El sistema del perro agente - Capítulo 18
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18: Decepción (1) 18: Decepción (1) —¿Qué hay por ese camino?
—preguntó Ezequiel, también conocido como el agente B.
Brea, o la agente C-Dos, consultó el mapa antes de responder: —Si sigues ese camino, llegarás a Arnoldstein.
El agente B se quedó pensativo.
Luego, volteó hacia Lidia y le preguntó: —¿Cómo se llamaba el niño?
—Aiden, señor —respondió ella con la formalidad de un soldado ante su general.
—Bien, muchacho, conmigo no tienes que ser tan formal como con la mandona de Marie —dijo Ezequiel con una sonrisa traviesa.
Marie se acercó a él y emitió un sonido de desaprobación, fulminándolo con una mirada cargada de furia que no necesitaba interpretación psíquica para entender.
Ezequiel ignoró su reacción y sugirió a Lidia y Rino que los acompañaran, ya que estaban en el lugar, pero no sin antes pedirles que le enviaran una imagen del niño.
—Deberíamos mandar la imagen al cuartel general; quizá así podamos acortar la búsqueda —propuso Marie.
—No es necesario —replicó Ezequiel—.
No creo que el chico haya salido del país.
—Bien, vámonos por ese camino —indicó el agente B.
—O sea que me abandonas con todo el papeleo y huyes como siempre —le reprochó Brea.
—Ah, otra vez con tus jueguitos.
No puedes superarlo.
Hay que ser profesionales —respondió Ezequiel, guiñándole un ojo, lo que provocó que Brea estallara como un volcán en erupción.
Marie intentó calmarla, sabiendo que esos dos compartían una larga historia, y dijo: —Debemos continuar con la búsqueda.
Es importante.
Brea respiró profundamente, recuperó la compostura y prosiguió con su trabajo de revisar la zona, aunque no sin intercambiar una última mirada con Ezequiel, una mirada que lo hizo temblar ligeramente.
—Si todo está arreglado, pongámonos en marcha —declaró Ezequiel.
Se subieron a sus vehículos y emprendieron el camino hacia Arnoldstein.
En Milán, ya amanecía.
Elena se había levantado, o más bien casi no había dormido, debido a los eventos del día anterior.
Se preparó para ir a trabajar, pero sentía un miedo creciente ante lo que le habían pedido hacer.
Mientras salía de casa, comenzó a pensar en cómo convencer a Aiden de acompañarla pacíficamente a un lugar apartado.
En ese momento, sonó su celular.
Era uno de los hombres que trabajaban con Zeus, y le indicó cómo procederían ese día.
—Les enviaré un mensaje para coordinar cómo vamos a realizar lo que me solicitaron —respondió ella.
La voz al otro lado de la línea fue firme: —Te estaremos vigilando, muchacha.
No tardes.
Una parte de Elena esperaba que Aiden no apareciera en la tienda, rogaba internamente que no llegara, pero otra parte deseaba que sí lo hiciera, para salvar a su padre y a ella misma.
—¡Ya amaneció!
¡Bajen a tomar desayuno!
—gritó Adía desde el primer piso, golpeando dos platillos para hacerse escuchar.
El ruido despertó a Aiden y Podbe de inmediato.
Ambos bajaron las escaleras y fueron recibidos por Adía, ya vestida con su traje rojo y acompañada de su robot multiusos.
Soñolientos y bostezando, se sentaron a la mesa y desayunaron como el día anterior.
Una vez terminado el desayuno, Aiden subió a cambiarse, regresó y le dijo a Adía que iba a la tienda de mascotas a ver a Elena.
—Bien por ti, muchacho, consigue tu objetivo —respondió Adía, guiñándole un ojo.
Por dentro, Adía pensó que se había sobrepasado.
Ella no era dada a sentimentalismos ni “tonterías”, como solía llamarlos.
Aiden y Podbe salieron un poco confundidos por el comentario de Adía y se dirigieron al trabajo de Elena.
Al llegar, vieron al dueño de la tienda y le preguntaron por ella.
Gracias a la cápsula que Adía le había dado, Aiden podía entender y hablar el idioma como si fuera nativo, algo que aún lo sorprendía.
—Qué genial es esta cápsula que me dio Adía.
Me olvidé de agradecerle y ahora más —pensó Aiden.
El señor lo reconoció de inmediato: —Ah, eres ese chico que balbuceaba y se olvidó su cambio.
Pero qué tontito, muchacho.
Aiden no supo qué decir ante el comentario sobre su comportamiento del día anterior.
Solo atinó a disculparse y mencionar que estaba buscando a Elena.
El señor le indicó que ella estaba en la parte de atrás, en el almacén, ordenando algunas cosas, pero que él podía atenderlo si quería comprar algo.
—No, no se moleste, solo vine a verla.
La esperaré afuera —respondió Aiden, saliendo de la tienda.
Cuando Elena regresó de ordenar el almacén, el señor le informó que el “niño tonto” de ayer la esperaba afuera.
Ella pidió permiso para hablar unos minutos y él le concedió cinco.
Rápidamente, Elena salió y saludó a Aiden, visiblemente nerviosa.
Le pidió disculpas por su abrupta partida del día anterior y le preguntó si estaba molesto por el incidente.
—No estoy molesto ni nada, solo estaba un poco extrañado porque, después de haber pasado un lindo día, te fuiste sin despedirte y sin ninguna explicación —respondió Aiden con sinceridad.
Ella volvió a disculparse, todavía nerviosa, y le propuso: —Para resarcir ese error, porque no me comporté bien, ¿qué te parece si nos volvemos a ver en el centro a las seis de la tarde, frente al puente?
Aiden respondió de inmediato con una gran sonrisa y un entusiasta “sí”.
Ella le dijo que bien y que tenía que regresar a trabajar.
Se despidieron con un “nos vemos a las seis”.
Aiden regresó a casa contento y alegre, con Podbe y Reia a su lado, quienes le expresaron que estaban felices por él.
Mientras tanto, Elena envió un mensaje de texto a los secuaces de Zeus: “Nos veremos en el puente a las seis”.
Ellos respondieron: —Esperamos que cumplas con tu parte.
Nosotros haremos el resto.
Aiden caminaba radiante de felicidad.
Al llegar a la casa donde vivía con Adía, entró y le dijo que estaba muy feliz porque tenía otra oportunidad de ser amigo de Elena y salir con ella nuevamente.
No hacía falta ser un genio para notar su alegría; su sonrisa era evidente.
—Se te nota la sonrisa de oreja a oreja —comentó Adía con una mezcla de sarcasmo y afecto—.
Bien, pues es hora de hacerte un tratamiento especial en ese cabello tuyo, y esta vez puede que sea bueno llevar flores —añadió con una sonrisa traviesa.
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