El sistema del perro agente - Capítulo 31
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31: Pirámide Invertida (3) 31: Pirámide Invertida (3) La otra parte del ascensor, que salió disparada hacia la derecha, comenzó a girar como un trompo descontrolado, golpeándose contra cada muro con el que chocaba y descendiendo a gran velocidad.
Adía intentó ponerse de pie, pero cada vez que lo hacía, volvía a caer debido a los violentos impactos del artefacto contra las estructuras circundantes.
En un momento dado, empezó a murmurar unas palabras mientras su bastón comenzaba a iluminarse con un brillo tenue pero constante.
Con voz firme, les indicó a los presentes que se acercaran a ella.
Los demás, tambaleándose y luchando contra el movimiento errático del ascensor, lograron reunirse a su alrededor.
Ella miró hacia lo que parecía ser una puerta y lanzó una carta luminosa en esa dirección.
Instantáneamente, todos comenzaron a desvanecerse mientras los restos del ascensor seguían cayendo en espiral.
Fueron teletransportados directamente a la puerta hacia la que Adía había lanzado la carta.
—¿Todos están bien?
—preguntó Adía, preocupada, mientras observaba a los demás.
Los presentes asintieron y le agradecieron por salvarlos en el último momento; de lo contrario, habrían sido historia y nunca más podrían contarla.
Junto a Adía se encontraban Marie, Rino, Ezequiel y Gat.
Todos sentían un peso en sus corazones por lo ocurrido con el padre de Elena, a quien no pudieron salvar.
Adía, en particular, se culpaba internamente, pensando que tal vez podría haber hecho algo más, pero todo había sucedido demasiado rápido.
—Ya habrá tiempo para lamentarnos —dijo Marie con un tono angustiado—.
Ahora debemos encontrar una salida.
¿Creen que los demás hayan sobrevivido?
Adía volteó hacia ella y respondió con calma: —Están con Eduard, así que no hay de qué preocuparse.
Más bien, debemos buscar cómo encontrarlos.
—Sí —añadió Rino, revisando su equipo—.
Al parecer, los comunicadores no funcionan.
Mientras tanto, Ezequiel se acercó a la puerta y comenzó a tocarla con curiosidad.
Adía lo miró con cierta impaciencia y le preguntó por qué estaba tocando la puerta en lugar de abrirla.
Antes de que Ezequiel pudiera responder, Marie interrumpió: —Déjalo trabajar —dijo con una sonrisa tranquila—.
Ya sé lo que va a hacer.
Marie sabía que Ezequiel estaba a punto de usar su habilidad especial.
Antes de acercarse, él ya se había quitado las gafas, un gesto que siempre precedía a sus acciones más extraordinarias.
—¡Ah!
Va a utilizar su habilidad —exclamó Gat, emocionado.
—Sí —respondió Marie, mirando a Adía con curiosidad—.
A propósito, ¿tú aún no has utilizado tu habilidad, verdad, muchacha?
¿O fue lo que usaste para enviar esos papeles a las cámaras?
Adía se sintió un poco incómoda ante la mirada penetrante de Marie y respondió rápidamente: —No, eso no es mi habilidad.
Solo es un truco que aprendí.
—Silencio, todos —interrumpió Ezequiel con urgencia—.
Hay algo detrás de estas puertas… algo siniestro.
Entremos con cautela.
Era una de esas puertas dobles, diseñadas para abrirse desde ambos lados.
Ezequiel abrió una de ellas lentamente y entró con cuidado, asegurándose de que no hubiera peligro inmediato.
Una vez adentro, hizo una señal a los demás para que lo siguieran.
Lo que encontraron dentro era escalofriante: un centenar de tubos gigantes contenían criaturas que parecían sacadas de una pesadilla.
Estos tubos estaban conectados a cables que bombeaban diversos líquidos de colores extraños.
El lugar estaba sumido en penumbras, iluminado apenas por una luz roja que parpadeaba de manera intermitente, creando una atmósfera opresiva.
Prosiguieron caminando hasta llegar a un amplio corredor blanco, donde encontraron un letrero con una pirámide invertida que indicaba “Ustedes están aquí”, señalando que se encontraban en el quinto piso.
—Bien —dijo Adía con determinación—.
Ya estamos cerca.
Dos pisos más y estaremos donde Aiden, como nos indicó el padre de Elena.
Sin embargo, antes de que pudieran avanzar más allá del corredor, se encontraron con otra puerta idéntica a la primera que habían cruzado.
Marie estaba a punto de acercarse para abrirla cuando Gat la empujó de vuelta hacia el grupo.
Ella, molesta por el repentino gesto, lo miró con enfado.
—¿Por qué hiciste eso?
