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El sistema del perro agente - Capítulo 179

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179: Lobo Universal 179: Lobo Universal Se ha convertido en un Lobo Universal, dijeron Aiden y Reia al unísono.

La declaración resonó como un eco profundo en la mente de todos, vibrando en el aire con una intensidad que parecía casi palpable.

Podbe irradiaba ahora una luz sobrecogedora, una luminiscencia que transformaba su figura en algo más allá de lo humano o animal.

Ya no era simplemente un perro o lobo ni un ser común; se había convertido en una fuerza primordial, un ente cuya presencia desafiaba las leyes mismas de la naturaleza.

Su pelaje, antes oscuro y terrenal, ahora brillaba con destellos plateados bajo la luz tenue, como si cada mechón contuviera fragmentos de estrellas.

El viento sutil que lo rodeaba traía consigo un aroma fresco a tormenta eléctrica, mezclado con una calidez extraña pero reconfortante.

“¿Qué es eso de Lobo Universal?”, preguntaron sus amigos con asombro genuino, mientras otros, aún aturdidos, indagaban: “¿Y cómo es que estás vivo?”.

“¡Hola!”, respondió Aiden con una sonrisa torpe, como si acabara de despertar de un largo sueño.

“¿Hola?”, exclamaron María y Billy al mismo tiempo, sus voces cargadas de incredulidad y frustración.

“¡Nosotros lloramos por ti porque creímos que habías muerto, y tú solo sabes decir un hola!” “Bueno, yo…”, intentó explicarse Aiden, rascándose la nuca con nerviosismo.

“¡Eh!

¿Eso es lo único que tienes para defenderte?”, interrumpió Billy, tomándolo de los hombros y sacudiéndolo con desesperación.

Aiden se tambaleó, mareado, mientras Reia intervenía con calma.

“Tranquilo, muchacho, lo vas a desarmar”, dijo Reia, colocando una mano firme sobre el hombro de Billy.

Su tono era amable pero autoritario, como el de una abuela que regaña a un nieto travieso.

“¿Estás bien?

¿No te pasó nada?”, preguntó Adía, acercándose con preocupación genuina.

Sus ojos, llenos de ternura, reflejaban la sorpresa de haber descubierto tan abruptamente que Aiden era su nieto.

Drake, por su parte, permanecía un poco más distante, observando con una expresión más reservada.

No era especialmente bueno con los niños, pero su mirada transmitía un afecto silencioso.

Aunque uno hubiera creído que fuera al revés.

“Sí, estoy bien.

No me pasó nada”, respondió Aiden, llevándose una mano a la cabeza y sonrojándose ligeramente.

“Qué bueno que estés bien, muchacho”, dijeron Eduard y Ezequiel, acercándose también.

Sus voces eran graves pero cálidas, como un abrazo después de una larga ausencia.

Pasada la conmoción inicial, Aiden decidió hablar.

“Tranquilos, amigos.

Les contaré qué pasó y por qué lo llamamos Lobo Universal.” “Vaya, eso será emocionante”, comentó el profesor Kile, ajustándose las gafas con entusiasmo.

El general Bronjort, siempre más reservado, asintió con un brillo de curiosidad en sus ojos.

Ambos estaban ansiosos por escuchar la historia detrás de ese nombre tan misterioso.

Aiden iba a comenzar su relato, pero entonces, con una pequeña reverencia y para no hacerse bolas puesto que no era bueno contando las cosas, cedió la palabra a Reia.

“Bien, permítanme a mí explicarlo”, dijo ella con una sonrisa.

Como IA, disfrutaba enormemente compartir información, y esta ocasión no sería diferente.

Con un brillo peculiar en sus ojos digitales, comenzó a narrar los eventos ocurridos mientras Podbe, en su nueva forma de Lobo Universal, enfrentaba a Zeus en el fondo.

El paisaje detrás de ellos parecía vibrar con la tensión del combate.

Los truenos retumbaban en la distancia, iluminando brevemente el cielo con destellos de un azul eléctrico.

La tierra temblaba bajo sus pies, como si el mundo mismo sintiera el peso de la batalla que se libraba.

Cuando Aiden ingresó en la mente de Podbe, su objetivo era claro: devolverle la cordura.

Recordemos que, en su forma galáctica, Podbe se volvía errático y salvaje, un peligro tanto para sí mismo como para quienes lo rodeaban.

La mente de Podbe era un laberinto caótico, un entramado de pensamientos desordenados y emociones primarias que parecían retorcerse como humo negro bajo una luz tenue.

