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El sistema del perro agente - Capítulo 21

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21: Legado Oculto 21: Legado Oculto Uno de los presentes en la sala, un poco asustado, le preguntó al doctor por qué trataba así al niño.

El doctor respondió con una sonrisa fría: —Qué bueno que preguntes.

Lo hago para activar el poder oculto que yace en su interior.

Comenzó a explicar mientras apretaba unos botones adicionales.

Un líquido azul comenzó a caer sobre Aiden, deslizándose lentamente por su piel como si fuera aceite.

—Verán —continuó el doctor con voz calmada pero firme—, este muchacho parece ser hijo de uno de nuestros anteriores experimentos.

Los análisis de sangre y las pruebas preliminares lo demuestran.

Tuvimos que detener esos experimentos porque estábamos siendo investigados.

Una reportera metió sus narices donde no debía, pero logramos resolverlo —añadió con frialdad, sin un ápice de remordimiento en su tono.

El proyecto se llamaba Proyecto Nébula.

Su propósito era combinar al ser humano con fenómenos fuera de nuestra comprensión para prepararnos ante posibles amenazas externas, dotando a los sujetos de habilidades únicas.

Sin embargo, hubo contratiempos: algunos especímenes mutaban o morían.

También intentaron experimentar con otros seres, pero los resultados no fueron tan exitosos como con los humanos.

—Este proyecto comenzó hace muchos años —dijo el doctor, su mirada perdida en algún punto del pasado—.

Mi padre fue uno de los precursores, pero lamentablemente no creyeron en sus ideales y truncaron sus aspiraciones de crear algo extraordinario.

Después de que cerraron su compañía, surgieron otras organizaciones con objetivos similares hasta que el señor Zeus me reclutó para continuar con el legado de mi padre.

Lamentablemente, las últimas pruebas que realizamos no funcionaron, o sus efectos eran temporales, o los sujetos enloquecían.

—Ahora que tengo a este muchacho, podré proseguir con la investigación y crear nuevos individuos.

Me habría gustado experimentar con un artefacto que venía hacia aquí, pero nunca llegó, y el sujeto que lo acompañaba sigue desaparecido.

Espero que aparezca pronto para pedirle ayuda nuevamente.

Bueno, en fin, la vida sigue —concluyó el doctor, terminando su explicación con un suspiro resignado.

Procedió a observar los efectos del líquido azul en el muchacho, pero no notó ningún cambio significativo, solo los gritos de dolor del niño, que resonaban en las paredes de la sala como ecos desgarradores.

Uno de los presentes, quien observaba el monitor con nerviosismo, dijo: —Parece que el sujeto de prueba se ha desmayado, ¿qué hacemos, señor?

¿Lo retiramos de la máquina y lo dejamos descansar?

Richard volteó a ver quién había hablado, clavando su mirada en los tres jóvenes vestidos de verde.

—¿Ves al único que lleva bata blanca?

—preguntó con desdén—.

Yo soy quien da las órdenes aquí.

Solo está dormido —añadió, señalando al monitor—.

Denle una pequeña descarga eléctrica de inmediato.

Uno de ellos, intimidado por la mirada amenazante del doctor, solo atinó a presionar el botón, aunque con vacilación.

Aiden comenzó a moverse bruscamente, soltando gritos de dolor y rogando que parasen.

Para suerte de todos, entró en la sala una mujer con bata blanca, cabello rojo intenso y una figura imponente.

Era Brenda Swang, quien tenía el mismo rango que el doctor en la organización.

—Doctor Richard Laos, deténgase un momento —dijo ella con firmeza, cruzándose de brazos—.

¿No ve que el pobre apenas puede soportarlo?

De la noche a la mañana no encontrará el resultado que desea.

Déjelo descansar un rato.

El doctor volteó a verla y, en su mente, pensó: Algún día serás mía, Brenda, mientras ponía una expresión lasciva y babeaba ligeramente.

Ella lo miró fijamente, primero hablando con normalidad y luego alzando la voz: —¿Se encuentra bien, doctor?

El doctor salió de su trance y respondió con un gruñido: —Estoy bien.

Haga lo que quiera.

De pronto, ella se dirigió a los tres jóvenes y les preguntó sus nombres.

El flaco y alto era Jonny, el mediano y robusto era Bil, y el último, de tamaño promedio, era Bob.

Los tres tenían aproximadamente diecinueve o veinte años.

Quedaron maravillados con la presencia de la señora, cuya seguridad irradiaba autoridad y calma.

Ella les pidió la información del niño y les ordenó que lo desataran y lo llevaran a una sala con una camilla para que descansara.

Los tres obedecieron sin reproche, olvidando momentáneamente el miedo que les inspiraba el doctor Richard.

—Así que te llamas Aiden, ¿eh?

—comentó ella mientras admiraba la cola de cabello del muchacho—.

Bueno, hablaremos más tarde, muchacho, cuando recuperes tus fuerzas y despiertes —dijo, ya que tras todo el agotamiento que le había causado la máquina, Aiden había vuelto a desmayarse.

