El sistema del perro agente - Capítulo 178
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178: El Renacer Feroz 178: El Renacer Feroz —Y ahora sí, la batalla final comienza… o una de ellas —dijo nuevamente aquella voz misteriosa que no pertenecía al escritor, quien también fungía como narrador de la historia.
El narrador, molesto por la interrupción, exclamó: —¡Eh, tú!
¿Quién eres?
Pero la voz respondió con ligereza, casi burlona: —Me tengo que ir.
Nos vemos luego.
No quiero dar spoilers a los lectores y oyentes.
¡Bye, bye!
El escritor frunció el ceño, sintiendo cómo su paciencia se desvanecía.
—¿Quién es ese sujeto?
Tendré que averiguarlo —murmuró para sí mismo, irritado por la idea de que alguien más interfiriera en la historia que estaba contando o narrando.
Respiró hondo, tratando de recuperar el control de la narrativa.
—Ni modo, volvamos al instante en que todos preguntaron: ¿Y tú quién eres?
De pronto, del resplandor que había absorbido la energía lanzada por el poderoso rayo de Zeus, comenzó a emerger una figura.
No era particularmente grande, pero sus características lo hacían inconfundible.
Este ser tenía orejas puntiagudas como las de un lobo blanco, guantes que parecían garras de lobo, adornados con franjas azules verticales, una por cada dedo.
Su cabello plateado, corto y escarchado, brillaba con una luz propia que parecía adaptarse al entorno.
Vestía una especie de saco largo blanco con capucha, bordado con grabados dorados que parecían letras antiguas.
Llevaba un pantalón amplio de color plomo oscuro y botas que simulaban piel de lobo, también decoradas con franjas azules verticales, aunque claramente diseñadas como calzado funcional, no como algo orgánico.
Sus ojos eran lo más llamativo: completamente azules, irradiando una energía pura que ocultaba tanto las pupilas como las escleróticas.
Su rostro juvenil, similar al de un adolescente de unos 13 años, estaba marcado por un rombo alargado en la frente, rodeado por cuatro medias lunas que apuntaban hacia el centro.
Además, llevaba aretes en forma de media luna enganchados a sus orejas.
Se detuvo frente al grupo con una postura segura y les dijo con voz calmada pero imponente: —Me extrañaban.
He venido a salvarlos.
Todos escucharon su voz y la reconocieron de inmediato.
Algunos intercambiaron miradas sorprendidas, convencidos de que se trataba del Agente B-12 .
—¡No!
—respondió el ser, negando con la cabeza mientras una expresión tranquila pero firme se dibujaba en su rostro—.
Antes de que alguien más pudiera hablar, Gat intervino, señalando hacia un contenedor cercano donde reposaba el cuerpo inmóvil del Agente B-12, conectado a varios dispositivos que emitían débiles parpadeos de luz.
—Si creo que el sujeto tiene razón —dijo Gat, su tono pragmático pero cargado de certeza—, el Agente B-12 está allá.
El grupo volvió sus miradas hacia el contenedor, donde efectivamente podían ver al agente en coma, rodeado de tecnología que intentaba mantenerlo con vida.
La confusión en sus rostros era evidente: si no era él quien hablaba, ¿entonces quién era ese misterioso ser frente a ellos?
Otros cuestionaron, confundidos: —Pero ¿cómo es posible escuchar su voz en este ser?
El recién llegado se volvió hacia ellos, se quitó la capucha y dejó ver claramente sus orejas de lobo y las marcas distintivas en su frente.
—Es Podbe —dijo Leila, recordando las similitudes con el can antes de su muerte a manos de Zeus.
Algunos murmuraron asombrados: —¡Guau!
¡Es el perro y tiene la voz del Agente B-12!
—Sí, algo así dijo mi hermano —comentó Drake, cruzándose de brazos.
Pero Billy, sin poder contenerse, exclamó: —¡Ahora eres un furro!
¡Pequeño perro!
El ser soltó una carcajada breve pero profunda, sacudiendo la cabeza.
—¡No!
Nada de eso, muchacho.
Soy algo mucho mejor.
Luego, adoptando una expresión seria, miró hacia arriba, hacia donde Zeus flotaba en lo alto de la cueva, observándolos con atención.
—Primero debo encargarme de algo —dijo, mientras su cuerpo comenzaba a irradiar una energía pura y celestial.
—¿Cómo osas intervenir con mi purificación?
—rugió Zeus, su voz resonando como un trueno que sacudía las paredes de la cueva.
Su mirada ardía con furia divina mientras señalaba al recién llegado—.
Esta es la última vez que interfieres con mis planes, maldito perro.
Con un movimiento rápido, Zeus descendió y se plantó frente al renacido Podbe.
Su figura imponente irradiaba poder, y sus ojos brillaban con una luz celestial.
Miró al ser con desdén antes de preguntar: —¿Qué cosa eres?
Pero no importa… te destruiré, y luego acabaré con los demás.
Ya te maté dos veces; hacerlo una tercera vez no será un problema con el nuevo poder que poseo.
Una sonrisa malvada cruzó su rostro mientras lanzaba un puñetazo directo hacia el rostro de Podbe.
Sin embargo, para sorpresa de todos, Podbe pareció anticipar el ataque y se movió con una agilidad sobrehumana.
El puño de Zeus pasó rozando su mejilla, golpeando el aire vacío tras él.
—¿Cómo puede ser posible?
—murmuraron los presentes, incrédulos ante lo que veían.
Nadie había logrado esquivar un ataque de Zeus, mucho menos con tanta facilidad.
Incluso el general, desde su posición estratégica, observó con asombro cómo otro golpe del falso dios fallaba por completo, pasando de largo como si Podbe fuera una sombra evanescente.
