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El sistema del perro agente - Capítulo 37

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37: La Carrera Contra El Sonido 37: La Carrera Contra El Sonido Cuando nuestros amigos iban directo a su destino final, ocurrió algo inesperado.

El carro terminó por caer directamente en una piscina.

Uno de los tiburones lo destrozó con sus dientes, pero no encontró nada dentro.

“¡Qué imposible!”, exclamaba la voz con frustración.

“¿Dónde están?

¿Cómo pudieron desaparecer?

¿En qué momento lo hicieron?”.

Todos estaban colgando precariamente de lo que parecía ser una especie de cornisa.

En el último segundo, antes de precipitarse hacia lo que parecía su perdición, Podbe activó su habilidad de detective y divisó esa saliente en el techo.

Con un ladrido agudo y una mirada penetrante, hizo entender a Eduard lo que debían hacer.

Este último alzó la vista hacia el techo y les indicó con urgencia: “¡Rápido, agárrense de mí!”.

“¿Y qué hacemos con Podbe?”, preguntó Billy con preocupación.

“Él sabe qué hacer”, respondió Eduard con seguridad.

Todos se sujetaron unos a otros formando una cadena humana: de la cintura de Eduard colgaban Lidia y Elena; de sus piernas, María y Billy; y de uno de sus pies, Dani.

Mientras tanto, Podbe comenzó a escalar hasta la parte más alta, llevando en su hocico una soga que Eduard le había lanzado.

Una vez arriba, el perro jaló con fuerza para subir primero a Elena, luego a Lidia, quienes juntas ayudaron a izar a María y después a Billy.

Dani, desesperado, gritaba desde abajo: “¡Apúrense, no resisto!

¡Me voy a caer en cualquier momento!”.

Su voz resonaba con angustia, mientras los demás intentaban calmarlo.

Finalmente, cogió la soga y fue izado por todos.

Una vez arriba, Eduard trepó solo.

Todos, tensos como cuerdas de violín, pudieron relajarse al fin, sintiendo un respiro de tranquilidad.

Los presentes agradecieron a Eduard y a Podbe, quienes una vez más habían salvado el día.

“Pero aún no estamos a salvo”, les advirtió Eduard.

“Debemos encontrar la forma de seguir avanzando”.

La voz seguía resonando con furia: “¿Dónde están?

No pueden haberse esfumado, así como así”.

De pronto, el cuarto volvió a la normalidad: las paredes, los rieles y la piscina de tiburones desaparecieron, dejando intacto únicamente el lugar donde ellos se habían escondido.

La voz, ahora colérica, continuaba buscándolos.

De repente, una de las paredes se levantó, revelando una puerta.

De ella emergió otro individuo vestido con una bata similar a la de Dani, pero llena de colores vibrantes.

Su cabello estaba trenzado en rastas, cada una pintada de un tono diferente, y llevaba un piercing en la nariz junto a unos lentes de sol oscuros.

Su piel tenía la textura del terciopelo oscuro de una noche estrellada.

Alto y elegante, portaba consigo una guitarra de rock.

Inspeccionó la zona con sus ojos oscuros, llenos de rabia porque los intrusos se le habían escapado.

De pronto, gritó: “¡Hola!

¿Dónde están?

No se pueden esconder de mí”.

Agarró su guitarra y comenzó a tocar una melodía suave que poco a poco se transformó en algo pesado y lúgubre, reflejando su desagrado.

De la guitarra surgieron ondas invisibles para todos, excepto para un ojo entrenado como el de un halcón o un águila, y para nuestro amigo Podbe, quien ahora estaba en su modo detective.

Las ondas comenzaron a generar huecos en las paredes y la tonada se volvió ensordecedora, destruyendo todo a su paso.

Los oídos de todos empezaron a zumbar fuertemente, especialmente los de Podbe, cuya audición era mucho más aguda que la de los humanos.

“Menos veinte puntos de mana”, indicó Reia.

“¿Qué te pasa, Podbe?”, le preguntó con preocupación.

