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El sistema del perro agente - Capítulo 38

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38: Ya Falta Poco, Espéranos 38: Ya Falta Poco, Espéranos Una vez vencido Don Richi, el resto del grupo salió de su escondite gracias a que Eduard les hizo una señal con una luz, apagando y encendiendo algo que Lidia conocía muy bien debido al entrenamiento que seguía para convertirse en agente.

Todos se reunieron, incluyendo a Dani, quien, acercándose al cuerpo inmóvil de Don Richi, le gritó: “¡Eso pasa por meterte conmigo, ja, ja!”.

El resto lo miró con una expresión penetrante que hizo que Dani bajara la cabeza y murmurara: “Bueno, ellos lo hicieron”, antes de retroceder detrás de Eduard.

—¿Ahora qué sigue?

—preguntó Lidia a Eduard, con un tono firme pero calmado.

Él volteó hacia Dani y le consultó si también debían llevar a esa persona consigo.

El científico negó con la cabeza.

—Solo necesitamos ingresar al cuarto de máquinas que activa la puerta para el siguiente nivel y la credencial que él tiene —explicó Dani, ajustándose los anteojos nerviosamente.

—Vimos que la puerta salía de esa pared.

Debe estar ahí el centro de control.

Pronto, busquen un interruptor —ordenó Lidia a Elena, María y Billy, quienes comenzaron a inspeccionar cada rincón del lugar.

Mientras tanto, Lidia registró meticulosamente el cuerpo desmayado de Don Richi.

—Encontré una parte hueca de la pared.

Creo que puede ser donde se encuentra el mecanismo para abrir la puerta —indicó Billy, señalando un punto específico.

Eduard se acercó rápidamente al lugar indicado y, con un puñetazo certero, rompió ese pedazo de pared.

Efectivamente, allí había una palanca que bajó con un sonido metálico.

Un mecanismo comenzó a resonar, y la pared frente a ellos se levantó lentamente.

—¡Bingo!

—exclamó Eduard con satisfacción.

Lidia, por su parte, revisó cada bolsillo de la bata de Don Richi, pero no encontró la credencial que necesitaban.

Luego, miró al perro y le dijo: —Es tu turno, Podbe.

Antes de continuar, Lidia sacó de su cintura la soga con la que habían amarrado a Dani anteriormente y ató de pies y manos al sujeto, asegurándose de que no pudiera escapar.

—Bien, ahora sí, Podbe —dijo ella con una sonrisa.

Podbe se acercó a Don Richi y comenzó a lamerle toda la cara.

El hombre sintió algo húmedo y pegajoso sobre su piel y, al despertar, vio al perro mirándolo fijamente mientras lo lamía.

—¿Qué te pasa?

¿Dónde habrás puesto esa lengua?

¡Deja de hacer eso!

—gritó, intentando alejar al can.

Podbe dejó de lamerlo y, cuando Don Richi abrió completamente los ojos, pudo ver a todos parados frente a él.

—¿Cómo fue que perdí?

¡Maldición, no puede ser posible!

¿Acaso es un sueño?

—murmuró, confundido.

Podbe gruñó suavemente y le ladró, como si respondiera a sus preguntas.

—Tranquilo —le indicó Eduard, calmando al perro—.

Esto no es un sueño —añadió, cruzándose de brazos.

Don Richi recordó los últimos momentos antes de su derrota y exclamó: —¡Condenado animal, todo esto es tu culpa!

—dijo, fulminando a Podbe con la mirada.

—No mires al perro, mírame a mí —intervino Eduard con autoridad—.

Ahora que te hemos vencido, queremos tu identificación para poder cruzar al siguiente piso.

—¿Crees que les voy a dar algo?

¡Ni lo sueñen!

—respondió el hombre atado en el suelo, con desdén.

—En ese caso, lo buscaremos por nuestra cuenta.

Te puedes quedar aquí amarrado hasta que alguien venga por ti, pero como sabrás, no hay forma de subir rápidamente, solo por las escaleras —replicó Eduard, dándose la vuelta e ingresando al cuarto de control junto a los demás.

—¡Esperen!

—gritó Don Richi, titubeando—.

Les daré la credencial y abriré las puertas para que sigan al siguiente nivel si me llevan con ustedes, como llevan a ese traidor de Dani.

Dani se ocultó detrás de Lidia, tratando de evitar la mirada furiosa de Richi.

—No estás en posición de hacer tratos —le espetó Eduard—, pero puedes venir con nosotros.

Serás llevado atado con esas cuerdas en las manos por Lidia.

—Acepto el trato —indicó Richi, resignado.

Lidia hizo que Billy cambiara las cuerdas de posición, pero no sin antes sacar su arma y apuntarle a Richi, advirtiéndole que, si hacía algo malo, no dudaría en disparar.

El hombre pensó en escapar, pero al ver la determinación en los ojos de Lidia, decidió seguir la corriente.

Billy cambió las ataduras, dejando solo las manos atadas, con un extra de cuerda para que Lidia pudiera jalarlo si era necesario.

Billy, dentro de sí, pensaba: “Esta forma de amarrar está muy mal, parece principiante”.

Miró a Lidia y solo hizo un gesto de desaprobación que ella captó al instante.

Las chispas saltaron entre sus miradas, y Billy se puso nervioso, murmurando: —Ya está, sin mirar de nuevo a Lidia.