—¡Eso es imposible!
—gritó Zeus, furioso.
Aumentó la velocidad de sus ataques, lanzando una ráfaga de golpes que cortaban el aire con estruendo.
Pero ni uno solo tocó a Podbe.
Era como si el ser pudiera leer cada movimiento de Zeus antes de que este lo ejecutara.
—¿Cómo es posible?
¡Ya te maté una vez, maldito can!
—bramó Zeus, su frustración creciendo con cada intento fallido.
En respuesta, Podbe simplemente bostezó, mostrando una calma inquietante.
—Si eso es todo lo que tienes, esto va a acabar más rápido de lo que pensaba —dijo con voz tranquila pero cargada de confianza.
Sin previo aviso, Podbe cerró su puño envuelto en energía azulada y comenzó a lanzar una serie de golpes devastadores.
Cada impacto resonó como un trueno, golpeando a Zeus en el rostro y el pecho con precisión implacable.
Finalmente, con un último golpe poderoso, lanzó a Zeus por los aires, destrozando varias paredes de roca al impactar.
—¡Eso fue increíble, Podbe!
—exclamaron María y Elena, aun procesando lo que acababan de presenciar.
Sin embargo, pronto sus expresiones se tornaron pensativas—.
¿Pero entonces, dónde está Aiden?
Los tres, junto con Leila, decidieron investigar el lugar donde antes yacía el cuerpo del Lobo Galáctico.
Al llegar, encontraron solo restos de huesos y órganos dispersos, sin rastro alguno de Aiden.
Utilizando los poderes telequinéticos de Leila, comenzaron a mover cuidadosamente los fragmentos, buscando alguna pista.
Pero no encontraron nada.
—Deberíamos preguntarle a Podbe en su nueva forma —sugirió Elena, acercándose al ser con cautela.
Sin embargo, antes de que pudiera hablar, el rugido ensordecedor de Zeus resonó nuevamente en la caverna.
El dios emergió del lugar donde había caído, flotando hacia Podbe con heridas que ya comenzaban a sanar rápidamente.
—¿Cómo osas golpear a un dios?
—gritó, su voz vibrando con ira contenida—.
¡Nadie puede dañarme!
Ya les había dicho, pero parece que tú no entiendes, maldito animal, experimento de la naturaleza.
Con un brillo de relámpagos envolviendo sus puños, Zeus cargó contra Podbe, lanzando un ataque directo hacia su pecho.
Antes de que el golpe conectara, Podbe levantó sus brazos para bloquearlo.
Aunque el impacto lo empujó varios metros hacia atrás, permaneció firme, sin mostrar señales de debilidad.
—Nada mal —comentó Podbe con una sonrisa confiada, mientras bajaba los brazos lentamente—.
Pero sigues siendo débil.
Tus ataques no tienen suficiente fuerza.
Con un movimiento fluido, Podbe lanzó a Zeus nuevamente por los aires con una fuerza abrumadora, enviándolo de regreso al lugar donde había caído anteriormente.
—Podbe, ¿sabes dónde está Aiden?
—preguntó Billy, acercándose al can con curiosidad.
Antes de que este pudiera responder, un rayo eléctrico impactó frente a él, provocando una explosión que iluminó toda la caverna con un destello cegador.
Cuando el humo y el polvo comenzaron a disiparse, todos observaron asombrados: Podbe permanecía inmóvil, sin un solo rasguño en su cuerpo.
Su figura resplandecía con una energía azulada que parecía protegerlo como un escudo invisible.
—¿Qué… imposible?
—murmuró Zeus, su rostro contorsionado por la incredulidad y la furia—.
Creo que deberé aumentar un poco más mi poder.
Nada más para acabar con ese sujeto… lo subiré al 25 por ciento —dijo entre dientes, su voz cargada de determinación.
Una energía envolvió el cuerpo de cargándolo nuevamente.
Con un rugido ensordecedor, Zeus se lanzó hacia Podbe con la velocidad de un relámpago.
El aire vibraba a su paso mientras corría, sus puños envueltos en energía eléctrica.
Pero Podbe no retrocedió; en cambio, también corrió hacia su oponente con una agilidad sobrenatural.
El choque fue brutal.
Zeus lanzó un golpe directo hacia la cabeza de Podbe, un impacto tan poderoso que hizo estremecer todo el lugar.
Las paredes de la cueva temblaron, y los presentes sintieron cómo la onda expansiva del golpe les erizaba la piel.
—¿Escucharon eso?
—murmuró Megumi, mirando a Akira con los ojos muy abiertos—.
Si ese es el 25 por ciento de Zeus, no quiero ni imaginarme cómo sería al 100.
—Tranquilos, Podbe no perderá —dijo una voz familiar que resonó desde las sombras.
Todos voltearon sorprendidos para ver quién hablaba.
Era Aiden, acompañado por Reia.
Ambos lucían serenos, como si ya conocieran el desenlace de la batalla.
—Tranquilos, él no perderá esta vez —añadió Reia, su tono firme pero calmado mientras intercambiaba una mirada cómplice con Aiden.
Mientras ellos hablaban, Podbe se levantó lentamente, quitándose el puño de Zeus de encima con una facilidad desconcertante.
Una sonrisa confiada se dibujó en su rostro mientras miraba fijamente a su oponente.
Parecía como si el golpe no hubiera hecho más que alimentar su energía interna.
—No perderá porque él está a otro nivel —continuaron Aiden y Reia al unísono, sus voces resonando con una convicción casi mística—.
Él es algo más allá de nuestro conocimiento.
Se ha convertido en un Lobo Universal.
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