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El sistema del perro agente - Capítulo 169

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169: ¿Tatuajes y Lobo?

169: ¿Tatuajes y Lobo?

El robot Caribú, con su cuerpo metálico reluciendo bajo la luz pálida del amanecer, observó cómo Lania dibujaba rápidamente una araña en su mano.

Con un movimiento fluido, la araña cobró vida, deslizándose desde su palma hasta el suelo, donde creció hasta alcanzar el tamaño del animal mecánico.

“¡Guau!

Si que eres una artista”, exclamó Josh, sus ojos abiertos como platos.

“La araña que dibujaste parece real, como una tarántula gigante de esas películas de terror”.

Su voz tembló ligeramente al añadir: “Pero…

¿por qué tiene colores como un arcoíris?

Y esa nube sonriente en su abdomen…

es inquietante”.

“¡Eh!

Gracias”, respondió Lania, inclinando la cabeza con modestia mientras se colocaba entre Josh y el Caribú.

“Es mi toque especial, algo que hace al artista”.

“¿Te refieres a una firma o un distintivo?” preguntó Josh, frotándose las manos para calentarse.

“Si, si…

algo así”, murmuró ella, evitando mirarlo directamente.

Su atención estaba en la batalla que se avecinaba.

La araña, aunque hecha de tinta, era tan tangible como cualquier criatura viva.

Sus patas largas y segmentadas brillaban con destellos iridiscentes, y el sonido sutil de sus movimientos recordaba el crujir de hojas secas bajo el peso de un depredador.

Se enfrentó al Caribú robótico sin vacilar, usando sus extremidades para bloquear las enormes astas del animal, que intentaba embestirla con ferocidad.

El metal resonaba contra la tinta endurecida, produciendo un eco que reverberaba en el aire frío.

“Vaya, creo que es suficiente…

y eso que recién estoy calentando”, dijo Lania con una media sonrisa, sus dedos jugando nerviosamente con el borde de su bufanda.

El Caribú, furioso, parecía echar humo por las orejas mientras trataba de avanzar, pero la araña no cedía terreno.

“¡Sí!

¡Araña, gánale a esa cosa!” animó Josh desde atrás, sus palabras cargadas de entusiasmo juvenil.

El gruñido del Caribú resonó como un trueno distante, sacudiendo el ambiente.

“Es hora de acabar con esto”, declaró Lania, señalando al robot con decisión.

La araña obedeció al instante, abriendo su enorme mandíbula para atacar.

Pero justo cuando parecía que la victoria estaba cerca, dos osos grizzli robóticos irrumpieron en el combate, rugiendo con una ferocidad que helaba la sangre.

La araña retrocedió, obligada a defenderse de tres frentes simultáneos.

“Maldición, más enemigos”, masculló Lania entre dientes, su rostro tenso.

En ese momento, un zorro ártico robótico pasó velozmente junto a ella, desgarrando una manga de su abrigo y revelando una intrincada galería de tatuajes en su brazo izquierdo.

“¿Estás bien?” preguntó Josh, preocupado.

“Sí, sí, estoy bien.

Solo rompió mi abrigo”, respondió ella con rapidez, aunque su tono sugería que había algo más detrás de su aparente calma.

“¡Guau!

¿Qué tatuajes tan geniales!”, exclamó Josh, olvidando por un momento el peligro que los rodeaba.

“Tienes un gato, un perro…

y esa cosa medio rara, ¿es una fusión de una serpiente con un león o algo así?” “¡Sí, verdad!” Lania sonrió brevemente antes de recuperar su expresión seria.

“Pero este no es el momento de alagar a mis amigos.

Es hora de usarlos”.

“¿A tus amigos?” repitió Josh, confundido.

Antes de que pudiera decir algo más, los tatuajes en el brazo de Lania cobraron vida, emergiendo de su piel como si fueran criaturas dormidas despertando de un largo letargo.

Un perro blanco con colmillos afilados, un gato del tamaño del zorro y una serpiente con patas de león se materializaron frente a ellos, sus cuerpos vibrando con energía mágica.

“A eso me refería con ‘mis amigos'”, explicó Lania, cruzándose de brazos.

“Eso está a otro nivel”, admitió Josh, sus ojos brillando de asombro.

“Ojalá pudiera ayudarte, pero aún no recupero mi energía, y además…

hace un frío terrible”.

Su voz tembló mientras trataba de frotar sus manos para generar calor.

