El sistema del perro agente - Capítulo 185
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185: Es Solo Un Adiós 185: Es Solo Un Adiós “¡Aiden!
¡Podbe!” gritaron todos los presentes, sus voces llenas de dolor y desesperación.
El eco de sus llamados se perdió en el viento, como si el mundo mismo hubiera tragado a los dos héroes sin dejar rastro alguno.
“Estimados, nuestros dos héroes salvaron al mundo llevándose a la bestia Zeus consigo…
pero ¿a qué costo?” dijo Melisa, su voz temblorosa mientras intentaba contener las lágrimas.
Su mirada estaba fija en el lugar donde el portal había desaparecido, como si esperara que algo o alguien regresara milagrosamente.
“Salvaron al mundo…
¿pero a qué costa?” repitió Billy, sollozando mientras se aferraba a Elena y María.
“Otra vez los volvimos a perder…
y ahora a los dos,” añadió María, su voz apenas un susurro cargado de tristeza.
Elena bajó la cabeza, incapaz de ocultar su culpa.
“Yo…
yo quería disculparme con Aiden de la manera correcta,” murmuró, apretando los puños con frustración.
“Al menos así mis colegas del cuadrado ya no tendrán que buscar al muchacho si es que siguen viendo el reporte,” reflexionó el general para sí misma, su voz apenas un murmullo cargado de resignación y tristeza.
El peso de lo ocurrido parecía aplastar el ambiente, como si incluso el aire se hubiera vuelto más pesado.
“Ya no grabes,” le dijo Melisa a Creg, su voz firme pero teñida de cansancio.
“Dejemos a nuestros héroes descansar.” Sus palabras resonaron con un eco de finalidad, reflejando el sacrificio que Aiden y Podbe habían hecho por todos ellos.
Creg asintió en silencio, sus manos temblorosas mientras apagaba la cámara.
El pequeño clic que marcó el fin de la transmisión fue casi imperceptible, pero cargaba consigo todo el peso de lo que acababa de suceder.
Sin decir nada más, Melisa y Creg se abrazaron, compartiendo un momento de duelo silencioso.
Ian, quien había estado observando desde unos pasos atrás, se acercó lentamente y se unió al abrazo.
El profesor Kile, siempre reservado, también se acercó, colocando una mano sobre el hombro de Ian mientras inclinaba la cabeza en señal de respeto.
Philip y Choy los rodearon poco después, formando un círculo cerrado que parecía protegerse mutuamente del vacío que había dejado la partida de Aiden y Podbe.
Michele observó la escena desde una pequeña distancia, sus ojos vidriosos llenándose de lágrimas que no quería derramar.
Sentía cómo la pérdida colapsaba sobre todos ellos, como una ola implacable que amenazaba con arrastrarlos.
Apretó los puños con fuerza, tratando de contener sus emociones, pero finalmente dio un paso adelante y se unió al grupo, rompiendo en sollozos silenciosos mientras se aferraba a quienes estaban más cerca.
El viento soplaba suavemente a su alrededor, trayendo consigo el aroma salado del mar.
Era como si el mundo mismo quisiera ofrecerles un momento de paz en medio de la tormenta emocional.
Pero incluso ese pequeño gesto de la naturaleza no podía borrar la realidad: Aiden y Podbe se habían ido, llevándose consigo no solo a la hidra-Zeus, sino también una parte irremplazable de quienes habían quedado atrás.
Los demás agentes regresaron lentamente a la isla después de haber protegido a los civiles de los impactos devastadores de los ataques de la hidra-Zeus.
Sus rostros estaban marcados por la fatiga y la tristeza.
“Esos dos se sacrificaron para llevarse a ese monstruo consigo…
pero ¿a qué precio?” reflexionó Gat en voz alta, su tono lleno de incredulidad.
“Al menos se fueron juntos…
los amigos,” comentó Gat, tratando de encontrar algo positivo en medio de la tragedia.
Pero Riota no pudo contenerse y le dio un golpe en la cabeza.
“Ese comentario no viene al caso,” lo reprendió, aunque sus propios ojos estaban húmedos por las lágrimas contenidas.
El equipo de Azulema estaba exhausto, tendidos en el suelo después de usar el poder telepático a una escala tan alta.
Adrián, aprovechando su ingenio, creó rápidamente una máquina para cargar a la gran Azulema, quien apenas podía mantenerse consciente.
“No puedo creer que hayan logrado eso,” murmuró Adrián mientras ajustaba la máquina.
