El sistema del perro agente - Capítulo 49
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- Capítulo 49 - 49 La Transformación del Guardián
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49: La Transformación del Guardián 49: La Transformación del Guardián El capullo comenzó a abrirse lentamente, revelando una criatura extraña y fascinante.
Primero emergieron unos cuernos que parecían antenas pegadas a lo que debía ser su cabeza, seguidos por unos brazos similares a los de un humano.
Finalmente, el resto del cuerpo se deslizó fuera del capullo con una gracia casi hipnótica.
Una vez que la luz roja que envolvía al capullo se desvaneció por completo, la criatura quedó expuesta ante todos.
Tenía forma humanoide, pero su cabeza estaba adornada con dos pinzas que inicialmente podrían confundirse con antenas.
Su rostro era similar al de un humano, excepto por la nariz, que había sido reemplazada por una estructura similar a la de un insecto.
En lugar de una nariz, poseía unos ojos rojos brillantes con iris azules que parecían arder como brasas.
Su cuerpo estaba cubierto por una piel leonada, y sus manos contaban con cuatro dedos largos y delgados.
Sus pies terminaban en pezuñas, aunque daba la impresión de llevar zapatos debido a su diseño natural.
En su espalda, un caparazón protector albergaba unas pequeñas alas de insecto, aún inmóviles.
Todo su cuerpo tenía un tono rojo tinto, como sangre fresca, y resplandecía con un brillo neón que parecía iluminar toda la habitación.
La criatura examinó sus manos con curiosidad, girándolas lentamente mientras observaba su nueva forma.
Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para seguir inspeccionándose, ya que Sir Larot apareció de repente, blandiendo su espada con una velocidad asombrosa.
Su ataque fue tan rápido que nadie, excepto su amigo Aragón, logró percibirlo.
“Es muy rápido”, murmuraron los presentes, incluyendo al equipo de Zeus, quienes observaban con asombro.
Adía, mientras tanto, se preguntaba cuánto poder podría tener ese caballero oscuro.
Nunca antes se habían enfrentado a un adversario tan formidable que obligara al guardián a evolucionar para enfrentarlo.
Todos esperaban que Larot acabara con la bestia de un solo golpe, como había hecho anteriormente, pero esta vez algo cambió.
El ser emergido del capullo transformó su brazo derecho en una guadaña afilada, similar a las patas delanteras de una mantis, pero mucho más grande y letal.
La criatura emitió un chillido agudo que resonó en los oídos de todos, obligando incluso a Larot a retroceder.
El sonido cesó abruptamente, dejando solo un silencio tenso.
Luego, la criatura adoptó una postura pensativa, mirando a su alrededor con ojos calculadores.
De pronto, una voz resonó en las mentes de todos: “Soy yo, el guardián del portal”.
Su tono era frío y aterrador, más imponente que cualquier cosa que hubieran escuchado antes.
“Mi nombre es Urion, el guardián, y ustedes, humanos, han robado un objeto que estaba bajo mi custodia.
Estuve en mi forma primaria, pero no me dejaron otra opción más que mostrar mi verdadera forma.
Ahora pagarán las consecuencias de sus actos”.
“¿Qué es lo que te han robado?” preguntaron algunos de los presentes.
“Han robado el Corazón Negro, la piedra preciosa más poderosa del universo”.
“Tal vez podamos ayudarte a buscarla y devolvértela”, sugirió Adía con cautela.
“Devolverme las cosas no cambiará nada.
Igual los acabaré por su intromisión y usurpación”, respondió Urion con frialdad.
“Basta de hablar.
Es hora de su juicio”.
Y con eso, cortó la comunicación mental.
Zeus, observando desde las sombras, murmuró para sí mismo: “Así que eso es lo que tomó el doctor.
Interesante.
Con eso podré crear buenos sirvientes”.
Una risa siniestra resonó en su mente mientras planeaba cómo utilizar la piedra para sus propios fines.
“Pronto, dale la poción al perro para que se recupere.
Al menos tendremos una oportunidad contra cualquiera de esos dos monstruos”, dijo Eduard, jadeando mientras señalaba a Podbe.
El perro estaba en malas condiciones tras enfrentarse a Urion en su forma primaria y a Sir Larot.
Pero antes de que pudieran administrarle la opción, Urion lanzó una serie de ondas rojas desde su brazo-guadaña, destrozando todo a su paso.
Nubes de polvo invadieron el aire, producto de las explosiones, obligando a todos a dispersarse.
Urion seguía disparando sin control, hasta que Larot volvió a acercarse, decidido a enfrentarlo nuevamente.
Las armas chocaron con un estruendo ensordecedor, pero el impacto fue demasiado fuerte incluso para el caballero oscuro.
“Maldición”, masculló Larot entre dientes.
Urion lo miró con desdén y activó su telepatía por un breve momento.
“Pobre iluso, ¿crees que puedes ganarme?
Soy un ser superior a ti.
Tal vez mi forma animal no fue suficiente para detenerte, pero en mi forma pensante no hay quien me venza”.
Acto seguido, lanzó un rayo desde sus ojos que impactó directamente en la espada de Larot.
La hoja, que él creía indestructible, se partió en dos, lanzándolo hacia uno de los muros con una fuerza devastadora.
“Esa cosa es muy fuerte”, comentó Zeus con preocupación.
“Todos, vayan y regresen al ascensor.
Tenemos que salir de aquí con el premio”.
“Pero necesitamos al niño”, protestó Laos.
“Sin él, todo esto será en vano y otro fracaso volverá a ocurrir”.
“Si no salimos de aquí, moriremos todos”, exclamó Irina con urgencia.
“Aragón, ¿crees que Larot traerá al niño consigo?” Aragón asintió con la cabeza, y todos entendieron la señal.
Comenzaron a retroceder rápidamente, corriendo como si estuvieran en una carrera contra el tiempo.
Al llegar al ascensor, sudorosos y agotados, activaron la máquina.
Zeus, a través de una computadora portátil, ordenó a sus obreros robots que activaran el protocolo D, que consistía en iniciar la propulsión del ascensor.
Los robots obedecieron al instante, y de la máquina surgieron cohetes que hicieron que ascendiera rápidamente hacia los pisos superiores.
Los presentes se sintieron mareados por la velocidad vertiginosa de la subida.
Al llegar al estacionamiento, los siete jefes, su líder Zeus y los doctores comenzaron a evacuar el lugar.
Gran Zeus les indicó que abandonaran el edificio de inmediato.
En uno de los paneles del estacionamiento, ordenó a los robots de seguridad que hicieran que todos los trabajadores salieran del lugar lo más rápido posible.
“Como desee, señor”, respondió el robot en jefe antes de apagar el monitor.
Una alarma estridente resonó por todo el edificio, más fuerte que la que Podbe y su equipo habían activado al ingresar.
“Así que eso es lo que quieren: el niño que puede abrir una conexión a nuestro mundo”, pensó Zeus mientras escuchaba las conversaciones a su alrededor.
“Ellos tienen lo que se me encomendó proteger.
Sintiendo cómo el aura de la piedra se alejaba del piso siete, mataré al muchacho frente a ellos para hacerlos sufrir y evitar que cumplan con su ambición.
Luego acabaré con todos ellos”.
Urion rió malvadamente en su cabeza, disfrutando del caos que había creado.
De inmediato, el guardián del portal lanzó su ataque de rayos por los ojos, esta vez con una intensidad mayor hacia arriba, creando un gran hueco en el techo.
Todo comenzó a colapsar, y unos tentáculos negros emergieron de su espalda, capturando a Aiden y arrancándolo de los brazos de Podbe.
“¡No, suéltame!” gritó el niño desesperado.
“No otra vez, no voy a abandonar a mi perro otra vez”.
“¡No, Aiden!” gritaron los demás.
María y Billy intentaron alcanzarlo, pero fue en vano.
La gran bestia se elevó por el aire, extendiendo sus alas que había sacado del caparazón de su espalda, mientras toda la estructura se derrumbaba a su paso.
Podbe, dentro de sí, pensaba: “No, Aiden, te había encontrado y ahora te tengo que dejar ir otra vez”.
“Tranquilo, Podbe, ya iremos por él”, le dijo Reia con voz suave, tratando de consolarlo.
“Este es el fin”, murmuraron los dos científicos que estaban con ellos, entrados en pánico mientras veían cómo todo el piso se venía abajo.
Los niños estaban tristes porque no habían podido salvar a su amigo.
Elena, para sí misma, pensaba: “Aún no tuve el tiempo de disculparme contigo, y ahora voy a morir aquí.
Lo siento, Aiden, en verdad lo siento”.
“No hay nada que podamos hacer”, dijo Marie con resignación mientras las estructuras de los otros pisos colapsaban encima de ellos.
A lo lejos, en una de las esquinas, estaba Sir Larot tendido en el suelo con una rajadura en su casco que dejaba ver uno de sus ojos cerrados.
Poco a poco, el ojo comenzó a abrirse, revelando un brillo furioso de color azul oscuro.
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