El sistema del perro agente - Capítulo 166
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
166: ¡Olé!
166: ¡Olé!
“¡No, chicos, no!” gritó Travis al ver la desgarradora escena.
Sus puños se cerraron con fuerza mientras su voz temblaba de angustia.
“Otra vez voy a perder compañeros,” murmuró, bajando la cabeza con impotencia.
A su lado, Eliot fingía concentrarse en evacuar a los civiles, pero sus ojos brillaban con una mezcla de frialdad y astucia.
No era Eliot quien pensaba; era Xen, la entidad que habitaba dentro de él.
“Esta es mi oportunidad para acabar con Travis,” pensó Xen, saboreando el momento.
Pero algo lo detuvo.
Los demás miembros del grupo también se sumieron en un silencio triste al creer que sus compañeros habían sido aniquilados por el misil.
El aire estaba cargado de dolor y luto.
Sin embargo, justo en ese instante, comenzó a escucharse la voz de Anais soltar un grito que resonó en el campo de batalla.
Travis, Eliot, Berta y Patricia intercambiaron miradas confundidas.
¿Dónde estaban?
Aún podían escuchar sus voces, pero no había rastro de ellos.
“¿Serán voces del más allá?” se preguntó Berta, llevándose una mano al pecho mientras intentaba contener las lágrimas.
“No lo creo,” respondió Patricia, limpiándose los ojos con el dorso de la mano.
Antonio, con una sonrisa aliviada, sacó una pequeña barita de su bolsillo y dijo: “Están bien.
Los tres están vivos.” Levantó la vista hacia el cielo y agregó: “Miren arriba.” Todos dirigieron sus ojos hacia el firmamento y quedaron boquiabiertos al ver a Anais, Cris y Miguel flotando sobre círculos negros que parecían plataformas mágicas.
“Seguimos vivos,” exclamó Cris, tocándose la cara con incredulidad.
“Vi mi vida pasar frente a mí cuando el proyectil nos impactó.
Pensé que estábamos muertos.” Para confirmarlo, Miguel le dio un leve pellizco en el brazo.
Cris lanzó un grito ahogado y luego sonrió nerviosamente.
“Con esto confirmo que seguimos vivos,” dijo Miguel entre risas, antes de mirar hacia abajo y añadir: “Todo es gracias al agente A-12, o, mejor dicho, Antonio.” En su mente, pensó: “Nunca imaginé que su magia pudiera actuar tan rápido y crear estas cosas.” “¿Qué son estas cosas suavecitas y redonditas?” preguntó Anais, balanceándose ligeramente sobre una de las plataformas.
“Es como una cama muy cómoda,” añadió, dejándose caer sobre ella con una expresión de asombro.
“Son mis notas redondas,” explicó Antonio, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.
“Menos mal que saqué mi batuta justo a tiempo del bolsillo interno de mi saco.
Mis amigas las notas redondas acudieron al rescate,” dijo con una sonrisa orgullosa, aunque aún respiraba con dificultad por el esfuerzo de realizar el movimiento tan rápidamente.
Al ver que sus amigos estaban a salvo y flotando en el cielo, Xen, dentro de Eliot, decidió abortar su ataque contra Travis.
“Cielos, este tonto de Travis tiene más vidas que un gato,” pensó Xen con amargura, frustrado porque otra vez su plan había sido truncado.
Por otro lado, Antonio observó al toro robótico, que ya se preparaba para cargar nuevamente hacia él.
“Si las armas convencionales no le hacen nada, tendré que probar algo nuevo,” reflexionó en silencio mientras buscaba una solución.
Sacó la tela roja que había usado antes y la agitó frente al toro.
“¿Quieres más de mí?
Al parecer te has encariñado conmigo, robot,” dijo con una sonrisa burlona.
Rápidamente, subió sobre dos notas redondas como si fueran zancos y adoptó la postura de un torero.
“¡Olé!” gritó, haciendo que el toro pasara de largo con furia desbordante.
