El sistema del perro agente - Capítulo 4
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4: El Día de la Adopción 4: El Día de la Adopción En un lugar alejado de la perrera, aún bajo el manto de la noche, la luna brillaba en todo su esplendor, proyectando su luz plateada sobre el paisaje.
Contrastaba con las luces apagadas de los postes, que parecían rendirse ante la majestuosidad del cielo estrellado.
En ese entorno se divisaba un orfanato con una estructura barroca, similar a antiguas catedrales o castillos.
Era el orfanato de las Hermanas de la Orden del Sol, religiosas dedicadas por excelencia a acoger a niños huérfanos de todo el país, tanto niñas como niños, sin distinción alguna.
Llevaban años realizando esta noble labor con devoción.
El orfanato subsistía gracias a donaciones, actividades propias y subsidios del gobierno.
Sin embargo, mantener un edificio tan antiguo y grandioso resultaba costoso.
A simple vista, el lugar tenía cinco o seis pisos, con una puerta principal imponente al frente y otra trasera que daba acceso a un amplio espacio recreativo.
Allí, los niños jugaban fútbol, vóley y otros deportes, disfrutando de momentos de libertad y risas.
El recinto contaba con un vasto jardín y una piscina ubicada en el centro, rodeada de flores y árboles frondosos.
Más allá de la piscina, se alzaba una iglesia en la parte trasera del complejo, y junto a ella, un edificio casi del mismo tamaño que el principal, donde se impartían clases y talleres.
El edificio principal estaba dividido en varias zonas: A, B, C, D, E, F, G, H e I.
Las dos últimas, H e I, estaban clausuradas debido al deterioro de su estructura.
En los bloques de la A a la C se encontraban los dormitorios de las niñas, mientras que en los bloques de la D a la G estaban los de los niños.
La asociación acogía a niños desde recién nacidos hasta los diecisiete años.
Debían buscarles hogar lo antes posible, pero si cumplían esa edad sin ser adoptados, les enseñaban habilidades básicas para enfrentar la vida adulta a cambio de una cama y comida.
Algunos optaban por quedarse en el recinto, trabajando para siempre en el lugar que había sido su hogar durante tantos años.
Había muchas ventanas amplias que dejaban entrar la luz natural durante el día.
Sin embargo, en el quinto piso, una habitación permanecía iluminada a altas horas de la noche.
Se escuchaban susurros dentro: “¿Qué haces con la luz encendida?
Las hermanas pueden venir, enojarse y castigarnos”.
“Tranquilo, Billy”, respondió otra voz en un susurro apenas audible.
“No creo que pase nada, pero si haces bulla, obvio que sí”.
“Está bien, Aiden”, dijo Billy, resignado.
Billy era un niño de once años.
Usaba lentes que le daban un aire inteligente, y en realidad, lo era para su edad.
Medía unos ciento veintinueve centímetros, lo cual era un poco bajo para su estatura promedio.
Su cabello negro y casi rizado combinaba con sus ojos marrones oscuros y piel trigueña.
Se rumoreaba que provenía de algún país de Latinoamérica, aunque nadie sabía exactamente cuál.
Billy había llegado al orfanato a los cinco años.
Algunos decían que se había perdido y que sus padres nunca volvieron por él, pero eran solo historias o chismes sin confirmar.
Y yo… Bueno, soy Aiden.
¿Qué puedo decir de mí?
Mido ciento cuarenta centímetros, lo que creo que es promedio para mi edad, aunque no estoy seguro.
Mi cabello tiene un tono plateado, algo inusual; no sé por qué, pero así nací.
Mis ojos son verdes, como los de un gato —je, je—, y mi piel es clara.
Algunos piensan que necesito tomar más baños de sol para adquirir una tonalidad más “normal”.
No sé de dónde vengo; solo sé que me encontraron en la puerta del orfanato una fría mañana.