En ese espacio mental, Aiden encontró algo inesperado: la figura de su padre, el agente B-12 a quien antes le había puesto de Chad.

La presencia del agente B-12 en esa forma mental era diferente a todo lo que Aiden había experimentado antes.

No hablaba directamente con él; más bien, sus palabras parecían provenir de Podbe mismo, como si ambas conciencias estuvieran entrelazadas.

“Es mi padre”, pensó Aiden con un nudo en la garganta, enfrentándose por primera vez a la cruda verdad de su identidad.

Pero no había tiempo para reflexionar sobre ello.

Para que Podbe pudiera luchar con todos sus sentidos intactos —y no de manera errática—, Aiden tuvo que despedirse de esa versión mental de su padre.

Fue un adiós silencioso pero cargado de emoción, como cerrar una puerta sabiendo que tal vez nunca volvería a abrirla.

Sin embargo, en el mundo real, las cosas tomaron un giro desastroso.

El Lobo Galáctico, aunque poderoso, no fue rival para Zeus.

Con una fuerza devastadora, el dios lanzó un ataque que repelió al lobo, partiéndolo en dos partes que cayeron inertes al suelo.

Todos miramos horrorizados, convencidos de que habíamos perdido.

El aire estaba impregnado de un silencio sepulcral, roto solo por el eco distante de los truenos.

Parecía que todo había terminado.

Pero entonces… algo extraordinario ocurrió.

Una especie de milagro, algo que jamás habríamos imaginado, surgió de la nada.

Una nube brillante, casi etérea, nos envolvió en una esfera protectora.

Era cálida al tacto, como si irradiara una energía tranquilizadora que contrastaba con la violencia del entorno.

“¡Es la misma nube femenina de la otra vez!”, exclamó Aiden interrumpiendo a Reia, quien lo miró con una expresión de reproche.

El muchacho bajó la mirada, avergonzado, y murmuró una disculpa.

“Como iba diciendo”, continuó Reia con tono firme pero indulgente, “esa nube en forma de mujer nos protegió de una muerte segura.

Nos dijo: ‘Vengan conmigo’.

Claro, no teníamos muchas opciones; estábamos atrapados en lo que parecía la nada absoluta.

Nos llevó a un lugar extraño, casi irreal: la parte subatómica del sistema JORGS, o al menos eso fue lo que me pareció.” Reia hizo una pausa, dejando que sus palabras flotaran en el aire como ecos de un secreto revelado.

El silencio que siguió parecía vibrar con el peso de lo que acababa de decir.

Luego, adoptando un tono más grave, continuó: “Ella nos confesó que no debía intervenir, pero lo hizo de todas formas.

Nos salvó justo a tiempo, antes de que fuéramos aniquilados.

Nos explicó que, para enfrentarnos al poder abrumador de Zeus, necesitábamos evolucionar.

Podbe tenía que convertirse en algo más fuerte, algo más allá de lo que habíamos imaginado.” La IA humana hizo otra breve pausa, permitiendo que las implicaciones de sus palabras calaran en cada uno de los presentes.

“De hecho, ella ya había ayudado antes, cuando Podbe luchó contra Urion.

Sin que nadie lo supiera, había estado colocando esas medias lunas en la frente del can, esas marcas que todos habíamos notado y que nos resultaban tan extrañas.

Esas marcas no eran simples adornos; eran preparativos, piezas de un rompecabezas cósmico que iba preparando a Podbe para su transformación final.” “¡Ah!

¡Era por eso!”, exclamó Leila, incapaz de contener su entusiasmo.

Su voz resonó en la sala, rompiendo momentáneamente la solemnidad del momento.

Pero tan pronto como vio la mirada severa de Reia, se encogió en su asiento, bajando la cabeza como si quisiera desaparecer.

La expresión de Reia era inconfundible: una mezcla de paciencia agotada y advertencia silenciosa que decía claramente, “No más interrupciones.” El ambiente volvió a quedar en silencio, cargado ahora de una tensión contenida.

Todos los ojos estaban fijos en Reia, esperando que continuara.

Era evidente que lo que estaba a punto de revelar era mucho más grande de lo que cualquiera de ellos podía imaginar.

Reia continuó con su relato, su voz firme pero cargada de un tono casi reverencial.

La mujer nube nos reveló algo crucial: cuando Podbe lograra reunir las cuatro lunas en su frente, se activaría un poder inmenso.

Una esfera proyectada al centro —como si fuera una luna completa— desataría una fuerza capaz de derrotar a nuestro enemigo.

Sin embargo, había un precio.

Para que ese poder emergiera, Podbe debía sacrificar su existencia…

aunque no del todo.