—Bien, Richi, ¿dónde está la credencial?

—preguntó Eduard, impaciente.

—Está dentro, junto a los controles.

Nunca salgo con ella si tengo que salir a dar un escarmiento a los intrusos —comentó Richi, con una sonrisa arrogante.

Ingresaron a la cabina y Dani se apresuró a presionar el botón rojo que debía activar las puertas de las escaleras, pero no vio la credencial de Don Richi.

—¿Dónde está?

No hay nada aquí, Richi —le preguntó Dani, frunciendo el ceño.

—Si me desatan, les puedo indicar dónde está.

—No, gracias —le respondió Lidia secamente—.

Solo danos esa credencial.

—Está bien, está en el escritorio que está allá —indicó Richi, señalando con la cabeza.

Eduard se acercó al escritorio, pero justo antes de tocarlo, Podbe ladró con urgencia, alertándolo.

Gracias a su habilidad de modo detective, el perro detectó una trampa.

En ese momento, unos dardos salieron disparados del escritorio, pero Eduard logró esquivarlos por poco.

—Eso estuvo cerca —dijo Eduard, respirando profundamente—.

Gracias, Podbe.

El perro ladró en respuesta.

Eduard examinó el escritorio cuidadosamente y notó que no había nada visible.

Volvió donde estaban los demás y le gritó a Richi: —Nada de trucos esta vez, o haré que tú vayas primero y cualquier trampa que hayas puesto te caiga a ti.

Richi estaba nervioso, pero por dentro deseaba que esos intrusos desaparecieran por haberlo vencido.

“A mí nadie me vence”, se repetía mentalmente.

“Pronto caerán”, añadió con rencor.

Eduard, impaciente, buscaba por todas partes.

Les indicó a los demás que no se acercaran porque podría haber otras trampas.

—Ya sé, Podbe puede encontrarlo.

Quizá si le pregunto pueda entenderme.

Podbe, muchacho, ¿puedes buscar ese objeto?

El can entendió perfectamente, aunque no podía hablar con ellos.

Activó su habilidad de modo detective y comenzó a inspeccionar la habitación, detectando todas las trampas ocultas.

De pronto, divisó un brillo blanco en un libro ubicado en uno de los estantes.

Inmediatamente, corrió hacia él y tomó un libro verde.

Richi sudaba frío, visiblemente tenso.

Una trampa se activó, lanzando clavos desde la pared, pero Podbe los esquivó con facilidad.

Le entregó el libro a Eduard, quien le dio una caricia en la cabeza.

Al abrirlo, encontraron la credencial escondida en sus páginas.

—¡Gracias, muchacho!

—exclamó Eduard, sonriendo.

Como castigo, le colocaron cinta en la boca a Richi para que no hablara.

En los monitores, pudieron ver la puerta que debían seguir.

Pero antes, a todos les rugió el estómago.

—Creo que es hora de comer, incluso al perro —bromeó alguien, provocando risas.

—Reia le comentó a Podbe—, pero qué vergüenza —dijo en tono irónico y risueño.

Para suerte de todos, Eduard había traído unas galletas y su famoso brebaje.

Todos comieron las galletas, pero el brebaje les causó náuseas.

También le dieron un poco a Richi, quien hizo una mueca de asco antes de que le volvieran a poner la cinta en la boca.

Terminaron de comer y siguieron su camino al siguiente piso.

Al llegar a la entrada, abrieron la puerta e ingresaron.

Pero este piso estaba desolado, sin señales de vida.

Comenzaron a llamar: “¡Hola, hola!”, pero nadie respondió.

—Qué raro —se preguntó Dani en voz alta.

Al ver un enorme hueco en el techo, añadió—: Seguramente el otro grupo estuvo aquí, pero ¿cómo pudieron hacer un hueco tan grande sin que Richi y yo nos diéramos cuenta?

Estas estructuras no las hacen como antes.

Rápido y ágil, Dani encontró un elevador que lo llevó al cuarto de control.

Allí vio que las puertas ya estaban abiertas.

Bajó y les indicó: —Interesante, parece ser que este piso ya fue vencido.

Continuemos al siguiente.

Todos lo siguieron, confiando en que Dani no intentaría nada malo después de su enfrentamiento con Richi.

Al llegar, vieron la puerta abierta y comenzaron a bajar más escaleras.

—¿Otra vez?

No, ya nos cansamos de tantas escaleras —protestaron María y Billy.

—Ni modo, tendremos que continuar el camino —dijo Eduard, liderando el descenso detrás de Dani.

Los demás lo siguieron.

Mientras caminaban, todos se preguntaban en silencio dónde estaban Adía, Gat, Ezequiel y Rino.

En el sexto piso, una figura encapuchada observaba desde un balcón un gran jardín lleno de estatuas de hielo.

Junto a ella, un robot en forma de águila parloteaba.

—Ah, mi hermoso oasis de hielo, pero no voy a cantar como esa canción melosa de una película —dijo la figura, riendo mientras el robot murmuraba para sí: “Creo que ya se le zafó un tornillo”.

Cuando oyó que la puerta de entrada comenzaba a abrirse, comentó: —Qué bien, más estatuas para mi colección y un perro, eso es nuevo —murmuró, observando a los recién llegados a través de los monitores.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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