Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

El sistema del perro agente - Capítulo 22

  1. Inicio
  2. El sistema del perro agente
  3. Capítulo 22 - 22 Sombras del Amanecer
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

22: Sombras del Amanecer 22: Sombras del Amanecer Adía estaba en la casa, tomando una taza de café caliente mientras hojeaba con calma el periódico y jugaba a las cartas con su robot multiusos.

Ya eran más de las diez de la noche.

La luz cálida de la lámpara iluminaba la habitación, creando un ambiente tranquilo, pero ligeramente melancólico.

—¡Oye, Tron!

—llamó Adía, levantando la vista hacia su compañero metálico—.

¿Han llegado los muchachos por Aiden y el cachorro Podbe?

El robot procesó la pregunta antes de responder con su tono siempre amable: —No, mi señora, no he detectado ningún acercamiento a la casa.

—Qué raro —murmuró ella, frunciendo el ceño ligeramente—.

Yo no soy de meterme en la vida de los demás, pero no creo que esa cita sea tan larga como para perderse la noción del tiempo.

Además, es un mocoso aún, como un bebé grande.

Debí haberle dado un celular para mantenernos en contacto —añadió, dejando escapar un suspiro resignado.

Tron inclinó su cabeza mecánica hacia un lado y respondió sin titubear: —Como usted diga, mi señora.

—¡Ah!

A veces olvido que eres un robot y no me vas a contestar dando tu punto de vista, sino que siempre me vas a responder con amabilidad.

La próxima vez que vea a tu creador le voy a decir que te instale una de esas personalidades que tienen sus nuevos modelos —dijo Adía con una sonrisa burlona.

El robot se quedó procesando la idea durante un breve momento antes de responder: —Sí, mi señora.

—Bueno, volvamos al juego, ya volverá el chico —dijo Adía, sacudiendo la cabeza para despejar sus preocupaciones.

Estaban jugando póker.

Las cartas crujían entre sus dedos mientras Adía organizaba su mano.

—Mira, Tron, tengo un full house —anunció ella con entusiasmo, mostrando sus cartas: un seis de picas, un seis de espadas, un seis de corazones, un tres de trébol y un tres de espadas.

Una sonrisa triunfal cruzó su rostro—.

Lo siento, cariño, yo gano.

Pero el robot replicó con calma: —Lo siento, señora, yo tengo un as de trébol, la K de trébol, la Q de trébol, la J de trébol y un diez de trébol.

Tengo una escalera real.

—¡Ay!

Tron, tú siempre ganas —protestó ella, fingiendo molestia mientras dejaba caer las cartas sobre la mesa.

—Si quiere, señora, le enseño a jugar o puedo dejarme ganar —respondió el robot con cortesía.

—¡No!

Ya verás, la siguiente te gano.

Reparte de nuevo —insistió Adía, decidida a recuperar su orgullo.

Mientras el robot repartía las cartas, Adía comenzó a reflexionar, un tanto preocupada, si era bueno o no inmiscuirse en la vida de Aiden e ir a buscarlo.

Su mente divagaba entre la responsabilidad y el respeto por la independencia del joven.

En otro lugar, en un sofá desgastado, se encontraba recostada Elena con un paño húmedo en la frente, aún inconsciente.

El golpe que la había noqueado había sido brutal.

Al otro lado de la habitación, Podbe abrió lentamente los ojos y comenzó a levantarse, sacudiendo la cabeza para despejarse.

—Qué bueno que te levantes, perro ocioso —le dijo Reia con un tono mezcla de alivio y reproche.

Podbe, todavía mareado, miró a su alrededor y preguntó: —¿Dónde estamos y dónde está Aiden?

—Te lo advertí, Podbe, no debiste comer algo así porque sí y menos de un extraño —le indicó Reia, furiosa.

El can bajó las orejas, avergonzado.

—Pero si es una buena persona, no pensé que me envenenaría o algo por el estilo.

Mi olfato no fue suficiente para diferenciar lo que ella usó en la carne.

—¿Ella, buena?

—exclamó Reia, incrédula—.

Por su culpa, unos sujetos capturaron a Aiden y se lo llevaron.

No sé dónde podrá estar; perdí el enlace con él.

Podbe sintió cómo una oleada de tristeza lo invadía.

Comenzó a llorar silenciosamente por haber perdido a Aiden.

Reia intentó consolarlo, señalando a Elena en el sofá.

—La única que puede saber dónde está yace ahí, junto a Elena.

—¡Ah!

Y sobre tu pregunta de dónde estamos, una persona te cargó junto con ella y los trajo aquí.

De pronto, se escucharon pasos que se acercaban a la sala donde estaban el can y Elena.

Podbe comenzó a ladrar, alerta.

—¿Qué son esos aullidos y ruidos?

—preguntó una voz masculina desde la penumbra.

Al acercarse a la luz, se reveló un hombre de más de veinte años, con cabello corto verde y músculos definidos como si practicara artes marciales.

Sus ojos oscuros brillaban bajo la tenue iluminación.

Vestía un pantalón holgado y un polo corto que dejaba ver sus marcados bíceps y tríceps, además de unas sandalias.

