El sistema del perro agente - Capítulo 19
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19: Decepción (2) 19: Decepción (2) Una vez que Adía terminó de arreglarle el cabello a Aiden, pensó que sería buena idea que llevara un esmoquin, pero Aiden le comentó que eso sería demasiado y que con las flores bastaba.
Aiden salió vestido con su jean negro, su casaca azul marino, una chompa negra y un polo azul, ya que afuera comenzaba a helar, aunque no tanto como en los inviernos europeos.
Podbe lo acompañó, no sin antes escuchar a Adía decirle: “Ve con el chico y cuídalo”.
Dentro del perro, Reia respondió: “Afirmativo”.
El can y el niño salieron rumbo a su segunda salida, más que una cita formal, era su segundo encuentro con Elena, la chica a quien apenas había conocido el día anterior, pero por quien ya sentía un amor adolescente, intenso y desbordante.
Mientras tanto, Elena terminaba su jornada laboral como de costumbre.
Aunque solía ser amable, ese día estaba distante con los clientes y el público, como si hubiera perdido su habitual chispa.
El dueño de la tienda notó que algo andaba mal y, preocupado, la relegó a organizar el almacén hasta el final del día.
Le preguntó si algo le ocurría, pero ella simplemente respondió que no y que no se preocupara.
“Ya me retiro, tengo unas cosas que hacer”, dijo antes de irse al baño de empleados.
Allí se cambió, dejando atrás el uniforme de la tienda para ponerse algo más cómodo: unas zapatillas blancas, un jean verde, una blusa naranja, una chompa roja, una chaqueta verde limón y una bufanda colorida.
Suspiró profundamente antes de salir del baño y procedió a retirarse de la tienda con dirección al punto de encuentro con Aiden.
No sin antes escribir en su celular: “Preparados, cuando les dé la señal pueden proseguir”.
La señal sería quitarse la bufanda y tirarla al suelo.
En el camino, Aiden pasó por una florería y consultó a la dueña cuáles eran sus mejores flores.
Escogió unas rosas y unos girasoles, pagándolos con el dinero que Adía le había dado.
Mientras caminaba, pensó: “Si sigo así, tendré que trabajar de por vida para recompensar a la señorita después de todo el apoyo que me ha brindado”.
Reia y Podbe solo atinaron a reírse ante el comentario del muchacho.
Una vez compradas las flores, continuó su camino.
Eran las seis en punto.
Aiden llegó primero, miró su reloj y comenzó a esperar a Elena.
Pensó que tal vez no llegaría o que él había llegado demasiado temprano.
Reia y Podbe intentaron animarlo, diciéndole que fuera paciente y no se desesperara.
Pasaron más de cuarenta minutos cuando, de repente, se oyeron pasos y apareció una silueta en la distancia.
Era ella, Elena.
Aiden le lanzó un cumplido y ella respondió: “Lo siento por hacerte esperar tanto, es que me demoré con unas cosas en la tienda”.
Pero la verdad era que ella había estado dudando sobre lo que iba a hacer ese día; la culpa la carcomía por dentro, pero al final decidió reunir fuerzas e ir al lugar acordado.
Al ver las flores, preguntó: “¿Son para mí?”, a lo que Aiden respondió con una sonrisa nerviosa: “Sí, estas flores no se comparan con tu belleza”.
Lo que dijo lo sacó de una película romántica que había visto en el orfanato, cortesía de María, quien adoraba ese tipo de historias.
Elena tomó las flores y sus manos se rozaron.
Ambos, Aiden y Elena, se sonrojaron ligeramente.
Si antes ella tenía dudas, ahora estaban multiplicadas.
¿Cómo podía hacerle algo a esta persona que no le había hecho nada malo y que había sido tan amable con ella?
Sin embargo, el miedo a perder a su padre fue más fuerte.
Sacó unas carnes secas de su bolso y se las ofreció a Podbe.
“Toma, pequeño, esto es para el can.
Es mi disculpa por lo que pasó ayer”, dijo mientras entregaba el alimento al perro.
Reia le advirtió que no debía aceptar cosas de desconocidos, pero Podbe ignoró la advertencia y devoró las carnes, que tenían un aroma y un sabor irresistibles.
Los chicos comenzaron a caminar y conversar mientras Podbe terminaba de masticar los últimos pedazos de comida.
Llegaron a un lugar poco transitado, con alumbrado público muy tenue o casi inexistente.
De pronto, el sistema interno de Podbe emitió una alerta: “Estás sintiendo mucho sueño”.
El can comenzó a sentirse mareado y, tras tambalearse, se desplomó en el suelo, completamente dormido.
Aiden le preguntó mentalmente a Reia qué había pasado, pero ella tampoco tenía respuestas claras.
“Seguramente se sintió satisfecho y se durmió”, pensó ella.
En ese momento, otra notificación del sistema apareció: “Ha ingresado una sustancia anómala a tu organismo”.
Reia estaba a punto de contarle a Aiden lo que decía la alerta cuando vio que Elena se quitaba la bufanda y la tiraba al suelo.
En ese instante, unas manos surgieron de la oscuridad detrás de Aiden, sujetándolo con fuerza y colocándole una tela empapada en algún químico sobre la boca y la nariz.
El muchacho intentó forcejear, pero el efecto fue inmediato: quedó dopado y sin fuerzas.
Los brazos lo levantaron y Reia alcanzó a distinguir a un sujeto alto con un sombrero que le cubría el rostro, aunque la oscuridad impedía identificarlo.
Elena, horrorizada, vio cómo las lágrimas brotaban de sus mejillas al presenciar la escena.
Quiso ayudar a Aiden, arrepentida de último minuto, pero ya era tarde.
Otra figura igual de alta y con un sombrero similar apareció detrás de ella y le propinó un golpe en la nuca que la noqueó, dejándola tendida en el suelo.
Los dos sujetos, uno cargando al muchacho sobre su espalda, lo subieron a la parte trasera de un coche negro.
Una vez dentro, ambos se quitaron los sombreros.
El que estaba en el asiento del copiloto hizo una llamada y dijo: “Se completó lo cometido, ya vamos para allá, señor”.
Colgó el teléfono y ambos rieron de manera malévola antes de alejarse del lugar, dejando atrás a Elena y Podbe, tendidos en la pista, uno frente al otro.
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