El sistema del perro agente - Capítulo 45
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45: El Caballero de Obsidiana 45: El Caballero de Obsidiana “Me adelantaré, mi señor”, indicó Sir Larot a Zeus.
Este último le dio una señal de aprobación diciéndole: “Adelante”.
Con un movimiento casi imperceptible, Larot desapareció como si fuera un fantasma.
Los murmullos no tardaron en llenar el aire: “Engreído, presumido, petulante”, decían algunos.
Sin embargo, uno permanecía en silencio.
En su mente, Aragón Barns reflexionaba: “Vaya, vaya, has encontrado algo desafiante.
Yo también lo percibí”.
Aragón, su único amigo, instructor y confidente, era el único que sabía quién se ocultaba tras esa imponente armadura.
En cuestión de segundos, Larot llegó al campo de batalla.
Su armadura negra de obsidiana brillaba bajo la luz tenue, y su gran espada descansaba con majestuosidad en su espalda.
Frente a él, una criatura inmensa rugía con ferocidad.
Sin vacilar, Larot saltó mientras corría, propulsándose hacia el monstruo con una patada devastadora que impactó directamente en su rostro.
La bestia retrocedió, tambaleándose.
Los espectadores observaron asombrados al misterioso guerrero que había irrumpido en la escena.
Aterrizó con elegancia sobre una pierna, su figura imponente destacando contra el caos del entorno.
“¿Lo conocen?”, se preguntaban entre ellos.
Nadie respondía.
Ni los adultos ni los dos guardianes de piso que acompañaban al grupo tenían idea de quién era.
Solo el doctor Laos y Swang, figuras de alto rango, conocían su existencia.
“¡Por aquí, Larot!”, gritó Swang.
Laos lo corrigió con severidad: “Debes dirigirte con respeto.
Es un Sir, es Sir Larot”.
Larot apenas les dedicó una mirada rápida antes de analizar la situación.
Sus ojos agudos recorrieron el lugar, deteniéndose en los intrusos que habían capturado al doctor.
“Ya veo”, pensó.
“Esos intrusos tienen al doctor.
Debo traerlo conmigo, pero primero debo encargarme de otra cosa”.
Volteó hacia la bestia, que ahora rugía con furia tras recibir el golpe.
El sonido resonó como un trueno, rompiendo ventanas y obligando a todos a cubrirse los oídos.
El can, especialmente sensible debido a su agudo sentido auditivo, se retorció de dolor.
La criatura, con la cara manchada de sangre verde, avanzó hacia Larot con sus enormes hoces extendidas.
Pero Larot no retrocedió.
Con movimientos precisos, esquivó los ataques y lanzó un puñetazo certero en el estómago del monstruo.
Este se retorció de dolor, retrocediendo unos pasos.
Entonces, los ojos de la bestia comenzaron a brillar con una luz verde intensa, disparando rayos láser hacia Larot.
Sin embargo, este los esquivó con facilidad, demostrando una agilidad sobrehumana.
Saltó nuevamente hacia la bestia, propinándole otra patada en el rostro.
El rayo perdió su trayectoria y se dirigió hacia arriba, creando un enorme hueco en el techo.
Los escombros cayeron, sepultando parcialmente a la criatura.
“Es demasiado fuerte”, murmuraron los presentes.
Gat se acercó a Adía y le dijo en voz baja: “Si nos enfrentamos a él, seguro perderíamos en el acto”.
Mientras tanto, Eduard administraba un brebaje a Ezequiel, quien, aunque recuperaba algo de salud, seguía demasiado débil para ponerse de pie.
Lidia y Rino se ofrecieron a sostenerlo, mientras los demás debatían cómo enfrentarse al caballero negro.
“¿Cuánto más de esa poción te queda, amigo?”, preguntó Adía a Eduard.
“Solo dos”, respondió él.
“No será suficiente”, dijo Adía en voz alta.
Marie intervino: “Lo mejor es irnos de este lugar por las escaleras y dejar que ese sujeto se enfrente al monstruo”.
Justo entonces, un viento helado los envolvió.
“¿Iban a algún lado?”, escucharon una voz grave y amenazante.
Era el caballero negro, bloqueando su camino.
“Devuélvanme a los doctores y seré piadoso con ustedes.
Les daré una muerte sin dolor”, declaró Larot.
Los presentes intercambiaron miradas de incertidumbre.
Sabían que, incluso entregando al doctor, no escaparían de su destino.
Antes de que pudieran reaccionar, el doctor y Swang empujaron a sus cuidadores, Gin y Dani, y se colocaron detrás de Larot.
Con las manos atadas, el doctor recogió unas piedras, fulminando a los traidores con una mirada llena de odio.
“Ustedes serán los primeros en pagar, de eso me aseguraré”, les dijo.
