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El sistema del perro agente - Capítulo 187

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187: ¿Acaso Todo Acabo?

187: ¿Acaso Todo Acabo?

“Y ahora, ¿qué hago?”, pensó Aiden, paralizado por el terror mientras veía cómo aquella monstruosidad se acercaba con pasos pesados que hacían temblar el suelo bajo sus pies.

El aire vibraba con cada pisada, como si la tierra misma estuviera a punto de desmoronarse.

Sus ojos, desorbitados y llenos de pánico, se clavaron en las múltiples cabezas del engendro.

Cada una de ellas relucía con colmillos afilados como cuchillas ensangrentadas, goteando saliva espesa que siseaba al tocar el suelo, dejando pequeños cráteres humeantes donde caía.

La bestia lo miró con una mezcla de hambre insaciable y un sadismo casi humano.

“No tendrás la misma suerte que tu amigo” , gruñó una de las cabezas con una voz gutural que parecía resonar desde las profundidades del infierno, envolviéndolo en un eco inquietante.

“Te devoraré lentamente, parte por parte, con cada una de mis cabezas, para saborear cada grito de agonía.” Las lenguas de las cabezas serpentinas se deslizaron lascivamente por sus colmillos, anticipando el festín macabro que estaba a punto de comenzar.

El olor acre de la muerte y la podredumbre invadió las fosas nasales de Aiden, haciéndole difícil respirar.

Su corazón latía con fuerza, como un tambor descontrolado dentro de su pecho.

Quería moverse, correr, luchar, pero su cuerpo no respondía.

Estaba atrapado, como un insecto bajo el peso de una bota invisible.

“Creo que no pudieron…”, murmuró la Superioridad con un tono grave, dirigiéndose a la nube cósmica mientras observaba cómo el tiempo se agotaba inexorablemente.

Su voz resonaba con frustración y preocupación, como si cada palabra pesara más que la anterior.

“La Tierra estará condenada ante esa criatura, y el niño…

va a morir.

Qué lástima.

Me caía bien.” Sus palabras flotaron en el aire, cargadas de melancolía y resignación.

“Tranquilo”, respondió la nube cósmica con calma etérea, su brillo fluctuando ligeramente como si intentara transmitir serenidad.

“Yo sé que lo harán.

Ten fe.” Su voz era suave pero firme, como un susurro tranquilizador que buscaba disipar las sombras del temor.

“Pero ¿cómo no ves?”, replicó la Superioridad, elevando un poco el tono, su figura vibrando de impaciencia.

“Se tragaron a su amigo, ¡el que tenía el sistema!

Y ahora solo queda ese chico que abre portales y materializa cosas, pero está paralizado, sin poder moverse del sitio.” Hizo una pausa, como si las palabras fueran demasiado pesadas para pronunciarlas de golpe.

“No hay esperanza”, concluyó, aunque en su voz aún quedaba un atisbo de duda, como si quisiera creer lo contrario.

Dentro de la bestia, Podbe seguía con vida.

Aunque no estaba libre, su mente analítica no se permitió sucumbir al pánico.

En lugar de eso, buscaba una salida, algo que lo había atraído hacia las profundidades del monstruo como un imán invisible.

Avanzó por túneles oscuros y resbaladizos, donde el olor metálico de la sangre impregnaba el aire denso y húmedo, dificultando cada respiración.

Cada paso resonaba como un eco hueco en las cavidades internas de la criatura, conectadas entre sí como venas pulsantes que alimentaban sus múltiples cabezas demoníacas.

Finalmente, llegó a una cámara central iluminada por una luz tenue y sobrenatural.

Allí, flotando en el centro de la sala, había una esfera luminosa que parecía latir con vida propia.

Dentro de la esfera, Podbe distinguió una figura conocida: Drake.

O al menos eso pensó.

La figura dentro de la esfera tenía un rostro que le resultaba familiar, pero estaba marcado por un dolor insondable y una desesperación que parecía consumirlo por completo.

Era como si estuviera atrapado en un tormento eterno, luchando contra fuerzas invisibles que lo mantenían prisionero.

Podbe frunció el ceño, estudiando la escena con detenimiento.

Su mirada aguda recorrió cada detalle de la figura encerrada en la esfera luminosa.

“¿En qué momento fue capturado?”, se preguntó, intentando reconstruir mentalmente los eventos que pudieron haber llevado a esa situación.

La postura de la figura dentro de la esfera era tensa, como si luchara contra fuerzas invisibles que lo mantenían atrapado.

Su rostro, aunque desfigurado por el sufrimiento, seguía siendo reconocible para Podbe: Drake.

O al menos eso pensaba.

El entorno parecía responder a sus pensamientos, vibrando ligeramente como si la cámara misma fuera consciente de su presencia.

