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El sistema del perro agente - Capítulo 35

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35: Pirámide Invertido (6) 35: Pirámide Invertido (6) Los chicos siguieron el cable hasta una especie de cabina oculta tras una de las columnas.

De pronto, Lidia sacó su arma con un movimiento ágil y le colocó un silenciador.

Apuntó cuidadosamente hacia la cerradura de la puerta y disparó, rompiéndola sin hacer ruido.

En ese momento, cuando Podbe rompió la mandíbula que sostenía el ente en su mano derecha, la esfera en la cabeza del ser cambió a un rojo intenso, señalando su furia.

Comenzó a avanzar a toda prisa, blandiendo la única mandíbula que le quedaba en su mano izquierda.

Con rapidez, Podbe lo esquivó y utilizó otra vez su habilidad, destruyendo la última arma del ente.

Reia, desde dentro de Podbe, anunció: “Menos diez puntos de mana, te quedan ochenta.” Podbe se preguntaba por qué el sistema no había enviado ninguna alerta durante el enfrentamiento.

Reia, sin embargo, no tenía respuesta para esa duda.

El ente continuó moviéndose, desafiante.

“Esto aún no termina, muchacho,” advirtió Reia.

Eduard, observando atentamente, pensó que el poder del ser residía en la esfera de su cabeza.

Se levantó rápidamente y le indicó a Podbe que destruyera esa esfera, aparentemente el núcleo de su fuerza.

El perro entendió al instante, levantó la cabeza en señal de asentimiento y cargó contra el ente malherido.

Saltó hacia él, acercándose a la esfera, y gritó desde su interior: “¡Cabezazo de fuego!” Mientras tanto, Lidia entró sigilosamente al cuarto y les hizo señas a los demás para que la imitaran.

Al adentrarse, vio a alguien moviendo frenéticamente las manos frente a un panel de control mientras permanecía sentado en una silla de espaldas.

La persona estaba visiblemente molesta porque el perro había destruido las dos armas del ente y ahora la esfera estaba en peligro.

“No puede ser,” murmuró el individuo.

“Voy a hacer que esta criatura sea más fuerte y acabe con todos ellos, especialmente con ese perro.

Pero…

¿dónde están los otros?” En ese preciso instante, sintió algo frío presionando su sien derecha.

“¡Quieto, no te muevas!” ordenó una voz firme.

Era Elena, quien lo apuntaba con determinación.

El hombre se asustó y levantó las manos del panel de control.

No entendía cómo habían logrado entrar sin ser detectados en los monitores, pero estaba tan absorto en la batalla que no había notado nada más.

El sujeto era un hombre pequeño, de tamaño similar al de un niño; sus pies apenas tocaban el asiento.

Llevaba guantes negros y una bata blanca que lo hacía parecer un científico excéntrico.

Sus lentes redondos, su calvicie parcial —con mechones de cabello solo a los costados— y su larga barba blanca completaban su apariencia peculiar.

“¿Cómo se atreven a entrar en mis dominios?” gritó furioso.

“Yo tengo el arma, yo haré las preguntas,” respondió Elena con una mirada aterradora.

Luego, indicó a los chicos que buscaran algo con qué amarrarlo.

Elena, María y Billy comenzaron a buscar y encontraron unas cuerdas en uno de los gabinetes de la esquina.

“¿Saben hacer nudos?” preguntó Lidia.

“Yo sí,” respondió Billy, quien había practicado nudos durante años en el orfanato.

Era diestro en estas tareas para su edad.

“Pues hazlo rápido,” le apremió Lidia.

Rápidamente, Billy les pidió a las chicas que enrollaran la silla con la cuerda, y luego hizo un nudo perfecto.

“Lo ven,” dijo orgulloso, mostrándoles su trabajo.

Las niñas susurraron “presumido” y se rieron suavemente después de todo lo que habían pasado.

“Bien, ahora dinos tu nombre, por qué nos atacaste y dónde está la salida,” exigió Lidia.

“Eso son muchas preguntas, jovencita,” respondió el científico con un tono petulante.

“Solo responde,” replicó Lidia, fulminándolo con la mirada.

“Muy bien, mi nombre es Dani, el gran Dani para ustedes,” dijo con arrogancia.

Los niños no pudieron evitar reírse ante su declaración.

“Soy pequeño, pero soy muy inteligente,” los miró molesto.

“Prosigue,” dijo Lidia, aun apuntándolo, aunque ahora desde lejos mientras lo alejaba de los controles.

“Los ataqué porque son intrusos, y yo soy el guardián de este piso, donde realizo experimentos fallidos, como en casi todos los pisos, excepto el último,” añadió él.

“Si quieren continuar, deben seguir por esa puerta.

Hay una salida igual a la que usaron para entrar, y deben descender piso por piso.” “¿Y hay algún atajo para llegar al último piso?” preguntó Lidia.

“No lo hay, muchachita.

