El sistema del perro agente - Capítulo 168
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
168: ¿Caribú?
168: ¿Caribú?
“¡Hola, hermana!” La voz del chico resonó desde lo alto, donde se erguía sobre el hombro de una criatura colosal con cabeza de león y cuernos retorcidos que parecían hechos de obsidiana.
El muchacho era idéntico a ella, salvo por su cabello negro azabache trenzado con un mechón dorado que brillaba como un rayo de sol atrapado.
Sus ojos eran dos pozos carmesíes, profundos y oscuros como charcos de sangre fresca.
Llevaba un traje impecablemente negro, con un saco largo hasta las rodillas adornado por una línea blanca que recorría el cuello y descendía hasta la hilera de botones.
Un pañuelo rojo sobresalía del bolsillo derecho de su pecho, añadiendo un toque de color a su atuendo sombrío.
En su espalda, unas alas oscuras plegadas parecían listas para extenderse al viento.
“¿Qué clase de ‘hola’ es ese?” replicó ella desde abajo, cruzándose de brazos mientras su mirada reflejaba una mezcla de alivio y reproche.
“¿Dónde has estado?
Me dejaste sola aquí, en esta penumbra asquerosa, preocupada de que otra vez hubieras perdido el control de tus poderes.
¡De hecho, encontré algo allá dentro que tuve que limpiar yo misma!” Su tono era ácido, pero había un trasfondo de genuina preocupación en sus palabras.
“Menos mal que este niño —dice ser un agente— apareció para ayudarme,” añadió señalando al pequeño de cabello rosa que observaba la escena con curiosidad.
“Luego hablamos,” respondió Caín sin siquiera mirarla, ignorando completamente sus quejas.
Su atención estaba fija en el gigante robot frente a ellos.
“Voy a acabar con esto de una vez.” El monstruo bajo sus pies rugió, un sonido grave que vibró en el aire como el eco de un trueno distante.
Con un movimiento fluido, el hocico leonino de la bestia se abrió, revelando filas de dientes afilados como cuchillas.
En lugar de morder, una espada roja incandescente emergió de su interior, brillando con una luz casi sobrenatural.
Con un impulso rápido, la hoja se clavó en la cabeza del robot, partiéndolo en dos con un crujido metálico que resonó en el espacio vacío.
Fragmentos de metal cayeron al suelo con estrépito, desmoronándose en una lluvia de chispas y humo acre.
“¡Oye!
¿Podrías no hacer eso?” Abel sacudió su ropa con gestos exagerados, intentando quitarse el polvo que ahora cubría su traje impecable.
“Primero este niño me ensucia, y ahora tú.
Ya puedo bajar, ¿verdad?” le dijo al pequeño Benny, quien lo miraba con expresión inocente.
“Ah… Sí, perdón,” murmuró Benny tímidamente, bajando la mirada.
Era evidente que no estaba acostumbrado a ser el centro de atención.
Caín, por su parte, ya había desmontado del gigantesco monstruo.
Con un gesto elegante, la criatura se desvaneció en partículas oscuras que se disolvieron en el aire antes de guardarse en su bolsillo como si fuera un objeto ordinario.
“Listo,” anunció con un tono casual, como si acabara de realizar una tarea rutinaria.
“Siempre haces lo mismo,” protestó Abel mientras caminaba hacia él con paso firme, sus botas resonando contra el suelo como si quisiera recalcar cada palabra con un golpe.
“Te vas, me dejas sola y termino en lugares horribles.
¿Cuántas veces tengo que decirte que ya no soy una niña pequeña?” “Por eso te di tu espacio,” replicó Caín con calma exasperante, encogiéndose de hombros como si lo que ella dijera fuera irrelevante.
Sin embargo, la media sonrisa que asomaba en sus labios delataba su arrogancia implícita.
“Pero tampoco soy tan vieja,” respondió Abel, clavando sus ojos luminosos en los de él.
“Recuerda que solo eres unos minutos mayor que yo, Caín.
No uses eso como excusa para tratarme como si fuera frágil.” Un momento de silencio siguió a sus palabras, interrumpido por la exclamación repentina de Benny: “¡Espera!
¿Caín?
¿Como Caín y Abel?” El niño los miró alternativamente, con los ojos muy abiertos por el asombro.
“Pues sí, así nos pusieron nuestros tutores,” explicó Abel con un encogimiento de hombros.
“Aunque no sé qué tienen esos nombres de especial.” “¿Y este quién es?” preguntó Caín, señalando a Benny con un movimiento despreocupado de la cabeza.
“¿No escuchaste lo que dije cuando llegaste?” Abel frunció el ceño, apretando los puños con frustración.