“Es una música muy ruidosa.

Me está matando”, respondió él con voz dolida.

“No eres el único, muchacho.

Los demás también están sufriendo”, le dijo ella.

“Debemos acabar con ese instrumento o moriremos aquí”, añadió con urgencia.

Todos comenzaron a gritar de dolor, y Podbe aulló tan fuerte que el sujeto logró localizar su escondite.

“Debo configurar mejor ese espacio la próxima vez.

Si no fuera por las melodías que toco, no los hubiera hallado.

A mí no me afecta esta música porque tengo tapones especiales”, murmuró para sí mismo.

Acto seguido, el sujeto apuntó su guitarra hacia donde provenían los gritos, ajustó el volumen al máximo y lanzó una oleada de sonido devastadora.

Las ondas destruyeron todo a su paso mientras avanzaban hacia ellos.

Tambaleándose, Podbe se colocó frente a todos y recibió el impacto tras activar su habilidad de dureza.

“Menos veinte puntos de mana, cinco minutos de habilidad activa”, anunció Reia.

La estructura colapsó, y todos cayeron desde una altura de tres pisos.

Por suerte, Podbe se colocó debajo de ellos, amortiguando la caída con su cuerpo.

“Eso les pasa por meterse conmigo, Don Richi, el mejor guardián de esta pirámide invertida”, expresó el sujeto en tono burlón.

Todos se levantaron adoloridos pero ilesos.

Al ver al perro debajo de ellos, se disculparon profusamente, aunque Podbe parecía indiferente gracias a su habilidad.

“Pensé que no iba a servir para eso”, comentó Podbe a Reia.

“Al menos duró lo que tenía que durar.

Parece ser que el efecto se acabó rápido debido al peso que tuviste que soportar y no alcanzó los cinco minutos como antes.

Ahora debes esperar una hora para volver a activarlo”, explicó ella.

Don Richi reía sin parar, diciendo: “Ahora ya están muertos.

Lástima, al menos hubieran servido para mis experimentos”.

“¿Qué hacemos?”, preguntaron los niños, angustiados.

“Tranquilos”, les indicó Lidia con calma.

“Todo saldrá bien”.

Dani, aunque asustado, sentía una curiosidad insaciable por descubrir qué era lo que ese perro tenía.

Se imaginó varias posibilidades: “¿Acaso será extraterrestre o magia?”, pensaba para sí.

“Bien, tenemos algo a nuestro favor”, dijo Eduard.

“Él cree que nos aniquiló con ese ataque.

Debemos lanzar una ofensiva”.

Miró al perro y le preguntó: “¿Puedes hacer nuevamente eso?”.

Podbe negó con la cabeza.

“Si no puedes hacer eso, entonces tendremos que acercarnos hacia él y destruir primero esa guitarra”.

“¿Y cómo vas a hacer eso?”, le increpó Dani.

“Tú no te preocupes.

El perro y yo nos encargaremos de ello mientras ustedes se quedan aquí escondidos”, respondió Eduard con determinación.

“Podbe, quiero que ladres en esto”, ordenó Eduard.

“¿Qué es esto?”, se preguntó Reia dentro del can.

Pero, claro, Eduard no podía oírla; solo Podbe podía hacerlo.

“Es una caja de sonido.

Tengo más en la mochila.

Pondremos varias.

Solo debes ladrar, pero no tan fuerte para que no nos escuche.

Empezaré a grabar en una de ellas, y esta copiará la grabación a las demás”.

Hicieron lo que Eduard ordenó: separarse y colocar las cajas en diferentes lugares.

Para su suerte, al cambiar la habitación, había varias columnas en las que podían esconderse.

Una vez puestas las ocho cajas, Eduard dijo con una gran sonrisa hacia el perro: “Empecemos la función”.

Eduard encendió las máquinas, aumentando el sonido, y por todas las direcciones comenzaron a oírse ladridos de perro fuertes.

Don Richi volteó a ver de dónde venía el sonido.