“Pues claro, solo a ti se te ocurre andar semi desnudo en un lugar donde hace menos de diez grados”, replicó Lania con una sonrisa burlona, aunque su mirada seguía concentrada en la batalla que se desarrollaba ante ellos.

“Sí, lo sé”, murmuró Josh, sus dientes castañeteando.

“Bien, chicos, es su turno de brillar”, anunció Lania, su voz firme pero cargada de emoción.

Cada animal que había cobrado vida de sus tatuajes llevaba un distintivo único: el perro lucía unos lentes diminutos sobre su hocico; el gato tenía ojos rojos como brasas encendidas, y la quimera ostentaba un arcoíris vibrante que recorría su lomo como un río de luz.

“A todos esos también les pusiste dibujitos”, observó Josh con asombro, señalando a las criaturas.

“Es un distintivo como ya dije”, explicó ella con orgullo.

“Para que sepan que es mi trabajo”.

Sin más preámbulos, los animales tatuados se lanzaron al combate, enfrentándose a los robots con ferocidad.

El gato, ágil y letal, se enzarzó en una danza mortal con el zorro robótico, mientras el perro embestía a uno de los osos grizzli con una fuerza sorprendente.

La quimera, por su parte, se enfrentó al segundo oso, sus rugidos resonando como truenos en el aire helado.

“Con eso bastará”, murmuró Lania, observando con confianza cómo sus creaciones peleaban cuerpo a cuerpo contra los animales mecánicos.

Los robots retrocedían ante la presión implacable de los seres mágicos, sus movimientos torpes comparados con la fluidez de las criaturas vivientes.

Pero justo cuando parecía que la victoria estaba cerca, los robots intercambiaron una mirada casi inteligente antes de comenzar a fusionarse.

Sus cuerpos metálicos se fundieron en un destello de chispas y humo, formando una figura colosal: un enorme alce de ocho metros de altura, cuyas astas relucían como dagas afiladas bajo la luz tenue.

Con un rugido ensordecedor, el gigante metálico aplastó a las creaciones de Lania como si fueran juguetes insignificantes.

“¡No, mis amigos!” gritó Lania, sus ojos inundados de furia y dolor.

“¡Pagará caro, maldita máquina!” El alce, imponente y amenazador, avanzó hacia ellos con pasos que hacían temblar la tierra.

Josh, viendo el peligro inminente, jaló a Lania hacia un lado justo a tiempo, protegiéndola del barrido devastador de las astas del alce, que arrancaron árboles enteros de raíz como si fueran briznas de hierba.

“¿Te encuentras bien?” preguntó Josh, preocupado, mientras la soltaba lentamente.

Lania se sonrojó al darse cuenta de que había estado pegada al pecho desnudo del muchacho.

“Sí”, respondió rápidamente, apartándose con un movimiento brusco y evitando mirarlo a los ojos.

“Oye, si puedes hacer esas cosas…”, comentó Josh, señalando el caos a su alrededor.

“No son cosas “, replicó ella, molesta.

Su tono dejaba claro que aquellas criaturas eran mucho más que simples invenciones.

“Bien, tus amigos”, concedió él con una sonrisa traviesa.

“Entonces, ¿puedes crearme nueva ropa para mí?” “¿Eh?” Lania lo miró dubitativa, confundida por el cambio repentino de tema.

“Solo dime sí o no”, insistió Josh, cruzándose de brazos.

“Bueno…

en teoría, sí”, admitió ella, aunque su ceño fruncido revelaba su desconfianza.

“Pero ¿qué piensas hacer?” Josh le dedicó una sonrisa enigmática antes de responder: “Creo que no me queda de otra.

Tendré que actuar”.

Su expresión cambió repentinamente, volviéndose seria.

“Con la poca mana que tengo, será suficiente”, pensó en voz baja.

De pronto, su cuerpo comenzó a temblar.

Un grito gutural escapó de su garganta mientras su piel se cubría de pelo marrón oscuro.

Sus músculos se expandieron, desgarrando la ropa que aún llevaba puesta.

Una cola peluda brotó de su espalda, y sus unas se convirtieron en garras afiladas.

Su grito se transformó en un aullido escalofriante, resonando en el bosque como un eco ancestral.

Cuando la transformación terminó, Josh ya no era más humano.

Frente a Lania se alzaba un hombre lobo de pelaje marrón, con ojos dorados que brillaban con una mezcla de ferocidad y determinación por el reflejo con la luna.