Billy y yo compartimos esa incertidumbre sobre nuestras raíces, aunque nunca hablamos mucho de ello.
“Como sabes, Billy, no tengo suerte con los adoptantes”, dijo Aiden mientras terminaba de atar las sábanas.
“Siempre me devuelven cuando se aburren o no tienen paciencia conmigo.
Supongo que soy un poco soñador y demasiado travieso”.
Sonrió con tristeza antes de continuar: “Por eso he decidido escaparme esta noche.
He juntado estas sábanas durante varios días para bajar por la ventana y conocer el mundo.
Estoy seguro de que alguien debe estar esperándome allá afuera”.
“Pero, Aiden”, interrumpió Billy, preocupado, “mañana es el día de la adopción.
Recuerda que podrías ser adoptado, al igual que yo.
No tienes muchas oportunidades, pero esta podría ser una buena”.
“No puedo arriesgarme otra vez”, respondió Aiden con determinación.
“Es por eso que me voy esta noche.
¿Vienes conmigo?” preguntó, mirando a Billy con esperanza.
Billy bajó la mirada, inseguro.
“Sabes que soy muy temeroso…
No creo que pueda hacerlo”, admitió finalmente.
“Entiendo”, dijo Aiden con un suspiro.
“Entonces, ¿puedes apagar la luz antes de que los otros chicos se despierten mientras bajo?
Y una vez que llegue al suelo, quiero que subas las sábanas y las escondas para que nadie sospeche”.
Aiden aseguró las sábanas a la cabecera de su cama con un nudo firme.
Miró cuidadosamente por la ventana para asegurarse de que no había nadie afuera.
Luego, lanzó las sábanas hacia abajo, formando una especie de cuerda improvisada.
“Nos vemos, Billy”, dijo con una sonrisa melancólica.
“Claro, si nos volvemos a ver”.
Comenzó a descender con cuidado, sujetándose fuertemente de las sábanas.
Una vez que llegó al suelo, dio dos tirones suaves para avisarle a Billy que todo estaba bien.
El niño dentro de la habitación rápidamente recogió las sábanas y las escondió debajo de su cama, justo a tiempo antes de que los primeros rayos de sol comenzaran a filtrarse por las ventanas.
Aiden salió corriendo sin levantar sospechas.
Al cruzar la puerta principal del orfanato, se detuvo un momento para pensar en su próximo destino.
“Quizá debería ir a la estación del tren en la calle principal”, murmuró para sí mismo mientras se deslizaba entre las sombras de la noche.
“El destino decidirá qué sigue para mí”.
A la mañana siguiente, en la perrera, llegó el día de la adopción canina.
“¡Despierta, despierta, perrito!” exclamó Reia con entusiasmo.
“Hay un mensaje para ti: es una misión.
Dice así: debes conseguir ser adoptado y no sucumbir al Valhalla canino.
Recompensa: dos puntos y subida de nivel instantánea”.
“Eso es increíble, amigo”, continuó Reia emocionada.
“Esto te subirá el ánimo y aumentará tus posibilidades de salir de este sitio”.
“Cinco minutos más, mami”, murmuró el perro entre sueños.
“¡Levántate, flojo!”, replicó Reia, enviándole un par de toques eléctricos suaves.
“Vamos, probemos ese aumento de fuerza que tienes”.
Antes de que pudiera protestar, el perro notó que todos los animales estaban siendo arreglados y fotografiados.
Cada foto sería colocada junto a una breve descripción para que los visitantes pudieran interesarse y adoptarlos.
Al perro también le tomaron una foto.
Sus ojos azules brillaban con curiosidad mientras intentaba mantenerse quieto frente a la cámara.
Luego, llevaron a todos los animales a un largo patio donde habían dispuesto varias mesas.
Allí, el veterinario y dos chicas más se encargaban de entregar formularios a quienes deseaban adoptar a los perros.
