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El sistema del perro agente - Capítulo 174

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174: ¿Vendas, Cabello, Gol?

174: ¿Vendas, Cabello, Gol?

La explosión fue monumental.

El misil, cargado con ácido cromático, comenzó a corroer todo a su paso, desintegrando el interior de la aspiradora gigante.

Fragmentos metálicos volaban en todas direcciones mientras el ácido devoraba las estructuras internas del robot.

—¡Pronto!

—indicó Axel, levantando la voz para hacerse oír sobre el estruendo.

Los otros dos hermanos le respondieron con un asentimiento firme.

Sin perder tiempo, crearon un escudo gigante que los protegió tanto a ellos como a los civiles de la corrosión y las esquirlas mortales que explotaban al contacto.

El escudo combinaba plomo, cromo y aluminio, formando una barrera impenetrable que brillaba bajo la luz de las explosiones.

Además del ácido, cientos de esquirlas de aluminio y balas de plomo salieron disparadas, impactando contra todo lo que encontraban.

El robot cepillo de alfombra comenzó a desmoronarse lentamente, al igual que el interior de la aspiradora.

Pronto, el chip central, situado en lo alto de la bolsa, quedó expuesto ante ellos.

—¡Rápido!

Mantengan el escudo en pie usando propulsión en sus pies —ordenó Axel, mientras se preparaba para su ataque final.

Con precisión milimétrica, activó pequeños propulsores en sus botas y salió del refugio del escudo.

Sosteniendo una vara afilada de aluminio como si fuera una jabalina, la lanzó hacia el chip con todas sus fuerzas.

La vara impactó directamente en el objetivo, destrozándolo por completo.

El interior de la máquina comenzó a colapsar rápidamente.

Los sistemas fallaron uno tras otro, y la aspiradora robótica gigante dejó de funcionar.

La bolsa que contenía a los sobrevivientes y los restos de la ciudad empezó a inclinarse, permitiendo a los hermanos y a los civiles escapar antes de que todo se derrumbara.

Finalmente, los tres hermanos salieron al exterior junto con los sobrevivientes, quienes no podían ocultar su asombro y gratitud.

—Bueno, no es exactamente como lo planeamos… pero sirvió —comentó Max entre risas, intentando aligerar el ambiente.

—Casi no la contamos —añadió Liam, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano.

—Sí, pero funcionó —respondió Axel con una sonrisa ligera, cruzándose de brazos mientras observaba cómo los ciudadanos comenzaban a dispersarse en busca de refugio.

Las personas les agradecieron efusivamente, algunos incluso abrazándolos, pero los hermanos sabían que su trabajo aún no había terminado.

Con una última mirada hacia la aspiradora ahora inerte, se pusieron en marcha nuevamente, listos para enfrentar cualquier otro desafío que pudiera estar esperándolos en la ciudad devastada.

—¡Y se lleva a uno, a dos, y ¡ANOTA!

—se escuchó decir a alguien en Buenos Aires.

El muchacho, vestido con un conjunto deportivo celeste completo, incluyendo chimpunes y accesorios propios de un jugador profesional, sudaba copiosamente como si acabara de jugar un partido de fútbol épico.

Su cabello oscuro en la base contrastaba con mechones rubios en la parte superior, como si hubiera experimentado con un tinte reciente.

A su alrededor, el campo estaba plagado de máquinas destruidas, prueba del enfrentamiento que había protagonizado momentos antes.

Con ojos grandes y color avellana, observó orgulloso su proeza mientras sostenía un balón bajo el brazo.

A pesar de aparentar unos diez años, irradiaba una confianza desbordante.

—¡Y el gran Dante anota de nuevo!

¡Nadie puede con el gran Dante Soccerbold!

—exclamó triunfante, señalándose a sí mismo con un gesto dramático.

Sin embargo, su celebración fue interrumpida por una voz autoritaria.

—Agente E-10, ¿qué estás haciendo?

¡Deja de jugar!

—indicó la voz con tono severo.

Dante giró rápidamente hacia la mujer que se acercaba, tratando de disimular su nerviosismo.

—¡No estoy jugando!

¡Estoy trabajando!

¿No lo ves, Isis?

La figura de Isis Gaber apareció detrás de él, imponente y elegante.

Llevaba un vestido corto que terminaba mucho antes de las rodillas, decorado con detalles llamativos que combinaban perfectamente con sus adornos en el cabello negro.

Sus aretes brillaban tanto como el maquillaje dorado que resaltaba sus ojos azules.

Con apenas veinte años, su presencia irradiaba autoridad.

—No me hagas enojar, muchacho.

Ya sabes cómo me pongo —le advirtió Isis con una mirada seria que hizo que Dante retrocediera un paso.

—S-sí… Perdón E-3 —balbuceó el chico, bajando la cabeza.

Isis suspiró profundamente antes de continuar: —¿Por qué te me escapaste?

Estábamos peleando con unos robots y, de pronto, desapareciste sin más.

Dante sonrió tímidamente, rascándose la nuca.

—Es que no pude evitarlo… Este estadio es increíble.