Lidia murmuró a Rino: “Lo sabía.
Hay algo en esas basuritas que no eran basuritas.
Deben ser contenedores”.
Una vez que los doctores se posicionaron detrás del caballero negro, este se dirigió a los presentes con una voz gélida: “Bien, ¿quién va a ser el primero?”.
El silencio fue ensordecedor.
“Bien, ninguno quiere ser el primero.
Entonces elegiré yo”, dijo, levantando una mano para señalar.
Antes de que pudiera hacerlo, el doctor interrumpió: “Mata a todos menos a los niños.
Quizá puedan ser útiles para un futuro proyecto.
Y la llave, el chico pálido”, dijo, refiriéndose a Aiden.
“¿Dónde está?
Lo necesito para activar todo.
Sin él no puedo volver a ese sitio y tomar más muestras por las piedras de colores”.
Larot señaló a Ezequiel y se acercó a él.
“Tú eres el afortunado.
Igual ya estás moribundo, lo puedo sentir”, dijo con frialdad.
“No lo muevan, niños”, advirtió Lidia, mientras Rino añadió: “O también caerán en el proceso”.
Una risa siniestra resonó dentro de la armadura.
Los niños, Marie y los demás se sintieron invadidos por la impotencia y la tristeza ante lo que estaba por sucederle a alguien a quien habían aprendido a apreciar en tan poco tiempo.
Antes de que Larot pudiera lanzar su puño hacia el corazón de Ezequiel, Adía lanzó una carta protectora y los tres se colocaron detrás de ella.
“Buen truco, mujer”, comentó el caballero oscuro, “pero vuelve a hacerlo y la primera serás tú, o quizá todos en un solo ataque.
No te tengo miedo”.
Con un gesto, destruyó el domo que Adía había creado.
Los doctores comenzaron a reír.
“Enfrenten su juicio y resígnense.
No podrán con la organización y el gran Zeus”, dijo Swang con arrogancia.
Larot volteó hacia ellos, y todos pudieron sentir cómo su mirada los atravesaba como una daga.
“Yo me encargo de esto.
Al menos les daré la opción de que se defiendan”, declaró.
Se acercó nuevamente al grupo.
“Les daré la opción de defenderse, pero es en vano y ustedes lo saben.
Mejor dejen que acabe en orden: primero con su amigo y luego elegiré quién sigue”, precisó.
“Maldición, si la magia no funciona, ¿qué podemos hacer?
No puedo dejar que nos maten”, se preguntaba Adía, mirando a los demás con terror.
Larot volvió a acercarse con el puño levantado.
Pero algo lo detuvo: Podbe, utilizando su habilidad de mordedura de acero, clavó sus fauces en el brazo del caballero.
Larot giró su casco para mirar al perro, que aún aferraba su mano con determinación.
“Nada mal, pero te falta más fuerza”, dijo con desdén, y con un solo movimiento lanzó a Podbe lejos.
“Menos cuarenta puntos de vida”, anunció Reia.
“No, Podbe, ese ataque, aunque parecía débil, logró ser demasiado efectivo”, pensó Aiden, quien salió de su escondite al sentir el dolor de su amigo en el espacio mental.
“Podbe, ¿estás bien?”, preguntó, viendo cómo el perro intentaba levantarse, jadeando y con sangre brotando de su pecho y mandíbula.
“Vaya, ese perro es fuerte, pero le falta; solo raspó los nudillos”, comentó Sir Larot, inspeccionando su mano.
“Quería hacer esto lo más tranquilo posible, pero ustedes no cooperan.
Acabaré con todos ustedes de un solo ataque”, declaró.
Levantó su puño nuevamente, pero antes de que pudiera actuar, unas garras gigantes y filosas lo aplastaron.
Era la bestia, que había regresado con furia renovada.
Por un momento, todos sintieron alivio, pensando que habían eliminado una gran amenaza.
Sin embargo, la alegría fue efímera.
Las dos patas de mantis de la bestia fueron arrancadas como si fueran ramas secas.
Larot emergió de entre los escombros, su espada desenvainada y reluciente.
El animal lanzó un chillido agonizante y disparó rayos de sus ojos, pero Larot los bloqueó con su espada como si fuera un espejo.
“Así que sigues viva, maldita alimaña.
Creo que primero me encargaré de ti”, dijo, saltando hacia las patas de león de la bestia y dirigiéndose hacia su cabeza de mantis.
Con un corte limpio, decapitó al monstruo.
La cabeza rodó hasta los pies de los amigos de Podbe, quienes observaron horrorizados el acto.
Lo que quedaba del monstruo cayó al suelo, inerte.
“Bien, ¿en qué nos quedamos?
Así es, hora de acabar con ustedes”, dijo Larot, dirigiéndose nuevamente al grupo.
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