El toro mecánico rugió con ira, su expresión robótica reflejando una rabia casi humana.
“¡Olé!” repitió Antonio, provocándolo aún más.
Esta vez, el toro resbaló con la velocidad que llevaba, patinando varios metros antes de detenerse bruscamente.
Se levantó de inmediato, decidido a no caer en el mismo truco.
Pero Antonio era más astuto.
Con un movimiento rápido, hizo que el toro chocara con una pared de metal cercana, clavando sus cuernos afilados en ella con un estruendo ensordecedor.
El animal metálico forcejeaba con furia desbordante, intentando zafarse de la pared de metal donde sus cuernos estaban clavados.
Emitía un rugido mecánico que resonaba como un trueno mientras botaba humo por sus articulaciones.
“Ahora es hora de acabar contigo,” dijo Antonio con una sonrisa confiada.
Hizo un gesto con su batuta, y dos letras musicales aparecieron a su lado: una “fusa” y una “semifusa.” Estas comenzaron a girar rápidamente, como hélices de avión, cortando el aire con un zumbido agudo.
En cuestión de segundos, las hélices rebanaron los cuernos del toro, dejándolo aún más enfurecido.
“Veo que la inteligencia artificial de este robot es muy potente,” indicó Antonio mientras observaba cómo el toro emitía chispas y liberaba pequeñas explosiones de vapor.
Sin perder tiempo, levantó su batuta nuevamente y conjuró una serie de notas negras y blancas que flotaron hacia el gigantesco animal.
Las notas se clavaron alrededor de él, formando una jaula musical que lo inmovilizó por completo.
Unas descargas eléctricas recorrían las notas, alternando entre las blancas y las negras, como si fueran circuitos vivientes que bloqueaban cualquier movimiento.
“Bien, ahora viene el gran final de esta gran obra musical,” anunció Antonio con un brillo juguetón en los ojos.
Levantó su guitarra y exclamó: “¡MUSICAL STRINGS!” De inmediato, las cuerdas de su instrumento comenzaron a desenrollarse, flotando hacia las notas que aprisionaban al toro robótico.
Las cuerdas se envolvieron alrededor del cuerpo del robot, tirando con fuerza desde ambos extremos, como si fueran manipuladas por manos invisibles.
La presión fue tan intensa que el metal empezó a crujir, partiéndose lentamente.
Con un destello eléctrico, las notas que rodeaban al robot provocaron un cortocircuito masivo que apagó definitivamente al gigante mecánico.
“Eso es todo,” dijo Antonio mientras las cuerdas regresaban a su guitarra con un movimiento fluido.
Colocó el instrumento sobre su espalda y miró a su equipo con una sonrisa satisfecha.
“Eres increíble, amigo,” le dijo Travis, y los demás asintieron en señal de admiración.
Incluso Eliot fingió estar impresionado, aunque en su interior Xen maldecía la habilidad del músico.
“Listo, reármense y sigamos.
Debe haber más de estas cosas, u otras formas robóticas que necesitan ser vencidas para salvar a la población de aquí,” ordenó Anais con determinación.
“Sí,” respondieron todos al unísono.
Regresaron al depósito y encontraron un jeep sin techo, cubierto de polvo, pero en aparentes buenas condiciones.
“¡Oigan!” llamó Anais, dirigiéndose a Cris.
“¿Puedes hacerlo funcionar?” “Déjame ver.
Aprendí algunas cosas con el jefe y la gente de mantenimiento,” respondió Cris mientras inspeccionaba el vehículo.
“Además, mi abuelo tenía uno de estos.
Es una reliquia, pero es bueno encontrar algo que no dependa tanto de tecnología avanzada por aquí,” añadió con una sonrisa nostálgica.
Cris ajustó algunos cables y movió unas palancas, y el motor del todoterreno rugió vigorosamente a la vida.
“Este coche está operativo.
Además, tiene el tanque lleno,” informó, dando unas palmadas al volante con entusiasmo.
“Bien, súbanse.
