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El sistema del perro agente - Capítulo 33

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  3. Capítulo 33 - 33 Pirámide Invertida 4
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33: Pirámide Invertida (4) 33: Pirámide Invertida (4) Ezequiel se dirigió a Rino con una pregunta directa: —¿Qué tan hábil eres disparando?

Rino respondió con orgullo, su postura firme y segura: —Soy el mejor de mi clase, señor.

Ezequiel señaló hacia lo alto, donde una cabina sobresalía entre las sombras.

—Ves esa cabina allá arriba.

Al parecer, ese sujeto controla al monstruo que se regenera constantemente.

Si le das, lo asustarás y tal vez pierda el control por un momento.

—Claro, señor.

Sí, señor —respondió Rino, ajustando su posición mientras desenfundaba un arma de detrás de su cintura.

Era una pistola compacta, equipada con una pequeña mira, lista para cumplir la orden.

Sin embargo, Adía intervino con calma pero firmeza: —Espera.

Si quieres acabar con quien está allá arriba, dame el arma.

Rino frunció el ceño, escéptico.

—¿Acaso usted tiene precisión, señora?

Adía sonrió ligeramente, como si la pregunta fuera innecesaria.

—No es precisión lo que necesito, sino magia de teletransportación.

Puedo poner fin a este juego de una vez.

Rino titubeó, sosteniendo el arma con fuerza.

—Pero, ¿no necesita ver el sitio para usar su magia, señora?

Marie, quien había estado observando en silencio, intervino con una solución práctica.

Sacó un pequeño dispositivo de su bolsillo y lo mostró al grupo.

—Esto es una nano cámara.

Colócala en la bala —dijo, entregándosela a Adía—.

Con eso, ella podrá ver el lugar y enviar a Ezequiel directamente allí.

Adía tomó el visor de un solo ojo que Marie le ofreció y se lo colocó con cuidado.

Su expresión se concentró mientras veía a través del dispositivo, preparándose para usar su magia.

Mientras tanto, Gat continuaba enfrentándose al monstruo, haciéndolo explotar una y otra vez con movimientos rápidos y precisos.

La criatura rugía, pero siempre regresaba más fuerte.

Rino, siguiendo las indicaciones de Ezequiel, levantó su arma y apuntó hacia la cabina.

Este último dio la señal con los dedos: —Tres, dos, uno… ¡Ya, dispara, muchacho!

El disparo resonó en el aire, limpio y certero.

La bala impactó contra el vidrio de la cabina, creando un pequeño agujero.

Desde dentro, una voz burlona emergió por los altavoces: —¡Tontos!

En verdad creyeron que podrían entrar.

Ja, ja.

Aunque sus palabras eran arrogantes, un temblor apenas perceptible en su tono revelaba miedo.

Rino bajó el arma y miró a Ezequiel con preocupación.

—Al parecer, el vidrio es resistente.

Lo siento, señor.

Ezequiel negó con la cabeza, su expresión imperturbable.

—No te sientas mal.

Bueno, es mi turno.

No uso mucho esta habilidad, excepto mis ojos, porque solo puedo activarla tres veces al día.

Quería reservarla para lo que nos espera más adelante, pero no hay opción.

Adía, envíame allá ahora.

Adía asintió con decisión.

Ezequiel comenzó a desvanecerse frente a ellos, para reaparecer instantes después junto al agujero en el vidrio de la cabina.

Desde abajo, Gat observó la escena mientras hacía estallar al monstruo nuevamente.

Murmuró para sí mismo: —Vaya, creo que el viejo va a utilizar ese ataque por fin.

Va a hacer algo grande.

Una vez arriba, Ezequiel vio una sombra moverse dentro de la cabina.

Sin vacilar, tocó el vidrio con su puño.

La figura de un hombre se dibujó tras él, riendo con desdén.

Su voz retumbó por los altavoces: —¿De verdad crees que puedes romper este vidrio irrompible con un simple puñetazo?

Ni siquiera la bala logró dañarlo, ¿qué te hace pensar que tu puño será diferente?

El hombre seguía burlándose, convencido de su seguridad, cuando Ezequiel gritó con fuerza: —¡Puño media luna!

De inmediato, una media luna amarilla brillante se formó alrededor de sus nudillos.

Golpeó el vidrio, que estalló en mil pedazos.

Una explosión sacudió el lugar, llenando el aire de humo.

Entre los escombros, una mano apareció aferrándose al marco roto.

Luego, Ezequiel se alzó por completo, lanzando una patada hacia abajo sobre lo que parecía ser una persona.

En el suelo, temblando de miedo, un hombre delgado, de unos veinte años, con gafas y la cabeza rapada, suplicaba clemencia mientras soltaba un control en sus manos.

Ezequiel lo destruyó de un golpe, y el monstruo que peleaba con Gat comenzó a derretirse, esta vez para siempre.

Un aire de liberación inundó el ambiente.

Ezequiel levantó al hombre del suelo y lo sacudió, obligándolo a abrir los ojos.

Tembloroso, el hombre comenzó a suplicar: —No me hagas daño, haré todo lo que me pidas.

¡Piedad!

Solo soy el cuidador de este piso, un simple trabajador.

Ezequiel lo miró fijamente, su voz firme pero calmada: —Primero que nada, abre la puerta para poder salir de este lugar.

El hombre señaló un botón rojo en el panel de control.

Con una mano, Ezequiel sujetó al hombre; con la otra, presionó el botón.

Un ruido de engranajes resonó, y el muro que bloqueaba la salida comenzó a moverse.