Es una lástima que esas cafeteras locas hayan destruido una parte —respondió, señalando el campo lleno de robots destrozados.

Isis levantó una ceja, pero antes de que pudiera responder, Dante cambió de tema abruptamente.

—¡Oye!

¿Y el chico de la trenza media rara que nos acompañaba?

¿Dónde está?

—preguntó, mirando a su alrededor con curiosidad.

—Ahora que lo mencionas, no lo he visto desde que te separaste de mi lado —respondió Isis, frunciendo el ceño ligeramente.

En ese momento, escucharon pasos apresurados acercándose.

Una voz familiar gritó desde la distancia: —¡Chicos, cuidado!

¡Les traigo la diversión hacia ustedes!

Era un muchacho de tez oscura, como obsidiana pulida que reflejaba la luz.

Sus dreadlocks se extendían en una larga cola, estallando en múltiples colores en las puntas y el color del cabello rubio claro.

Sus ojos verdes claros destacaban aún más gracias al bivirí azul que llevaba pintado bajo ellos.

Vestía un short cargo marrón que le daba un aire relajado y aventurero.

Era el agente B-6, mejor conocido como Andre Diallo, de quince años.

—¿Quién eres?

—preguntó Dante, mirándolo con curiosidad.

—¡Soy el agente B-6, o Andre, como quieras llamarme!

¡Corran!

—gritó Andre, señalando hacia el cielo.

Un gigantesco Jabirú robótico descendió en picada hacia ellos, abriendo su enorme pico para engullir al recién llegado.

Sin embargo, antes de que pudiera alcanzarlo, una venda lanzada desde la mano de Isis lo salvó justo a tiempo.

—¡Toma esto!

¡Métete con alguien de tu tamaño, enorme pájaro robótico!

—gritó Dante mientras comenzaba a lanzar balones hacia el ave mecánica.

El Jabirú, molesto por los ataques, comenzó a aletear con fuerza, generando ráfagas de viento tan intensas que parecían un huracán.

Todos fueron lanzados por los aires, incapaces de mantenerse en pie.

El animal, furioso, abrió su pico y emitió un ultrasonido devastador que convertía todo lo que tocaba en polvo.

Dante salió volando en medio de un grito desesperado, cortando el aire como una hoja arrancada de un árbol por una tormenta.

“¡O no, no voy a llegar!” exclamó Isis con voz agitada, aferrándose con fuerza a uno de sus vendajes atados al arco que llevaba a la espalda.

El viento rugía ensordecedor, azotándole el rostro y dificultando cada movimiento.

De pronto, Dante sintió algo firme que lo sujetaba de la cintura.

Era Andre, quien, con un mechón de su larga cabellera dorada, lo había atrapado como si fuera una cuerda resistente.

“Te tengo,” dijo con calma, aunque el brillo en sus ojos revelaba la tensión del momento.

“Hay que cerrarle el pico a ese animal,” gritó Isis sobre el estruendo del viento.

Serán sus alas indico Dante.

Si lo que sea dijo ella.

“No nos deja avanzar, y este huracán está destruyendo todo a su paso.” Andre asintió, pero su mirada se mantenía fija en el caos que los rodeaba.

“Primero será mejor que nos pongamos en un lugar seguro,” respondió, alzando la voz para hacerse oír.

Sin embargo, Dante e Isis apenas podían escucharlo, ahogados por las fuertes ráfagas que sacudían el aire como latigazos invisibles.

Con un movimiento rápido y preciso, Andre estiró otro de sus cabellos, deslizándolo bajo tierra hasta atarlo firmemente a la pata del ave robótica.

Con otro mechón, envolvió a Isis, y los tres lograron escapar momentáneamente del radar del gigantesco pájaro mecánico.

“Esa ave no se detiene,” murmuró Dante entre dientes mientras luchaba por mantener el equilibrio.

Sus pies resbalaban sobre el suelo irregular, y sus manos temblaban de frustración.

“Pues hay que cerrarle el pico porque a parte de las alas por ese pico lanza un ruido infernal, como ya les dije,” insistió Isis, su voz cargada de determinación.

“Y ¿cómo planeas hacer eso?” preguntó Andre, ajustando su agarre sobre los mechones de cabello que lo mantenían anclado.

“Creo que primero deberíamos acabar con esas alas.” “Yo sé cómo,” anunció Isis con una sonrisa misteriosa.

Cerró los ojos por un instante, concentrándose, y comenzó a recitar palabras en un idioma antiguo: “NACAKSE ESC BEETLES.” De repente, su cuerpo pareció vibrar, y de él emergieron miles de diminutos escarabajos negros que treparon velozmente por las patas metálicas del robot.

En cuestión de segundos, cubrieron las enormes alas, bloqueando temporalmente el devastador flujo de aire.

El ave robótica, consciente de la amenaza, intentó deshacerse de los intrusos con su enorme pico brillante.

Pero antes de que pudiera lograrlo, Isis levantó las manos y declaró: “Atadura de vendas.” Sus dedos se transformaron en largos vendajes blancos que serpenteaban por el aire, enroscándose con firmeza alrededor del pico del Jabirú mecánico.