Los futuros dueños llenaban los datos necesarios y recibían información sobre cómo cuidar adecuadamente a sus nuevos compañeros.
Hago una pausa y aconsejo como autor de esta historia que: La adopción es algo maravilloso.
Yo también tengo tres perritas que adopté hace siete años, y ya vamos para los ocho.
Les das una nueva vida a los animalitos sin hogar, y ellos te lo agradecerán siempre, acompañándote en las buenas y en las malas.
Siempre trata a tus mascotas con amor y respeto, y recuerda que una adopción responsable es lo más importante.
Pasaban muchas personas, algunas acompañadas de sus hijos, quienes se encariñaban rápidamente con los animalitos.
Además de perros, también había gatos, aunque estaban en otra sección.
Cuando algunos niños se acercaban a nuestro amigo, lo jaloneaban como si fuera un muñeco de peluche, lo cual lo asustaba tanto que terminaba escondiéndose entre los juguetes y mantas que habían colocado en su corral.
El tiempo transcurría lentamente, y aún nadie parecía interesado en adoptarlo.
Ya solo quedaban cinco o seis perros esperando en el patio.
Nuestro amigo, preocupado, le dijo a Reia: “Esta es mi oportunidad para escapar.
No quiero ir al Valhalla canino; soy muy joven”.
En ese momento, vio que alguien abrió la puerta principal y aprovechó para soltarse de la correa que lo sujetaba.
Sin que nadie lo notara —pues estaban ocupados con el papeleo—, salió corriendo una vez más.
Sin pensarlo dos veces, el pequeño can echó a correr con todas sus fuerzas.
Esta vez tomó un camino diferente, hacia el otro lado de la ciudad.
Eran aproximadamente las cinco de la tarde, y el cielo comenzaba a teñirse con los colores cálidos del atardecer.
El cachorro llegó a la estación del tren, donde solo pasaban trenes de carga.
Allí, justo frente a él, vio algo extraño en el suelo: una zapatilla.
Miró hacia arriba y descubrió que pertenecía a un niño.
Era Aiden.
“¡Oh!” Aiden bajó la mirada y vio algo pequeño moviéndose a sus pies.
“¿Qué haces tú aquí?” preguntó, intrigado.
Comenzó a observar al perro detenidamente y exclamó: “Eres un perro medio extraño.
Tienes una oreja parada y la otra caída.
Me encanta, eres diferente a los demás, como yo, je, je”.
Luego, con curiosidad, añadió: “También andas huyendo de algo o alguien, ¿verdad?” Claro, el perro solo podía responder con ladridos, pero dentro de su mente, le decía a Aiden: Pues claro, por eso estoy tan agotado de tanto correr.
Los dos se miraron fijamente, como si hubieran establecido una conexión instantánea.
Aiden sonrió y dijo: “¿Quieres venir conmigo?” Sabía que el perro probablemente no entendería, pero esperaba una respuesta.
“Un ladrido para sí y dos para no”, murmuró, medio en broma.
En ese momento, el perrito ladró una sola vez.
“¡Perfecto!
Entonces necesitas un nombre”, dijo Aiden, pensativo.
“No puedo seguir llamándote ‘perrito’ o ‘perro’.
Veamos… Como eres macho, ¿qué te parece Jon?” El perrito respondió con dos ladridos.
“¡Ah!
Creo que ese no te gustó”, dijo Aiden, riendo.
“Déjame pensar en uno mejor”.
Después de varios intentos fallidos, durante los cuales el perro siempre respondió con dos ladridos, Aiden finalmente exclamó: “¡Ya lo tengo!
Es un nombre único y original.
Te llamaré Podbe”.
“¿Podbe?” dijeron sorprendidos Reia y el perrito en su mente.
“Sí, se escribe P-O-D-B-E, Podbe”, explicó Aiden con entusiasmo.
“Puede sonar raro, pero me gusta mucho.