Todos los pisos tienen ascensores para moverse entre ellos, por órdenes de nuestro jefe.

Dado que el ascensor está destruido y ustedes están aquí, la única manera de avanzar es bajar piso por piso hasta llegar al último.

Esta pirámide invertida fue diseñada así para detener a los intrusos, y cada piso tiene su propio guardián.

Aunque parece que los guardianes de los primeros niveles han muerto debido a los fuertes temblores que se sintieron.” “¿La puerta más adelante tiene algún seguro o algo?” preguntó Lidia, mirándolo con sospecha.

“No te me acerques, muchachita.

Si aprietas ese botón, se activará.” Lidia ordenó a Billy que presionara el botón.

El niño se acercó, pero antes de hacerlo, un escalofrío recorrió su cuerpo.

Volteó hacia ella.

“¿Y si es una trampa?” “Presiónalo con ese palo que está en el suelo,” sugirió Lidia.

“De acuerdo,” respondió él.

Con el palo en la mano y nervioso, Billy presionó el botón.

Se escuchó un clic, y una luz roja en el panel cambió a verde.

En las pantallas, se pudo ver cómo la habitación, que cambiaba de colores, volvió a una iluminación blanca clínica.

También se observó cómo el ente se derretía, drenándose por una rejilla.

“Bien, nos vamos, niños,” dijo Lidia.

Dani, angustiado, protestó: “¡No pueden dejarme aquí amarrado!” Comenzó a moverse como un niño haciendo pucheros, pero no podía desatarse.

Al parecer, Billy era realmente bueno haciendo nudos.

Mientras todos salían del lugar, Lidia se detuvo antes de cruzar la puerta, reflexionó por un momento y, tras reconsiderar la situación, dijo: “Tú vendrás con nosotros.

Así tendremos más posibilidades de evitar ataques futuros.” De vuelta a la pelea, cuando Podbe rompió la esfera del ente, solo se vio un líquido viscoso escurriendo por las rejillas de drenaje.

No apareció ninguna misión por vencer a esa criatura.

“Qué decepción,” comentó Podbe.

“Era débil entonces.” Reia le explicó que no había aparecido ninguna misión, pero que habían ganado cincuenta puntos de experiencia.

Eduard se acercó al can, acariciándole la cabeza y diciendo: “Buen chico.” Le ofreció un poco del brebaje.

Al principio, el perro no quería tomarlo, pero Reia insistió para que recuperara fuerzas.

Finalmente, lo bebió, sintiendo una oleada de náuseas como la primera vez, pero luego se sintió renovado.

Eduard miró a su alrededor, preguntándose dónde estaban los demás.

Cuando volvió a mirar, vio que venían los cuatro, pero llevaban una silla, y en ella había un niño.

Al acercarse, se dio cuenta de que era un hombre bajito.

Miró a los chicos y les preguntó quién era.

Lidia le explicó que era el guardián de ese piso.

“Así que tú fuiste el que nos causó estos problemas, al igual que esos topos mutantes de arriba,” dijo Eduard.

“¿Topos mutantes?” preguntó el científico atado.

“Así que fueron esas cosas las que acabaron con los guardianes de los pisos superiores,” murmuró Dani.

“Cuéntame más sobre ellas,” miró a Eduard intrigado.

Eduard describió cómo eran esas criaturas.

Al observar al científico, se dio cuenta de que no sabía nada sobre ellas.

“Veo que no las conoces.

Tal vez sean algún espécimen que escapó de algún lugar,” indicó Eduard.

“Tonterías.

Yo he trabajado mucho tiempo aquí y sé exactamente qué experimentos se realizan en este lugar,” aclaró Dani.

“Seguramente fueron atraídas por algo o alguien con un poder extraordinario,” reflexionó Dani.

“Iré con ustedes.

Quiero investigar más.” “De todas formas, ya ibas a venir con nosotros,” respondió Lidia.

Eduard sacó a Dani de la silla, aún atado, y comenzaron a avanzar.

Dani observó a todos con curiosidad, tratando de entender por qué esas criaturas podrían haberse sentido atraídas por alguno de esos extraños.

“Se me olvidaba preguntarte, en tus monitores, ¿viste dónde cayó la otra parte del ascensor?” preguntó Eduard.

“Solo pude ver que se partió y cayó girando como un trompo.

Pero si sus amigos siguen con vida, probablemente estén en los pisos inferiores, según la última ubicación del aparato,” respondió Dani.

“Entonces debemos seguir bajando para encontrarlos,” indicó Eduard.

“Continuemos.” Llegaron a la puerta, la abrieron y comenzaron a descender por las escaleras hacia el cuarto piso.

Mientras tanto, el grupo de Adía estaba a punto de llegar al sexto piso.

Marie se acercó a Gin y le preguntó: “¿Sabes por qué se llevaron al chico?

El padre de Elena nos contó algo, pero, ¿sabes algo más?” “Debe ser por el proyecto Odiseo y los Metalux,” respondió Gin.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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