“Te lo expliqué mientras estabas ahí arriba haciendo tu entrada dramática.” “Disculpa, pero estaba demasiado alto.
Casi no podía oírte,” replicó Caín fingiendo sacarse algo de la oreja con gesto exagerado.
“No me vengas con eso,” gruñó Abel.
“Sabes perfectamente que ambos tenemos un oído excepcional.
No me digas que no escuchaste cada palabra.” “Sí, lo sé,” indicó Caín con un tono monótono mientras observaba al pequeño Benny, quien seguía balbuceando emocionado: “¡Caín y Abel!
Como los hijos de Adán y Eva…” El muchacho se detuvo abruptamente al notar la mirada fulminante que Abel le lanzó.
“No tiene nada de malo mi nombre,” dijo ella con desagrado, cruzándose de brazos y clavando sus ojos luminosos en él.
“Tranquilo, está bien que se llamen así,” respondió Benny, tragándose nerviosamente un poco de saliva al sentir la presencia intimidante de Caín.
Este último levantó una ceja y añadió con aire burlón: “En realidad, a nuestros tutores les pareció gracioso ponernos esos nombres.
Verás, yo soy mago de la magia oscura, mientras que ella es de la luz —o magia blanca, como prefieran llamarla.” Miró a Benny fijamente y luego agregó con una sonrisa socarrona: “Ríete, enano.” “Sí… Muy gracioso,” murmuró Benny forzando una risa incómoda, temiendo lo que Caín podría hacerle si no seguía su juego.
“Tranquilo, hermano,” intervino Abel, colocando una mano en el hombro del niño para calmarlo.
“También es un agente como nosotros.
Su nombre es Benny, y su poder es ser estirado —aunque él insiste en decir ‘elasticidad’,” explicó rodando los ojos.
“Como sea,” replicó ella sin darle demasiada importancia.
“Bien, Benny, ahora que nos conocemos, vamos a sellar esto como amigos,” dijo Caín extendiendo su mano hacia el chico.
Benny dudó un momento, pero finalmente avanzó para estrecharla.
Sin embargo, antes de que pudiera tocarla, un pequeño demonio emergió de entre los dedos de Caín, blandiendo un trinche diminuto que pinchó la palma de Benny.
“¡Auch!” exclamó el niño, retirando rápidamente su mano.
Caín soltó una carcajada estruendosa.
“Caíste,” dijo con satisfacción, mientras el demonio regresaba a su lugar como una sombra obediente.
Abel sacudió la cabeza y miró a Benny con una mezcla de resignación y simpatía.
“No le hagas caso.
Siempre es igual: primero serio, luego bromista.
Es insoportable,” comentó encogiéndose de hombros.
“No hay problema,” respondió Benny, aunque en su mente pensaba: Vaya clase de personas me vengo a encontrar.
“Bien, creo que por ahora descansaré,” anunció Caín, dejándose caer sobre una roca cercana.
Luego miró a Benny y añadió con indiferencia: “Por cierto, fuiste tú quien apareció inconsciente en esa cueva, ¿verdad?
Un robot te atacó, así que pedí a una de mis creaciones que te llevara allí para protegerte.
Solo que olvidé devolverla a su mundo después… Supongo que por eso intentó atacarte.
Lo siento.
No fue como pensó mi hermana, que perdí el control de mis poderes otra vez.” “¡Ah!
Entonces por eso también quiso atacarme a mí,” interrumpió Abel con una sonrisa traviesa.
“Pero, por suerte, tus cosas no pueden contra mí,” dijo riendo con suficiencia.
“Sí, claro, presumida,” respondió Caín frunciendo el ceño.
En ese momento, Benny volvió a pensar para sí mismo: Estos dos me van a volver loco.
“Bien, ya acabé con todos los robots de esta zona,” declaró Caín con voz cansada mientras se recostaba completamente en la piedra.
Cerró los ojos y añadió: “De todas formas, debemos seguir adelante.
Nos necesitan en otros lugares.” “Tú no eres mi jefe, y no me das órdenes,” replicó Abel con un bufido.
Antes de que pudiera continuar, Caín ya estaba profundamente dormido, respirando con tranquilidad.
“Es en serio,” dijo Benny, acercándose y tratando de moverlo sin éxito.
Abel lo observó con una expresión resignada.
“Ni te esfuerces en levantarlo.
Ese hermano mío siempre hace lo mismo: termina de pelear y se queda dormido como un tronco.
Tendremos que esperar a que despierte.” Mientras tanto, sacó una lista de su bolsillo y comenzó a escribir varias cosas con su barita mágica.