La nube explicó que, en el sistema JORGS, nadie realmente muere; solo perece una parte astral.

El Lobo Galáctico, como lo conocíamos, era más bien un caparazón, una forma externa que podía desvanecerse sin extinguir por completo su esencia.

Era un sacrificio simbólico, pero necesario.

“¡Guau!

¡Interesante!”, exclamaron Riota y Benjamín al unísono, sus ojos brillando con asombro genuino.

Era evidente que las palabras de Reia habían despertado una mezcla de fascinación y desconcierto en ellos.

“Sí, ¿verdad que es interesante?”, añadió Choy, incapaz de contener su entusiasmo.

Su voz era rápida, casi como si estuviera tratando de llenar el silencio con su energía desbordante.

Sin embargo, Adora, siempre más analítica, intervino con un tono seco: “Una nube en forma de mujer… eso es algo raro y loco a la vez.” Su comentario flotó en el aire, cargado de escepticismo, mientras cruzaba los brazos y fruncía ligeramente el ceño.

Reia levantó una ceja, mirándolos con una expresión que helaba la sangre.

Sus ojos digitales parecían brillar con una intensidad inusual, como luces frías que atravesaban a cada uno de los presentes.

No dijo nada durante unos segundos, pero su silencio era suficiente.

La atmósfera cambió de golpe: el entusiasmo inicial se disipó, reemplazado por una tensión casi palpable.

“Eso es verdad.

Yo no digo mentiras”, respondió finalmente Reia, aunque su tono era bajo y cortante, como el filo de una hoja.

Cada palabra parecía cargada de advertencia, como si les recordara que no toleraría cuestionamientos ni bromas sobre lo que acababa de contar.

Los presentes intercambiaron miradas incómodas.

Choy se encogió ligeramente, bajando la voz como si temiera decir algo indebido.

Adora desvió la mirada, aparentemente arrepentida de haber hecho su comentario tan directo.

Incluso Riota y Benjamín, que momentos antes estaban emocionados, ahora parecían más contenidos, como niños sorprendidos haciendo travesuras.

El ambiente quedó en silencio, pesado y expectante.

Todos sabían que habían tocado un punto delicado, y nadie quería ser el siguiente en enfrentarse a la mirada escalofriante de Reia.

Sin embargo, Adrián y Rafael, siempre más analíticos, intervinieron con una mirada escéptica.

“Pero aún no nos has dicho cómo sucedió eso exactamente.

¿Cómo lo explicas desde el punto de vista científico?” Antes de que pudieran continuar, todos se callaron al ver la mirada fulminante de Reia.

Su expresión dejaba claro que no toleraría más interrupciones.

“Bueno, creo que desde aquí sigo yo”, intervino Aiden, tomando la palabra con timidez, pero también con determinación al ver a Reia que atemorizaba a los demás.

“Lo único que hizo fue decirme que debía abrir una especie de portal utilizando unas letras extrañas.

Estas correspondían a los símbolos que lleva Podbe en su túnica.

Así que me dediqué a realizar aperturas de portales durante un buen rato, hasta que finalmente di con el correcto.” Aiden hizo una pausa, como si reviviera mentalmente aquel momento.

“Cuando logré abrirlo, las runas de la puerta —que formaban un círculo perfecto— comenzaron a girar.

Emitían un brillo dorado intenso, como si estuvieran vivas.

De repente, esas runas salieron disparadas hacia Podbe, fusionándose con él.

Lo envolvieron en un haz de luz tan brillante que tuvimos que cubrirnos los ojos.

Mi pequeño perro, que dormía tranquilamente en mis brazos, empezó a despertar.

Abrió los ojos lentamente, y su ladrido inicial pronto se transformó en un aullido profundo y resonante, tan potente que casi me dolieron los tímpanos.” El chico bajó la voz, como si temiera romper la solemnidad del recuerdo.

“Fue entonces cuando comenzó a cambiar.

Creía que volvería a adoptar la forma salvaje del Lobo Galáctico, pero algo diferente ocurrió.

En lugar de eso, su cuerpo se expandió y refinó, adquiriendo una apariencia más cercana a la de un humano, aunque irradiaba una majestuosidad sobrecogedora.

Parecía un ser omnipotente, iluminado por una luz interior que parecía provenir de otro mundo.

Fue… impresionante.” Aiden tragó saliva antes de continuar.

“Sin embargo, la nube nos advirtió de algo preocupante.” “¿Qué?”, preguntaron todos al unísono, inclinándose hacia adelante con atención.

