El sistema del perro agente - Capítulo 41
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41: Super Pajarote 41: Super Pajarote En ese jardín, los presentes comenzaban a descongelarse lentamente, aunque no perdían el conocimiento.
Habían estado atrapados en una prisión invisible de hielo que les permitía observar todo lo que ocurría a su alrededor, pero sin poder moverse ni intervenir.
No solo los acompañantes de Podbe estaban allí, sino también otras personas que habían sido capturadas por el mismo hechizo.
Al sentir cómo el frío se desvanecía de sus cuerpos, todos cayeron arrodillados al suelo, respirando con dificultad, liberados finalmente de aquella cárcel helada que había inmovilizado sus manos y pies.
La alegría inicial de verse libres pronto se transformó en terror cuando un estruendo metálico resonó en el aire.
Frente a ellos emergió un pájaro gigantesco hecho de acero, con enormes alas que brillaban bajo la luz tenue, patas armadas con garras filosas como cuchillas, una cola terminada en una bola de púas intimidantes y unos ojos rojos que parecían perforar las almas de quienes osaran mirarlo.
En lugar de un cerebro, dentro de la cabina central estaba Dior, observándolos con una sonrisa burlona.
“Así que todos lograron escapar de mi encanto,” dijo Dior, su voz cargada de arrogancia mientras miraba fijamente al pequeño can que lideraba a los presentes.
Luego añadió, “Parece que quieres avanzar a este piso, pero eso no será posible mientras yo tenga esto.” De su bolsillo extrajo una tarjeta de acceso y la insertó en una ranura de la colosal ave mecánica.
Con un rugido ensordecedor, la criatura cobró vida.
Medía aproximadamente seis metros de altura y emanaba una presencia opresiva que dejó paralizados a los veinte individuos que aún permanecían en el lugar.
El caos estalló cuando la bestia comenzó a moverse, aplastando sin piedad a quienes se cruzaban en su camino.
Mientras tanto, María y Billy corrieron hacia su grupo original, aquellos con quienes habían llegado al lugar, deseosos de reencontrarse después de tanto tiempo.
Sin embargo, antes de que pudieran siquiera saludar, una de las patas del ave descendió con fuerza hacia ellos.
Eduard, junto con Adía y su magia, intervino justo a tiempo para salvarlos de una muerte segura.
El caos reinaba en el lugar.
Dior ya había acabado con más de la mitad de los presentes.
“No hay tiempo para saludos,” gritó Eduard mientras tomaba a María y Billy en sus brazos.
“Debemos poner a salvo a los niños.” Gat hizo lo mismo con Elena, y el resto del grupo —Ezequiel, Lidia, Rino y los demás— los siguieron rápidamente.
Adía señaló un camino detrás de una pared donde unas cajas ofrecían refugio temporal.
Todos comenzaron a correr hacia ella, confiando en su habilidad para teletransportarlos sin ser detectados por el monstruo metálico.
Gin y Dani también se unieron a la carrera, pero Don Richi, quien aún estaba amarrado, decidió intentar escapar por su cuenta.
Fue una decisión fatal.
Antes de dar más de tres pasos, el ave lo aplastó junto con otros sobrevivientes que quedaban en el lugar.
Mientras tanto, Adía utilizó su magia para trasladar al grupo al punto seguro que había indicado, ocultándolos del alcance del colosal pájaro.
Una vez reunidos, los niños preguntaron por el perro.
Nadie sabía dónde estaba.
La última vez que lo vieron fue cuando liberó a todos destruyendo la máquina de hielo y eliminando a los robots juguetes.
Desde entonces, el caos había consumido el lugar y su paradero era incierto.
“Miren, ahí está,” señaló Ezequiel, cuya vista aguda divisó al pequeño can asomándose por detrás de una pared, fuera del alcance visual del pájaro.
“Se está enfrentando a esa cosa.
Qué valiente es ese perro,” comentó Gat con admiración.
“Es fuerte, pero creo que necesitará nuestra ayuda,” respondió Eduard, evaluando la situación con preocupación.
“Los niños se quedarán aquí conmigo,” ordenó Marie, quien ya conocía el lugar y había llegado antes que el resto.
“Ustedes también, cadetes,” añadió, señalando a Lidia y Rino.
Gin y Dani, visiblemente asustados, decidieron quedarse también.
Mientras discutían cómo prepararse para enfrentar al pájaro, Podbe se encontraba frente a la gigantesca ave, que acababa de eliminar a la última persona presente en la sala.