“Bien, entonces podrías aprovechar este tiempo para ayudarme trayendo estas cosas,” sugirió con una sonrisa inocente.
“Yo no soy tu sirviente,” protestó Benny, pero cuando ella lo miró con aquellos ojos brillantes que parecían capaces de atravesar su alma, tragó saliva y retrocedió un paso.
“P-Pero, por otro lado, solo lo haré porque me gusta ayudar,” tartamudeó rápidamente antes de salir corriendo con la lista en la mano.
“Ahora tengo que hacer de chico de los mandados… Solo se aprovechan de mí porque soy más pequeño que ellos,” murmuró Benny mientras observaba el papel con una mezcla de frustración y resignación.
“¿Quién demonios pide algo tan raro en una isla?
Esto es imposible de conseguir,” se quejó para sí mismo mientras caminaba hacia el poblado cercano.
“¿Ya se fue?” preguntó Caín desde su posición tumbada en el suelo, relajado y con los brazos detrás de la cabeza.
“Sí,” respondió Abel con un suspiro.
Luego añadió con seriedad: “Y no olvides que no debes alejarte de mí.
Las cosas malas tienden a pasar cuando lo haces.
Por favor, no lo vuelvas a hacer.” “Está bien, está bien,” dijo Caín sin abrir los ojos, despidiéndola con un gesto despreocupado.
“Ahora déjame relajarme mientras viene tu pequeño novio.” “¡Él no es mi novio!” protestó Abel, sonrojándose furiosamente mientras lo fulminaba con la mirada.
Sin embargo, Caín ya había cerrado los ojos nuevamente, ignorándola por completo.
“Sí, como sea… Hasta más tarde,” murmuró él medio dormido.
En otro lugar, Yukón, Canadá, el aire helado cortaba como cuchillas invisibles.
Un joven temblaba violentamente bajo el cielo grisáceo, envuelto en una nube de vapor blanco cada vez que exhalaba.
Sus dientes castañeaban, y sus manos trataban inútilmente de abrazarse para conservar el calor.
“Qué frío hace aquí… No debí haber venido por estos lares,” se lamentó Josh, estremeciéndose mientras avanzaba penosamente sobre la nieve.
“Pero como estaba cerca… ¡Maldición!
No soy una persona que resista el frío.
Ya me estoy congelando… Creo que voy a morir aquí,” balbuceó entre jadeos entrecortados.
“Es que solo a ti se te ocurre venir a un sitio así en shorts y sin camiseta, mucho menos con abrigo,” comentó una voz femenina con tono burlón.
Era Lania, quien lo observaba con una mezcla de diversión y exasperación.
“¿Por qué no regresas a tu otro yo?
Así estarías más calentito,” sugirió ella, arqueando una ceja.
“No puedo.
Tengo que recuperar mi mana después de acabar con esos chicos controlados en Vancouver,” explicó Josh con dificultad, apretando los puños para intentar generar calor.
“Además, si pudiera confeccionar ropa, lo haría, pero no soy como esa unidad A que usa magia.” “Lo sé, pero ¿por qué no compartes un poco de mi abrigo?
Es grande, podemos entrar los dos,” propuso Josh con una sonrisa esperanzadora.
“¡Oh, no!
Ni hablar.
No voy a pegarme a ti; van a pensar que somos pareja o algo así,” replicó Lania con firmeza, cruzándose de brazos.
“Entonces, ¿por qué no prendes una fogata?
¿No traías encendedor para al menos calentarme?” “Bien,” accedió Lania finalmente, rodando los ojos.
Con un movimiento fluido, reunió un montón de ramas secas y las dispuso cuidadosamente en el suelo.
Un destello mágico surgió de sus manos al chocar dos rocas, y pronto una pequeña fogata comenzó a crepitar, liberando un calor reconfortante.
“Mucho mejor,” dijo ella, aunque Josh ya se había lanzado hacia el fuego como si fuera su salvación personal.
A la luz de las llamas, Josh revelaba su figura atlética y bronceada.
Su cabello largo y lanudo, de un marrón oscuro similar al pelaje de un lobo, caía desordenadamente sobre su rostro.
Vestía únicamente unos shorts de mezclilla y botas marrones, dejando al descubierto su torso musculoso y marcado.
“Ya estás mejor, Josh,” comentó Lania con una media sonrisa mientras también se acercaba al calor del fuego.
Ella llevaba un abrigo amarillo que le llegaba hasta las rodillas, ajustado sobre unos leggins negros.
Una boina cubría parte de su cabello largo y sedoso, negro como la noche, y sus ojos cafés brillaban con una mezcla de astucia y humor.
