El sistema del perro agente - Capítulo 36
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36: Pirámide Invertida (7) 36: Pirámide Invertida (7) Adía conocía un poco del proyecto por lo que les había dicho el señor Mike, pero los Metalux no habían mencionado nada al respecto.
—¡Ah!
Yo tampoco sé mucho sobre ellos —respondió Gin—, pero lo único que sé es que son seres con poderes diversos.
Posiblemente, el niño que se llevaron tiene el poder de volver a abrir el otro lado y transferir ese poder a otros individuos.
—¿Como nosotros?
—interrumpió Ezequiel con curiosidad—.
Pensé que esas prácticas habían desaparecido cuando desarticularon los planes del doctor Laos y este falleció en la explosión de la empresa Xerox, aunque nunca encontraron su cuerpo.
—¡Ah!
Te refieres al doctor Emerson Laos, el precursor, el creador del proyecto Puerta Azul y el Nébula, que tuvieron éxito, a diferencia del proyecto Odiseo, que ahora están reactivando por su hijo, el doctor Richard Laos —comentó Gin.
—Así que el doctor tuvo un hijo… —Adía se quedó pensativa tras la revelación—.
Qué interesante.
Pensé que los planes terminarían con ese doctor, según nuestras fuentes, pero no imaginé que alguien más, y peor aún, de su misma estirpe, continuaría con el legado de su padre —reflexionó Marie.
Ezequiel volteó hacia Adía y le preguntó: —Tú que eres…
Bueno, antes de continuar, y sin decir que eres mayor que todos aquí presentes, ¿sabes en qué trabajaba ese doctor?
—Preferí olvidar todas esas cosas —respondió Adía con un suspiro—.
Le pedí al líder del equipo C que borrara esos recuerdos dolorosos de mi pasado, pero creo que ese muro mental se rompe conforme nos adentramos más en este lugar.
Han pasado muchos años desde la supuesta muerte del doctor Laos padre.
Lo único que recuerdo fue su caída desde uno de los pisos de la compañía hacia una fosa profunda, pero mis recuerdos después de eso son vagos.
Ese humano ha sobrevivido ya cien años, casi como yo.
Debió haber adquirido algo del otro lado.
Adía se sumergió en sus pensamientos por un momento, hasta que llegaron a la puerta.
Gin interrumpió a todos y anunció: —Bien, señores, hemos llegado a la puerta del penúltimo piso.
Gin sacó una tarjeta que llevaba colgada del cuello y la pasó por un escáner cercano.
Una luz cambió de rojo a verde, indicando que la puerta estaba abierta.
Antes de entrar, les sugirió improvisar para evitar algún enfrentamiento.
Al costado de la puerta, encontraron una caja con grilletes.
Les propuso ponérselos en los brazos y fingir que venían como parte del experimento.
—Me parece un buen plan —indicó Marie—, pero yo me quedo con las llaves.
—Bien —dijo Gin.
Él abrió una de las mitades de la gran puerta roja, entró y gritó: —¡Hola, guardián del piso seis!
Soy yo, Gin, el guardián del piso cinco, y traje a estos para el experimento.
Gin seguía gritando, pero en ese momento, un carrito de juguete que parecía de bomberos se acercó.
Al llegar frente a él, parecía observarlo, y de la manguera que traía salió un chorro que parecía agua, pero que al contacto con Gin lo transformó en una estatua de hielo.
—¡Marie, pronto, las llaves!
—gritó Ezequiel.
Marie se liberó rápidamente y se las lanzó a Ezequiel, pero fueron rodeados por varios camiones de bomberos de juguete, que dispararon sin piedad hacia Adía, Rino y Gat, congelándolos al instante.
Ezequiel ya estaba por liberarse cuando un helicóptero de juguete lo roció y lo congeló de inmediato.
Antes de quedar completamente inmovilizado, le indicó a Marie que huyera, pero ella también fue congelada.
Una vez todos convertidos en estatuas de hielo, el ambiente se volvió gélido.
Una figura encapuchada, cubierta por un abrigo que ocultaba todo su cuerpo, se acercó lentamente, especialmente hacia Gin.
