El sistema del perro agente - Capítulo 167
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- Capítulo 167 - 167 Luz Oscuridad y Elasticidad
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167: Luz, Oscuridad y Elasticidad?
167: Luz, Oscuridad y Elasticidad?
“Esto va a doler,” dijo el muchacho con resignación al ver cómo el pie del gigantesco monstruo descendía inexorablemente hacia él.
Y, como si fuera una broma cruel del destino, el monstruo lo pisó sin piedad.
“¡Hey!
Monstruo, ¿por qué aplastaste a ese niño?
Ya lo dejaste hecho puré.
No creo que ni con mi magia lo pueda revivir… Bueno, conozco a alguien, pero ya no va a tener vida propia,” comentó una voz dulce desde las sombras.
La figura de una joven comenzó a materializarse frente a la criatura.
Era una chica de unos quince años, con cabello corto blanco y una trenza dorada en el lado derecho que brillaba como un rayo de sol.
Vestía un traje blanco con destellos dorados en el pecho, evocando la imagen de un ángel.
Pequeñas alas doradas sobresalían delicadamente de su espalda, y llevaba guantes blancos con filos dorados que completaban su apariencia celestial.
El monstruo rugió con furia, estirando una mano enorme hacia ella como si intentara atraparla.
“¡No me grites ni me pongas una mano encima, sucia bestia!” exclamó la chica con firmeza, su tono ahora severo.
“Esto debe ser obra de mi hermano,” reflexionó en voz alta mientras observaba al colosal ser.
“Tendré que hacerme cargo de esto y limpiar su desastre, como siempre.” Lanzó una mirada breve hacia el lugar donde el chico había sido aplastado.
“Pobre el chico de pelo rosa…
Tuvo una vida corta.
Espero que, al menos, haya sido placentera.” El monstruo levantó lentamente su pie del suelo, dejando un cráter profundo donde había estado el muchacho.
Antes de que pudiera avanzar hacia la chica, que estaba subida en una roca alta, se escuchó una voz débil proveniente del hoyo: “¡Eh!
¡Aún sigo aquí!” “¿Eh?
Me pareció escuchar algo… ¿O será mi imaginación?” murmuró la joven, frunciendo el ceño mientras esquivaba un puñetazo del monstruo que intentaba atraparla.
Volvió a escuchar la voz, esta vez más clara, y decidió actuar rápido.
Sin dudarlo, se quitó uno de sus guantes dorados y tocó al monstruo con su mano desnuda.
En un instante, la criatura comenzó a desintegrarse, convirtiéndose en partículas doradas que flotaron hacia el cielo.
“Eso estuvo cerca,” dijo una voz familiar desde el cráter que había dejado la pisada del monstruo.
La chica bajó de la roca y se acercó al hoyo, curiosa.
Dentro, vio una sustancia gelatinosa que se movía lentamente.
“¿Qué será eso?” se preguntó en voz alta, arrugando la nariz.
“Parece asquerosa… Además, puedo ensuciar mis guantes.” De repente, la masa viscosa formó una cara que la miró con ojos grandes y expresivos.
“¡Soy yo!
Eso estuvo cerca, casi no la cuento,” dijo la cosa con una voz reconocible.
La chica dio un paso atrás, sorprendida.
“Seguro eres otra creación de mi hermano.
Aunque sus invenciones son feas, nunca había visto algo tan grotesco.” “Tranquila, soy yo,” respondió la masa, que poco a poco comenzó a tomar forma nuevamente hasta convertirse en el muchacho de cabello rosa.
“¿Qué cosa eres?” le preguntó ella, cruzándose de brazos.
“Soy un agente, como tú.
Mi código es B-9, y me llamo Benny Grillo.
Puedo estirarme como un elástico; cualquier parte de mi cuerpo puede cambiar de forma,” explicó el muchacho con una sonrisa nerviosa.
“Vaya, eres raro, niño.
Pero en esa forma de gelatina no lo vuelvas a hacer.
