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El sistema del perro agente - Capítulo 48

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48: Una Nueva Amenaza 48: Una Nueva Amenaza Adía observó cómo aquel misterioso sujeto acababa con el monstruo que tanto trabajo les había costado vencer en el pasado.

En realidad, ni siquiera habían logrado derrotarlo; solo consiguieron devolverlo al portal.

¿Pero quién es él?

No parece humano.

Tal vez sea un monstruo también, pensaba Adía, con algunas lagunas en su mente que nublaban sus recuerdos.

Su mirada se deslizó sobre la armadura oscura que cubría por completo al desconocido.

Quizás esconde su rostro porque sabe que nadie podría soportar verlo.

“Podbe, ¿estás bien?

Te tengo, amigo”, dijo Aiden mientras recogía a Podbe del suelo y lo cargaba con cuidado.

El can balbuceó el nombre del niño, su voz débil pero llena de determinación.

“Ese golpe me dolió”, dijo Podbe a través del enlace, levantando la mirada hacia la cara de Aiden.

Sus ojos dorados brillaban con una mezcla de dolor y orgullo.

“¿Qué haces aquí?

No estabas tratando de abrir ese portal”, le preguntó el perro, a lo que Aiden respondió: “Eso ya no tiene importancia.

El sujeto ha destruido al monstruo al instante”.

Ambos miraron hacia el caballero oscuro que se acercaba a sus compañeros.

Podbe comenzó a moverse inquieto, tratando de zafarse de los brazos de Aiden.

“¡Suéltame, suéltame!”, le indicó el can con urgencia.

“Debo ayudarlos”.

“No, Podbe, no puedes”, replicó Aiden, su tono teñido de tristeza.

“Ese tipo es muy poderoso.

Podría matarte rápidamente.

No hay nada que podamos hacer”.

“Él tiene razón”, añadió Reia, su voz firme pero cargada de preocupación.

“No puedes hacer nada.

No pudiste con el monstruo, y ahora ese otro monstruo, Sir Larot, es peor”.

Reia leyó otra notificación del sistema que decía que debían huir y tratar de salvar a la mayor cantidad de personas posible durante su escape.

“Ya van dos notificaciones que dicen lo mismo.

Perro, no seas terco”, le indicó ella, y Aiden reafirmó lo dicho por ella.

“Pero no podemos ver morir a más gente.

Debo hacer algo.

No puedo permitir que ocurra lo mismo que con el padre de Elena”.

Aiden los miró dentro del enlace en el espacio blanco y les dijo: “¿Conocieron al padre de ella, la que me engañó?”.

Un tanto resentido por la trampa en la que Elena lo había metido, añadió: “Bueno, no le deseo mal a nadie, pero lamento que haya muerto su padre”.

“Muchas cosas han pasado en poco tiempo, niño.

Luego te ponemos al día.

Primero debemos encontrar un sitio seguro para ti”, comentó Reia con seriedad.

Los dos estaban conversando y no se dieron cuenta de que el can ya no estaba en el enlace.

“Reia, ¿y Podbe?

¿Dónde está?”, preguntó Aiden alarmado.

“Es verdad, estaba en mis brazos, pero tampoco lo siento”.

Aiden salió del enlace para ver a Sir Larot a punto de cortar a los demás de un solo ataque cuando vio una pata frustrar el golpe.

Escuchó que Podbe gritó “¡Corte de garra dorada!” vía el enlace, ya que no estaban muy lejos de la escena y el alcance del enlace estaba al límite.

Unos metros más y no podría escuchar a Podbe ni a Reia.

“Debo ir por él.

No puedo dejarlo solo en esto”, se decía Aiden mientras comenzaba a caminar hacia donde estaba la pelea.

“¡Corte de garra dorada!”, exclamó Podbe.

De pronto, la pata que lanzó hacia el arma comenzó a agrandarse, y las garras cambiaron a un color dorado resplandeciente.

“Menos quince puntos de maná”, indicó Reia.

El ataque solo desvió la espada de Larot.

“Otra vez tú, animal pulgoso.

Creo que acabaré primero contigo”, le indicó el caballero oscuro al can.

“¿Un perro con habilidades?

¿Cómo puede ser posible?

A menos que…

no, no creo que sea posible”, se formulaba preguntas en su mente el doctor Laos mientras Larot levantaba su espada y la apuntaba hacia el can.

“Maldición, ya casi no queda maná y mis puntos de salud están bajos.

No me puedo mover mucho.

Creo que este es uno de mis últimos ataques”, indicó el perro a su inteligencia artificial.

“¡Es hora de morir, animal!”, gritó Sir Larot con su voz fuerte y resonante.

Pero antes de que el ataque llegara al can, se escuchó un grito de dolor.

Era Eduard, quien había ido al rescate de Podbe.

Del lado derecho de Eduard comenzó a brotar sangre a borbotones, y a unos metros de él se encontraba su brazo cortado.

Donde se suponía que iba el brazo, solo quedaba un muñón o prácticamente el hombro.

“¿Estás bien, perrito?

Qué bueno que pude llegar”, le indicó adolorido, y se desmayó producto del sangrado, con el perro en su brazo izquierdo.

“Pero, ¿qué les pasa a ustedes?

¿Están tan ansiosos en saber quién es el que morirá primero?

Como ya les había dicho, los mataré a todos.

¿Cómo es que…?

Júntense todos para despedirse y ser llevados al otro mundo en un solo golpe”, se rió Larot.

Limpió la sangre de su espada y se preparó para acabar con todos otra vez.

“Es su fin”, volvió a repetir.

“Y esta vez será para siempre”.

Sin embargo, a medio camino se detuvo porque sintió una vibración fuerte detrás de él.