—Traidor —dijo con voz fría—, ahora serás parte de mi colección de estatuas de hielo en mi jardín ártico, junto con los demás.
Una risa maléfica resonó en el aire.
Luego, la figura ordenó: —Llévenselos.
De pronto, más carritos de juguete aparecieron en el lugar, desplegaron cuerdas y comenzaron a atar a todos para llevarlos donde su amo les indicó.
—Pero con cuidado —añadió la figura—.
Estas estatuas se verán muy bien, especialmente sus rostros de desesperación.
Todos fueron llevados a través de una puerta, incluyendo a la persona encapuchada, quien probablemente era el guardián de ese piso.
En las escaleras que llevaban al cuarto piso, María se acercó a Billy y le habló al oído: —¡Oye, Billy!
¿No te has dado cuenta de que Elena se rió con nosotros?
—¿Y eso qué tiene?
—respondió él en voz baja.
—Pues ya sabes por lo que pasó con su padre —insistió Billy.
—Sí, es cierto.
La veo un poco recuperada, pero creo que no será fácil que vuelva a ser la misma que vimos antes de entrar a este lugar —respondió María.
—¿Qué tanto murmuran allá atrás?
—les gritó Lidia.
Los dos se miraron y, con voz temblorosa, respondieron: —Nada.
Aunque no eran muy buenos murmurando, porque Elena había escuchado todo.
Su expresión de tranquilidad cambió ligeramente a una mezcla de tristeza y furia por destruir este lugar.
—Bien, llegamos —indicó Dani antes de intentar colocar la tarjeta en el escáner como hizo Gin.
Sin embargo, Dani se negó a hacerlo, recordando que la persona que custodiaba este piso era extremadamente aterradora—.
Se me había olvidado ese pequeño detalle.
Lidia tomó la tarjeta de sus manos y la pasó por el escáner.
La luz cambió a verde, señalando que la puerta estaba abierta.
Todos entraron, incluso Dani, porque Podbe comenzó a mirarlo con desconfianza y a gruñirle.
La puerta se cerró tras ellos, y de repente, un carrito emergió del suelo.
Una máquina metálica empujó a todos dentro del carrito, apretados y con las piernas arriba, incluso a Podbe.
Al intentar acomodarse, todos quisieron bajarse, pero fue tarde.
Del suelo surgieron rieles, y una voz resonó en el ambiente: —Intrusos, bienvenidos a mi piso.
Les daré un buen recorrido antes de acabar con ustedes.
El carrito comenzó a moverse a una velocidad de sesenta kilómetros por hora.
Nadie sabía de dónde agarrarse; algunos sujetaban el borde, mientras que otros se aferraban a Eduard, especialmente los niños.
De las paredes comenzaron a proyectarse imágenes de experimentos realizados en ese piso: pruebas de velocidad, habilidades y nuevos armamentos diseñados para medir resistencia y velocidad.
Los rieles cambiaban con cada parada, mostrando escenas de cómo se realizaban las pruebas hasta los desechos resultantes.
El recorrido continuó, con ilustraciones y representaciones teatrales que mostraban los químicos utilizados, la fundación de la empresa y otros detalles irrelevantes para el público.
La voz decía: “Aplaudan,” pero nadie obedeció.
Como respuesta, de las paredes emergieron sierras circulares con dientes afilados que pasaban peligrosamente cerca del carrito.
—Aún no —indicó la voz—, aún falta el gran final.
Rieles comenzaron a salir del techo, subiendo y bajando repetidamente.
Los ocupantes del carrito estaban mareados; algunos querían vomitar, asomando sus rostros fuera del vehículo.
Explosivos destrozaban los rieles detrás de ellos, y justo antes de que las explosiones los alcanzaran, el riel llegó a su fin.
Abajo, una gran piscina con tiburones esperaba.
—Bueno, este es su final, mis queridos intrusos.
Adiós y buen viaje al otro mundo.
El carrito comenzó a detenerse directamente sobre lo que parecía su destino final.
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