El aire denso y cargado de humedad hacía difícil respirar, y el olor metálico de la sangre persistía, impregnando cada bocanada que tomaba.

Podbe sacudió la cabeza, obligándose a concentrarse.

No había tiempo para dudas.

Si liberaba a Drake, tal vez podría cambiar el curso de los acontecimientos.

Pero algo no encajaba.

¿Por qué estaba allí?

¿Qué propósito tenía esta prisión dentro del monstruo?

“Si libero a Drake, tal vez pueda ayudarme”, pensó, calculando rápidamente las posibilidades.

Levantó sus manos, listas para atacar, y murmuró con determinación: “STAR CLAW”.

Pero antes de que pudiera completar el movimiento, dos figuras emergieron de las sombras con un rugido ensordecedor.

Un toro blanco, con cuernos afilados como lanzas, y un águila gigante, cuyas plumas brillaban como el sol en su cenit, se interpusieron entre él y la esfera.

Sus cuerpos irradiaban una energía primitiva y poderosa, y sus rugidos y graznidos resonaron en la cámara como truenos, vibrando en los huesos de Podbe.

“No tengo tiempo para esto”, gruñó Podbe, molesto por la interrupción.

Con un movimiento rápido, realizo varios golpes de puños galácticos que impactaron contra los animales, enviándolos al suelo.

“No eran tan fuertes como esperaba”, murmuró, aunque su cuerpo mostraba signos de cansancio.

Sin embargo, antes de que pudiera continuar, unos cuernos afilados emergieron de la oscuridad y lo embistieron con fuerza.

Podbe apenas logró bloquear el ataque con sus brazos, sintiendo el impacto vibrar en sus huesos.

Frente a él, un minotauro enorme blandía un mazo del tamaño de un hombre.

“Si destruyo eso, acabaré con Zeus de una vez”, se dijo Podbe, decidido.

Con un rugido, se lanzó hacia el minotauro, ejecutando un “NOVA STOMP” que hizo temblar toda la estructura interna de la bestia.

El mazo y el cuerpo del minotauro se desintegraron en una explosión de energía.

Antes de que algo más pudiera surgir, Podbe activó su “STAR CLAW”, cortando el envoltorio de la esfera.

Una voz agonizante gritó por todo el lugar: “¡No!” El interior de la bestia comenzó a colapsarse, fragmentándose como un espejo roto bajo el peso de su propia masa.

Las paredes se agrietaban, y el rugido ensordecedor de la criatura resonaba con furia descontrolada.

“No me queda otra opción”, pensó Podbe mientras observaba una de las paredes más cercanas.

“Tendré que salir por aquí”, murmuró, decidido.

Con un grito de concentración, lanzó un ” GALACTIC FIST ” contra la superficie, desgarrando la carne de la hidra como si fuera papel mojado.

En ese mismo instante, afuera, la hidra ya estaba lista para atacar a Aiden.

Sus múltiples cabezas se inclinaron hacia él, preparadas para desmembrarlo lentamente.

Pero justo antes de que los colmillos pudieran tocarlo, un estruendo retumbó desde el estómago de la bestia: “¡GALACTIC FIST!”.

De repente, la piel de la hidra estalló, y Podbe emergió volando, llevando consigo a alguien más.

Su figura era imponente, envuelta en una luz tenue y misteriosa.

“¡Podbe, volviste!”, gritó Aiden, con los ojos brillando de alivio y asombro al ver que su amigo no había sido devorado.

Una sonrisa débil pero sincera cruzó su rostro.

“Creo que soy algo así como inmortal”, respondió Podbe mientras descendía del pecho de la criatura.

Al tocar el suelo, la hidra dejó escapar un último rugido desesperado antes de desplomarse, convirtiéndose en un montón de carne inerte que temblaba como gelatina.

Aiden miró al desconocido que acompañaba a Podbe, confundido.

“¿Y ese quién es?”, preguntó, señalando al hombre que permanecía en silencio junto a ellos, con una expresión serena pero inescrutable.

“Tú no lo conoces, pero es el jefe Drake”, respondió Podbe con tono seguro, aunque sus ojos reflejaban una sombra de duda.

“¿Eh?

¿Drake?

¿Mi abuelo?”, murmuró Aiden, inclinando la cabeza mientras estudiaba al hombre con detenimiento.

“Bueno, solo lo vi por poco tiempo, pero…

¿qué hacía ahí dentro?

Además, no se parece mucho a él”, añadió, frunciendo el ceño con escepticismo.

Su voz temblaba ligeramente, como si intentara reconciliar la imagen frente a él con los recuerdos borrosos que tenía de su abuelo.

“¿Estás seguro?”, preguntó, girándose hacia Podbe en busca de confirmación.