“Pero ahora…
¿qué hacemos sin ellos?” “Yo quería conocer a Podbe y Aiden parecían buena onda,” dijeron Floud y Benjamín al unísono, sus voces llenas de nostalgia por algo que nunca llegarían a experimentar.
“Eran buenas personas,” añadió Adía, su voz apenas audible mientras luchaba por mantener la compostura.
“¡Como que eran!
¡Ellos no están muertos!
¡Ellos no pueden morir!” gritó Billy, rompiendo en llanto desconsolado.
Nadie lo contradijo; simplemente dejaron que su dolor fluyera libremente.
El resto del grupo se sentía impotente, sabiendo que probablemente nunca volverían a ver a Aiden y Podbe después de lo que habían hecho.
Drake, por su parte, estaba sentado en el suelo, golpeando repetidamente el piso con los puños mientras luchaba contra sus propios demonios internos.
“Conocí a mi nieto, y ahora lo pierdo.
Veo a mis hijos: uno está en coma, teniéndolo todo el tiempo junto conmigo en la empresa, pero todo por Adía, que borró mis recuerdos sobre ellos.
Y el otro…
pensé que había muerto, está vivo y ya no reconoce a su padre,” dijo, su voz quebrándose con cada palabra.
“Bueno, pensé que era una buena idea, pero ahora me retracto,” admitió Adía, sus ojos llenos de lágrimas, mientras enfrentaba las consecuencias de sus acciones.
“No quería que también sufrieras…
fue egoísta de mi parte pedirle eso a Azulema y usar un poco de magia para bloquear los recuerdos de los demás.
Lo lamento…
lo lamento tanto,” dijo ella, su voz apenas un susurro.
“Si pudiera hacer algo para traerlos de vuelta, lo haría…
pero no puedo.
No tengo esa magia poderosa conmigo.
Aún me falta aprender más cosas,” concluyó Adía, su cuerpo temblando mientras se dejaba caer de rodillas, abrumada por la magnitud de la pérdida.
Algunos se abrazaron, desconsolados por la pérdida de Aiden y Podbe.
En otros lugares, los cadetes y los dos científicos que habían estado junto a ellos también lamentaban su desaparición.
Marie lloraba en silencio, sus lágrimas cayendo como gotas de lluvia sobre el suelo frío.
Las hermanas del convento, quienes alguna vez conocieron al joven Aiden, también guardaban luto en silencio, recordando su valentía y sacrificio.
Mientras todos estaban sumidos en la tristeza, en el interior del portal que Aiden había abierto, la escena era muy diferente.
La hidra-Zeus, ahora con miles de cabezas retorciéndose en todas direcciones, caía a través de la oscuridad junto con Podbe, quien estaba amarrado por algunas de las cabezas de la criatura.
En la cola de la bestia, atado firmemente, iba Aiden, quien aún no había recuperado del todo las fuerzas tras el tremendo esfuerzo de crear el portal.
Los tres cayeron finalmente en lo que parecía un lugar completamente oscuro, sin señales de un camino o salida visible.
Podbe actuó rápidamente, usando su corte de STAR CLOW para desgarrar las cabezas que lo sujetaban.
Una vez libre, corrió hacia Aiden y rompió las ataduras que lo mantenían prisionero.
“¿Te encuentras bien?” preguntó Podbe, su voz preocupada pero firme.
“Sí, solo estoy un poco cansado,” respondió Aiden, respirando profundamente.
“Usar mi poder para crear algo tan grande como ese portal me drenó más de lo que esperaba.” Antes de que pudieran recuperarse por completo, la hidra se alzó frente a ellos, lista para un nuevo asalto.
Aiden y Podbe se prepararon para enfrentarla, tensos y alerta, cuando de repente una voz resonó desde todas direcciones, profunda e imponente.
“¿Quiénes son y qué hacen en mis dominios?” “¡¿Quién dijo eso?!” rugió Zeus en su forma de hidra, su tono mezcla de furia y desafío.
“¿Y cómo que ‘tus dominios’?
¡Este lugar no le pertenece a nadie!” En ese momento, lo que parecía ser el cielo a su alrededor comenzó a transformarse en paredes cubiertas de ojos gigantescos que los rodearon como si formaran un cubo.
Los ojos brillaban con una luz tenue pero penetrante, observándolos fijamente desde cada ángulo.
“Yo no les di permiso, criaturas.
¿Qué son y qué hacen en mi dimensión?” preguntó la voz nuevamente, esta vez con un tono severo y autoritario que hizo temblar el aire a su alrededor.
“¡Muéstrate!