Ezequiel se asomó por el hueco en el vidrio y le hizo una seña a Rino, preguntando en silencio si algo obstaculizaba la puerta.

Rino entendió perfectamente y respondió con un pulgar hacia arriba.

—Creo que con eso basta —dijo Ezequiel, soltando al hombre—.

¿Cuál es tu nombre?

—Me llamo Gin, el cuidador de este piso —respondió el hombre, aún temblando.

—Bien —replicó Ezequiel—.

¿Por qué nos atacaste?

Gin tragó saliva antes de responder: —Vi por los monitores que hubo una gran explosión en los pisos superiores.

No podía contactarme con los guardianes del primer ni del segundo piso.

Los del tercero y cuarto estaban ocupados en sus propios asuntos.

Cuando vi a personas que no pertenecen a la organización, mi función era proteger este piso, incluso con mi vida.

Ezequiel lo miró con escepticismo.

—Pero veo que no estabas dispuesto a morir.

Un débil “no” escapó de los labios de Gin.

Quizá esos dos murieron con los golpes de los ascensores, pensó Ezequiel, o el otro equipo se estará enfrentando a ellos.

—¿Hay más trampas hasta llegar al último piso?

—preguntó.

—Si te refieres a cosas como estas, sí, hay guardianes en cada piso —respondió Gin.

—¿Conoces todos los pisos?

¿Hay algún atajo para llegar rápido allá abajo, donde está el laboratorio?

—No existen atajos.

Tienes que pasar por todos los pisos para llegar al último, y en cada uno hay un guardián.

Tan pronto pongan un pie en uno de ellos, serán detectados.

—Bueno, tú vendrás conmigo —dijo Ezequiel.

Gin lo miró confundido, preguntándose cómo planeaban bajar si ni siquiera sabía cómo habían llegado hasta aquí arriba.

Ezequiel volvió a salir por donde había roto el vidrio, sosteniendo la bala en su mano.

Se la mostró a Rino, quien la observó con atención a través de la mira de su arma.

—Creo que esto es para ti —le dijo a Adía—.

Si entiendo bien, lo que quieres es que lo traiga de vuelta.

Adía asintió con la cabeza y, con gestos, le indicó que lanzara la bala hacia ellos.

Ezequiel, con una vista casi tan aguda como la de un águila, lanzó la bala con precisión.

Adía utilizó su magia, y tanto Ezequiel como Gin aparecieron frente al grupo.

Todos se sorprendieron al ver al hombre junto a Ezequiel.

Este les explicó toda la información que Gin le había proporcionado.

Una vez terminada la explicación, preguntó: —¿Debemos esperar al otro grupo o continuamos?

Adía se adelantó a responder: —Como ya les había dicho, los demás están con Eduard.

No hay nada que él no pueda manejar.

Confío en él.

Además, es como tú y yo, un líder de unidad, y los traerá sanos y salvos a todos.

Gin, nervioso, añadió con una sonrisa forzada: —Si todos son iguales a este sujeto, la llegada de los demás será pan comido.

Internamente, Gin sabía que no sería fácil, especialmente en el cuarto piso.

—Bien —indicó Ezequiel—.

Sin más dilación, continuaremos.

Nos llevaremos a este sujeto.

Quizá, si lo llevamos, no nos hagan daño ni activen sus trampas.

Gin lo miró con nerviosismo mientras Ezequiel lo jalaba de la bata y lo llevaba hacia la puerta.

Al abrirla, encontraron unas escaleras y comenzaron a descender.

Mientras tanto, el otro grupo avanzaba hacia el siguiente piso.

Billy se acercó a Podbe, fascinado por lo que había visto.

—Parecías como esas criaturas que veíamos en los videojuegos o anime, que podían lanzar ataques y esas cosas —dijo Billy, emocionado.

María intervino con sarcasmo: —Es un perro, no te entiende y, por ende, no te va a responder.

Reia, desde dentro de Podbe, pensó divertida: Claro que entiende.

Lo malo es que no tienen un enlace como Aiden.

Tanto Reia como Podbe compartieron una risa interna.

Al llegar al final de las escaleras, Eduard se detuvo abruptamente.

Todos lo imitaron, excepto Billy, que seguía caminando mientras hablaba con Podbe y chocó contra Eduard.

—¡Auch!

—exclamó el niño, frotándose la frente—.

Parece como si me hubiera golpeado con una roca.

—¿Pasó algo, Billy?

—preguntó Eduard.

—No, nada —respondió Billy, todavía tocándose la frente.

—¿Por qué nos detenemos?

—preguntaron los demás.

Eduard señaló una puerta de doble hoja frente a ellos.

—No sé qué puede esperarnos detrás de esta puerta.

Debemos entrar con cautela.

Abrió uno de los lados de la puerta, pasó primero y les indicó a los demás que lo siguieran uno por uno.

Al entrar, la puerta se cerró automáticamente y las luces de la habitación se apagaron.

Unos pasos pesados y una respiración agitada resonaron en la oscuridad.

De repente, las luces azules se encendieron, revelando una serie de mesas distribuidas en filas.

Parecían diseñadas para sostener algo grande, como una vaca.

Había un total de nueve mesas, cada una cubierta con una manta.

Las mantas comenzaron a moverse lentamente, revelando rostros humanos pálidos.

Uno a uno, los cuerpos se levantaron, mostrando figuras esqueléticas sin órganos visibles, armados con espadas largas.

Al bajarse de las mesas, quedó claro que eran gigantes, hombres de más de dos metros de altura, que avanzaron hacia el grupo con pasos decididos.

—¡En guardia!

—ordenó Eduard, colocándose al frente con los guantes puestos y listo para la batalla.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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