegaron al almacén en cuestión.
“Bien, es aquí”, anunció Antonio mientras intentaba mover la gran puerta corrediza.
“Bien, es aquí,” anunció Antonio, rompiendo el silencio.
Se acercó a la puerta y colocó ambas manos sobre ella, intentando moverla con todas sus fuerzas.
Sus músculos se tensaron bajo la camisa mientras empujaba, pero la puerta apenas cedió unos centímetros con un chirrido estridente que resonó en el aire.
“Esto no va a ser fácil,” comentó Cris, observando cómo Antonio luchaba contra la pesada estructura.
“No importa.
Si hay algo ahí dentro que pueda ayudarnos, tenemos que entrar,” respondió Anais con determinación, por favor ayúdenlo dio una orden a Cris y Miguel.
Juntos, Antonio, Cris y Miguel comenzaron a empujar la puerta, sus esfuerzos combinados no pudieron moverla.
“Esta dura…
Parece que la cerraron bien”, comentaron Cris y Miguel tras varios intentos fallidos.
“Quizá necesitamos que todos la empujemos”, sugirió Anais.
Pero antes de que pudieran organizar un esfuerzo conjunto, algo rompió la puerta desde el interior con un estruendo ensordecedor.
Era algo descomunal.
“¡Padre de todos los toros!” exclamó Antonio, señalando hacia la bestia imponente que se alzaba frente a ellos.
El toro era del tamaño de una casa, su pelaje rojo ardía como brasas bajo el sol, y sus cuernos afilados brillaban con un destello metálico amenazante.
En sus patas delanteras, dos metralletas automáticas giraban lentamente, listas para escupir muerte.
Su cola, larga y flexible, parecía una espada viviente, cortando el aire con silbidos agudos mientras se movía.
“¡Cuidado!” gritaron Berta y Patricia al unísono, sus voces resonando entre el caos.
Cris reaccionó justo a tiempo, lanzándose hacia Anais y apartándola del camino del gigantesco animal que avanzaba a toda velocidad, arrasando todo a su paso.
Miguel, con su fuerza descomunal, levantó a Travis y Eliot, uno bajo cada brazo, y los puso a salvo tras un muro cercano.
“Eso estuvo cerca,” murmuraron todos, recuperando el aliento.
Pero Anais apenas tuvo tiempo de relajarse.
Miró horrorizada cómo las armas del toro cobraban vida, disparando ráfagas de balas que perforaban el asfalto y destrozaban ventanas.
“Rápido, debemos buscar un lugar seguro,” gritó ella, volteando para ver cómo una multitud de personas emergía de los edificios cercanos, corriendo desesperadas y desorientadas por la avalancha de fuego.
“¡Hay, no!
¡La gente!” exclamó Anais, pero antes de que pudiera moverse, Cris la jaló hacia un muro cercano para protegerla.
Justo entonces, una voz resonó en el aire: “SOUND BARRIER.” Antonio, sin perder un segundo, comenzó a tocar su guitarra.
Pequeños escudos en forma de notas musicales brotaron de su instrumento, interceptando las balas y rebotándolas hacia el suelo, creando un refugio improvisado para los ciudadanos.
“Menos mal que estás aquí,” le dijo Patricia a Antonio, posicionándose junto a él.
“Es mejor que ayudes a la gente a evacuar.
Yo me encargo de esa cosa,” respondió él con determinación, sin dejar de rasguear las cuerdas de su guitarra.
Patricia asintió y, junto con Berta, comenzó a guiar a los civiles hacia la seguridad.
Anais, aún protegida detrás del muro, retiró las manos de Cris de su cabeza.
“Estoy bien, Cristopher,” dijo con firmeza, aunque sus mejillas se sonrojaron ligeramente al notar lo cerca que habían estado sus rostros.
Él la miró, también ruborizado, y retrocedió incómodo.
“Solo estaba protegiéndote,” murmuró, evitando sus ojos.
Anais volvió a mirar hacia el campo de batalla.
Vio cómo Antonio había logrado salvar a la población civil gracias a su habilidad.
“Menos mal que ese sujeto está aquí,” pensó en voz alta.
Luego, dirigiéndose a Cris, añadió con una sonrisa traviesa: “Quita esa cara de tonto, tenemos trabajo que hacer.” “Sí, señor…
digo, señora,” tartamudeó él, enderezándose rápidamente.