“Eres un exhibicionista,” lo acusó Lania con tono juguetón.
“Siempre te gusta andar por ahí mostrando tus abdominales.
Menos mal que encontramos esos pantalones y esas botas; de lo contrario, estarías desnudo por ahí.” “Lo sé, no es que quiera alardear de mi cuerpo,” respondió Josh, rascándose la nuca con gesto avergonzado.
“Lo siento.
Cuando regresemos a la base, pediré un traje adecuado que no se desintegre como el del niño elástico de la unidad B.” “Sí, claro… Si sabías eso, ¿por qué no lo hiciste antes?
Eres un pervertido,” lo provocó Lania con una risita.
“¡No, nada de eso!
Soy muy olvidadizo a veces,” se defendió Josh, tocándose la cabeza con inocencia fingida.
Luego recordó algo y añadió: “Por cierto, salí corriendo porque te vi peleando sola contra esos chicos controlados y esos robots en esta zona.
Casi me agota ayudarte.
Lo bueno es que aquí el frío los dejaría inmovilizados,” pensó para sí mismo, sintiendo una oleada de alivio al saber que, al menos por ahora, estaban a salvo.
Eran los agentes Josh Meldrok y Lania Rivers, ambos pertenecientes a la Unidad E, con códigos de agente E-7 y E-11, respectivamente.
A pesar de su juventud —Josh tenía apenas 14 años y Lania 16 años—, sus habilidades y determinación los habían convertido en piezas clave dentro de su unidad.
Aunque sus edades sugerían cierta inexperiencia, sus acciones en el campo demostraban lo contrario: eran expertos en salir airosos de situaciones que dejarían perplejos incluso a los más veteranos.
Sin embargo, el muchacho estaba equivocado cuando vieron un caribú acercarse lentamente entre los árboles nevados.
Su figura imponente destacaba contra el paisaje blanco, pero algo no parecía del todo natural en su tamaño descomunal.
“¡Oye!
¿Es normal que ese animal sea tan grande?” preguntó Lania, entrecerrando los ojos mientras observaba al caribú con curiosidad.
“Bueno, esos animales suelen ser grandes y tener astas enormes,” respondió Josh encogiéndose de hombros, “pero no tan grande como este.
Debe ser de una especie distinta… ¡Habría ganado dinero si pudiera tomarle fotos para el descubrimiento!” Se detuvo un momento, recordando con frustración: “Pero lamentablemente perdí mi celular durante la batalla.” El caribú continuó avanzando hacia ellos con pasos pesados que crujían sobre la nieve compacta.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, mostró sus astas metálicas, afiladas como cuchillas, preparándose para atacar.
“Creo que está molesto porque estamos en su territorio,” pensó Josh en voz alta, retrocediendo instintivamente.
“No creo,” replicó Lania, frunciendo el ceño mientras lo examinaba más de cerca.
“¿Dónde has visto un animal metálico?
Ahora que lo veo bien… ¡Maldición!
Es otro de esos robots locos.” Josh soltó un gruñido de frustración.
“Y yo sin mis poderes.
Tengo que recargar mi mana.” Antes de que pudiera decir algo más, el caribú lanzó un embate directo hacia Lania, quien permanecía paralizada por la sorpresa.
“¡Cuidado!” gritó Josh, lanzándose hacia ella y jalándola justo a tiempo para evitar que las astas metálicas la atravesaran.
Ambos cayeron sobre la nieve, rodando lejos del alcance del robot.
“Creo que estamos en problemas,” murmuró Josh, levantándose rápidamente y ayudando a Lania a ponerse de pie.
“¿Tú crees?” respondió ella con sarcasmo, sacudiéndose la nieve de su abrigo amarillo.
“De momento tendré que protegernos a los dos hasta que recuperes tus fuerzas.” “No hay de otra,” dijo ella, asintiendo con determinación mientras veía al caribú girar nuevamente para atacarlos.
Rápidamente, Lania sacó una pluma y un pequeño frasco de tinta de uno de sus bolsillos.
Con movimientos fluidos, comenzó a dibujar algo en la palma de su mano.
“¡Oigan!
¿Vas a pintar ahora en medio de esta pelea?” exclamó Josh, incrédulo, señalando al robot que se acercaba amenazadoramente.
“Que no se te olvide mi poder,” replicó Lania con una sonrisa confiada mientras terminaba el dibujo.
Levantó su mano frente a la criatura robótica, cuyos ojos brillaban con luces rojas intermitentes.
“Prepárate, criatura robótica,” declaró Lania con firmeza, su voz resonando en el aire gélido.
“Desearás nunca haberte enfrentado a mí, Lania Rivers.”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com