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El sistema del perro agente - Capítulo 197

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197: Persecución 1 197: Persecución 1 Todos los muchachos llegaron al lugar tras escuchar el estruendo.

Pero no solo ellos estaban allí: Dustin, Ezequiel, Adrián y Rafael también se encontraban presentes, junto con Lidia y Rino, preguntando qué había sucedido.

—¿Y qué pasó con esos dos?

—preguntó Dustin, señalando a los gemelos heridos.

Sin esperar respuesta, se dirigió a María—.

Cúralos, por favor.

María utilizó sus habilidades curativas, y poco después, ambos gemelos se levantaron sorprendidos al ver a Aiden y sus amigos rodeándolos.

Sin embargo, su reacción fue todo menos amigable.

—No te diremos nada.

Además, te mereces lo que te pasó —dijeron los gemelos, mirando a Aiden con desprecio.

Lidia frunció el ceño, confundida.

—¿A qué se refieren con eso?

¿Qué te hicieron, Aiden?

Aiden, tratando de mantener la calma, respondió: —Luego les comentamos eso.

Por ahora, no estamos aquí por eso, sino para preguntarles por qué se llevaron a Leonard.

Los gemelos intercambiaron miradas confundidas antes de responder, viendo a Lidia y dijeron: —No lo sabemos.

Solo vinieron diciendo: “Te encontramos, chico del portal”, y se lo llevaron.

Billy intervino de inmediato, visiblemente molesto: —Entonces no venían por Leonard, sino por Aiden.

Los gemelos dirigieron una mirada acusadora hacia Aiden.

—Seguramente estás contento, ¿verdad?

Hasta ahora, por tu culpa pasan todas estas cosas —dijeron con frialdad—.

Esperemos que no le pase nada a nuestro amigo Leonard, porque arruinas todo.

Te detestamos.

Dustin, quien había estado escuchando todo en silencio, finalmente intervino: —Bueno, yo me encargo de ellos.

—Tomó a los gemelos del brazo y se los llevó, dejando a Aiden y sus amigos solos.

Aiden se quedó atónito ante las acusaciones, pero esta vez no estaba solo.

Sus amigos lo rodearon, ofreciéndole apoyo.

—Tranquilo, no fue tu culpa —le dijo Megumi con firmeza—.

Ahora hay que enfocarnos en buscarlos.

Ezequiel, siempre analítico, preguntó: —¿Puedes hacer un barrido de lo que pasó?

Ezequiel activó su poder de recreación visual, proyectando la escena reciente frente a todos.

Observaron cómo los chicos habían luchado valientemente contra los sujetos de las armaduras plateadas.

Los poderes de los gemelos, que parecían cuerdas invisibles, no pudieron ni rozar las armaduras, y ni siquiera los agujeros creados por Leonard fueron rivales para ellos.

Fueron vencidos rápidamente.

—Son los mismos que estamos buscando —concluyó Ezequiel.

Adrián, pensativo, añadió: —Entonces no cabe duda: son gente del planeta Lux.

Pero no entiendo para qué quieren a alguien que use portales.

No tiene lógica.

Ezequiel asintió, decidido: —No lo sé, pero será mejor que vayamos a rescatar a ese chico.

Mientras tanto, Aiden y sus amigos regresaban al área de dormitorios, tal como les habían indicado.

En el camino, Aiden notó algo inesperado: el niño que había ayudado a encontrar su oso estaba entre sus amigos.

El pequeño se acercó tímidamente y, con voz baja pero sincera, le dijo: —Lo siento mucho por lo que pasó… Aiden lo miró, confundido.

—¿Por qué te disculpas?

¿Qué fue lo que hiciste?

El niño bajó la cabeza, evitando su mirada.

Era evidente que sabía algo más, pero no estaba listo para hablar.

—El pequeño tiene la capacidad de crear videos con cualquier tipo de cámara, sea vieja, nueva o esté malograda.

Pero no son videos comunes… Al verlos, cualquier persona queda hipnotizada.

Lo que se proyecta manipula tu mente, haciéndote creer que lo que ves es verdad en algunos casos, sin importar cuán absurdo o ilógico sea.

En otros, puede hacerte creer que algo está mal y provocarte molestia, incluso odio hacia ello.

Es como un chisme en vivo y en directo, pero con el poder de grabar ideas en tu cabeza.

Puede hacerte pensar que algo está bien o mal, y esa idea permanece contigo durante mucho tiempo.

Todos comprendieron al instante.

Era por eso que todos habían mirado mal a Aiden ese día, y no solo a él, sino también a sus amigos.

Leonard había ordenado a Col —que así se llamaba el niño— hacerlo.

Akira frunció el ceño, pensativo, y miró a Col con curiosidad mientras cruzaba los brazos.

—Si eso es cierto, entonces, ¿por qué no vimos a nadie más?