No podía creer que alguien hubiera sobrevivido a su ataque.

Desorientado, disparó a diestra y siniestra como un loco.

Esto permitió que Eduard y Podbe pudieran acercarse a él en un descuido, encontrando una oportunidad para atacar.

Eduard se acercó al sujeto para quitarle la guitarra, pero este se percató de su presencia en el último momento, girándose y golpeando a Eduard en la barbilla con la guitarra.

“Tonto, creíste que no me iba a dar cuenta de tu presencia.

Si tú estás vivo, entonces tus acompañantes también deben estar cerca, como cucarachas.

Solo vi un perro y ahora escucho muchos ladridos.

Seguramente es un truco”, indicó molesto.

Miró a Eduard y le apuntó con la guitarra.

“Entonces tú serás el primero en morir”.

Ya iba a empezar a tocar cuando vio que solo tenía en sus manos la parte de arriba de la guitarra y las cuerdas rotas.

“¿Cómo pudo pasar esto?

¿En qué momento?”, se cuestionó a sí mismo.

Bajó la mirada y vio al perro con la otra mitad de la guitarra en el hocico.

“Menos diez puntos de mana por uso de la habilidad de mordedura de acero”.

“Ya no podrás volver a hacer esos ruidos molestos”, pensó Podbe en su interior mientras le sonreía a Reia.

El sujeto, soberbio y confiado, se quedó paralizado en el sitio mientras el can soltaba el instrumento, o lo que quedaba de él, y se lanzaba hacia él con un cabezazo de fuego que lo noqueó al instante.

“De nuevo no hubo misión por esto”, le consultó Podbe a Reia.

“No solo ganaste doscientos puntos de experiencia, te faltan seiscientos cincuenta para subir de nivel al nivel siete”, le indicó ella.

“Recuerda que a partir de este nivel el sistema indica que necesitas mil puntos para el siguiente nivel”.

El perrito sintió pereza por tener que pelear con estos individuos iguales y no recibir mucha ganancia; bostezó y suspiró un rato.

“No te sientas así.

Tengo algo que te puede animar.

Dame un momento”, le dijo Reia.

“¿Sorpresa?”, preguntó el can extrañado.

“Sí, ya casi está.

Listo.

Activar”, indicó ella.

Dentro del cachorro se podía ver una niebla y se mostró a Podbe tirado en una especie de suelo, patas para arriba.

En frente de él se escuchaba la voz de Reia, que mientras más se acercaba a donde estaba el perro, se iba mostrando una silueta femenina.

“Bien, Podbe, encontré este espacio dentro de tu mente y pude visualizarnos a ambos.

Aquí verás cómo te ves en realidad”.

De pronto se pudo ver a un niño casi parecido a Aiden, solo que, con más color en la piel, cabello azul corto y ojos verdes, en un traje como pelaje de perro que le cubría el cuerpo.

Le mostró un reflejo como espejo y Podbe se sorprendió al verse en forma humana.

“¡Soy como Aiden!, ¡qué genial!

¿Y mis patitas y mi colita?

¿Dónde están?”.

“Tranquilo, esto es solo en tu interior.

Todo lo demás está en el mundo real”, le explicó ella con paciencia.

“Entiendo”, respondió Podbe, provocando la risa de Reia por su inocencia.

Luego que él entendiera, ella le expresó: “Bueno, así creo que me puedo ver yo como una humana”, mostrando su rostro angelical, con cabello largo dorado portando una túnica blanca.

“¡Guau!

Te ves asombrosa y hermosa, Reia, como humana.

Y cuando tengamos a Aiden de vuelta, también podrá visualizarnos así y estar aquí también”.

“¿Por qué no?”, le indicó ella con una sonrisa.

“No te prometo nada, pero tendría que hacer la prueba para ver si su enlace contigo es compatible.

Por ahora, vamos por él”, le precisó.

Y el can dio un gran sí.

“Ahora que ya me puedo ver, las conversaciones serán más amigables”, se dijo a sí mismo con entusiasmo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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