“Nos dijo que esta forma actual de Podbe, aunque poderosa, es imperfecta.

Es una versión prematura del Lobo Universal, y no durará mucho tiempo.

Tiene que usar sus poderes rápidamente, antes de que pierda este estado.” “Así que Podbe debe terminar con ese sujeto lo antes posible”, interrumpió Billy, su tono urgente reflejando la gravedad de la situación.

“Así me temo”, confirmó Reia, asintiendo con seriedad.

“Entonces, hagámosle barra a Podbe, o Lobo Universal, como está ahora”, sugirió María, levantándose con entusiasmo.

“¡Vamos, Podbe!

¡Tú puedes!”, gritó Billy, y todos los presentes lo siguieron, animando con fervor.

Aiden, sin embargo, permaneció en silencio, murmurando para sí mismo: “Sí, tú puedes.” Pero su tono denotaba duda, como si no estuviera del todo convencido.

Había algo que no les había contado, algo que la nube le había pedido mantener en secreto hasta que superaran la prueba de vencer a Zeus.

Una amenaza aún más poderosa se gestaba en las sombras, y muy pronto necesitarían toda la ayuda posible para enfrentarla.

“Eso fue una gran historia, señorita… jovencito”, dijo el profesor Kile, dirigiéndose primero a Reia y luego a Aiden con un tono que mezclaba admiración e intriga.

“No pensé que hubiera tantas cosas fuera de nuestra comprensión: seres cósmicos, poderes más allá de este mundo…” Su voz se perdió por un momento, como si estuviera perdido en sus pensamientos.

Luego, con un brillo renovado en los ojos, añadió: “Me muero de ganas de echarle un vistazo al supuesto sistema que lleva ese perro dentro de su cuerpo.” Y estos, ¿quiénes son?

—pensaron Reia y Aiden casi al unísono, intercambiando una mirada fugaz que reflejaba tanto curiosidad como cautela.

Mientras tanto, Melisa estaba completamente absorta en otro asunto.

“Vamos, Greg, graba esto.

Todo lo que están diciendo ese muchacho y esa chica, y la pelea que estamos presenciando frente a nosotros es oro puro.

Necesitamos estar en línea para que todo el mundo pueda ver cómo le van a patear el trasero a ese susodicho dios.” Fue entonces cuando el agente Sombra, quien había despertado después de la brutal golpiza que le propinó Zeus, intervino con una sugerencia inesperada.

“Quizá puedan transmitir si usan ese aparato allá.” Su voz era ronca pero cargada de determinación.

Miró al general del Cuadrado, quien le dio un leve asentimiento con la mirada, como si aprobara su iniciativa, ya que el sabía que el mundo debía saber que aun había esperanza.

“Yo los llevo.

Es lo menos que puedo hacer por ustedes y dar un ápice de esperanza”, dijo el agente Sombra con solemnidad.

Melisa no perdió tiempo.

Con una energía contagiosa, reunió a su equipo y se sumergieron en la sombra proyectada por el agente, transportándose a una especie de oficina en la parte superior del lugar.

Al llegar, Ian, quien cojeaba ligeramente, logró hacer funcionar las máquinas con la ayuda de Philip.

“Bien, parece que todo está en orden”, anunció Choy, observando las pantallas con atención.

Las luces parpadeantes y los monitores activados creaban un ambiente de tecnología futurista, aunque algo improvisado.

“No es un avión, pero al menos puedo operar estos controles”, comentó Melisa con una sonrisa confiada mientras ajustaba los mandos.

Creg, siempre atento a los detalles técnicos, revisó los monitores y confirmó: “Sí, parece que la transmisión está lista.

Y parece que se conecta al mundo vía satélite.” “Tiene razón”, corroboró el profesor Kile, ajustándose las gafas con entusiasmo.

“Bien, entonces estamos en el aire”, anunció Melisa con firmeza.

“Creo que sí”, respondió Creg, revisando una última vez los indicadores.

“Es un trabajo bien hecho para The Finders”, exclamó Choy, emocionado por el logro del equipo.

Sin embargo, el profesor Kile apenas le prestó atención, limitándose a responder con un distraído: “Sí, como digas, muchacho.” Choy bajó la cabeza, algo desanimado, y se retiró a un rincón de la sala.

“Si todo está funcionando, entonces vamos al aire de nuevo”, ordenó Melisa, dirigiéndose a Creg, su camarógrafo de confianza.

Este tomó su cámara y comenzó la cuenta regresiva con gestos precisos: tres, dos, uno… y con un movimiento fluido, señaló: “¡Al aire!”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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