Una vez retirado el niño de la sala, Richard se acercó a Brenda y le dijo con tono irritado: —¿Qué haces aquí?

Este es mi experimento.

Ella lo miró con un aire sensual y respondió con una sonrisa juguetona: —Estaba un poco aburrida.

Además, el señor Zeus me dijo que te echara una mano.

—Richi —como lo llamaba ella—, no te molestes.

Solo vine como mera observadora —dijo, jalándole los cachetes y provocando que él, molesto, se comportara como una mansa paloma.

—Está bien —le indicó él con un suspiro exasperado—.

Puedes quedarte, pero yo doy las órdenes aquí.

A lo que ella solo respondió con un guiño: —Si tú eres el jefe… En la zona casi oscurecida, iluminada apenas por la tenue luz de los postes, dejamos a Elena y Podbe.

Una figura masculina se acercaba.

Al ver la escena, corrió preocupado hacia ellos para revisar sus signos vitales.

Confirmó que estaban vivos, pero inconscientes.

Sin perder tiempo, los cargó a ambos y se los llevó del lugar.

Mientras cargaba a Elena y Podbe, el hombre notó un pequeño broche en forma de estrella en la chaqueta de Elena.

—Espero que estén bien —murmuró para sí mismo mientras seguía caminando rápidamente, sus ojos fijos en el camino oscuro delante de él.

La noche era fría y silenciosa, y sus pasos resonaban en las calles vacías, cargando la esperanza de que el lugar al que se dirigía pudiera ofrecerles un refugio seguro.

—Sujétense, ya casi llegamos —les susurró con una mezcla de urgencia y consuelo, sin detenerse en su marcha.

El hombre, cuyo nombre era Marcus, sabía que no podía confiar en nadie.

Había sido entrenado para actuar bajo presión, pero esta situación lo superaba.

No entendía cómo Elena y Podbe habían terminado allí, pero algo en su instinto le decía que no podían quedarse en ese lugar ni un minuto más.

Al llegar a su destino, una vieja cabaña en medio del bosque, Marcus depositó cuidadosamente a Elena y Podbe en un sofá desgastado.

Encendió una lámpara de aceite y comenzó a examinarlos más de cerca.

Elena tenía un leve moretón en la nuca, pero parecía estar bien físicamente.

Podbe, por otro lado, respiraba lentamente, como si estuviera profundamente dormido.

Marcus suspiró, sintiendo una mezcla de alivio y preocupación.

Sabía que no podía hacer mucho más por ellos en ese momento, pero al menos estaban a salvo…

por ahora.

Mientras tanto, en el laboratorio, Brenda y Richard discutían sobre el futuro del experimento.

—Sabes que no podemos seguir tratando a este niño como un objeto —dijo Brenda, cruzándose de brazos mientras su mirada se endurecía—.

Si queremos resultados reales, necesitamos un enfoque más humano.

Richard resopló, visiblemente irritado, pero también con un destello de ansiedad en sus ojos.

Se acercó a una de las pantallas que parpadeaban con datos crípticos y deslizó los dedos sobre ella, como si buscara algo que lo respaldara.

—¿Humano?

—replicó, girándose hacia ella con una sonrisa torcida—.

Este “niño” es mucho más que eso, Brenda.

Es la clave para activar la máquina…

y no solo para cualquier propósito insignificante.

Esto va más allá de nosotros, más allá de esta instalación.

Lo que está por venir será algo que cambiará las reglas del juego para siempre.

Brenda arqueó una ceja, escéptica, pero también intrigada a su pesar.

Dio un paso hacia él, clavándole una mirada penetrante.

—¿Y qué pasa si lo destruimos en el proceso?

—preguntó con calma, aunque cada palabra estaba cargada de advertencia—.

¿Qué ganamos sacrificando al único elemento que puede hacer funcionar tu preciada máquina?

Tal vez deberías preguntarte si estás listo para enfrentar las consecuencias si algo sale mal.

Richard se quedó callado por un momento, sus ojos oscuros fijos en los de ella.

Luego, con un tono más bajo, casi como si admitiera una verdad incómoda, respondió: —No hay otra opción.

Él es el catalizador.

Sin él, nada de esto tiene sentido.

Y si eso significa empujarlo hasta el límite, entonces así será.

El fin justifica los medios.

Brenda sacudió la cabeza lentamente, como si ya supiera que no valía la pena discutir más.

Pero en su interior, una chispa de determinación se encendió.

Sabía que no podía permitir que Richard siguiera por ese camino sin supervisión.

—Haz lo que quieras, Richard —dijo finalmente, dándose la vuelta para marcharse, pero dejando una última advertencia flotando en el aire—.

Solo recuerda: si cruzas esa línea, serás tú quien tenga que cargar con las consecuencias.

Y créeme, no serán ligeras.

Con eso, salió de la habitación, dejando a Richard solo con sus pensamientos y la fría luz de las pantallas que iluminaban su rostro tenso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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