Solo a Aiden cuando entró y salió.

Además, entre su entrada y salida, solo se mostró una luz extraña, como si el video hubiera sido borrado intencionalmente.

Lo único que encontramos fue esa cámara…

Su voz se desvaneció al final, dejando la pregunta suspendida en el aire.

Todos dirigieron su atención hacia Col, cuya expresión de nerviosismo aumentaba con cada segundo de silencio.

El pequeño apretaba su peluche con fuerza, como si fuera su única salvación frente a las miradas inquisitivas del grupo.

La tensión en el ambiente era palpable, y el leve zumbido de la cámara abandonada en el suelo parecía resonar como un eco incómodo.

Nadie hablaba, pero las miradas exigían respuestas.

El niño, abrumado por la culpa, comenzó a llorar mientras sostenía su peluche contra su pecho.

—Lo siento… Lo siento mucho —dijo entre sollozos, mirando a Aiden con ojos llenos de arrepentimiento.

Aiden, siempre compasivo, le respondió con calma: —No hay de qué, pequeño.

Luego, con curiosidad, le preguntó: —¿Leonard te dio esa orden?

Col asintió rápidamente.

—Sí… Pero él no estaba solo —añadió, bajando aún más la voz.

Riota intervino, interrumpiendo con seguridad: —Seguro estaba con los gemelos.

Sin embargo, Col negó con la cabeza.

—No… Había un hombre encapuchado.

Él me dio algo y lo colocó en mi peluche.

Luego sentí como si una energía extraña me controlara, obligándome a hacer lo que hice.

El pequeño volvió a disculparse, esta vez con más intensidad.

—Una vez más, lo siento mucho, Aiden… Y también a tus amigos.

La situación planteaba más preguntas que respuestas: ¿Qué era esa cosa que habían incrustado en el peluche?

¿Cuál era el motivo detrás del comportamiento de Leonard?

¿Y por qué parecía odiar tanto a Aiden?

Sin embargo, no había tiempo para reflexionar sobre ello.

Aiden sabía que tenía que rescatar a Leonard, a pesar de todo lo que este le había hecho pasar durante esos tres días.

María observó a Aiden con una mezcla de admiración y sorpresa; sus ojos reflejaban tanto curiosidad como alivio.

—Vaya, qué cambio tan repentino has tenido, Aiden —comentó con una sonrisa ligera—.

Parece que volviste a ser el mismo de antes, y no ese señor serio, triste en el que te habías convertido últimamente y eso sin contar de lo que te hicieron Leonard y sus amigos.

Billy, siempre imprudente, pero con un toque de humor, añadió con una risita: —No seas tontita, María.

Tú sabes cómo es Aiden.

Siempre se olvida de todo cuando alguien está en peligro.

Ahora piensa que todo esto es su culpa.

Al escucharlo, algunos miembros del grupo intercambiaron miradas cómplices, mientras otros intentaban disimular una sonrisa.

Sin embargo, las palabras de Billy también dejaron en el aire una verdad incómoda: Aiden tenía tendencia a culparse por todo, incluso cuando las circunstancias estaban fuera de su control.

Aiden, por su parte, simplemente desvió la mirada, fingiendo no haber escuchado el comentario.

Pero era evidente que las palabras de Billy habían tocado una fibra sensible.

Después de un breve silencio, Aiden suspiró suavemente y habló con voz calmada pero cargada de sinceridad: —He pasado por cosas peores… pero ahora tengo a todos ustedes a mi lado.

Sus palabras resonaron en el grupo, llenando el ambiente de una calidez inesperada.

Todos lo miraron con ternura, sintiendo cómo la determinación de Aiden se mezclaba con la gratitud hacia sus amigos.

Era un recordatorio de que, aunque enfrentaran situaciones difíciles, no estaban solos.

María sonrió con dulzura, mientras Billy dejó escapar un “upss” en voz baja, dándose cuenta de que tal vez había hablado más de la cuenta.

El resto del grupo intercambió miradas cómplices, sabiendo que, pese a los desafíos que les esperaban, su unidad era su mayor fortaleza.

Aiden, decidido, indico: —No hay de otra.

Debemos ir a su rescate.

Algunos de sus amigos se emocionaron ante su determinación.

No cabía duda de que Aiden tenía las cualidades necesarias para ser un gran agente, tal como su padre o sus abuelos.

Sin embargo, Floud planteó una pregunta práctica: —Pero… ¿Por dónde empezamos?

Mientras esto ocurría, yo, el Autor, estaba absorto en la escena de los amigos de Aiden, a punto de teclear sus frustraciones y emociones, cuando una voz irrumpió con una energía irritante y artificialmente alta: —¡Si necesitan ayuda, yo los puedo apoyar!

—dijo la voz, cargada de confianza excesiva.

