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El sistema del perro agente - Capítulo 175

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  3. Capítulo 175 - 175 ¡Fin del partido! Estatua
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175: ¡Fin del partido!, Estatua 175: ¡Fin del partido!, Estatua “Así se pone normalmente,” indicó Andre a Isis mientras observaba a Dante con una mezcla de curiosidad y preocupación.

“No, nunca lo he visto así de…

contento, pero con cara siniestra,” respondió ella, apenas logrando terminar la frase antes de ser empujada por las aves mecánicas.

Cayó unos metros hacia atrás, rodando sobre el suelo rocoso mientras sus vendas se desenrollaban parcialmente.

“Les demostraré que el deporte es mejor para todo y soluciona todo, como las estrellas del fútbol que me gustan,” declaró Dante con una confianza inquebrantable, su voz resonando con determinación infantil mientras sus ojos brillaban de entusiasmo.

Sin perder un segundo, sacó un balón de entre sus rodillas.

Era un balón de fútbol impecable, reluciente bajo la tenue luz del entorno, como si llevara consigo un destello de esperanza.

Comenzó a llamar la atención de las aves mecánicas lanzándoles el balón con rapidez, recuperándolo con movimientos ágiles y juguetones.

Dante zigzagueaba entre ellas, realizando maniobras espectaculares que dejaban a las aves desconcertadas, siguiéndolo torpemente en su intento de atraparlo.

“¡Y el gran Dante se lleva a uno y a otro!

¡Estos pajarracos metálicos no pueden conmigo!” exclamó el muchacho con una mezcla de orgullo y burla, mientras metía el balón entre las patas de las aves con una habilidad sorprendente.

“¡Guacha!” gritó, riendo con picardía.

Pero la diversión pronto dio paso a algo más serio.

Dante frunció ligeramente el ceño, adoptando una expresión concentrada.

Una media sonrisa macabra se dibujó en su rostro mientras sostenía el balón frente a él.

“Es hora de hacer las cosas serias,” anunció con tono firme, cargado de intención.

Lanzó el balón hacia las aves metálicas y gritó: “¡Balón imantado!” El balón explotó en el aire, liberando una esfera negra que parecía absorber todo a su alrededor, como un agujero oscuro que devoraba la luz y el espacio.

Las aves, atrapadas en su influencia magnética, quedaron pegadas una contra la otra, incapaces de separarse.

Sus cuerpos metálicos chirriaron y crujieron bajo la fuerza invisible, sus luces intermitentes parpadeando desesperadamente mientras luchaban en vano por liberarse.

Dante no se detuvo ahí.

Sacó cinco balones más de su cuerpo y, mientras los disparaba uno tras otro, gritó: “¡Fuego!” Los balones ardían con ojos endiablados que parecían cobrar vida propia.

Cuando hacían contacto con las aves, las incineraban con furia implacable.

“¡Tomen eso, tontos robots!” exclamó, mientras otro balón volaba en círculos como un bumerán, regresando a sus pies con precisión mortal.

Cada impacto resonaba como un trueno metálico, destrozando piezas de las máquinas.

“Es momento de acabar con ustedes y de ganar el partido con gracia y elegancia,” anunció Dante con una sonrisa traviesa.

Saltó al aire con agilidad felina, girando en una impresionante Rovesciata (chalaca, chilena o bicicleta, como le digan en tu país).

“¡Balón letal!” gritó mientras golpeaba el balón con una fuerza sobrehumana.

Este salió disparado hacia las aves atrapadas, moviéndose erráticamente entre ellas.

Con cada golpe, destruía partes de sus cuerpos metálicos.

Las máquinas chirriaban y crujían, fragmentándose poco a poco hasta que finalmente colapsaron en un montón de chatarra humeante.

Isis y Andre se quedaron atónitos ante el poderío del niño.

Andre tragó saliva y murmuró: “Nunca más volveré a poner en duda los ataques de ese chico y su pasión por el fútbol.” Mientras tanto, Isis reflexionó en silencio: “Qué raro…

Creo que necesitaba un incentivo.

Nunca antes mostró tal determinación ni control sobre sus poderes.” El balón subió en espiral hacia el cielo, brillando como una estrella fugaz antes de descender con un último movimiento devastador, asegurando la destrucción total de los robots.

