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El sistema del perro agente - Capítulo 172

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172: ¿Sangre, Clones, Cobre?

172: ¿Sangre, Clones, Cobre?

—¡Bien, no hay tiempo!

¡Al ataque!

—indicó Claus mientras comenzaba a generar decenas de clones de sí mismo, todos corriendo hacia los robo-tiburones con determinación.

Los clones avanzaron valientemente, aunque algunos fueron devorados por las fauces metálicas de los tiburones en su avance.

A pesar de las pérdidas, Claus seguía creando más, dividiendo sus fuerzas estratégicamente.

—¡Protejan a la población!

—ordenó Claus a un grupo de sus copias, quienes respondieron al unísono con entusiasmo: —¡Sí!

Por su parte, Renzo invocó un martillo gigantesco hecho de cobre, cuya superficie brillaba con destellos eléctricos.

Lo golpeó contra el suelo con fuerza, liberando franjas de rayos que serpentearon por el terreno y alcanzaron a varios robots, dejándolos inactivos.

—Nada mal —comentó Sonia mientras esquivaba los ataques de los tiburones metálicos con movimientos fluidos.

Utilizaba su habilidad de manipular la sangre como si fuera una sierra afilada, cortando limpiamente cualquier cosa que tocaba.

—¿No oíste esta frase?

La sangre es más dura que una roca —dijo ella con una sonrisa sarcástica mientras perforaba a uno de los robots.

Obviamente, nadie iba a responderle.

Los tres jóvenes luchaban incansablemente, defendiendo a los ciudadanos del asalto implacable de los tiburones robóticos que emergían del mar en oleadas.

Claus levantó una barricada compuesta por decenas de sus clones, formando una muralla viva lista para enfrentarse al cardumen mecánico.

—¡Cuidado!

—gritó Renzo mientras disparaba dardos eléctricos de cobre hacia un tiburón robot que se acercaba peligrosamente a un grupo de personas cerca de la orilla.

—¡Muévanse, salgan de aquí!

—ordenó Renzo, colocándose frente a los ciudadanos para protegerlos.

Sonia, por su parte, creó un tridente hecho de sangre sólida.

Con movimientos precisos, lo lanzó hacia sus objetivos, perforando a varios robots antes de recuperarlo telequinéticamente.

La batalla parecía estar en un punto muerto: los tres chicos luchaban con todo lo que tenían, pero los enemigos no cesaban.

De pronto, un rugido ensordecedor resonó en toda la ciudad, dejando a todos momentáneamente sordos.

El suelo tembló bajo sus pies, y los vidrios de los edificios cercanos vibraron hasta estallar.

—¿Qué fue eso?

—preguntó uno de los clones de Claus mientras se tapaba los oídos con ambas manos.

—No lo sé —respondió Renzo, ajustando sus guantes para transformarlos en cañones eléctricos.

Una sombra colosal comenzó a moverse hacia ellos.

Los tres jóvenes quedaron boquiabiertos cuando vieron un enorme castillo que caminaba sobre piernas metálicas.

Sus ventanas parecían ojos encendidos, y su puerta principal se abrió como si fuera una boca gigantesca.

Con un grito atronador, el castillo comenzó a arrasar con todo a su paso, destrozando edificios y enviando piedras volando por el aire.

Incluso los robo-tiburones eran aplastados sin piedad bajo sus pasos devastadores.

—¿Y ese castillo?

—balbuceó Claus, incrédulo.

—No lo sé, pero se ve enojado —murmuró Sonia, tragando saliva nerviosamente.

Renzo observó la escena con preocupación mientras sobrevolaba el área, intentando encontrar una solución.

Pensó rápidamente en cómo podrían salvar a los ciudadanos mientras enfrentaban esa nueva amenaza.

“Ni mis nanobots van a poder hacer algo contra esa cosa… ¿Qué demonios estaban pensando esos de la empresa Radar cuando lo construyeron?” —se preguntó Renzo, frustrado.

—¡No lo sé, tú eres el cerebrito!

—le espetó Sonia, cruzándose de brazos.

El castillo continuaba avanzando, imparable, mientras los tres jóvenes intercambiaban miradas llenas de incertidumbre.