Miró al perro con curiosidad.

—Veo que ya estás bien y con energía.

Espero que tu dueña también se despierte.

—¿Mi dueña?

Ella no es mi dueña ni cerca de serlo, es una traicionera —pensó Podbe, aunque solo se escucharon ladridos en respuesta.

—Tranquilo, muchacho, ella va a estar bien.

El golpe que le dieron fue muy fuerte, al parecer.

¿Pero qué te pasó a ti?

No veo que te hayan golpeado, solo estabas desmayado.

—Ella me durmió con algo en la carne —pensó Podbe, incapaz de expresarlo en palabras.

El hombre se acercó al perro, aunque este le gruñó un poco.

—Ya sé, debes tener hambre, por eso tu comportamiento un poco defensivo.

Ya vuelvo.

Al poco rato, regresó con un plato.

En él había un trozo de carne; se lo puso al costado del can y este comenzó a comer.

—Acabamos de tener una conversación sobre esto, no puedes comer cosas que los extraños te den —se molestó Reia y le dio un par de toques eléctricos al can, el cual ladró de forma cómica.

El hombre pensó que era una señal de agradecimiento.

—Bueno, nunca he tenido una mascota, pero espero que te haya gustado —dijo, viendo cómo el can terminaba de saborear el plato.

Luego de comer el trozo de carne, el hombre se acercó al can y vio su placa.

—¡Ah!

Veo que te llamas Podbe y tu dueño es Aiden.

Así se llamará esta chica —pensó.

—Bueno, mi nombre es Gat, encantado de conocerte, Podbe —dijo, extendiendo la mano.

Los dos se miraron fijamente en señal de aprobación.

El can se acercó a él y le lamió la mano.

—Buen chico —le indicó Gat, acariciándole la cabeza.

Gat seguía preguntándose qué había pasado con los dos y por qué estaban tendidos en la calle.

—Ni modo, tendré que esperar que se levante la chica —pensó.

A la mañana siguiente, Elena despertó después del gran golpe que había recibido.

La culpa y todo el estrés por el que estaba pasando la habían hecho dormir profundamente toda la noche.

—¿Dónde estoy?

—preguntó, llevándose una mano a la cabeza—.

Ay, mi cabeza me duele, todo me da vueltas.

Se levantó lentamente de la cama y en eso vio al can ladrándole furiosamente.

Ella se asustó porque el perro casi la quería morder por lo que había cometido el día anterior.

—Otra vez tú, Podbe, con tus ladridos —dijo Gat, entrando a la sala—.

Veo que tu ama, Aiden, ya se levantó y por eso estabas yendo hacia ella.

Pero veo que la quieres morder, si no me equivoco.

El muchacho cargó al can por la espalda y lo mantuvo en sus brazos.

—Hola, Aiden, mi nombre es Gat.

Ella lo miró confundida y le dijo: —No, mi nombre no es Aiden, mi nombre es Elena.

Lo siento.

La muchacha se echó a llorar.

Gat se acercó a ella y le dijo con ternura: —No tienes por qué llorar, niña, ya estás a salvo —le pasó un pañuelo para que se secara las lágrimas—.

Cuéntame qué les pasó.

Pasó un momento antes de que ella empezara a hablar.

Mientras se secaba las lágrimas, le comenzó a contar lo sucedido: desde lo que pasó con su padre hasta lo que le hizo a Aiden y que hizo dormir a Podbe con un especial brebaje que ni el animal con el mejor olfato podría saber qué contenía y lo hacía más apetecible cualquier comida.

El chico escuchó toda la historia y comprendió por qué el can estaba molesto y la quería atacar, no darle su cariño.

Otra vez se puso a llorar Elena, y mirando a Podbe, le dijo que lo sentía entre lágrimas y que estaba muy apenada por lo que había hecho.

El can la miró, pero en vez de sentir rabia, sintió empatía por ella por la historia que les había contado.

Reia también, aunque seguía un tanto molesta.

El can se zafó de las manos de Gat y lamió la cara de Elena.

Ella solo atinó a darle un abrazo.

—Si pudiera hacer algo para regresar el tiempo y solucionar esto, lo haría —le indicó Elena a Podbe.

—¿Hay algo que pueda hacer yo?

—ambos voltearon y vieron a Gat con una mirada de determinación dispuesto a ayudarlos con el dilema—.

Llévame con tu padre, Elena, para saber dónde podamos empezar la búsqueda de Aiden.

—Pero antes de eso —Elena le dijo—, debo avisarle a la persona con la que se quedaba Aiden.

Seguramente estará preocupada, ya que estamos otro día mirando el brillo de la mañana por la ventana.

En el bosque, el equipo de Eliot, alias agente I-Cinco, con tres personas más, prosiguió a seguir el rastro de un líquido similar a la sangre que había dejado un camino.

Siguieron por un par de horas hasta llegar a una cueva, donde el rastro continuaba hacia adentro.

—Estén alertas —indicó Eliot a los dos que lo acompañaban—.

Saquen sus armas y prepárense para cualquier cosa.

Sacaron sus linternas y procedieron a ingresar con cautela.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo