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El sistema del perro agente - Capítulo 46

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  3. Capítulo 46 - 46 La Gran Bestia Del Portal
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46: La Gran Bestia Del Portal 46: La Gran Bestia Del Portal El perro se plantó delante de la bestia porque, después de conversar con Reia y Aiden sin llegar a un acuerdo, decidió enfrentarse a ella para salvar a sus nuevos amigos.

Podbe se erguía con todos los pelos erizados, como si cada fibra de su ser estuviera lista para la batalla.

Se repetía mentalmente: “Yo puedo hacerlo, debo protegerlos o al menos intentarlo.

Este no puede ser el fin”.

—No seas terco, Podbe —le advirtió Reia con un tono mezcla de preocupación y frustración—.

El mismo sistema dice que no tienes la fuerza necesaria para ganarle.

—No podemos perder, ¿verdad, Aiden?

Somos los buenos —respondió el can activando su habilidad de dureza mientras avanzaba hacia la bestia con determinación feroz.

—¿Qué vamos a hacer?

—preguntaron los niños asustados, viendo cómo la gran bestia se acercaba con pasos gigantescos que hacían temblar el suelo bajo sus pies.

Eduard trataba de calmar a Adía, que se había colocado en posición fetal tras ver salir a esa criatura.

Mientras balbuceaba, ella repetía: “Esto no puede estar pasando, no puede ser”.

Gat y Ezequiel también fueron detrás del perro, decididos a no quedarse al margen.

—Eh, viejo, no podemos quedarnos con las manos cruzadas y dejarle toda la diversión al perrito —dijo Gat a su líder con una sonrisa forzada, tratando de ocultar su propio miedo.

—Tienes toda la razón, mocoso.

Debemos enfrentarnos a esa adversidad como sea —respondió Ezequiel con una mirada resuelta.

Ambos se iban acercando al lugar donde el perro estaba parado, listos para luchar.

Lidia y Rino habían amarrado a los dos jefes científicos, Laos y Swang, y los tenían bajo su cuidado.

Marie les indicó que los revisaran para saber qué habían traído del otro lado del portal.

Ambos respondieron a la orden y comenzaron a inspeccionar a los prisioneros.

Lidia revisó a Swang mientras Rino revisaba a Laos.

Al finalizar, Rino solo encontró unas piedritas del tamaño de una moneda que traía el doctor.

—Nada más tienen esto, basuritas —le dijo a Marie, botándolas al suelo sin saber que en ellas se ocultaba todo el botín del doctor.

El científico no dio señales para no llamar la atención y evitar que sospecharan de su valor.

—Ella está limpia también —indicó Lidia a Marie.

—Pero entonces, ¿cómo pudo esa cosa venir hasta aquí si el portal se cerró?

Aquí debe haber gato encerrado —se preguntó Marie, frunciendo el ceño.

Ese enorme monstruo que salió del portal es el cuidador del orbe de la oscuridad, tal como pasó la última vez —dijo Adía desde su sitio con la voz entrecortada—.

Hace mucho tiempo ocurrió lo mismo.

Pensé que era un recuerdo olvidado, pero ahora, al volverlo a ver, parece que esa barrera que me colocó el líder de los agentes C está perdiendo su poder y desbloqueando algunos traumas del pasado.

Adía tomó una bocanada de aire, se levantó de donde estaba y, luego, mirando a Laos con una mirada fija y furiosa, le preguntó: —Tú, tú que trajiste de ese lugar.

¿Dónde está el orbe oscuro?

Nos pones en peligro a todos aquí.

Si esa cosa llega a salir, causará caos y destrucción en el mundo exterior.

Un poco más compuesta, ella les indicó a Lidia y Rino: —Debe estar por ahí, busquen bien, muchachos.

Ellos respondieron: —Ya lo hemos rebuscado varias veces y solo había esas basuritas que tenía en sus bolsillos —precisó Rino.

—Debe estar en algún lado.

Encuéntrenlo, debemos impedir que esa cosa salga de este lugar.

Sigan buscando, trataré de ayudar a los demás.

Eduard, quédate con ellos.

Sin tus guantes, tus poderes no son tan efectivos —le indicó ella.

—Bien, me voy —dijo y se desvaneció del lugar.

En el campo de batalla, Aiden se colocó detrás de Podbe.

El can le indicó que sería mejor que retrocediera y se reuniera con el grupo, pero Aiden respondió: —No, estaré a tu lado otra vez.

No nos pueden separar.

Además, yo abrí ese portal, puedo volver a hacerlo y meter esa cosa de nuevo donde pertenece.

—Bien, pero quédate por allá, que no te vea.

Yo la distraeré —le respondió el can, mientras seguía hacia la bestia con un ladrido potente que resonó en el aire.

—Está bien, me concentraré por allá para no ser una carga para ti y volver a abrir ese portal.

El can corrió hacia la bestia y lanzó un cabezazo de fuego, pero antes de poder alcanzarla, la bestia lo golpeó con uno de sus brazos en forma de hoz, haciendo que el can saliera despedido hacia una de las paredes.

—Maldición —murmuró el can en su interior.

—No sigas, mira, ha destruido tu habilidad de dureza.

Acaba de desactivarse, menos veinte puntos de vida.