Chasqueé la lengua, molesto por la interrupción.

—¡Otra vez tú!

—escribí, lanzando una mirada exasperada hacia la nada—.

¡No hay tiempo para tus payasadas!

Los lectores esperan que la lógica de la historia fluya…

La voz me interrumpió antes de que pudiera terminar.

—No hay tiempo para hablar —dijo con brusquedad, y sentí un pequeño golpe eléctrico en el teclado, como si alguien hubiera puesto en corto un cable—.

Déjame esto a mí, escritor… La voz resonó con fuerza, no solo en la mente de los personajes, sino también en el diálogo impreso, irrumpiendo abruptamente en el párrafo que yo, el Autor, estaba a punto de escribir: —¡Chicos, escúchenme bien!

—La voz resonó con firmeza, cortando cualquier discusión que pudiera estar en marcha—.

¡No hay tiempo para discutir!

Deben ir a la biblioteca, ahí los veo.

¡Corran!

El tono era apremiante, cargado de una urgencia que no dejaba espacio para dudas.

Los presentes intercambiaron miradas rápidas antes de asentir con determinación.

Sin más palabras, el grupo se movilizó, siguiendo las instrucciones al pie de la letra mientras la adrenalina comenzaba a correr por sus venas.

Yo, el Autor, solo pude observar con incredulidad cómo mis propios personajes se movían impulsados por una fuerza ajena a mi voluntad.

Era como si hubieran tomado vida propia, dejándome fuera del control narrativo.

Aunque desconcertados, los chicos decidieron hacer caso a la misteriosa voz.

Sin embargo, su camino no sería fácil.

Alguien había colocado vigilancia extrema en la zona, probablemente para evitar que antiguos enemigos —o tal vez nuevos— regresaran a llevarse a Aiden.

—¿En serio vamos a hacerle caso a alguien que ni siquiera conocemos y solo escuchamos su voz?

—preguntaron Billy y Akira al unísono, intercambiando miradas incrédulas.

—Si nos va a ayudar, no importa quién sea —respondió Aiden con determinación, mientras lideraba el grupo fuera de los dormitorios, moviéndose sigilosamente hacia el lugar indicado.

Mientras tanto, la voz volvió a resonar, esta vez con un tono más personal y directo.

Se dirigía específicamente a Dustin: —Dustin, te necesito.

Las palabras flotaron en el aire, cargadas de urgencia e implicaciones que no dejaban espacio para la duda.

Dustin se detuvo en seco, sus pensamientos colisionando entre la misión en curso y lo que podría significar esa llamada inesperada.

Su expresión se tornó seria, casi sombría, mientras procesaba las implicaciones de aquella simple frase.

Dustin estaba en ese momento hablando con los gemelos, intentando obtener alguna explicación sobre lo que había ocurrido.

Sin embargo, ambos se negaban a cooperar.

Al oír la voz, Dustin decidió dejar que Lidia y Rino se encargaran de interrogarlos.

Saludando brevemente, abandonó el cuarto.

—¿Eres tú?

—dijo Dustin, refiriéndose a la persona odiosa que últimamente siempre interrumpía mi historia.

Sin más explicaciones, entendió lo que debía hacer y se puso en marcha rápidamente.

Gracias a la ayuda de Caín y su magia oscura, el grupo logró escabullirse sin ser detectados.

Además, con la habilidad de Todd para traspasar objetos, todos pudieron atravesar las paredes sin problemas.

Finalmente, llegaron a la biblioteca.

Las luces estaban apagadas, sumiendo el lugar en una penumbra inquietante.

De pronto, una pequeña flama iluminó el espacio.

Elena, con una llama danzante en sus manos, preguntó sorprendida: —¿Qué hacen todos aquí?

Junto a ella estaba Abigail, quien también parecía desconcertada por la repentina reunión.

—No hay tiempo para explicaciones —intervino Gat, siempre directo—.

Tenemos que buscar un libro de historia… Bueno, más bien de geografía, o algo por el estilo.

Aiden, con el libro ya en sus manos, anunció: —Ya tenemos el libro.

Antes de que pudieran siquiera pensar en celebrar, la voz resonó nuevamente, interrumpiendo cualquier atisbo de alivio o triunfo: —Bien hecho.

Ahora es mi turno.

El tono era sereno pero firme, cargado de una determinación que no admitía réplicas.

Las palabras cayeron como un manto sobre el grupo, disipando cualquier sensación de victoria momentánea y reemplazándola con una tensión palpable.

Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe.

Dustin apareció en el umbral, mirando a todos con una mezcla de confusión y urgencia: —¿Qué hacen todos aquí?

Pero antes de que pudiera avanzar, la habitación se iluminó intensamente.

Cuando el brillo desapareció, todos los presentes habían desaparecido sin dejar rastro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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