Volteó a ver y donde estaba la gran bestia del portal sin cabeza, comenzó a salir una luz roja intensa y de ella emergió un capullo grande.

El guerrero oscuro cambió de posición y fue directo al capullo, aunque cuando llegó cerca de este, el aura que emanaba lo expulsó hacia atrás.

“¿Qué es esa cosa que me tiene intrigado?”, se decía Sir Larot a sí mismo.

“Esa cosa ha de ser más fuerte.

Ya tengo las ansias de pelear con eso”, se sonreía dentro del casco.

Mientras tanto, el equipo de Podbe se acercaba a Eduard para tratar la herida y darle de tomar el brebaje mágico que cargaba consigo.

“Resiste, viejo amigo”, le decía Adía mientras buscaba el envase con el líquido.

Aiden se acercó a Podbe para regañarlo por no hacerle caso y quedarse en su lugar, pero el perro le indicó que ese era su deber.

“Además, eso es lo que está en juego en el sistema JORGS.

¿Acaso no lo recuerdan, Aiden, Reia?”, les indicó el can.

“Es el sistema que vela por la justicia, orden, gratitud y servicio, para dar esperanza y apoyo al que lo necesite”.

“Así que estuviste escuchando después de todo, pequeño Podbe.

Pero recuerda que tu vida también es importante y nos preocupamos por ti”, dijo Reia.

“Sí, eso es, pequeño perro testarudo”, añadió Aiden, y los tres se dieron un abrazo mental.

Adía volteó a Eduard con ayuda de Gat.

“Estoy bien”, señaló Eduard adolorido.

“¿Y el perro está bien?” “Sí, está bien”, le respondió ella.

“Es bueno saberlo”, le sonrió él.

“Quédate quieto y no te levantes”, le indicó mientras ella conjuraba un par de suplementos para cerrar la herida y parar el sangrado.

“Haz presión en ese lado”, le indicó a Elena, quien colocó gasa en lo que quedaba del brazo de Eduard.

“Toma, María”, le entregó una botella que encontró en el bolso de Eduard.

Al darle el brebaje, la herida de Eduard se cicatrizó.

“Eres un loco, Eduard, casi te pierdo.

No vuelvas a hacer eso”, lloró un poco ella, abrazándolo.

“Perdiste tu brazo”, le indicó ella, a lo que él respondió: “Lo sé, pero tú sabes que siempre protejo a los demás, así me cueste la vida”.

“Viejo loco”, le dijo, dándole un golpe en la cabeza.

Los otros se quedaron atónitos al ver eso, y ella se volteó.

“Marie, si este ataque no lo mató, tú sí”, mirándola a ella que se volteó molesta, pero preocupada por la situación y por su amigo.

Antes de que todos se sintieran tranquilos, vieron cómo el capullo rojo expulsó al caballero negro con el aura que emanaba.

Los doctores Laos y Swang aprovecharon el caos para dirigirse lentamente hacia la salida sin ser vistos, pero al llegar a la puerta y abrirla se toparon con Zeus y su grupo.

“¿A dónde va, doctor?

¿Consiguió lo que necesitamos para crear lo que estamos buscando?”, preguntó Zeus.

Laos, un tanto asustado, le indicó que sí, pero que solo faltaba un pequeñísimo ingrediente.

“¿Y cuál es ese?”, inquirió Zeus, mirando fijamente al doctor.

“El niño, señor”, dijo Laos.

“Ya veo, seguramente Larot se encargará de traerlo”, respondió Zeus.

“Señor, creo que hay algo muy fuerte que emana un poder incalculable en este lugar, y no es Larot, es algo muy peligroso”, expuso Aragón.

“Sí, a eso iba, señor.

Hay algo que salió del otro lado, algo más fuerte que el soldado que mandó a pelear”, le comunicó el doctor.

“¿Algo más fuerte que Larot?

Tonterías, ese sujeto es fuerte.

¿O no?

¿Tú qué piensas, tú que lo conoces desde hace tiempo, Aragón?”, preguntó Zeus.

Aragón pensó un rato y luego indicó: “Puede que sí lo venza, pero le demandará tiempo.

Es mejor que salgamos de aquí inmediatamente”.

“Tonterías, somos lo mejor que tiene esta compañía, nada nos podrá detener”, indicó el general Led.

“Ustedes no sienten esa presencia como Larot o como yo.

Ustedes no dominan el aura”.

“¿El aura?

¿Otra vez con tus cosas?”, le contestó Led.

“El aura es la forma de ver qué tan fuerte es tu oponente con solo sentirlo, o qué cosas te rodean para poder anticipar tu ataque ante cualquier peligro inminente”, explicó Aragón.

“No son tonterías”.

Se podían ver chispas que encendían una riña entre ambos, como si tuvieran una rivalidad de años.

“Suficiente”, dijo Zeus, chocando sus puños.

“Dejémoslo a votación: los que quieren seguir adelante y traer la llave para continuar nuestro objetivo—la llave refiriéndose a Aiden—y los que quieren regresar y salir de aquí”.

Entre los siete votaron empate y Led indicó: “Mi señor, usted tiene la última palabra”, mirando a Zeus.

“Bien, bien.

Yo quiero seguir.

Traigamos al mocoso con nosotros y luego podremos regresar”, dijo Zeus.

Sin más ni menos, todos se miraron y prosiguieron.

Al llegar, vieron el capullo rojo y en una de las paredes a Sir Larot parándose para volver a acercarse al capullo.

“¿Qué será eso?”, se escuchaban susurros entre los presentes.

“Eso, señor, es el guardián del portal, pero no era así en su momento”, señaló uno, mostrando la gigantesca criatura en el suelo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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