Reia, su inteligencia artificial, le informó que la misión adicional mostraba que quedaban diez personas por salvar.
“Supongo que deben ser todos los que vinieron con nosotros,” reflexionó ella, contando mentalmente a los sobrevivientes y a los dos guardianes del piso.
“Vaya, ahora se volvieron tus amigos,” pensó, creyendo erróneamente que Don Richi seguía vivo.
El perro se colocó firmemente frente al ave y comenzó a correr hacia ella.
Justo antes de activar su habilidad de cabezazo de fuego, la bola de púas en la cola del pájaro lo golpeó con fuerza, lanzándolo contra una pared cercana.
“Menos veinte puntos de vida,” anunció Reia.
“¡Auch!” exclamó el can, sacudiéndose el polvo.
“Lástima que no pude usar mi otra habilidad, ¿o sí?” preguntó él.
“No, aún faltan cinco minutos,” respondió ella.
A pesar del dolor, Podbe se levantó, listo para continuar el combate.
“Ten cuidado,” le advirtió Reia.
“No sé qué pasará si pierdes todos tus puntos de vida.” El ave avanzó hacia él, mientras Dior reía desde la cabina, cubriéndose la boca con el antebrazo.
Su risa malvada resonaba en el aire, cargada de odio y desprecio.
Podbe volvió al ataque, esquivando la cola, pero un golpe de una de las alas lo lanzó contra una columna con tal fuerza que parecía imposible que pudiera levantarse.
“Menos treinta puntos de vida,” informó Reia.
“Te lo dije, ten cuidado,” le recordó, su tono lleno de preocupación.
“Solo te queda la mitad de la barra.” El pequeño can se puso de pie una vez más, ignorando los cortes en su cuerpo y el ojo entrecerrado que apenas podía abrir.
“Estoy bien.
¿Cómo va el tema del mana?
Solo me alcanza para un ataque, ¿verdad?” preguntó.
“Sí, así es.
Aún está subiendo, pero muy lentamente,” respondió Reia.
“No importa.
Mientras pueda estar de pie, aún puedo atacar,” afirmó él, sacudiéndose los escombros del pelaje.
Dior, desde su posición privilegiada, observaba con desdén.
“Esta vez no tendré piedad contigo, perro.
Eres como una cucaracha que sigue poniéndose de pie.
Debes pagar por todo lo que has destruido, todo lo que era valioso para mí,” vociferó, viendo cómo su sueño hecho realidad se desmoronaba ante sus ojos.
“No te lo perdonaré, maldito animal.” Con un movimiento rápido, la cola del ave se dirigió hacia Podbe, pero antes de impactar, Gat apareció en escena, utilizando su habilidad para desviar la trayectoria.
“¿Quiénes son estos?
¡No se metan en mi pelea con este perro!” gritó Dior, furioso al ver a Gat y Eduard llegar al campo de batalla gracias a la magia de Adía.
Eduard se acercó a Podbe y le dijo: “Nosotros nos encargaremos de protegerte de esa cola, mientras tú te ocupas de acabar con el ave con un golpe directo.” “Y yo me encargaré de las alas,” interrumpió Adía, invocando cadenas brillantes que inmovilizaron al pájaro.
Ezequiel, por su parte, se preparó para enfrentar el pico filudo del ave.
“Bien, ¿qué esperamos?
¡Vamos!” exclamaron todos, y Podbe dibujó una sonrisa en su rostro, a pesar de las heridas.
Gat luchaba con la cola del ave, usando sus enormes brazos para mantenerla clavada al suelo.
Adía tensó sus cadenas, asegurándose de que la criatura no pudiera moverse.
El pájaro intentó usar su pico como taladro, pero Ezequiel lanzó su puño de luna para detenerlo.
Con una mano sujetó al perro y lo lanzó hacia la cabina en lo alto de la cabeza del ave.
“Es tu turno, amiguito,” le gritó.
Podbe, exhausto pero determinado, llegó al lado de la cabina y activó su habilidad de cabezazo de fuego.
Un destello intenso iluminó el lugar cuando las llamas penetraron la estructura metálica.
La cabina donde estaba Dior comenzó a calentarse, y los controles internos estallaron uno tras otro.
Un ruido agudo y potente resonó en el aire antes de que una explosión masiva envolviera el área en humo denso.
Desde su escondite detrás del muro, Lidia, Elena, María, Billy, Rino y los dos científicos observaban con preocupación, preguntándose si los demás habían sobrevivido a la onda expansiva que los había lanzado contra el muro.
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