¡Debes ser un debilucho como estos!” gritó la hidra, burlándose con arrogancia.
“Insolente,” respondió la voz, cargada de ira contenida.
“Vienes a mis dominios y encima me insultas.
Pagarás por tu insolencia.” De repente, del suelo emergieron enormes manos hechas de energía pura que aprisionaron a la hidra con una fuerza inimaginable.
La bestia intentó resistirse, moviéndose frenéticamente, pero fue inútil.
Un rugido ensordecedor llenó el espacio, pero esta vez no era un grito de fiereza, sino de miedo e impotencia mientras la criatura era arrastrada hacia el suelo y desaparecía completamente, como si nunca hubiera existido.
“Acabó con esa hidra que nos costó tanto vencer en un instante,” murmuró Aiden, incrédulo.
“Así parece,” respondió Podbe, su mirada fija en el lugar donde la hidra había desaparecido.
“¿Qué cosa eres?” preguntó Aiden, su voz temblorosa.
“¡Silencio!” rugió la voz, cortando cualquier intento de diálogo.
“Yo soy quien hace las preguntas aquí.” Podbe y Aiden callaron de inmediato, sintiendo cómo todos los ojos que los rodeaban los enfocaban directamente, como si pudieran ver dentro de sus almas.
“Ahora espero que les quede claro que estos son mis dominios.
Ese amigo suyo era muy impertinente,” continuó la voz.
“Lo siento, quienquiera que seas, pero él no es amigo nuestro,” intervino Podbe, tratando de mantener la calma.
“¡Les dije que silencio!” La voz resonó con tal intensidad que ambos sintieron cómo el aire vibraba a su alrededor.
Todos los ojos los miraron con una intensidad inquietante, como si fueran presas atrapadas bajo una mirada omnisciente.
“Ahora preguntaré de nuevo: ¿qué cosa son y quiénes son, y por qué están en mis dominios?” demandó la voz, cada palabra cargada de gravedad.
Aiden tomó la palabra, tragando saliva antes de hablar.
“Lo siento por ingresar en tu dimensión.
Fue mi culpa.
Con mis poderes creé un portal hacia algún lado, y por error terminamos aquí.
Lamento mucho la intrusión.
Somos seres vivos del planeta Tierra…
bueno, algo así.
Mitad alienígenas, creo yo.
Nuestros nombres son Aiden y este es mi compañero, Podbe.” “Humanos…
No había visto uno en milenios,” dijo la voz, su tono pensativo y cargado de curiosidad.
“Pero ustedes no tienen rasgos humanos.” Hizo una pausa, como si estuviera inspeccionando a cada uno con detenimiento.
“Puedo ver que tú eres parte de un planeta lejano: Lux.
Y que este compañero tuyo, llamado Podbe… tiene orejas de un animal.” La voz se detuvo abruptamente al enfocarse nuevamente en Podbe, esta vez con un tono de incredulidad.
“No puede ser… Tiene el sistema JORGS en su interior.
¿Cómo puede una criatura inferior llevar tal poder?
Te lo tengo que retirar; es un arma demasiado peligrosa,” declaró la voz con firmeza.
“Tranquilo,” intervino Aiden rápidamente, tratando de sonar calmado, pero con urgencia en su voz.
“En malas manos sería una amenaza terrible, pero nosotros la usamos para el bien, para luchar contra la maldad.” “No te creo, niño,” respondió la voz, impasible.
De repente, enormes manos emergieron del suelo, como lo habían hecho antes con la hidra, listas para extraerle los poderes a Podbe.
“Un momento,” dijo una voz familiar que resonó desde otro punto del espacio.
La nube en forma de mujer apareció frente a ellos, flotando con gracia.
“Lamento el ingreso intempestivo de estos dos sin avisar,” dijo, inclinándose ligeramente como gesto de disculpa.
“¿Tú respondes por ellos?” preguntó la voz, ahora dirigida hacia la nube.
“Sí, algo así.
Soy como su guía,” respondió la nube con calma.
“Si no está de acuerdo con el actuar de estos dos, puede leerles la mente al muchacho y al perro.
Verá que no tienen malas intenciones.” “Bien, eso haré, ya que vienen de parte de la Nube Cósmica,” dijo la voz, cuya identidad ahora parecía clara.
“¿La Nube Cósmica?” murmuraron Aiden y Podbe al unísono, mirándose mutuamente con asombro.
“Chicos, es una larga historia.
Por ahora, solo deben dejar que la Superioridad les lea la mente,” explicó la nube rápidamente, su tono urgente pero calmado, como si intentara tranquilizarlos mientras los preparaba para lo inevitable.