Imagínate, si con esa habilidad activa te ha dañado, ahora sin ella puede acabar contigo —le indicó Reia asustada.

Podbe se levantó con un poco de sangre en su lomo y en su cabeza y volvió a la carga.

—No seas terco —le replicaba Reia en su cabeza, intentando detenerlo con un par de toques eléctricos, pero el can no iba a parar.

De pronto, a su lado aparecieron dos personas: eran Gat y Ezequiel.

—No estás solo, hemos venido a apoyarte, muchacho —le dijeron al perro, lanzándose en su ayuda.

—Como me había olvidado de ellos —indicó Reia—.

Si nos apoyamos en ellos, tendremos una esperanza de ganarle a esa cosa —le dijo Podbe.

—Sí, quizá tengas razón y haya una oportunidad —le respondió ella.

Gat lanzó sus disparos con su habilidad mientras Ezequiel cargaba su última oportunidad de ataque, puesto que solo podía utilizar esta técnica tres veces al día.

Quería que fuera más fuerte que las anteriores para poder dañar a la bestia.

Sus puños comenzaron a volverse del color de la luz de la luna, aumentando de tamaño con cada momento.

—¡Apúrate, anciano!

—le decía Gat mientras disparaba sus ataques y trataba de esquivar las filudas patas delanteras del animal.

Podbe se encargaba de los tentáculos y de las patas de león, las cuales contaban con cuatro: dos delanteras y dos que sostenían al animal.

Ezequiel iluminó completamente sus puños, tomó un respiro y dijo estar listo.

Luego les indicó a Podbe y a Gat que se quitaran del camino.

Ellos de inmediato hicieron caso y Ezequiel lanzó su ataque hacia el pecho de la bestia.

Un gran destello de luz se pudo apreciar y, al final, la parte que iba hacia la bestia tenía el tamaño de una media luna.

El impacto cayó en el pecho de la bestia y se pudo ver una gran explosión.

—¡Lo consiguió!

—dijo Gat, viendo a Ezequiel sudando y cansado como si le faltara el aire—.

Ese fue el último que puedo realizar hoy, creo que me excedí de poder —Ezequiel cayó arrodillado y luego prosiguió a desplomarse completamente.

—¡Lo logró!

—dijeron también desde el lado de Marie—.

Pudo vencerlo, qué bueno que la amenaza terminó.

Gat y Podbe se acercaron a Ezequiel.

Gat lo levantó, lo puso en sus brazos y le dijo: —Líder, ¿está bien?

Contésteme, agente B —le repetía una y otra vez.

Parece que Ezequiel se había agotado con ese ataque.

En eso, abrió los ojos y le indicó con una voz muy tenue: —Todo bien.

Gat abrazó a su maestro mientras el can le daba un lengüetazo en la cara.

—Bien, vámonos de aquí —le indicó Gat a Ezequiel, mientras le colocaba el brazo en el hombro para ayudarlo a pararse—.

Vamos, Podbe —le dijo Gat, pero el perro se quedó mirando fijamente el lugar de la explosión.

Al disiparse la nube de polvo que se había levantado, se pudo apreciar a la bestia, muy enojada, lista para volver a utilizar sus feroces armas en las patas delanteras de mantis, como si nada le hubiera pasado.

Donde el ataque había dado solo se pudo ver una pequeña grieta.

Todos se quedaron atónitos.

—Si eso no funcionó, estamos perdidos —vociferaban entre ellos.

La enorme criatura lanzó sus dos patas filudas hacia el can y los dos que estaban con él.

Los tres estaban inmóviles por el gran poder de la criatura.

Antes de que el ataque pudiera llegar, se pudo ver un domo de energía que los cubría.

Adía había llegado al lugar para protegerlos.

—Lamento la tardanza —dijo ella—.

Les ayudaré lo más que pueda.

Se sintieron felices por su llegada, pero ella les indicó: —No canten victoria aún, no creo que mi domo pueda soportar esas grandes armas por mucho tiempo, al igual que las patas grandes de león que tiene la bestia.

La bestia enfurecida comenzó a dar golpe tras golpe con las cuatro patas, y el domo de Adía se estaba agrietando.

—Debemos irnos de aquí —dijo ella apresuradamente, sacando una carta y lanzándola fuera del campo de energía hacia donde estaban sus amigos.

Mientras la bestia rompía el domo, los cuatro se teletransportaron a donde estaban los demás.

Aiden, por su parte, estaba escondido entre unos muros que formaban un triángulo.

Cerrando los ojos, trataba de contactarse o encontrar la forma de poder reabrir el portal.

—¿Cómo lo hice?, ¿cómo lo hice?

—se repetía, tratando de encontrar la manera de activar su poder—.

Hay que conectarse con algo, quizá la máquina con la que estuve, con esas sustancias de colores.

Puso su mirada en el lugar donde estaba esa silla con los líquidos, pero estaba completamente destruida.

De repente, vio pasar un haz de luz que golpeó a la bestia en la cara tan fuerte que hizo que esta se tambaleara.

—¿Qué fue eso?

—se preguntó él.

Y no solo él, sino los demás sobrevivientes del ataque también se preguntaban qué era eso tan poderoso que pudo hacerle daño a esa monstruosidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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