Su voz, ahora profunda y grave, envió un escalofrío por la columna de la chica.

“Tranquila, soy el mismo”, aseguró, aunque su apariencia decía lo contrario.

“Yo me encargo, pero necesito que uses tu poder para crear algo que mantenga inmóvil a ese gigante”.

Lania solo pudo asentir con la cabeza, incapaz de articular palabra.

Nunca había presenciado la transformación de Josh en vivo y en directo, y la escena era tanto impresionante como aterradora.

“Qué horror”, murmuró para sí misma, abrazándose mientras los escalofríos recorrían su cuerpo.

Había visto muchas cosas extrañas en su vida, pero esto era diferente.

Esto era algo que nunca olvidaría.

Las uñas de Josh ya no eran uñas, sino garras largas y afiladas, capaces de desgarrar metal con facilidad.

Sus ojos brillaban con un iris negro profundo, pupilas rojas como brasas encendidas y una esclerótica amarilla que parecía arder bajo la luz tenue del bosque.

Se lamió los colmillos con una lengua áspera antes de lanzarse hacia adelante a una velocidad sobrehumana.

Con movimientos precisos, utilizó sus garras para trepar al robot alce, escalando su cuerpo metálico como si fuera una montaña viviente.

Su objetivo era claro: llegar a la cabeza del animal.

Quizás fue intuición, o tal vez su instinto de lobo le guiaba, pensó Lania mientras observaba la escena con asombro.

“¡Ey!

¡Lania, qué esperas?

¡Detenlo!” gritó el chico convertido en hombre lobo, aunque sus palabras sonaron más como un rugido grave.

“O niño lobo, ja, ja…

según cómo lo veas”, añadió, medio bromeando, aunque su tono seguía siendo amenazador.

La chica sacudió la cabeza, tratando de concentrarse.

Rápidamente se quitó el otro guante, revelando unas pequeñas culebras tatuadas en cada uno de sus dedos.

Sabía lo que tenía que hacer.

“Debo hacerlas grandes para que nos ayuden”, murmuró para sí misma.

“Pero eso me va a dejar con poca mana…

Debo reservar un poco”.

Una parte de su mente divagó brevemente.

No quiero que Josh ande desnudo por ahí, pensó, y un rubor subió a sus mejillas.

Sacudió la cabeza de nuevo, molesta consigo misma.

“Qué tonterías pienso…

No es momento de pensar en eso.

Es momento de actuar”.

Mientras tanto, Josh seguía intentando abrir un agujero en el cráneo del alce robótico.

Pero el gigantesco animal no iba a rendirse tan fácilmente.

Las astas comenzaron a transformarse en arpones afilados, disparándose hacia él como proyectiles letales.

Josh esquivaba con rapidez sobrehumana, pero uno de los arpones impactó directamente en su pata, atravesando su carne.

Con un rugido de dolor, cortó la cuerda que sostenía el arpón y lo retiró de su cuerpo.

Sorprendentemente, la herida comenzó a cerrarse casi al instante, como si su nueva forma tuviera propiedades regenerativas.

“Maldito robot…

¡pagarás!”, gruñó Josh, decidido.

Volvió a atacar el mismo punto con renovada ferocidad, golpeando una y otra vez como un abrelatas humano —o, mejor dicho, lupino.

Lania, por su parte, liberó a las cinco culebras tatuadas de sus dedos, haciéndolas crecer hasta alcanzar un tamaño impresionante.

Con un gesto firme, envió a cuatro de ellas hacia las patas del alce robótico.

Las serpientes se enroscaron alrededor de las extremidades metálicas, tirando con fuerza en direcciones opuestas.

El enorme animal mecánico comenzó a tambalearse, luchando por mantener el equilibrio, hasta que finalmente cayó con un estruendo ensordecedor.

A la quinta serpiente, sin embargo, la dejó de tamaño normal.

Era pequeña, sí, pero también rápida y precisa.

La serpiente rosada subió por el lomo del alce con agilidad felina, dirigiéndose hacia la cabeza donde Josh seguía luchando contra el metal implacable.

“¡Vamos, pequeña!

¡Protégelo!” gritó Lania, refiriéndose a Josh.

Aunque sabía que el muchacho era testarudo, también era consciente de que estaba arriesgando todo por detener a esa máquina.

La serpiente llegó justo a tiempo.

Vio cómo los arpones de las astas se preparaban para dispararse nuevamente hacia Josh.