Aiden y Podbe intercambiaron miradas, sus ojos reflejando tanto curiosidad como preocupación.
“¿La Superioridad?” murmuró Aiden, casi para sí mismo, mientras trataba de entender quién o qué era exactamente esa entidad.
Podbe, por su parte, inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera evaluando si confiar plenamente en la situación.
Pero antes de que pudieran hacer más preguntas, el peso del momento cayó sobre ellos: no había tiempo para dudas ni explicaciones.
No tenían otra opción.
Con un leve asentimiento mutuo, aceptaron en silencio, preparándose mentalmente para lo que vendría a continuación.
Las enormes manos volvieron a surgir del suelo, pero esta vez con delicadeza.
Con el dedo índice, tocaron a Podbe y Aiden respectivamente, colocándolo sobre sus cabezas.
Un destello de luz recorrió sus cuerpos mientras la Superioridad exploraba sus pensamientos y emociones.
La Superioridad permaneció en silencio durante unos momentos, procesando todo lo que había visto en sus mentes.
Finalmente, dejó escapar un suspiro profundo, mezcla de asombro y compasión.
“¡Vaya!
Me sorprenden, humanos.
No pensé que hubiesen pasado por tanto ni que hubiesen sufrido tanto.” Su tono era más suave ahora, menos imponente.
“Niño, no debiste venir hasta aquí.
Además, traer a un enemigo tan poderoso a mis dominios para que yo lo derrote con mis habilidades… Eso es trampa,” continuó, aunque había un deje de humor en su voz.
Luego se dirigió a Podbe: “Veo que el sistema de justicia JORGS está bien colocado en tus manos… bueno, en tus patas.
Pero no puedo intervenir directamente en su pelea.
Así que debo liberar al sujeto, y ustedes deberán enfrentarlo nuevamente.” “Pero usted lo venció rápidamente,” argumentó Podbe, confundido.
“No podría quedárselo como un regalo, ¿oh, gran Superioridad?” dijo Aiden con una leve sonrisa, intentando aligerar el ambiente.
“¡No!” respondió la Superioridad de inmediato, aunque su tono sugería que apreciaba el halago.
“Chicos, tranquilos.
Que les haya perdonado la vida ya es algo grande,” añadió la nube con una sonrisa tranquilizadora.
La Superioridad hizo un gesto con la mano, y una oleada de energía restauró la mana de Aiden y Podbe.
Ambos sintieron cómo sus fuerzas regresaban poco a poco, preparándolos para el próximo enfrentamiento.
Sin embargo, sabían que esta vez no tendrían ayuda externa.
El desafío sería completamente suyo.
“Señor Superioridad, ¿nos permitiría pelear en sus dominios para no destruir la Tierra?” solicitó Aiden con determinación, su voz firme pero llena de respeto.
La Superioridad guardó silencio por unos momentos, como si estuviera sopesando la petición cuidadosamente.
Finalmente, respondió: “Está bien, niño.
Tu historia de desconcierto y amistad me ha calado en el corazón.” Su tono era más cálido ahora, menos imponente.
“Pero solo tienen 30 minutos, como le dicen ustedes los humanos…
aunque para mí el tiempo es relativo.” Con un gesto elegante, apareció un contador en una de las paredes, marcando el tiempo restante en números brillantes que flotaban en el aire.
“Vencer a su enemigo o los devolveré a su mundo,” añadió con firmeza.
“¡Vaya!” pensó la nube para sí misma, observando la escena con asombro.
“No pensé que Aiden podría pedirle un favor, a pesar de que le hice señas para que no lo intentara.
Pero es raro que la Superioridad sea empático con alguien.
Sin duda, este muchacho es especial.” Aiden se volvió hacia Podbe, colocando una mano en su hombro con confianza.
“¿Estás preparado, Podbe?” preguntó, su mirada reflejando seguridad y apoyo.
“Mientras estés a mi lado, todo irá bien,” respondió Podbe, mostrando una sonrisa tranquilizadora a pesar de la tensión del momento.
“Bien,” intervino la Superioridad, su voz resonando como un trueno suave pero claro.
“En 3, 2, 1… ¡que comience el espectáculo!” El ambiente cambió instantáneamente.
El espacio oscuro pareció vibrar con energía, y el rugido distante de la hidra-Zeus regresó, esta vez más fuerte y amenazador.
Estaban listos para enfrentarse al desafío final, sabiendo que cada segundo contaba.
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