Antes de que Podbe pudiera articular una respuesta, una voz profunda y resonante emergió del entorno, vibrando en el aire como un eco ancestral que se deslizaba por cada rincón del espacio.

“Maravilloso”, declaró la Superioridad, su tono cargado de una satisfacción casi palpable.

Dos manos gigantescas brotaron del suelo con un crujido sordo, como si la tierra misma estuviera siendo moldeada bajo su voluntad.

Aplaudió lentamente, y el sonido reverberó como truenos lejanos, envolviendo todo en una reverencia inevitable.

En el cielo, cientos —quizás miles— de ojos flotaban como constelaciones vivientes, sus iris girando lentamente como galaxias en miniatura.

Algunos eran grandes como soles, otros diminutos como chispas, pero todos compartían una cualidad inquietante: parecían observar simultáneamente cada ángulo, cada movimiento, cada pensamiento no dicho.

Parpadeaban al unísono, como un pulso coordinado que latía con el ritmo de algo mucho mayor que cualquier ser vivo.

Su brillo hipnótico proyectaba destellos dorados y plateados sobre el paisaje, transformando el entorno en un lienzo etéreo y sobrecogedor.

Entre los ojos, bocas de todos los tamaños y formas se abrían y cerraban en silencio, como grietas en el tejido del mundo.

Algunas sonreían con dientes afilados como cuchillas; otras se curvaban en muecas inexpresivas, mientras que unas pocas permanecían entreabiertas, murmurando palabras ininteligibles que se entrelazaban en un zumbido constante.

Este murmullo colectivo llenaba el aire, un coro de voces susurrantes que parecía provenir de todas direcciones a la vez, como si el propio viento estuviera hablando.

El aroma metálico de su presencia saturaba el ambiente, denso y opresivo, como el olor de una tormenta eléctrica contenida a punto de estallar.

“Llegaron hacerlo justo a tiempo”, añadió la Superioridad, su voz fluyendo como un torrente de ecos superpuestos, tanto melodiosa como inquietante.

Su mirada —o más bien, sus miradas— se posaron sobre el reloj cósmico.

Al detenerse, el chasquido final resonó como una campanada, rompiendo el silencio con una precisión que helaba la sangre.

El tiempo pareció contener el aliento, y el espacio mismo pareció inclinarse ante su autoridad.

El lugar no era simplemente un escenario; era una extensión de la Superioridad.

Los brazos que surgían del suelo eran tan reales como el aire que se respiraba, y las paredes del entorno estaban cubiertas de ojos que parpadeaban al unísono, vigilantes y omniscientes.

Las bocas en el cielo murmuraban palabras ininteligibles, un zumbido constante que se filtraba en la mente de quienes las escuchaban, sembrando dudas y certezas al mismo tiempo.

Todo allí vibraba con vida, un organismo consciente que latía al ritmo de la entidad.

“Te lo dije”, comentó la nube cósmica con una sonrisa etérea.

“No debiste dudar de mí”.

La Superioridad asintió, aunque sus ojos seguían fijos en el trío frente a ella.

“Tienes razón, este par es especial.

Pero…

¿quién es esa persona con ellos?”, preguntó, señalando a sujeto con ellos.

“No lo sé”, respondió la nube, encogiéndose ligeramente.

“Bueno, da igual”, concluyó la Superioridad con un gesto impaciente.

“Ya váyanse.

Llévense a quien sea que sea esa persona lejos de mi vista y de mi dimensión”.

“Pero señor, no puedo abrir más portales.

Estoy demasiado débil”, protestó Aiden, con voz temblorosa.

La Superioridad resopló, visiblemente molesta, y extendió una de sus enormes manos hacia ellos.

Sin darles tiempo a reaccionar, los engulló a todos: Aiden, Podbe y el supuesto Drake.

Ninguno de ellos sabía quién era realmente el hombre que los acompañaba, pero no hubo tiempo para preguntas.

“¡Espere!”, exclamó la nube cósmica, tratando de detenerla.

Pero fue demasiado tarde.

La Superioridad ya los había enviado de regreso a la Tierra.

Mientras tanto, en la Tierra, Aida y los demás estaban reunidos, abatidos y preocupados.

No sabían si volverían a ver a Aiden y Podbe.

El cielo, gris y opresivo, parecía reflejar su desconsuelo.

Pero entonces, algo extraordinario ocurrió.

Del firmamento surgió una enorme mano que parecía desgarrar la realidad misma, como si hiciera un hueco en el tejido del universo.

Melisa, siempre alerta, comenzó a filmar el fenómeno con asombro.

La mano gigante soltó algo que cayó rápidamente hacia el suelo.

Era Aiden, Podbe.

Instantáneamente, Podbe creó una plataforma de energía bajo ellos para evitar que se estrellaran.