Vamos a cazar y destruir robots,” ordenó Anais mientras subía al asiento del copiloto.
Berta se acercó a Antonio y le preguntó: “¿Vienes con nosotros?” Él se tomó unos instantes para pensarlo, mirando hacia el horizonte incierto.
Finalmente, respondió: “Bueno, ¿qué más da?
Siempre es bueno tener compañía.” Patricia le dio un codazo juguetón en el hombro y le guiñó un ojo.
“Y somos una buena compañía,” dijo con una sonrisa traviesa.
Antonio rio y asintió.
“Bien, me convencieron,” dijo mientras subía al vehículo.
El grupo partió rumbo a lo desconocido, listos para enfrentar cualquier desafío que se les presentara.
En otro lugar, todo parecía oscuro.
Una voz joven resonó en el silencio, incierta y temblorosa: “¿Quién apagó la luz?
No puedo ver nada… ¡Hola!
¿Hay alguien?” El chico continuó hablando, su tono mezcla de curiosidad y nerviosismo mientras tanteaba a ciegas el entorno.
“¡Hola hay alguien!, ¡dónde están hay alguien!
No traigo linterna ni nada para ver,” murmuró, avanzando lentamente con los brazos extendidos como un equilibrista inseguro.
De pronto, chocó con algo duro.
“¡Auch!” Se llevó una mano a la cabeza y retrocedió unos pasos.
“¿Con qué me golpeé?
¿Una roca tal vez?” “¡No seas malo, hermano!” respondió una voz femenina desde la oscuridad, con un tono entre divertido y reprobatorio.
“¿No ves que hay alguien no es un ser nocturno?
¿Por qué oscureciste todo?” La voz femenina hizo una pausa antes de añadir: “Y a todo esto, ¿dónde estás?
¡Hola, hola, hermano!” Continuó gritando, simulando preocupación, aunque sus palabras tenían un matiz travieso.
“Me pregunto dónde se habrá metido.
¡Prende la luz!” ordenó finalmente.
“Si no lo haces tú, lo haré yo,” replicó la voz femenina, ahora con un tono ligeramente disgustado.
“Consté que te lo advertí.” En ese momento, el lugar se iluminó de golpe, revelando al chico que había estado preguntando por qué estaba todo oscuro.
Parpadeó varias veces, tratando de ajustar su vista a la repentina claridad.
Miró hacia abajo, donde momentos antes había pensado que se había golpeado con una roca.
Lo tocó con curiosidad, pero lo que creía que era una piedra comenzó a moverse lentamente.
La figura se levantó, mostrándose como una criatura gigantesca del tamaño de un elefante.
Estaban en lo que parecía una cueva amplia, rodeada de partes metálicas, circuitos destrozados, cables retorcidos y cabezas de robots desperdigadas por todas partes.
La bestia tenía cuernos enormes y un rostro horripilante, con colmillos puntiagudos que brillaban bajo la luz.
Parecía salida directamente de una película de terror, y sus ojos ardían con un brillo maligno mientras observaba al muchacho.
El chico, que aparentaba tener diez años a lo sumo, tenía una cabellera rosa corta con un flequillo desordenado y ojos color avellana que reflejaban puro pánico.
Era delgado y vestía un traje verde marino ajustado, similar a un overol de pintor, con franjas blancas en los hombros que le daban un aire juvenil.
Su rostro de miedo era tan evidente que podría sentirse a kilómetros de distancia.
“Linda cosita… No le harías daño a nadie, ¿verdad?” balbuceó el muchacho, intentando sonar confiado, aunque su voz temblaba como una hoja.
La enorme criatura inclinó la cabeza hacia él, como si evaluara su presa, y luego levantó lentamente una de sus patas gigantescas, lista para aplastarlo.
“¡Ay, no!
¿En qué cosas me meto?
Esto va a doler,” dijo el chico, mirando hacia arriba con los ojos muy abiertos mientras veía cómo el gigantesco pie descendía inexorablemente sobre él.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com