El sistema del perro agente - Capítulo 17
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17: Busca el Camino 17: Busca el Camino “Algo huele mal,” había dicho María.
Billy, un tanto nervioso, le respondió: “No soy yo, hoy sí me bañé.” Ella le tapó la boca con la mano y le susurró que bajara la voz.
Por suerte para ellos, el conductor, Rino, había puesto música a alto volumen.
María le indicó entre susurros que no se refería a eso, sino que le parecía extraña la aparición repentina de esos sujetos en la puerta del orfanato.
Ni siquiera la policía, ocupada como estaba, se tomaba el tiempo de investigar por un huérfano.
“Creo que hay gato encerrado,” dijo María.
“Qué bueno que subimos; veamos a dónde se dirigen y qué piensan hacer con Aiden.” El carro prosiguió su marcha.
Mientras tanto, Lidia revisó que los teléfonos estuvieran cargados, con lo cual podrían llamar a Marie si quisieran, pero decidió no hacerlo e ir personalmente sin que Rino, quien tarareaba las canciones que había puesto, se diera cuenta.
Simultáneamente, mientras ellos se dirigían al lugar del descarrilamiento del tren, Marie recibió una llamada del agente I-Cinco, quien se encontraba en la escena de la nave caída junto a un equipo de investigadores revisando la zona con aparatos tecnológicos avanzados.
Él le informó que habían encontrado rastros de una especie de sangre negra y que planeaban seguir el camino que esta había dejado.
También le expresó sus condolencias por la pérdida del agente B doce.
Marie le indicó que procedieran con cautela y que, si detectaban algo peligroso, sería mejor salir de la zona o contactar a un agente de mayor rango.
El agente asintió y ambos se despidieron.
El agente Ezequiel sugirió que sería mejor ir al lugar donde el avión había caído para buscar pistas que pudieran llevarlos a los responsables o revelar qué había ocurrido.
Él podía analizarlo con su habilidad especial.
Sin embargo, Marie le indicó que no; debían enfocarse en rastrear el contenido que Nick —es decir, el agente B-Doce— había protegido.
“Ya no debemos ser tan formales,” replicó Ezequiel.
“Sé el verdadero nombre de B-Doce, y tú sabes cuál es el mío.” “Lo sé, Ezequiel, lo sé,” manifestó ella.
“Deja que el equipo de investigación, es decir, el agente I-Cinco, se encargue de la zona.
Aunque ellos no son como tu escuadrón de agentes, tampoco lo son los del equipo A.” “¡Ah, sí, la agencia!” exclamó Ezequiel.
En la agencia especial había cinco tipos de unidades de agentes con habilidades únicas.
La unidad A, encargada de lo paranormal, se ocupaba de ocultar fenómenos inexplicables como Pie Grande, Drácula o el monstruo del lago Ness para evitar el pánico público.
Poseían habilidades mágicas.
La unidad B, los combatientes, dominaban diversas artes marciales y contaban con habilidades sobrehumanas, como los ojos rojos de Ezequiel.
La unidad C, los diplomáticos, utilizaban telepatía o persuasión para minimizar conflictos internacionales y controlar noticias sensibles, como las del tren o la nave, atribuyéndolas a fallas técnicas.
La unidad D, experta en tecnología, creaba inventos innovadores y se comunicaba casi intuitivamente con máquinas.
Finalmente, la unidad E se especializaba en extraterrestres, aunque sus habilidades eran en gran parte desconocidas.
Las demás unidades servían como colaboradores, espías o investigadores, pero rara vez alcanzaban el nivel de estas cinco facciones principales debido a la falta de habilidades extraordinarias.
Marie y Ezequiel llegaron al lugar donde se había descarrilado el tren.
Al bajar del auto, se encontraron con la agente C-Dos, también conocida como Brea, una mujer de unos cuarenta años, aunque ella nunca lo admitiera, con cabello castaño ensortijado que le llegaba hasta la espalda.
Se acercó a ellos con sarcasmo: “Vaya, hasta que por fin apareces.” “Ah, eres tú, Brea,” replicó Ezequiel.
“Para ti soy la agente C-Dos,” respondió ella con fastidio.
Estos dos tenían historia; habían sido pareja antes de convertirse en agentes, durante sus días de novatos.
“¿A qué se debe tu visita?” preguntó Marie.
Brea explicó que el jefe le había ordenado informar a la prensa o confirmar que el incidente era simplemente una falla mecánica, igual que con la nave, enviando a uno de sus subordinados a cubrir ese otro caso.
“Bien, no tenemos tiempo que perder,” dijo Ezequiel, cortando la conversación, y se dispuso a revisar la zona.
Pero antes de quitarse los lentes para usar sus habilidades, llegó la camioneta de Lidia y Rino.
Los dos agentes bajaron del vehículo y se acercaron a Marie, interrumpiendo a Ezequiel.
Ambos intentaron hablar, pero Marie los detuvo y, refiriéndose a Lidia, preguntó: “¿Por qué están aquí?
¿No fui clara cuando les dije que regresaran a la base?” Los dos agentes, algo avergonzados, se disculparon primero, pero Lidia insistió: “Esto no puede esperar.” “Pero podrían haberme llamado por teléfono,” replicó Marie.
“Esto no podía esperar,” reiteró Lidia con firmeza.
Rino intervino efusivamente, y la discusión continuó hasta que Brea usó su habilidad psíquica para calmarlos.
“Tranquilícense y dejen que Lidia hable,” dijo dentro de sus mentes.
Esto dejó asombrados a los tres, ya que era la primera vez que alguien se metía en sus pensamientos de esa manera.
“Ya veo, usaste tu habilidad psíquica en nosotros,” comentó Marie, impresionada.
Una vez calmados, Lidia explicó que posiblemente había un niño que viajaba en ese tren.
Les mostró la imagen en su tableta y dijo que quería saber si estaba vivo o muerto.
“¿Es algo tuyo?” preguntó Marie.
“No, pero quiero saber si estaba en ese tren,” respondió Lidia con desesperación, sintiendo empatía por el caso del niño.
Brea ya sabía algo del caso porque había leído la mente de Lidia, así que permitió que continuara explicando su punto.
“Solo hay una manera de averiguarlo,” dijo Ezequiel con una sonrisa, uniéndose a la conversación.
De inmediato se quitó los lentes, como había hecho en el callejón, y reveló sus ojos rojos, comenzando a ver lo que había ocurrido en ese lugar.
María y Billy bajaron del auto, escuchando toda la conversación de los agentes.
Ezequiel comenzó a visualizar los eventos como si fueran una película.
Vio cómo el tren fue golpeado desde el suelo por ramas gigantes y conejos mutantes, aparentemente inofensivos pero letales.
Vio a un perro; pensó que era el mismo animal sucio del callejón, pero este lucía lleno de vitalidad y limpio.
Cerca de él, un niño.
Otra vez percibió un destello, similar al del callejón, que interrumpió la imagen.
Su visión alcanzó a rastrear por dónde se habían ido ellos.
Ezequiel terminó de ver las imágenes con su habilidad, pero lo que más le intrigaba, más que los conejos mutantes, era saber qué eran esos rayos de luz que lo cegaban cada vez que el animal peleaba.
No le cabía duda de que era el mismo animal del callejón debido a esos mismos destellos.
Volteó hacia todos y le indicó a Lidia: “El muchacho sigue vivo y está acompañando al cachorro que buscamos.
Siguieron ese sendero; debemos ir por allá.”
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