Es demasiado asqueroso,” le advirtió ella, aún algo incómoda por la visión anterior.
“Y eso que no conoces a un amigo mío.
Su poder te daría más miedo y asco que el mío,” bromeó Benny, riendo suavemente.
“Bueno, donde están mis modales… Soy la agente A-7, o ya que estamos entre agentes, soy Abel Shadowlight.
Soy una maga de magia blanca o de luz como se diga,” se presentó ella, ofreciéndole una pequeña reverencia.
“¡Guau!
Es la primera vez que escucho ese nombre en una chica, pero te queda bien.
Eres muy hermosa,” dijo Benny, sonriendo ampliamente.
“Gracias por el cumplido,” respondió Abel, devolviéndole una sonrisa sincera.
“Vine aquí por la transmisión de los controlados, pero luego las máquinas comenzaron a actuar de manera extraña, y no recuerdo cómo llegué aquí.” “Si, es inusual el nombre en una chica, pero me gusta.
Y gracias,” dijo Abel, inclinando ligeramente la cabeza.
Después de una pausa, añadió: “Todo lo que pasó creo que fue obra de mi hermano.
Pensé que lo habrías visto, pero con lo que dices, creo que no.
¿Me ayudas a buscarlo?” Benny asintió con entusiasmo.
“Bueno, ya que todos los robots están destruidos, está bien.
Te ayudo.
De paso, también buscamos la salida de aquí.” Ambos comenzaron a caminar por la cueva, dejando que el eco de sus pasos resonara entre las paredes rocosas.
El aire húmedo y fresco envolvía sus cuerpos mientras Benny rompía el silencio con una pregunta: —Y… a todo esto, ¿cómo es tu hermano?
Ella sonrió antes de responder, su voz flotando como un susurro ligero.
—Es igual que yo porque somos mellizos.
Solo que él tiene el cabello oscuro y una trenza dorada como la mía.
Le gusta usar ropa oscura también —dijo, haciendo una pausa breve, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras—.
Pero no pienses que es emo ni nada de eso.
Es un mago de la oscuridad.
Aunque a veces no sabe controlar muy bien sus poderes.
Benny frunció el ceño, tratando de procesar lo que acababa de escuchar.
—¿Un mago de la oscuridad?
Suena serio.
¿Cuántos años tienen?
¿Quince?
—Sí, quince.
Y tú, ¿cuántos tienes?
¿Ocho?
—preguntó ella, arqueando una ceja con picardía.
—¡No!
¡Tengo diez!
Soy mucho mayor —respondió Benny, inflando el pecho con orgullo infantil.
Ella soltó una carcajada melodiosa, cubriéndose la boca con la mano.
—Pues te ves como un niño de seis u ocho.
Te echaba mal, Benny.
—¡Que no!
—replicó él, cruzando los brazos con cara de enojo.
—Te ves lindo cuando te enojas —dijo ella, riendo aún más fuerte al ver cómo las mejillas del chico se encendían de un rojo intenso.
Después de unos segundos de silencio incómodo, ella volvió a hablar, su tono ahora más curioso que burlón.
—A todo esto, ¿por qué cuando te aplastaron y regresaste a tu forma, tu traje volvió a la normalidad contigo?
Benny levantó la cabeza con orgullo, recuperando algo de su confianza.
—Es porque los ingenieros de la agencia crearon un traje especial para mí.
Se adapta a mi forma sin destruirse ni desintegrarse.
—Maravilloso —dijo ella, aplaudiendo con entusiasmo genuino.
Sus ojos brillaban como pequeñas estrellas bajo la tenue luz de la cueva.
De pronto, señaló hacia adelante.
—¡Mira!
Eso parece el final de la cueva.
Ambos salieron al exterior, parpadeando ante la intensidad de la luz solar.
Al mirar a su alrededor, Benny abrió los ojos como platos.
—Esto… ¡esto es un Moai!
—exclamó, señalando las enormes estatuas de piedra que los rodeaban—.