“Bien, si haces eso, entonces yo lo tiraré al suelo,” añadió Andre con decisión.

Con un hábil movimiento, utilizó sus cabellos para atar las patas del animal.

Luego, con un fuerte tirón, hizo que el ave perdiera el equilibrio y se tambaleara antes de caer pesadamente sobre el suelo con un estruendo metálico.

Vaya, creo que no tuve que hacer nada,” bromeó Dante, cruzándose de brazos con un gesto teatral que exageraba su postura relajada.

Una sonrisa ladina asomaba en sus labios mientras observaba la escena frente a él con una mezcla de alivio y orgullo apenas disimulado.

“Si estuvieran ustedes dos solos, seguramente, coordinados como ahora, habrían atrapado fácilmente a ese pájaro gigante robótico.” Su voz, cargada de sarcasmo, resonó entre los restos metálicos desperdigados por el suelo, como si el aire mismo se contagiara de su ironía.

El niño arqueó una ceja con fingida seriedad, pero sus ojos chispeaban con una picardía infantil imposible de ocultar.

“¡Oigan, niños!” protestó Isis, jadeando mientras seguía aferrada al vendaje que mantenía inmovilizado al ave.

“No voy a estar pegada a esta cosa para siempre.

Puedo detenerla, pero no por mucho tiempo.” “Niño futbolista,” intervino Andre, dirigiéndose a Dante con tono sarcástico, “yo tampoco puedo sostener esto eternamente con mis cabellos.

Además, ¿qué haces tú?

Solo lanzas balones.

¿De qué nos va a servir eso?

¿Le vas a meter un gol?” “¡Ey!” interrumpió Isis, defendiendo a Dante con vehemencia.

“No le hables así a mi aprendiz”.

Su aprendiz murmuro Dante confundido.

El ave robótica, enfurecida, comenzó a brillar con un intenso resplandor rojo.

De repente, su cuerpo se dividió en dos aves idénticas, cada una tan imponente y letal como la original.

“¡Maldición!” gritó Andre, cuyos cabellos dorados estaban tensos bajo la presión.

“Si con una era suficiente, ¿y ahora dos?

No creo poder con esto… ¡Me voy a quedar calvo!” Su voz temblaba entre la frustración y el agotamiento.

“Y yo sin vendas,” murmuró Isis, apretando los dientes mientras veía cómo sus últimas ataduras se deshacían frente a sus ojos.

Ambos giraron la cabeza hacia Dante, quien permanecía inmóvil, con la mirada fija en las dos aves mecánicas y la cabeza inclinada hacia el suelo.

“¡Muévete!

¡Sal de ahí!” gritó Isis, lanzando rápidamente nuevas vendas para protegerlo de los afilados picos que ya descendían hacia él.

El sonido metálico de los ataques resonaba en el aire, acompañado por el chirrido de las máquinas.

“Creo que lo dañaste, y ya se resintió,” le dijo Isis a Andre, señalando con un gesto preocupado hacia Dante.

Su voz era firme pero cargada de urgencia, sus palabras flotaban entre el ruido metálico de las aves mecánicas.

Observó al pequeño, cuya cabeza permanecía agachada, mirando fijamente el suelo como si este pudiera devolverle alguna respuesta.

Sus hombros estaban ligeramente encorvados, y su postura irradiaba una mezcla de frustración contenida y orgullo herido.

Andre, aunque exhausto, forzó una sonrisa torcida mientras sus cabellos se desplegaban como espirales giratorias, moviéndose con rapidez para intentar contener al segundo pájaro mecánico que avanzaba hacia ellos con pasos pesados y amenazantes.

“¡Ey!

Lo siento si te ofendí,” respondió Andre entre jadeos, luchando contra la presión de sostener a la criatura metálica que parecía ganar terreno.

“Lo siento, fue el clímax del momento.” Hizo una pausa, mirando a Dante con seriedad, sus ojos reflejaban cansancio y frustración.

“Y ahora que vamos a ser comida de ave metálica, te pido disculpas porque no sé qué más hacer.” Las dos aves los observaban con una intensidad casi viva, sus luces intermitentes parpadeaban como ojos llenos de ira.

“Bueno, al menos lo reconoces,” respondió Isis mientras tejía una barrera improvisada con sus vendas, intentando proteger a ambos del constante asalto de los picos afilados.

Los golpes resonaban como truenos metálicos, y cada impacto reverberaba bajo sus pies, enviando vibraciones que hacían temblar el suelo.

Los destellos amenazantes de las máquinas iluminaban el ambiente con destellos fríos y agresivos.

“¿Quién dijo que estaba llorando?” replicó Dante finalmente, levantando la cabeza con una expresión decidida que contrastaba con su apariencia juvenil.

Sus ojos brillaban con una mezcla de determinación y confianza inquebrantable.

“Tienes razón… ¿Lanzar balones hacia esas aves no va a ayudar en nada?

Eso crees…” Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro mientras observaba cómo las dos aves derribaban el escudo de vendas de Isis con un último golpe demoledor.

“Pero yo te voy a enseñar lo que hace mi poder.”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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