“Mientras Antonio enfrenta a esa cosa, entremos al almacén y busquemos municiones para apoyarlo,” ordenó Anais, avanzando con cautela hacia el edificio más cercano.
“Vamos,” respondió Cris en voz baja, siguiéndola de cerca.
Anais lo tomó del hombro y lo empujó hacia adelante.
Luego hizo señas a Miguel para que los acompañara, sabiendo que su fuerza sería clave para cargar varias armas.
A Travis y Eliot les hizo otras señas para que se ocuparan de la evacuación.
Al entrar al almacén, los tres se quedaron boquiabiertos.
Había una cantidad impresionante de armamento, suficiente para equipar a un pequeño ejército.
“Parece un almacén militar,” pensó Cris en voz alta, observando las filas de rifles, cajas de munición y equipo táctico.
“No hay tiempo para sacar conjeturas.
Es momento de actuar,” dijo Miguel con urgencia.
Comenzó a cargar varias armas en un baúl pesado que encontró en una esquina.
Mientras movía el maletín, sus ojos se posaron en algo que colgaba en lo alto: una bazuca.
“Eso sería genial, jefa.
¿Puedo ir por esa arma?” preguntó, señalando hacia el arma devastadora.
“Claro, ¿por qué no?
Nos ayudará con ese animal metálico,” respondió Anais, refiriéndose al toro gigante que seguía sembrando el caos afuera.
Miguel dejó el baúl por un momento y trepó rápidamente por unos andamios cercanos para alcanzar la bazuca que colgaba en lo alto.
Al tenerla en sus manos, la examinó con asombro.
“¡Guau!
Es liviana y parece estar hecha de un material de alta calidad,” murmuró, deslizando los dedos sobre su superficie metálica mientras la inspeccionaba de pies a cabeza.
“Bien, lleva también algo de munición,” le indicó Cris, señalando varias cajas de proyectiles apiladas junto al baúl.
Una vez armados hasta los dientes, los tres salieron del almacén para evaluar cómo iba el enfrentamiento afuera.
Antonio estaba en pleno duelo con el toro mecánico, agitando una tela roja que había encontrado entre los escombros.
“¡Aja, Toro!
¡Ven a mí!” gritó, provocando al gigantesco animal.
Por algún extraño motivo, la tela parecía enfurecerlo aún más, como si incluso siendo un ser artificial conservara las mismas reacciones instintivas de un toro real.
Antonio sonrió para sí mismo mientras pensaba: “Parece que odia el color rojo tanto como uno de carne y hueso.” El toro metálico se lanzó hacia él con furia desbordante, sus cuernos afilados apuntando directamente al pecho del músico.
Las metralletas en sus patas comenzaron a disparar, pero Antonio no se inmutó.
Con un movimiento fluido de su guitarra, creó una barrera de notas musicales que desviaron cada bala, protegiéndolo de los ataques implacables del animal mecánico.
“Parece que tiene todo bajo control,” observó Anais desde su posición, sin apartar la mirada del enfrentamiento.
“Entonces es nuestra oportunidad,” respondió Miguel, aprovechando el momento en que el toro mecánico se alejó de Antonio.
Con la bazuca firmemente apoyada en su hombro y el dedo listo en el gatillo, tomó puntería.
El proyectil salió disparado con un rugido ensordecedor, impactando directamente en el costado del toro.
Una explosión sacudió el aire, envolviendo al gigantesco robot en una nube de humo y fuego.
“Creo que con eso tienes, máquina,” dijo Cris con una media sonrisa, seguro de que el ataque había sido devastador.
Sin embargo, cuando el polvo se disipó, el toro mecánico seguía allí, intacto.
Su cuerpo blindado relucía bajo el sol, y sus ojos brillaban con una expresión de odio y amargura que parecía casi humana.
“Esa cosa debe tener un blindaje de tanque o algo así,” comentó Miguel, frustrado al ver que el poderoso misil no había logrado destruir al robot.
De repente, del lomo del toro emergió un cohete que surcó el aire con un silbido agudo, dirigiéndose directamente hacia donde estaban Miguel, Anais y Cris.
“¡Cuidado!” gritó Antonio desde la distancia, pero ya era demasiado tarde.
El misil impactó con una explosión atronadora, levantando una columna de fuego y tierra que ocultó por completo a los tres compañeros.
“¡Oh, no!” exclamó Berta, aterrada, mientras veía cómo la escena se desvanecía en caos.
Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos al pensar que habían perdido a sus amigos en un solo ataque devastador.
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