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El sistema del perro agente - Capítulo 26

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26: La Alianza Inesperada 26: La Alianza Inesperada Antes de caer al suelo, Ezequiel rápidamente sujetó a Marie y usó su propio cuerpo como colchón para amortiguar la caída, protegiéndola de cualquier daño.

“¿Estás bien?” preguntó él, preocupado.

Ella respondió con un leve movimiento de cabeza, aunque se sonrojó ligeramente por la forma en que él la había sostenido.

“Disculpe, señorita M…” no completó el nombre, porque antes de hacerlo, un gran puño volvió a golpear el suelo con fuerza.

“Veo que este tipo no se anda con rodeos.

Ve a un lugar seguro,” le indicó él mientras se ponía de pie.

Ezequiel avanzó hacia el sujeto, esquivando sus ataques con agilidad, y lanzó un puñetazo directo.

El adversario ni siquiera se inmutó y contraatacó con sus enormes brazos, que parecían hechos de goma debido a su capacidad para estirarse exageradamente.

Ezequiel bloqueó el ataque cruzando ambos brazos en forma de aspa.

“Tengo que tener cuidado; esos golpes son devastadores.

Si los recibo de nuevo, podría quedar inhabilitado o, peor aún, morir.

Mis ataques no le hacen daño alguno; parece que no fuera humano,” pensó, mientras seguía esquivando los embates del enemigo.

El sujeto lanzó otro ataque, pero esta vez atrapó al agente con ambas manos, impidiéndole moverse.

Comenzó a girarlo en el aire y lo lanzó con brutalidad al suelo, cerca de Marie.

Ezequiel sangraba por la frente, y su traje estaba desgarrado en los brazos, dejando ver una camisa blanca debajo.

Respirando con dificultad, el agente B se levantó lentamente y dijo: “Esto te va a costar caro; ese saco era carísimo.” Se quitó lo que quedaba del saco y se remangó la camisa hasta los codos, preparándose nuevamente para el combate.

Esquivó los ataques del sujeto y logró conectar un golpe certero en su cabeza.

Para su sorpresa, el adversario comenzó a desintegrarse en polvo.

Ezequiel tomó un respiro, creyendo que todo había terminado, pero de repente surgieron dos sujetos idénticos que avanzaron hacia él.

“Maldición,” murmuró él, “con mucho esfuerzo pude vencer a uno, y ahora tengo que enfrentarme a dos.

No creo que pueda resistir mucho tiempo.” Los sujetos ya estaban cerca cuando escuchó una voz decir: “Retiro de protección alfa cinco.” De inmediato, los dos adversarios se desvanecieron.

Exhausto y maltrecho, Ezequiel se dejó caer al suelo.

Un hombre tan alto como los otros sujetos se acercó a él.

Ezequiel ya no tenía fuerzas para moverse, pero el hombre le abrió la boca y vertió un líquido extraído de su bolso.

Ezequiel hizo una mueca de asco, pensando: “¿Qué rayos es esto?

¡Sabe horrible!” Sin embargo, poco después sintió cómo su cuerpo recuperaba vitalidad.

El hombre le preguntó si se sentía mejor, y Ezequiel asintió, aceptando su mano para ponerse de pie.

Marie se acercó a la escena y le preguntó a Ezequiel si estaba bien.

Al levantar la mirada, reconoció al hombre.

“¿No eres tú el agente E?” le preguntó.

Él respondió que hacía tiempo que nadie lo llamaba así; ahora simplemente se presentaba como Eduard.

Marie no conocía todas las identidades de los agentes, pero sí algunas de aquellos con quienes había entablado amistad.

Le explicó brevemente por qué estaban allí.

“Ya veo,” respondió Eduard, “se acercaron demasiado a la casa de Adía, y eso activó los protocolos de defensa que ella implementó con ayuda de agentes tecnológicos y extraterrestres.

Son sistemas experimentales; probablemente te vieron como una amenaza.

Por lo general, no atacan a nadie, aunque tampoco suele venir gente por aquí.

Tienen suerte de que yo estuviera cerca,” añadió con una sonrisa.