Dante levantó los brazos triunfantes.

“¡Sí, lo logré!

¡Gané el juego!, ¡Soy el mejor jugador!” Exclamó, acercándose a Isis y Andre con una sonrisa radiante.

Pero antes de que pudiera terminar su frase, sus ojos se cerraron y su pequeño cuerpo se desplomó en el suelo.

“¡Uy!

Creo que se le acabó la pila,” comentó Andre, arqueando una ceja mientras observaba al niño inconsciente.

Isis, sin embargo, miró a Dante con admiración.

“Me sorprendiste, Dante.

Tienes potencial,” dijo en voz baja, aunque sabía que él no podía escucharla.

Luego, sacudió la cabeza y añadió con firmeza: “Bien, es hora de seguir y vencer a los demás robots locos.” Andre seguía en trance, procesando lo que acababa de presenciar.

“¡Oye!

¿No me escuchaste?” preguntó Isis, chasqueando los dedos frente a su rostro.

“Sí, sí…

¿Qué decías?” respondió Andre, sacudiendo la cabeza como si despertara de un sueño.

“Digo que debemos seguir repeliendo a los robots,” explicó Isis con paciencia fingida.

“Ah, sí, tienes razón.

Sigamos,” asintió Andre, ajustando su postura.

“¡Eh!

Andre, puedes llevar en tu espalda al campeón que nos salvó,” sugirió Isis, señalando a Dante, quien aún yacía tendido en el suelo.

“Claro, yo lo llevo,” respondió Andre, colocando cuidadosamente a Dante sobre su espalda.

Utilizó sus cabellos como cuerdas improvisadas para asegurarlo, evitando que se cayera.

Juntos, avanzaron con paso decidido, listos para enfrentarse a más robots mientras el pequeño héroe dormía profundamente.

La Estatua de la Libertad, un símbolo de libertad y una de mis estructuras favoritas.

Una dama bella como yo, pero creo que le hace falta un poco de oro,” indicó una voz femenina con tono seguro.

“Vas a empezar con eso, ¿eh?

Creo que la plata le va a quedar mejor,” respondió otra voz femenina, cruzándose de brazos.

“No, definitivamente el oro le queda mejor, no la plata,” se dijeron la una a la otra, comenzando una discusión acalorada.

“¡Ey!

Chicas, ustedes pelean mucho,” interrumpió una voz juvenil.

Era un niño pequeño que las miraba con expresión traviesa.

“¡Ay, no!

Tú no te metas,” indicaron ambas, fulminándolo con miradas cargadas de desprecio.

“Oigan, no le digan así de forma despectiva a mi hermanito,” intervino otra voz femenina, esta vez más madura y autoritaria.

“Gracias, hermana,” dijo el muchacho, limpiándose algo verde que le salía de la nariz con gesto distraído.

“Pero será mejor que te limpies eso, pequeño Timothy.” La luz se encendió, revelando a los cuatro protagonistas.

El muchacho era Timothy Starwood, o Timmy para los amigos, con el alias de agente E-12 de apenas 8 años.

Vestía un uniforme escolar negro de marinero, tenía cabello corto castaño y unos ojos verde lima que brillaban con curiosidad infantil.

A pesar de su edad, Timmy ya demostraba ser un valioso miembro del equipo.

La chica que defendía que el oro quedaba mejor en la estatua era Rayna Solis, la agente D-6, capaz de crear estructuras tecnológicas con oro y sus derivados.

Con su larga cabellera dorada como el sol, ojos amarillos oscuros casi dorados y una actitud decidida, Rayna irradiaba confianza.

Llevaba una sudadera amarilla y leggins negros, y a sus 15 años, ya era una experta en su campo.

La otra chica, quien prefería la plata, era Arryn Sterling, la agente D-7.

Sus cabellos, de un tono acero claro, llegaban hasta sus hombros, y sus ojos plateados oscuros reflejaban determinación.

Arryn fabricaba armas con plata y siempre estaba lista para actuar.

Vestía una sudadera blanca y leggins negros, y a sus 15 años, compartía la misma edad que Rayna.

“Hay, ¿qué voy a hacer con ustedes?

Siempre andan peleándose, niñas,” indicó Galea Starwood, también conocida como la agente D-2.

Era la segunda al mando del equipo liderado por Adrián.

Con su cabello castaño arreglado en dos trenzas laterales, ojos verde manzana que resaltaban su belleza natural y una actitud coqueta pero amigable, Galea era la mayor del grupo con 20 años.

Llevaba un traje blanco impecable y una falda azul que complementaba su apariencia elegante.

“¡No somos niñas!” protestaron Rayna y Arryn al unísono.

“Pues sí lo parecen,” murmuró Timothy en voz baja, aunque lo suficientemente audible para que ambas lo escucharan.

“¿Quién te metió en la conversación, chico moco?” le dijeron ambas, sacándole la lengua en un gesto juguetón pero molesto.

“¡Ey!

Tranquilas, ya fue suficiente.

No es momento de pelear,” intervino Galea con firmeza.

En ese instante, una transmisión resonó en el comunicador de Galea.

Era Marie, quien llamaba porque se aproximaba un mal mayor y necesitaban acudir al llamado inmediatamente.

“Chicos, ya dejen de estar peleando.

Nos están llamando desde el cuartel general.

Tenemos trabajo que hacer,” indicó Galea con seriedad.

“¿Otra vez, hermana?

¿No acabamos de vencer a los ‘controlados’?” preguntó Timmy, rascándose la cabeza con inocencia.

“Sí, pero esta vez es algo diferente.

La gente nos necesita, pequeño,” respondió Galea con una sonrisa cálida mientras le tocaba la cabeza a su hermano menor.

De repente, el barco en el que estaban comenzó a tambalearse violentamente.

Un gran robot emergió de las profundidades del océano, inicialmente del tamaño de la Estatua de la Libertad, pero conforme avanzaba, crecía exponencialmente hasta alcanzar un tamaño diez veces mayor que la icónica estructura.

“¡Madre santísima!” exclamó Rayna, con los ojos bien abiertos mientras señalaba al colosal robot frente a ellos.

“¿Qué es eso?” preguntó, su voz temblorosa cargada de asombro y preocupación.

“Esa cosa es fea,” comentó Arryn con una mueca de desagrado, cruzándose de brazos mientras observaba al imponente gigante mecánico.

El robot era una amalgama grotesca de piezas recicladas y estructuras industriales.

Sus piernas estaban hechas de automóviles compactados, como si fueran músculos metálicos retorcidos, mientras que su torso parecía construido a partir del centro de un edificio derruido.

Uno de sus brazos era una grúa enorme con una pinza afilada al final, que se movía lentamente como dedos amenazantes, y el otro brazo terminaba en una bola de demolición masiva, capaz de aplastar cualquier cosa en su camino.

Su rostro era aún más inquietante: una lavadora oxidada servía como base, decorada con partes de tostadoras que simulaban rasgos faciales distorsionados.

En el centro, una pantalla LED brillaba con intensidad, mostrando un rostro digitalizado que parecía burlarse de ellos con una expresión amenazante.

El robot giró su cabeza hacia los alrededores, escaneando cada rincón con precisión fría.

Sus ojos digitales parpadearon mientras procesaba la información.

Finalmente, fijó su atención en varios ferris flotando en el agua cercana.

La pantalla en su rostro titiló antes de mostrar un mensaje escalofriante: “Humanos encontrados.

Iniciando protocolo de destrucción de humanos.” Con un movimiento lento pero implacable, levantó su brazo con la bola de demolición, preparándose para atacar las embarcaciones.

“¡Eso es lo que les estaba tratando de decir, chicos!” gritó Galea, su voz resonando con urgencia mientras señalaba al colosal robot con desesperación.

“¡Las máquinas se han vuelto locas!

Están completamente descontroladas y están atacando a los humanos sin piedad.” El tiempo pareció detenerse cuando la enorme máquina levantó su brazo con la bola de demolición, apuntando directamente hacia una de las embarcaciones cercanas.

Los gritos de pánico de los pasajeros resonaron en el aire, mezclándose con el zumbido metálico del robot.

El corazón de todos latía al unísono, como si el mundo entero contuviera el aliento.

Y justo cuando la bola de demolición comenzó a descender con una velocidad implacable, todo quedó en silencio.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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