Significa que estamos en la Isla de Pascua.
—Guau, sí que eres todo un cerebrito —comentó Abel, impresionada.
—Sí, y esto pertenece a… —comenzó a decir Benny, pero se detuvo abruptamente cuando uno de los Moai más grandes empezó a moverse, revelando manos y brazos que emergían de su estructura rocosa.
—Eso es algo inusual… No solo los artefactos se convierten en robots —murmuró Benny, observando la escena con asombro.
—No mires, Benny.
Esa cosa no es del todo un Moai.
Es una réplica —corrigió ella, su tono ahora más serio.
El gigantesco coloso de piedra se levantó lentamente, arrancando una roca del suelo con una facilidad sorprendente.
Con un rugido profundo, lanzó la piedra directamente hacia ellos.
—¡Cuidado!
—gritó Benny, empujando a Abel fuera de su trayectoria.
La piedra impactó contra su abdomen con un golpe sordo, pero rápidamente el chico reaccionó, estirándose como una banda elástica para agarrar dos estructuras cercanas con sus brazos extendidos.
Usando su habilidad como una resortera viviente, devolvió la piedra al coloso con una fuerza devastadora.
Con el corazón acelerado, Benny se giró hacia ella, esperando un agradecimiento.
—¿Te encuentras bien?
—preguntó, jadeando ligeramente.
Pero Abel, en lugar de mostrar gratitud, lo miró molesta mientras se sacudía el fango de su vestido blanco.
—¡Gracias por tirarme!
Ahora me he ensuciado todo el vestido.
—Ups… Lo siento —respondió él, rascándose la nuca con nerviosismo mientras volvía a su forma original.
Su expresión era una mezcla de culpa y diversión—.
No fue mi intención.
—Bueno, no importa —dijo ella, sacando una especie de barita delgada.
Con un movimiento elegante, limpió las manchas de su vestido, dejándolo impoluto nuevamente—.
¡Ah!
Mucho mejor.
El coloso, sin embargo, no les dio tiempo para relajarse.
Emitió un rugido estruendoso y comenzó a avanzar hacia ellos.
—¡Qué fastidio!
Otro robot con el que pelear.
¿Acaso mi hermano no se había encargado de todos?
—se quejó Abel, su voz cargada de frustración.
—Parece que no —respondió Benny, adoptando una postura defensiva.
—Bien, es momento de pelear —declaró ella, levantando ambas manos.
De pronto, una parvada de lechuzas blancas invocadas de la nada surgió frente a ellos, cada una con ojos penetrantes y picos afilados.
Las aves atacaron al coloso, bloqueando su visión y distrayéndolo mientras este intentaba liberarse.
—¡Oye, chico plástico!
¿Por qué no te enredas en sus pies y lo haces caer?
—sugirió Abel, señalando al gigante con urgencia.
—¡No soy ‘chico plástico!
Soy un chico con habilidades especiales con las cuales puedo alongarme y estirar cualquier parte de mi cuerpo —replicó Benny, aunque asintió rápidamente—.
Pero tienes razón.
Aprovechemos eso para tirarlo.
Con un grito de determinación, Benny corrió hacia el coloso, estirando sus extremidades hasta convertirse en una red imposible que rodeó los tobillos del gigante.
Con un fuerte tirón, logró desestabilizarlo.
El coloso cayó con un estruendo monumental, haciendo temblar el suelo bajo sus pies.
Abel miró a Benny con una mezcla de admiración y exasperación.
—No está mal para un ‘niño de seis años’, ¿eh?
El chico se estiró con agilidad, sus brazos y piernas entrelazándose como una soga resistente alrededor de los tobillos del robot.
Mientras las lechuzas blancas seguían atacando al coloso desde arriba, este perdió el equilibrio con un rugido estruendoso y cayó hacia atrás, sacudiendo la tierra bajo sus pies.
—Nada mal, Benny —dijo Abel, cruzándose de brazos mientras observaba cómo el gigante intentaba recuperarse.
Su tono era más bien indiferente, pero había un brillo de admiración en sus ojos que no pudo ocultar del todo—.
Aunque creo que aún no hemos terminado.
Benny regresó a su forma original, jadeando ligeramente por el esfuerzo.
Miró hacia el coloso, que ya comenzaba a levantarse nuevamente, y maldijo entre dientes.
—Tienes razón.
¿Qué podemos hacer para destruirlo?
—preguntó, girándose hacia ella con urgencia.
Abel lo miró de reojo, evaluándolo con una mezcla de arrogancia y desconfianza.
—Bueno, sí solo sabes estirarte… —comenzó, dejando la frase suspendida en el aire como un recordatorio de lo limitado que consideraba su poder.
Sin darle tiempo a replicar, sacó su barita con un movimiento elegante y pronunció: —“LIGHT VIX.” De inmediato, pequeñas criaturas etéreas emergieron de la luz que emanaba de la barita.
Eran hadas diminutas, con alas translúcidas que brillaban como fragmentos de cristal y espadas doradas en sus manos.
Parecían listas para la batalla, sus cuerpos vibrando con energía mágica.
—Bien, ¡a por él!
—ordenó Abel, señalando al coloso con decisión.
Las hadas volaron hacia el gigante con rapidez vertiginosa, empuñando sus espadas y atacando sus puntos débiles.
Pero, por más que intentaban perforar su piel rocosa, no lograban causarle daño alguno.
Con un rugido furioso, el robot alzó su mano y aplastó a varias de ellas con una simple palmada.
—¡Ah, no!
¡Mis haditas!
—exclamó Abel, horrorizada al ver cómo sus criaturas se desvanecían en destellos de luz.
Benny, por su parte, sonrió internamente, aunque trató de mantener una expresión neutral.
Era un pequeño recordatorio de que ella también podía subestimar a los demás.
—Eso es lo mejor que puedes hacer, ¿eh?
Creo que estamos perdidos —dijo Benny con un tono sarcástico, arqueando una ceja.
—Pues tú tampoco has hecho mucho —replicó Abel, fulminándolo con la mirada.
—Sí, pero mis poderes son muy refinados para usarlos sin pensar —respondió ella apretando los puños con frustración.
—Será porque no le afectan —indicó él, respondió con una sonrisa burlona.
Antes de que pudieran seguir discutiendo, el gigante dio un paso adelante, bloqueando cualquier posible ruta de escape.
Benny tomó una decisión rápida.
Transformó sus piernas en enormes resortes y, en un movimiento ágil, cogió a Abel en sus brazos justo antes de lanzarse hacia adelante.
Saltaron a gran velocidad, zigzagueando entre las estructuras de piedra mientras el coloso los perseguía con pasos pesados que hacían temblar el suelo.
Abel, aferrándose a Benny mientras este corría, murmuró en silencio: —¿Dónde estás, hermano?
Finalmente, llegaron al borde de un acantilado.
El mar rugía bajo ellos, y el gigante los había acorralado sin salida.
Benny miró a su alrededor, buscando desesperadamente una solución.
—Estamos atrapados —murmuró, su voz cargada de tensión.
El gigante levantó su brazo masivo, preparándose para aplastarlos.
Abel cerró los ojos con fuerza, susurrando: —¡Ah, no!
Quizá tú sobrevivas a ese aplastón, pero yo no.
Sin embargo, justo antes de que el coloso pudiera tocarlos, algo detuvo su movimiento.
Un rugido ensordecedor resonó en el aire, y ambos levantaron la vista.
Un monstruo imponente había aparecido frente a ellos.
Sus cuernos retorcidos parecían los de un demonio ancestral, y su cuerpo estaba cubierto de escamas negras que brillaban bajo la luz del sol.
Sobre su hombro, una figura conocida los observaba con calma.
—¡Es él!
¡Es mi hermano!
—gritó Abel, con una mezcla de alivio y alegría inundando su voz—.
¡Por fin te encuentro, Caín!
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