“Bien, ¿y a qué se debe que buscan al niño y al perro?” preguntó Eduard.

“En realidad, estamos buscando más al can que al niño,” respondió Ezequiel.

“No te había reconocido; luces más viejo, amigo,” comentó él con una sonrisa.

“Tú tampoco te ves muy joven que digamos,” replicó Eduard.

Ambos rieron.

“Así que estas son tus pociones especiales.

Son desagradables, pero efectivas,” señaló Ezequiel.

Eduard les indicó que el niño que buscaban podría encontrarse en…

pero antes de terminar la frase, el vehículo de Lidia y Rino llegó a la escena.

Habían sido alertados por Marie durante el combate.

Desde el auto, Lidia preguntó: “¿Todo está bien?” Marie respondió: “Todo en orden.” Lidia y Rino descendieron del vehículo, pero no sin antes sacar a María y Billy de detrás del auto.

Los habían descubierto minutos antes cuando pasaron por un bache profundo, y el movimiento del carro reveló su presencia.

Aunque inicialmente planeaban dejarlos, Marie los había llamado de emergencia, así que decidieron traerlos consigo.

Marie preguntó: “¿Quiénes son ellos?

Genial, más niños,” añadió con sarcasmo.

Lidia explicó: “Estos chicos son polizones.

Al parecer, se colaron en nuestro auto desde que fuimos al orfanato.

Seguramente los están buscando, igual que al otro niño, Aiden.” Marie se volvió hacia Eduard y le pidió que continuara indicándoles la ubicación del niño y el perro.

Eduard observó a los niños, quienes lucían tristes y decididos a no regresar al orfanato sin encontrar a su amigo.

“Lo siento, Marie, pero no voy a continuar diciéndote dónde pueden encontrar al niño y al perro si no llevas a estos dos contigo,” declaró firmemente.

Marie reflexionó por un momento.

No quería involucrar a esos niños, ya que no pertenecían a la organización, pero si no accedía, no obtendrían más información.

“¿Qué hago?” pensó.

Finalmente, dijo: “Está bien, pero me arrepentiré de esto.

Si quieres que los lleve, tú vendrás como su niñero.” Eduard, sin dudarlo, aceptó.

“No puedo perder más tiempo.

Nick no tiene mucho tiempo, y si ese can es la respuesta, debo encontrarlo cuanto antes,” pensó Marie.

Eduard intervino: “Necesitamos algo más que un auto para evitar ser detectados y no tener problemas internacionales.” Marie sacó su teléfono, hizo una llamada breve y colgó.

Poco después, se escuchó un ruido similar al de un helicóptero.

Era una nave con forma de helicóptero, pero diseñada para transportar cómodamente a ocho personas.

Marie dio órdenes al piloto.

Lidia preguntó qué pasaría con los vehículos en tierra.

“No se preocupen, ya vienen operadores a encargarse,” respondió Marie.

Todos subieron a la nave y se colocaron los cinturones.

Antes de que los niños pudieran indicar su destino, Eduard sugirió: “Llévenme primero a mi montaña; necesito algunas cosas para el trayecto.” Llegaron a su casa, y Eduard les pidió que esperaran.

Al regresar, cargaba una bolsa grande en la espalda.

“Esto nos será útil,” señaló.

“¿Más de ese brebaje?” comentó Ezequiel a Marie.

Los niños también se estremecieron ante la idea.

Una vez de vuelta en la nave, Marie se volvió hacia los niños y les preguntó: “Tú, niño número uno, y tú, niño número dos, ¿hacia dónde debemos ir?” María intervino: “Me llamo María, no ‘niño número uno,’ y él se llama Billy,” aclaró con firmeza.

“Suena igual a tu nombre,” comentó Ezequiel con ironía.

Marie lo fulminó con la mirada y se dirigió a los niños: “Está bien.

¿A dónde debemos ir, María?” María respiró hondo y respondió: “Debemos ir a Italia, específicamente a Milán.” Marie le indicó al piloto el destino y le ordenó activar el camuflaje para evitar problemas de invasión o detección.

El piloto asintió, y la nave se dirigió hacia Milán.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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