Sabían que debían actuar rápido, pero enfrentarse a una abominación de tal magnitud parecía casi imposible.

El castillo gigante gimió nuevamente, su rugido resonando como un trueno que sacudió el aire.

Con cada paso, destrozaba estructuras antiguas, reduciéndolas a escombros mientras avanzaba implacable hacia los tres jóvenes.

La magnitud del problema era abrumadora, y ninguno de ellos sabía cómo detenerlo.

—Deberíamos traer una lagartija super desarrollada para que se le enfrente —sugirió Claus con tono medio burlón, aunque sus ojos reflejaban preocupación.

—Esto no es una película de ciencia ficción; esto es la realidad misma —respondió Sonia con sarcasmo mientras esquivaba los ataques de los tiburones robóticos y contraatacaba con su habilidad de sangre, cortando limpiamente a uno de ellos.

—Díselo al castillo robótico gigante enojado —replicó Claus, señalando al colosal enemigo que seguía avanzando sin detenerse.

Renzo observó el caos a su alrededor, intentando encontrar una solución.

Sus manos temblaban ligeramente mientras ajustaba sus brazos robóticos, transformándolos en cañones.

—A ver si puedes con esto —murmuró para sí mismo antes de disparar esferas de cobre cargadas de electricidad hacia el castillo.

Las explosiones impactaron contra su estructura, destruyendo algunas torres y fragmentos de murallas, pero el robot apenas pareció notarlo.

Continuó su avance devastador, ignorando cualquier daño menor.

—¡Vamos, muchachos!

¡A detenerlo!

—gritó Claus, decidido.

Acto seguido, comenzó a generar decenas de clones de sí mismo.

Todos sus duplicados se miraron entre sí antes de empezar a tocarse las manos, formando filas y pirámides humanas hasta fusionarse en un gigantesco coloso hecho enteramente de Claus.

El original subió hasta el hombro del titán combinado y gritó: —¡Bien!

¡Vamos andando a vencer a esa cosa!

Todas las copias respondieron al unísono: —¡Sí, jefe!

—Nada mal, niño —comentó Sonia con una media sonrisa, impresionada por la creatividad de Claus.

El gigante de Claus avanzó hacia el castillo metálico, listo para enfrentarlo.

Sin embargo, cuando lanzó un puñetazo directamente contra su estructura, un grito colectivo de dolor resonó en el aire.

El brazo del coloso tembló, y las copias que lo conformaban gimieron al unísono.

—¿Qué pasó?

—preguntó el Claus principal desde su posición elevada.

—Es muy duro… Duele mucho.

Es como pegarle a un bloque de cemento —respondieron las copias, visiblemente adoloridas.

—¡Pedazo de tonto!

¿Para eso hiciste eso?

—exclamó Sonia con frustración.

Antes de que pudiera continuar, el castillo golpeó al gigante de clones en el estómago con una fuerza devastadora.

El impacto hizo que todas las copias se desarmaran y cayeran al suelo, desvaneciéndose en el proceso.

Solo el Claus original logró sobrevivir gracias a que otras de sus réplicas lo protegieron al caer.

—¡Cuidado!

—gritó Sonia, lanzando un hilo de sangre que atrapó a Claus como si fuera una caña de pescar justo antes de que el enorme pie del monstruoso castillo lo aplastara.

Mientras tanto, Renzo seguía disparando bombas eléctricas de cobre hacia el castillo.

Aunque lograba destruir más partes de su estructura, no conseguía detenerlo ni ralentizar su avance.

—¡Oye!

—interrumpió Sonia, girándose hacia Claus—.

Tus copias… ¿tienen sangre?

—Bueno, en teoría puedo hacerlos como simples clones o también como si fueran humanos… Pero ¿a qué se debe esa pregunta?

—respondió el chico, confundido.

Sonia mostró sus colmillos afilados, mirándolo fijamente con sus ojos rojos brillantes.

—¿Acaso eres una especie de… ¡vampiro!?

—preguntó Claus, retrocediendo asustado.

—No, claro que no.

No te voy a convertir en vampiro ni nada de eso; así no funciona mi poder.

Pero ya no me hagas preguntas tontas.

Solo respóndeme: sí o no —dijo Sonia con seriedad, clavando su mirada en él.

Claus tragó saliva nerviosamente.

—S-sí… ¿Cuántos necesitas?

—Bien.

Haz muchos que no contamos con tiempo—respondió ella con una sonrisa escalofriante que dejó al chico aún más incómodo.

—Ahí va —murmuró Claus, aún confuso mientras pensaba en los colmillos de Sonia y su suposición inicial de que podría convertirlo en vampiro.

“Pero es algo raro… Un vampiro no sale a la luz, se moriría.

¿No es así como funciona?” reflexionó el chico para sí mismo, intentando encontrar lógica en lo que estaba viendo.

—Bueno, ya luego veo eso.

Primero hay que poner a salvo a la gente —se dijo finalmente, tomando una decisión.

Claus comenzó a generar un centenar de copias humanas, esta vez con características completamente reales: piel cálida, sangre circulando y hasta pequeños detalles únicos en cada uno.

—Solo por unos instantes puedo mantenerlos humanos —indicó el muchacho, mirando a Sonia con seriedad.

—Está bien, seré rápida —respondió ella con una sonrisa siniestra antes de abrir la boca, dejando al descubierto sus enormes colmillos.

Con movimientos ágiles, Sonia se acercó al cuello de cada clon, drenando su sangre sin vacilación.

Una vez terminó, se aproximó al verdadero Claus, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

—No, a mí no.

Yo soy el verdadero —indicó Claus, retrocediendo asustado.

—Tranquilo, sé que eres el original —respondió Sonia con calma.

—¿Cómo lo sabes?

—preguntó él, curioso.

—Por tu aroma.

Además, tus copias tienen un pelo blanco en la frente —explicó ella con naturalidad.

—¡Ah!

—exclamó Claus, aliviado, aunque seguía pensando en preguntarle más sobre su naturaleza vampírica cuando ella lo interrumpió.

—No soy un vampiro como tal, pero gano energía y fuerza como uno.

Por eso el sol no me afecta, si eso era lo que te preocupaba.

Además, no puedo convertir a la gente en seres como ellos —dijo Sonia, notando la confusión en los ojos del chico.

—¡Ah!

Entiendo —respondió Claus, aunque en su mente aún quedaban preguntas sin resolver.

En paralelo, Renzo observaba la escena desde lejos, disparando misiles hacia el castillo robótico.

“¿Qué hacen esos dos?

Creo que se volvieron locos, y yo aquí tratando de frenar esta cosa…” pensó, sacudiendo la cabeza.

—¡Oigan!

¿Para qué necesitabas beber la sangre de mis copias?

—preguntó Claus, recuperando la compostura.

—Es que necesito sangre en cantidad para poder hacer esto —respondió Sonia, señalando el campo de batalla frente a ellos con un gesto elegante pero firme—.

Y vi que puedes crear muchas copias con sangre.

Creo que de ahora en adelante nos llevaremos bien, Claus, siempre que estés a mi lado —añadió con una sonrisa enigmática que dejaba entrever tanto confianza como un toque de misterio.

—Luego te explico mejor —prometió ella antes de lanzarse al combate con una agilidad felina, desapareciendo entre los escombros y las explosiones.

Claus se quedó paralizado por un momento, sintiendo cómo sus mejillas se teñían de un leve carmesí.

Su corazón latía más rápido, no solo por la adrenalina del enfrentamiento, sino también por la cercanía inesperada que Sonia había mostrado hacia él.

Sin embargo, su sonrojo pronto dio paso a una mezcla de nerviosismo y confusión.

A pesar de las explicaciones de Sonia, no podía evitar pensar en lo que había visto: sus colmillos afilados, su sed de sangre… ¿Realmente estaba a salvo?

¿Y si algún día decidía convertirlo en vampiro o algo peor?

“¿Por qué tiene que ser tan intimidante?” pensó Claus, rascándose la nuca mientras miraba hacia donde Sonia había desaparecido.

“Aunque… tampoco es como si fuera completamente aterrador.

Es más bien… intrigante.” Sacudió la cabeza, tratando de despejar sus pensamientos.

Ahora no era el momento de preocuparse por eso.

Había una batalla que ganar y vidas que salvar.