Sin dudarlo, saltó en línea recta, envolviendo todas las cuerdas con su cuerpo flexible desde la cola hasta cerca de la cabeza.

Con un movimiento rápido, desvió los arpones hacia otro lado, protegiendo al hombre lobo de un destino fatal.

Josh, con voz gruesa y gutural producto de su transformación, gruñó frustrado: “¿Por qué no te rompes de una vez, maldita hojalata?

Creo que debo aplicar más fuerza”.

Lanzó un aullido poderoso que resonó en el aire helado.

Sus garras crecieron aún más, convirtiéndose en armas afiladas como el acero.

Con un rugido feroz, clavó las garras en el punto débil que había estado atacando y jaló con todas sus fuerzas, rompiendo finalmente el metal.

Se metió dentro de la hendidura, buscando el núcleo del sistema del alce.

Un momento después, salió de uno de los ojos del robot, sujetando un puñado de chips en sus manos.

Los aplastó con un movimiento brusco, y el alce robótico se apagó por completo, inerte sobre el suelo del bosque.

Con un gran salto, Josh descendió del cuerpo inerte del alce robótico y aterrizó con un golpe seco sobre el suelo cubierto de nieve.

Miró hacia donde estaba Lania, levantando el pulgar en señal de aprobación.

“¡Buen trabajo!”, exclamó con una sonrisa cansada antes de desplomarse, cayendo inconsciente.

Su cuerpo comenzó a cambiar lentamente, regresando a su forma humana.

Lania corrió hacia él, preocupada, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca, sus mejillas se tiñeron de rojo al darse cuenta de que Josh estaba completamente desnudo.

“¡Ay, no…

está desnudo!” murmuró, apartando rápidamente la mirada mientras trataba de controlar su rubor.

Sin perder tiempo, dibujó una manta con un movimiento rápido de su mano y le indicó a una de sus serpientes que la colocara sobre él.

Junto a su lado, también dejó ropa básica que acababa de dibujar.

Cuando Josh despertó, sintiendo el frío intenso que lo rodeaba, notó la manta que lo cubría.

Se incorporó con dificultad, sentándose en la nieve, y miró hacia donde estaba Lania, quien seguía de espaldas, evitando mirarlo.

“Colócate esa ropa, pervertido”, dijo ella secamente, aunque su voz traicionaba cierta incomodidad.

Josh bajó la mirada y se dio cuenta de su estado.

Se ruborizó intensamente, agarró la ropa que ella había dibujado y se la puso rápidamente.

Una vez vestido, se acercó a ella, rascándose la nuca con nerviosismo.

“Deberíamos irnos rápido a algún lugar donde tengamos ropa de verdad”, comentó Lania sin mirarlo directamente.

“Lo que yo creo no dura mucho tiempo”.

Dicho esto, dibujó una moto de nieve robusta y funcional.

Subieron de inmediato y partieron a toda prisa, dejando atrás el campo de batalla y los restos del alce robótico.

Nigeria, en una ciudad costera de Lagos, rodeada de mar y edificios enormes que parecían flotar como islas artificiales, algo extraño ocurrió.

Uno de los rascacielos más altos se partió repentinamente en su sección superior.

La estructura comenzó a inclinarse hacia el agua, arrastrando consigo a decenas de personas atrapadas en su interior.

Gritos desesperados llenaron el aire mientras los ocupantes intentaban pedir ayuda, temiendo una muerte segura en las profundidades del océano.

Justo cuando la torre se desplomaba hacia el mar, algo extraordinario emergió de las aguas.

Una gigantesca mano, compuesta únicamente de huesos, surgió del agua y detuvo la caída del edificio.

Los gritos de terror se transformaron en jadeos de asombro mezclados con pánico.

La gente, ahora suspendida en el aire gracias a la mano esquelética, comenzó a murmurar entre sí, preguntándose si habían escapado de una muerte por ahogamiento solo para enfrentarse a otra aún más aterradora.

“Tranquilos, ya estoy aquí”, resonó una voz femenina, suave pero cargada de autoridad.

Frente a todos ellos apareció una figura encapuchada, envuelta en una túnica negra que ondeaba con el viento.

Parecía haber surgido de la nada, como si fuera la mismísima Muerte personificada.

Su presencia imponía respeto, y aunque su rostro permanecía oculto bajo la capucha, sus ojos brillaban con una luz etérea que aterrorizaba a los presentes.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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