—preguntó, pero antes de que Gat pudiera responder, una enorme reja con púas cayó del techo, bloqueando el paso.
Marie, ahora asustada por lo que pudo haber sido una trampa mortal, le pidió disculpas y lo agradeció por salvarla.
Desde arriba, donde había caído la reja, se podían ver unos monitores que mostraban a los cinco intrusos.
Una voz maquiavélica resonó por los altavoces: —Intrusos.
Hasta aquí llegaron.
Esta será su tumba.
De repente, se escucharon ruidos provenientes del fondo del corredor, del oscuro lugar donde estaban aquellos tubos llenos de abominaciones.
Era el sonido de vidrios rompiéndose, y detrás del grupo comenzaron a aparecer sombras que se movían lentamente hacia ellos: masas viscosas con apariencia humana, negras como la brea, con huecos vacíos en lugar de ojos.
Rápidamente, Ezequiel ordenó a Rino y Marie que se alejaran mientras él intentaba enfrentarse a una de las criaturas.
Golpeó con fuerza, pero fue inútil.
Esas cosas no sentían dolor, y su brazo quedó atrapado en el pecho de la criatura, como si fuera arena movediza.
Cuanto más intentaba liberarse, más se hundía.
Finalmente, Marie y Rino tiraron de su otro brazo con todas sus fuerzas, logrando sacarlo justo a tiempo.
—No quieras hacerte el héroe —le regañó Adía, aunque su tono tenía un dejo de preocupación.
Ezequiel bajó la cabeza, avergonzado.
—Lo siento.
—Viejo, creo que ya estás un poco oxidado —bromeó Gat, pero Rino lo miró con severidad.
—Deberías respetar a tus mayores, sobre todo a tu superior —le dijo Rino.
Gat solo se rió y respondió: —Déjamelo a mí.
Adía, ¿puedes formar una barrera para protegerlos?
Adía lo miró con una mezcla de irritación y resignación.
—Oye, ¿quién te crees?
No soy tu asistente.
—¿Pero puedes o no?
—insistió Gat.
—Sí —respondió ella, finalmente.
—Bien, lo dejo en tus manos, muchacho —dijo Gat mientras se colocaba frente al grupo y, con un movimiento elegante de su báculo, creó un muro azul brillante.
—¿Qué irá a hacer ese muchacho?
—murmuró Marie, intrigada.
Gat se vio rodeado por cinco o seis criaturas que emergieron de los tubos rotos.
Todas comenzaron a lanzarse hacia él con ferocidad.
Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Gat movió las manos rápidamente de arriba abajo, como si un espíritu lo poseyera.
Gritó “Relámpago Rojo” y, con sus dedos en forma de pistolas, comenzaron a salir relámpagos rojos como balas.
Se movió con agilidad, disparando mientras giraba como un trompo, atacando a cada una de esas criaturas.
Una vez que los disparos fueron absorbidos, Gat realizó un movimiento como si presionara un botón y gritó nuevamente: “Bomba Relámpago”.
Las monstruosas masas gelatinosas comenzaron a explotar simultáneamente, derramando líquido por todas partes, incluso sobre el muro que Adía había creado.
—Listo, acabamos con todo.
Así se hace el trabajo —dijo Gat, soplando su mano en forma de pistola como un vaquero triunfante.
—¿Tenías que hacer todo ese bailecito para usar tu habilidad?
—lo regañó Adía.
—¿Qué tiene de malo?
—respondió él con una sonrisa traviesa—.
Es parte del show.
Sin eso, le quitas lo divertido al combate.
La voz de los altavoces se escuchó de nuevo, esta vez llena de frustración: —Esto no se ha acabado.
Del suelo donde estaban, la baba negra comenzó a formarse nuevamente en una criatura similar a las anteriores, pero mucho más grande.
—¿Puedes con él otra vez, niño?
—gritó Ezequiel desde el otro lado del muro azul.
—Claro que sí, anciano.
Este rodeo no ha terminado —respondió Gat con confianza.
—Aprende a respetar a tus mayores —dijo Rino, molesto, al lado de Ezequiel.
—Tranquilo, muchacho.
Es un chico muy hiperactivo y un tanto loco, pero de buen corazón —contestó Ezequiel con una sonrisa.
Gat volvió a realizar el mismo ritual con sus manos, lanzando disparos y detonando bombas relámpago.
La monstruosa criatura explotó en mil pedazos, pero inmediatamente comenzó a reconstruirse, una y otra vez.
—Maldición —murmuró Gat—.
Ni modo, este rodeo no se acaba hasta que se acaba.
La voz en los altavoces se rió con malicia, sabiendo que mientras tuviera el control, la criatura seguiría regenerándose indefinidamente.
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