El sistema del perro agente - Capítulo 20
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20: En la Boca Del Lobo 20: En la Boca Del Lobo ¡No, Aiden!
—gritó desesperadamente dentro de la mente de Podbe la inteligencia artificial Reia—.
Algo anda mal; el lugar, la forma de actuar de la chica, todo está mal.
¿Y ahora qué hacemos?
He perdido el enlace con él.
Necesito levantar a Podbe; tal vez si utilizo uno de los toques eléctricos podrá despertar —pensó ella.
—¡Levántate, Podbe!
—le suplicó reiteradamente al can, pero este no se movía.
Al parecer, lo que Elena le había dado en la comida fue tan fuerte que podría haber dormido a un elefante —reflexionó Reia.
Cansada de no recibir respuesta alguna, se puso a meditar, esperando que Podbe despertara para poder ir en busca de Aiden.
Miraba a la chica tirada frente a Podbe y comenzó a culparla por todo lo sucedido.
—Por eso soy una inteligencia: me adelanto a los hechos.
Si Aiden no te hubiera conocido, no estaríamos en esta situación —se decía a sí misma, mientras seguía hablando y haciendo cálculos sobre las posibles formas de solucionarlo—.
Me vas a escuchar cuando te despiertes, perro ocioso —le gritó a Podbe, aunque sin obtener respuesta.
El carro en el que llevaban a Aiden capturado se detuvo frente a un gran edificio blanco situado entre dos montañas, casi oculto del ojo humano.
Ingresaron por el estacionamiento, llegaron al tercer sótano y una silueta comenzó a caminar hacia ellos.
—Quiero verlo —dijo la figura.
Uno de los hombres abrió la puerta trasera y ahí estaba el niño, inconsciente y acostado—.
Bien —dijo con un rostro maléfico—.
Pronto llévenlo al laboratorio para prepararlo y hagámosle algunas pruebas.
Si estoy en lo cierto, puede ser lo que busco para continuar con los experimentos.
Subieron al muchacho a una camilla, esperaron el ascensor, entraron y presionaron los botones.
El ascensor se cerró y comenzó a descender.
Una vez que se detuvo, se dirigieron al laboratorio, ubicado muchos pisos más abajo del estacionamiento.
Abrieron la puerta y encontraron a tres personas vestidas con trajes de doctores y mascarillas, en una sala que parecía una sala de operaciones de hospital, pero con un aire tétrico.
Uno de los guardias de Zeus les dijo a los presentes que prepararan al niño rápidamente, pues era una orden directa del jefe.
De inmediato, los tres sujetos tranquilos se asustaron al escuchar que era una orden directa de su superior.
Dos de ellos procedieron a llevar al chico a un cuarto para cambiarlo y prepararlo, mientras el tercero retiraba una gran sábana que cubría una montaña de equipo.
Al quitarla, se reveló una especie de máquina: una silla similar a la de un consultorio dental, con cables que salían de la parte superior, que formaba una esfera.
De esta esfera surgían artefactos como jeringas con agujas, un contenedor con líquidos de colores conectado a ella, monitores y un casco parecido al de realidad virtual.
La silla tenía grilletes en los brazos y piernas para inmovilizar al sujeto.
Los dos sujetos regresaron con Aiden, quien ahora vestía una bata de hospital.
Lo levantaron de la camilla y lo colocaron en la máquina.
Antes de activarla, la puerta se abrió nuevamente y entró un hombre bajo, de unos cincuenta años, con bigote y gafas grandes, vestido con una bata médica blanca.
—Doctor Richard, ¿es usted?
—preguntó uno de los presentes.
—Sí, así es.
Vengo de conversar con el señor Zeus y me ha pedido que me encargue de esta investigación —respondió el doctor Richard.
El doctor Richard era uno de los tres científicos más reconocidos de la organización y la mano derecha de Zeus.
Para que él fuera llamado personalmente por el jefe, debía tratarse de algo serio.
—¿Qué tiene de especial este muchacho?
—se preguntaron los tres científicos entre sí.
—Silencio, no hagan tanto ruido.
Es hora de que me encargue de la investigación.
Ustedes dos —se dirigió a los guardias de Zeus—, ya pueden retirarse de mi sala; hay trabajo que hacer.
Los dos obedecieron de inmediato, sabiendo quién era el doctor Richard y las consecuencias de desobedecerlo.
—Bien, chicos, empecemos —indicó el doctor Richard a los tres científicos presentes.
La silla comenzó a colocar grilletes en los brazos y piernas del muchacho.
—¿Por qué sigue dormido?
—preguntó el doctor.
—No lo sabemos, así lo trajeron esos dos que se fueron —respondió uno de los presentes.
—No importa, esto hará más fácil el trabajo —precisó el doctor.
Indicó a uno de los presentes que presionara un botón.
El casco descendió y se lo colocaron en la cabeza a Aiden.
Luego le pidió a otro que tomara muestras de sangre y al tercero que monitoreara sus signos vitales.
Comenzaron a realizar varias pruebas mientras el chico seguía inconsciente.
El que tomó la muestra de sangre regresó con los resultados.
El doctor leyó el documento y quedó fascinado.
—Zeus tenía razón; es uno de los sujetos de prueba que teníamos…
Bueno, no necesariamente el experimento fue hace años, quizás sea el hijo de alguno de ellos —pensó el doctor.
Sonrió malévolamente, emocionado, y presionó un botón rojo que colocó electrodos en los brazos y piernas de Aiden, enviándole una corriente eléctrica.
Aiden soltó un grito, pero no podía ver nada debido al casco.
—¿Dónde estoy?
¿Qué es esto que tengo en los ojos?
¿Acaso es un sueño?
¿Y qué fueron esas pulsaciones que sentí?
Una voz comenzó a interrogarlo: —¿Cómo te llamas, muchacho?
Temeroso, Aiden no quiso contestar, pero tras recibir otro choque eléctrico, la voz le advirtió: —Si no quieres que vuelva a hacerlo o suba la intensidad, solo necesitas responder a mis preguntas —la voz era fría y autoritaria—.
¿Entendido?
El chico, asustado, comenzó a llorar de dolor y tristeza por no saber dónde estaba ni quién le hablaba.
Solo atinó a mover la cabeza, lo que el doctor interpretó como un sí.
—¿Cómo te llamas?
—volvió a preguntar la voz.
—Me llamo Aiden —respondió el niño.
—¿De dónde eres?
—preguntó la voz.
—Vengo de Austria, del orfanato de las hermanas de la orden del sol —dijo Aiden.
—¡Austria!
¿Y cómo llegaste aquí?
—preguntó la voz.
—Me escapé y luego crucé a este país con mi perro —contestó Aiden.
—Ya veo.
Eres huérfano en un país lejos del tuyo; eso facilita las cosas, ya que nadie preguntará ni vendrá por ti —la voz lanzó una carcajada siniestra—.
Bienvenido a lo que será de ahora en adelante tu hogar.
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