El sistema del perro agente - Capítulo 39
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39: El Frio Camino 39: El Frio Camino Los presentes llegaron a la puerta para ingresar al piso seis.
Usaron la tarjeta de Richi para abrirla e ingresaron con cautela.
La puerta se cerró automáticamente cuando el último de ellos entró.
El lugar era amplio y tenía un laberinto intrincado con cinco caminos distintos, cada uno flanqueado por lo que parecían ser habitaciones.
Las paredes estaban cubiertas de un material frío y metálico, y el aire olía a algo indefinido pero inquietante, como si el propio espacio les advirtiera que no debían estar allí.
Billy fue el primero en notar algo extraño: por uno de los caminos venían unos carritos de bomberos.
“¡Miren, unos carritos a control remoto!”, pensó él, emocionándose de inmediato.
María también sintió una chispa de curiosidad al verlos acercarse.
Sin embargo, su entusiasmo se desvaneció rápidamente cuando los carritos comenzaron a disparar un líquido gélido.
Dani reaccionó de inmediato, colocándose delante de Billy y recibiendo el impacto.
Antes de que María pudiera protestar, el cuerpo de Dani comenzó a cristalizarse en hielo, sus rasgos detenidos en una expresión de sorpresa.
Asustados, Billy y María retrocedieron hacia donde estaba Eduard, quien destruyó el carrito con un certero golpe antes de que pudiera atacar nuevamente.
De pronto, una docena más de carritos emergió del mismo pasillo.
Eduard gritó: “¡Cuidado, huyan, que no les disparen ese líquido!”.
Todos comenzaron a correr en diferentes direcciones, tratando de escapar de los juguetes asesinos.
En medio del caos, Lidia soltó la cuerda que sujetaba a Don Richi, quien salió corriendo por uno de los pasillos.
Antes de que Lidia pudiera alcanzarlo, un helicóptero de juguete descendió sobre él y lo roció con el líquido congelante, convirtiéndolo en una estatua de hielo.
Eduard intentó destruir los juguetes a patadas y golpes, pero cada vez que derribaba uno, otro aparecía para reemplazarlo.
El siguiente en ser congelado fue Elena, quien intentaba entrar a una habitación cuando un helicóptero de juguete surgió desde el lado donde había estado Don Richi.
Eduard trató de distraer a los juguetes mientras los demás huían, pero eran demasiados y venían de todas direcciones.
Lidia sacó su arma y comenzó a dispararles, pero sus esfuerzos fueron en vano; los juguetes seguían llegando en oleadas interminables.
María y Billy encontraron una de las habitaciones y decidieron esconderse allí.
Se refugiaron en un mueble grande, similar a un armario, que podía albergarlos a ambos.
Cerraron la puerta lentamente y observaron por la rendija cómo los juguetes pasaban frente a ellos.
Aunque se sintieron aliviados momentáneamente, la incertidumbre los invadió.
No sabían qué hacer ni cómo enfrentar esta situación tan surrealista.
Los helicópteros de juguete finalmente alcanzaron a Lidia, quien se congeló al instante en una pose tensa, como si aún estuviera apuntando con su arma.
Eduard luchó valientemente, pero los juguetes lo rodearon y lo cansaron hasta que todos lanzaron sus respectivos líquidos congelantes.
Antes de convertirse completamente en hielo, Eduard miró a Podbe y le indicó: “Eres nuestra única oportunidad”.
Luego, su cuerpo quedó petrificado.
Podbe, confundido y angustiado, también había estado peleando con algunos de esos juguetes, mordiéndolos y golpeándolos con sus patas.
Reia, dentro de él, en el espacio blanco que había creado anteriormente, le dijo: “Debemos escapar y organizar un plan”.
El can respondió con frustración: “Pero nunca nos rendimos, no podemos dejar a los demás a su suerte”.
“Lo sé”, replicó ella con firmeza, “pero debemos pensar en una estrategia”.
Sin más opciones, Podbe decidió seguir el consejo de Reia.
Se escabulló sorteando a los juguetes hasta que encontró un cuarto con un ducto medio oxidado.
Lo abrió fácilmente con sus colmillos y se metió dentro, asegurando la tapa con su cola para que no se cayera.
Los juguetes llegaron poco después, pero al no detectar movimiento, siguieron su camino.
Por su parte, María y Billy salieron de su escondite, mirándose mutuamente con una mezcla de alivio y desconcierto.
“¿Qué ha pasado?
Es como esa película antigua donde los juguetes se vuelven psicópatas”, comentó María, intentando aligerar el ambiente.
“Sí, qué miedo, pero ya los perdimos”, respondió Billy, aunque su tono revelaba más duda que certeza.
Comenzaron a revisar el lugar y vieron una rejilla de ventilación similar a la que Podbe había usado.
Decidieron entrar por ella y avanzar para ver hacia dónde los llevaría.
Mientras tanto, en el piso siete, Aiden seguía sufriendo los efectos de los líquidos que le habían inyectado.
En un momento dado, pareció desmayarse, pero en realidad entró en un sueño vívido.
Se encontró afuera de lo que parecía ser el orfanato donde había vivido, pero todo estaba lúgubre y destruido.
Detrás de él, comenzaron a seguirle sombras con ojos y bocas que irradiaban terror.
Aiden corrió hacia la reja de entrada del orfanato, pero al llegar, manos surgieron del suelo intentando jalarlo.
Asustado, corrió hasta la puerta principal y usó toda su fuerza para cerrarla.
Cuando las manos amenazaron con romperla, encontró un trozo de madera en el suelo y lo colocó estratégicamente para bloquearla.
Una vez dentro, el lugar no era igual al que recordaba.
Un camino iluminado por una luz neón azul brillante llamó su atención, acompañado de voces etéreas que lo invitaban a seguir adelante.
La puerta detrás de él comenzó a temblar, como si fuera a colapsar en cualquier momento.
Sin escaleras ni otra salida visible, Aiden no tuvo más opción que adentrarse en el sendero.
Al avanzar, la puerta desapareció y las voces continuaron susurrando: “Sigue, continúa, Aiden”.
El camino pronto se bifurcó.
Del lado izquierdo, voces melancólicas le dijeron: “Este camino te sacará de tu dolor”.
Del lado derecho, una voz tranquila y clara le indicó: “Sigue por este camino y podrás ver de lo que estás hecho.
Yo te acompañaré”.
Indeciso, Aiden optó por el camino de la derecha.
Sin embargo, del lado izquierdo emergieron manos de humo que intentaron arrastrarlo hacia un remolino que cambió de color de azul a rojo.
Voces llenas de maldad murmuraban palabras incomprensibles mientras el remolino lo engullía.
Justo antes de ser consumido, una silueta femenina envuelta en humo azul apareció corriendo.
Con una espada enorme, cortó las manos de humo y destruyó el remolino, salvándolo.
“Te dije que yo te protegeré”, dijo la figura antes de desvanecerse en risas suaves.
Aiden regresó a la bifurcación y tomó el camino de la derecha.
Caminó hasta llegar a un pozo desde donde emanaba la luz azul neón.
La voz amable le recomendó que saltara, y el muchacho, confiando plenamente, se lanzó sin vacilar.
“Cada uno tiene la oportunidad de un nuevo comienzo.
No importa hacia dónde te dirijas; si avanzas con amor y felicidad, siempre encontrarás un nuevo amanecer.”
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