El sistema del perro agente - Capítulo 44
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- Capítulo 44 - 44 Las Piedras Precisas Del Poder
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44: Las Piedras Precisas Del Poder 44: Las Piedras Precisas Del Poder El doctor avanzaba hacia el portal cuando una mano lo tocó por detrás.
Era Swang, que también quería entrar.
Ambos se miraron a los ojos y, sin mediar palabra, corrieron hasta llegar al umbral.
Un poco tímida ante la idea de cruzar, Swang le sugirió al doctor que la tomara de la mano.
Laos, más emocionado por lo que podría haber al otro lado, solo atinó a cogerla con delicadeza.
Sin más preámbulos, ingresaron.
Al cruzar al otro lado, se encontraron en una cueva impresionante.
Grandes pilares de un azul intenso se alzaban como soportes celestiales, mientras lámparas neón azules iluminaban las paredes.
Frente a ellos, un camino se extendía serpenteando hacia la oscuridad.
A medida que avanzaban, las velas del lugar se encendían automáticamente, proyectando sombras danzantes sobre las paredes.
En el suelo, tubos transparentes transportaban gases de diversos colores, creando un espectáculo visual hipnótico.
Cuando llegaron al final de la cueva, divisaron una sala amplia, similar a la que habían encontrado al llegar por el portal.
En esta habitación, los gases de los tubos comenzaban a solidificarse, transformándose en piedras preciosas que eran colocadas cuidadosamente en unas vasijas.
También había unos escalones que conducían a un altar imponente.
“Así es como se fabrican”, pensó el doctor, maravillado.
“Pero ¿de dónde vendrán?” Mientras Laos seguía perdido en sus reflexiones, Swang lo sacó de su ensimismamiento.
—Deberíamos apresurarnos y tomar todas las piedras que podamos —dijo ella con urgencia—.
No sabemos cuánto tiempo estará abierto el portal.
—Sí, tienes razón —respondió él, asintiendo.
Sin perder tiempo, el doctor sacó de sus bolsillos unas piedras cuadradas que arrojó al suelo.
Estas comenzaron a ensamblarse y se transformaron en cinco robots humanoides equipados con cascos y vagones similares a los usados en minas.
Los robots se activaron, mostrando ojos rojos brillantes en sus visores, y miraron expectantes al científico.
—Sus órdenes, señor —dijeron al unísono.
El doctor les ordenó que recolectaran la mayor cantidad posible de piedras preciosas, mientras él investigaba el altar.
Los robots comenzaron a trabajar con eficiencia, cargando las gemas en sus vagones.
Mientras tanto, Laos y Swang subieron las escaleras hacia el altar.
Al acercarse, vieron una piedra negra tan oscura como la noche misma.
—Esta debe ser diferente a las demás —pensó él—.
Seguro interactuar con ella nos dará mejores resultados.
—Tenga cuidado —le advirtió Swang, temerosa—.
Si la quita, podría activar alguna trampa o, peor aún, una maldición.
—Tranquila —respondió él con calma—.
Podemos reemplazarla con algo del mismo peso y tamaño.
Del bolsillo de su camisa, el doctor sacó un triángulo verde que se transformó en un dron con dos hélices, un lente visor como ojo de cíclope y una pequeña linterna debajo.
—C-dos-cero —lo llamó—, tráeme esa piedra y coloca algo del mismo peso y tamaño en su lugar, por favor.
El dron escaneó la zona rápidamente y anunció con voz robótica: —No hay ningún tipo de infección o virus.
—Bien, puedes proseguir —indicó el doctor.
El dron comenzó a imprimir una réplica de la piedra negra.
Una vez terminada, extendió dos brazos metálicos expansibles.
Con uno cogió la piedra falsa y, con el otro, levantó cuidadosamente la original, reemplazándola poco a poco.
Una vez completado el intercambio, todos esperaron tensos durante un par de minutos, pero nada ocurrió.
—Qué raro —murmuró el doctor—.
Nunca se obtiene algo sin algún peligro.
—Perfecto —continuó—.
Tráela contigo.
Tendré que hacerle algunos análisis cuando lleguemos.
Los robots ya habían llenado sus vagones y se dirigieron al científico, indicando que estaban listos.
—Bien, nos vamos —dijo él, satisfecho.
Los robots volvieron a su forma original de cubos, y el dron se transformó nuevamente en un triángulo pequeño.
El científico recogió los objetos y le indicó a Swang: —Vámonos.
Ambos regresaron por el camino de donde habían llegado.
Al llegar a la sala principal, tuvieron que correr porque el portal estaba comenzando a desvanecerse.
Con esfuerzo, lograron salir justo a tiempo.
Sudorosos, se limpiaron la frente y, riendo nerviosamente, el doctor exclamó: —¡Tenemos lo que necesitábamos!
Ahora sí podemos seguir construyendo más Metalux, y quizás, con esta nueva adquisición, alcancemos a crear un nuevo ser supremo.
Emocionado, el doctor Laos sonrió ampliamente.
Cuando salieron del portal, no se dieron cuenta de que todos los presentes estaban despiertos y los rodeaban.
El equipo de Podbe había llegado junto con Aiden, que ya estaba despierto, sin el casco y solo con su camisón hospitalario.
—¿Dónde están mis tres ayudantes y los dos sujetos que mandé a protegerme?
—gritó el doctor, furioso.
Entonces, vio en una esquina a los tres ayudantes inconscientes y a los otros dos encerrados en una esfera creada por Adía.
—Es hora de que respondas por qué te llevaste al niño y por qué estas cosas se ven así —dijo Adía, con la voz temblando mientras los recuerdos largamente enterrados comenzaban a aflorar en su mente.
—¿Estás bien?
—preguntó Eduard, tratando de consolarla y entender qué le pasaba.
Ella, con la mirada, señaló el portal, donde comenzó a emanar una oscuridad pura.
Eduard volteó y pudo ver lo que la horrorizaba.
Una gran sombra comenzó a tomar forma: una bestia gigantesca, casi tan alta como el techo del edificio.
Su cuerpo combinaba la parte superior de una mantis religiosa con las patas traseras de un león, cuatro en total.
Además, tenía orificios en el abdomen, de donde emergieron tentáculos retorcidos.
La prisión que Adía había creado para los dos sujetos se desvaneció, ya que su concentración se rompió al ver a la bestia.
Los hombres intentaron liberar a los doctores, pero fueron capturados por los tentáculos de la criatura.
Con movimientos precisos, la bestia los atrajo hacia sí, partió sus cuerpos con sus patas filosas y los devoró sin piedad.
Los presentes estaban paralizados por el horror, incapaces de moverse.
Solo los tres ayudantes, al despertar y ver a la abominación, intentaron huir, pero fueron alcanzados por los tentáculos y compartieron el mismo destino que los demás.
—¿Qué vamos a hacer?
—preguntó Podbe en su espacio mental, junto con Reia y Aiden.
—No lo sé, compañero —respondió Reia, temblando de miedo—.
Una notificación en el sistema muestra que debes sobrevivir y huir del lugar.
—Tonterías —replicó Podbe, mirando a Aiden, que también estaba aterrorizado—.
No podemos rendirnos, ¿verdad?
En ese momento, el ascensor en el que viajaban nueve personas llegó al piso siete.
Las puertas se abrieron con un chirrido, y todos sintieron cómo el recinto comenzó a sacudirse violentamente, como si un terremoto estuviera ocurriendo.
—Algo grande está pasando —pensó Zeus, dibujando una sonrisa malévola en su rostro mientras los demás trataban de mantener el equilibrio—.
Por fin tendré mi legión y seré imparable.
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