¿Qué opinas?” “Desde ahora me voy a llamar así”, dijo el can en su mente, aceptando el nombre con alegría.
En ese momento, el sistema mostró un mensaje: Has logrado ser adoptado y has escapado del Valhalla canino.
Has completado la misión, has subido al nivel dos y has ganado dos puntos.
El perrito, ahora llamado Podbe, ladró una vez, contento, como señal de que le había gustado el nombre.
“Listo, Podbe, serás mi nuevo compañero de aventuras”, dijo Aiden con una sonrisa, como si el perro pudiera entenderlo completamente.
De pronto, apareció otro mensaje: Desea establecer enlace.
¿Qué es eso?, preguntó Reia, confundida.
“No lo sé”, respondió Podbe en tono burlón.
“Démosle aceptar entonces.
Espera… ¡Ha aceptado el enlace!” “Bien, vamos, muchacho”, dijo Aiden con entusiasmo mientras comenzaba a caminar.
De pronto, escuchó una voz clara decir: “Bien, vamos”.
“¡Eh!” Aiden giró rápidamente hacia todos lados, pero no había nadie más cerca.
Solo estaban él y el perro.
“No me digas que puedes hablar”, murmuró, incrédulo.
Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, sus piernas flaquearon y se desplomó al suelo, inconsciente.
“Vaya, los chicos de ahora no resisten nada”, comentó Reia con un tono sarcástico dentro de la mente de Podbe.
“Y ahora, ¿qué hacemos?” preguntó Podbe, preocupado por el estado de Aiden.
“Subamos al tren que se acerca y salgamos de aquí”, respondió Reia con decisión.
“Es nuestra única opción”.
“Pero el niño pesa mucho”, protestó Podbe, mirando el cuerpo inerte de Aiden.
“No creo que pueda cargarlo solo”.
“Quizá si usas el aumento de fuerza que obtuviste ayer, podrás subirlo”, sugirió Reia.
“Inténtalo”.
Podbe se concentró y utilizó toda la fuerza que tenía, levantando a Aiden con dificultad.
Sin embargo, no era suficiente; el peso seguía siendo demasiado para él.
“Le subiré el último punto restante a vitalidad”, dijo Reia rápidamente.
“Aquí dice que aumentará tu defensa y agilidad.
Hazlo, debemos llegar al tren antes de que se vaya”.
Reia ajustó los puntos, y Podbe sintió cómo su cuerpo se volvía más ágil y fuerte.
Con renovada energía, logró cargar a Aiden y subirlo al tren justo antes de que este comenzara a moverse.
Los tres —Aiden, Podbe y Reia— finalmente estaban a bordo, dejando atrás la estación.
En otro lugar, donde los restos de la nave habían impactado contra la tierra, se podía apreciar al extraterrestre que había atacado al agente B-Doce.
Estaba gravemente herido, tanto por la caída como por las explosiones que habían sacudido la zona.
Con dificultad, marcó unos botones en su mano derecha, y una luz brillante lo envolvió, teletransportándolo a una especie de cueva oculta bajo la superficie.
La cueva estaba iluminada por un tenue resplandor azulado y contenía un tubo cilíndrico en el centro.
El extraterrestre se metió en el tubo con esfuerzo, apenas cabiendo en su interior.
Lentamente, el tubo comenzó a llenarse de un líquido viscoso y verdoso, mientras él se sumergía poco a poco.
Con su mano izquierda, disparó tres pequeñas semillas hacia el suelo y les ordenó: “Crezcan rápido, mis hijos, y busquen mi orbe.
Tráiganmelo de inmediato”.
Antes de perder la conciencia, cerró los ojos, entrando en un profundo sueño regenerativo.
Desde el subsuelo, se escuchaban ruidos inusuales, como chillidos agudos y movimientos frenéticos.
La tierra temblaba ligeramente mientras grandes cantidades de suelo se desplazaban, como si algo estuviera emergiendo desde las profundidades.
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