“Es bueno verte nuevamente”, dijo Reia, mirando al cielo viendo a Aiden y Podbe descender.

Su voz era cálida y reconfortante, como un rayo de sol después de una tormenta.

“¡Volvieron!”, exclamó ella, emocionada.

“¡Sí!”, respondió Aiden con alegría.

“Pero parece que ha pasado algo con Podbe”.

Ambos miraron al can, que ahora había recuperado su forma perruna.

Aiden se acercó a él con una sonrisa.

“Lo logramos, ¿verdad?”.

Podbe lo miró fijamente, pero no respondió.

En lugar de eso, dejó escapar un pequeño ladrido que resonó como un eco de triunfo.

Los demás llegaron corriendo al lugar donde Aiden y Podbe habían aparecido, sus rostros iluminados por el alivio y la emoción.

Todos se acercaron a abrazar a Aiden, quien parecía sano y salvo, y también a Podbe, cuya forma perruna seguía siendo familiar y reconfortante.

Sin embargo, pronto Aiden y Podbe en el enlace mental notaron que algo no cuadraba.

“¡Oye!”, exclamó Aiden, señalando al hombre que había caído con ellos.

“Creíamos que este sujeto era el señor Drake, bueno, mi abuelo…

pero no es él.

Mira, Podbe ¡Drake está viniendo con los demás!”.

Podbe frunció el ceño, mirando al desconocido con desconfianza.

“Si, tienes razón.

Pero entonces, ¿quién es este?”, preguntó, inclinando la cabeza hacia un lado como si intentara resolver un rompecabezas.

Reia intervino rápidamente.

“Vinieron con alguien más”, dijo con voz calmada pero intrigada.

Ellos le explicaron lo ocurrido a Reia, pero ella negó con la cabeza.

“Drake siempre estuvo aquí.

Entonces, ¿quién pudo ser?”.

Todos se acercaron nuevamente a Podbe y Aiden, envolviéndolos en abrazos cálidos y risas aliviadas.

El grupo celebraba su regreso como si hubieran escapado de las fauces mismas del destino, pero los dos jóvenes no compartían la misma alegría.

Sus rostros, marcados por sombras de preocupación, revelaban una inquietud que nadie más parecía notar.

Las sonrisas de los demás eran genuinas, pero para Podbe y Aiden, el peso de lo que habían vivido seguía colgando sobre sus hombros como una capa invisible.

Billy, siempre curioso e inquieto, fue el primero en romper la barrera de esa tensión silenciosa.

Se acercó a Aiden con pasos ligeros, su expresión llena de esa mezcla característica de entusiasmo y confusión.

“¡Hey, amigo!

¿A dónde te fuiste?

Estabas aquí hace un segundo, y luego… puf, apareciste en el acto”, dijo, haciendo un gesto exagerado con las manos, como si intentara recrear una explosión mágica en el aire.

Aiden frunció el ceño, mirándolo como si acabara de escuchar algo absurdo.

“¿De qué estás hablando?

Estuvimos fuera casi media hora”, respondió, su tono cargado de incredulidad.

Su voz sonaba más aguda de lo habitual, producto de la frustración que comenzaba a crecer dentro de él.

“¿Media hora?

No, solo estuviste fuera un minuto… o eso creo”, replicó Billy, rascándose la nuca con aire distraído.

Su mirada vagó hacia el suelo, como si intentara descifrar un rompecabezas invisible.

“Ya veo”, murmuró Aiden, comprendiendo lentamente.

“El tiempo pasa distinto en ese lugar”.

Estaba a punto de contarles sobre su batalla contra la hidra, sobre la entidad conocida como la Superioridad, cuando una voz resonó detrás de ellos, interrumpiendo todo.

“Gracias por traerme de regreso a este mundo.

Tendré que empezar todo de nuevo”, dijo la voz con un tono tranquilo, casi casual.

Todos se giraron bruscamente, sorprendidos por la aparición repentina.

Frente a ellos estaba un hombre alto y delgado, envuelto en una capa oscura que ondeaba como si hubiera un viento invisible.

Azulema lo señaló con incredulidad.

“¡Drake!”.

“No puede ser cierto”, protestó Leila, mirando alternativamente al recién llegado y al verdadero Drake, que seguía parado junto al grupo.

“Si él está aquí conmigo, ¿entonces quién eres tú?”.

El hombre sonrió de manera enigmática antes de llevarse una mano al rostro.

Con un movimiento fluido, retiró una máscara que imitaba perfectamente la apariencia de Drake, revelando su verdadera identidad.

“¡Tu otra vez!”, exclamaron Adrián, Eduard y Ezequiel al unísono, sus voces llenas de asombro y horror.

“Así es”, respondió el hombre con una sonrisa arrogante.

“Soy yo”.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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