Pero, aun así, no podía evitar sentirse un poco inquieto ante la idea de trabajar codo a codo con alguien tan impredecible.

Usando toda la sangre absorbida, Sonia extendió sus brazos hacia una de las piernas del castillo andante, deteniendo su avance con una fuerza sobrehumana.

—¡Increíble!

—exclamó Renzo, asombrado al ver cómo Sonia contenía al gigantesco robot.

Claus observó la escena, procesando rápidamente lo que había visto.

“Creo entender… Si bebe sangre, se hace más fuerte, como los vampiros” pensó, impresionado por la habilidad de la chica.

El castillo robot bajó la mirada hacia Sonia, molesto por haber sido frenado.

Intentó lanzar un alarido devastador, pero Sonia contratacó creando una enorme aguja e hilo hechos de sangre.

Con movimientos precisos, cosió la boca del monstruo como si estuviera tejiendo tela.

El robot, furioso, intentó darle un manotazo, pero Renzo intervino lanzando misiles para distraerlo.

—Bien, es hora de terminar con esto —declaró Sonia, invocando una gran guadaña de sangre.

Con un movimiento fluido, cortó al castillo por la mitad y, usando un fino hilo de sangre, destruyó el chip central.

El colosal robot se desmoronó lentamente, cayendo como una montaña de metal inerte.

—Eres genial —comentó Renzo, admirado.

—Lo sé —respondió Sonia con una sonrisa arrogante.

Renzo y Claus se encargaron de eliminar a los últimos robo-tiburones restantes.

Una vez asegurado el área, ambos jóvenes se reunieron con Sonia.

—Te lo tenías guardado, ¡eh!

—comentó Renzo, señalando a Sonia con una mezcla de asombro y diversión.

—¡Oye, Sonia, yo…!

—empezó Claus, queriendo aclarar algo.

—Claro, te dije que no soy una vampira —interrumpió Sonia, cruzándose de brazos.

Renzo puso cara de sorpresa al escuchar esa revelación.

—No me refería a eso… —respondió Claus, algo incómodo.

—Ah, ¿te refieres a mis poderes?

Pues verás, me alimento de sangre, y sí, eso me da poderes similares a las criaturas vampíricas, pero no soy una de ellas —explicó Sonia mientras se giraba hacia ellos con una expresión seria—.

Además, me ayuda a fortalecer mis creaciones: mientras más sangre consuma, más fuertes son mis ataques.

—¿Oye… No nos vas a convertir en vampiros, ¿verdad?

—preguntó Renzo, visiblemente nervioso.

Sonia le lanzó una mirada amenazante que hizo que el chico bajara rápidamente la cabeza.

—Si me haces enojar, quizás lo piense —respondió ella con un tono burlón pero cargado de advertencia.

Luego, su expresión cambió repentinamente a una sonrisa coqueta mientras miraba a Claus.

—Pero, de ahora en adelante, siempre andarás conmigo —dijo Sonia con un guiño.

Claus se sonrojó violentamente y murmuró para sí mismo: —Genial… Le gusto a la loca.

—¿Qué esperan?

Debemos vencer a más robots que salieron de control —indicó Sonia, retomando su actitud decidida mientras señalaba hacia el horizonte.

Los otros dos intercambiaron miradas rápidas antes de seguirla sin rechistar.

Auckland, Nueva Zelanda, el tren, avanzaba tranquilamente por las vías, con sus pasajeros absortos en sus pensamientos o conversaciones cotidianas.

Sin embargo, de pronto, el carril comenzó a desmoronarse bajo el peso del convoy.

El sonido metálico de las vías al colapsar resonó como una advertencia que heló la sangre de todos los presentes.

—¡Señor, señor!

¡Mire!

—gritó un hombre desde el vagón delantero, señalando hacia adelante con pánico.

El conductor también se percató demasiado tarde.

Frente a ellos, el camino de vías simplemente… terminaba.

El final del trayecto estaba a la vista, y no había nada más allá que un abismo oscuro y profundo.

El tren seguía avanzando implacablemente, acercándose cada vez más al borde del precipicio.

Los pasajeros gritaban mientras el conductor intentaba frenar desesperadamente, pero el impulso del tren era demasiado grande.

Ya estaban demasiado cerca del filo de su destino final.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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