El sistema del perro agente - Capítulo 52
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52: Misterio, Cámara y ¡Acción!
52: Misterio, Cámara y ¡Acción!
En lo alto del cielo se apreciaba un helicóptero que pasaba por la zona.
En su trayecto, divisó a lo lejos una luz roja que se podía apreciar desde las montañas y que subía hasta el cielo.
—Pronto, ve hacia allá —indicó uno de los presentes dentro de la máquina.
Era un equipo de civiles que les gustaba andar por la zona buscando cosas extrañas o paranormales.
El equipo estaba conformado por Kile Rosas, un profesor de una universidad respetable que buscaba encontrar respuestas a cosas misteriosas.
Tenía unos sesenta años, poco pelo y llevaba gafas grandes como de botella.
Su ayudante, Philip, era un joven universitario que lo apoyaba en todas sus locas aventuras con la cámara.
Estaba becado, sin paga, y solo necesitaba las recomendaciones del profesor, aunque le intrigaban este tipo de cosas paranormales.
Además, estaba su fiel conductora, Michele, una joven que disfrutaba pilotear todo tipo de naves y autos.
Claro, no lo hacía gratis, ya que necesitaba dinero para pagar sus gastos, y lo bueno era que el profesor tenía dinero de sobra.
—Debe tratarse de un fenómeno grande y tendremos la primicia.
No sin antes llamar a una fuente confiable para que cubra el descubrimiento —dijo el profesor Kile, mientras tomaba su celular y comenzaba a marcar.
La llamada comenzó a sonar y del otro lado el teléfono comenzó a timbrar.
El profesor decía: —Vamos, contesta.
Esto será algo bueno para ti.
Vamos, vamos…
En eso se escuchó una voz de mujer: —Hola.
—Hola, Melisa —dijo el profesor.
Melisa Crig era una amiga del profesor, aunque algunos decían que habían sido algo más.
—Hola, profesor.
Ya le dije que no me llame por tonterías como las otras veces —indicó ella.
—Tranquila, Melisa.
Esta sí es una noticia de verdad.
Te mando a tu celular lo que he estado viendo —pronto, el profesor envió las fotos por el chat de su teléfono al de ella.
—¿Es en serio?
—Sí, y la luz continúa saliendo y saliendo.
Ha de ser algún avistamiento de algún alienígena —indicó el profesor.
—Está bien, iré.
Pero si es otra mentira como lo del monstruo del lago Ness, no me vuelva a dirigir la palabra —le dijo ella.
—No te preocupes, esta vez es real.
¿Cuánto tiempo te demorarás en llegar?
—le preguntó él.
—Me imagino que quince minutos si no hay tráfico —le respondió ella.
—Bien, te envío las coordenadas.
Ven pronto, nosotros nos estaremos acercando para captar más en la zona.
—Ok, nos vemos allá.
Pero, profesor, con cuidado —indicó ella.
Se colgaron los dos.
Melisa se terminaba de lavar los dientes mientras terminaba de colgar.
Comenzó a textear a Creg, su camarógrafo, indicándole que la debían recoger lo antes posible y presionó enviar.
De inmediato, Creg le envió un emoticón con la mano arriba, haciendo la señal de “ok”.
Terminó de escribir y comenzó a bajar las escaleras, puesto que su departamento era de dos pisos.
Bajó a la sala, la cual tenía amueblada con muebles de color rojo con mangos y respaldares de color caoba y almohadones de color blanco que hacían juego con el piso.
Cogió un abrigo marrón de uno de estos sillones, se lo colocó y abrió la puerta.
Al abrir la puerta, se pudo ver a una mujer de unos veintiocho años, emprendedora, siempre luciendo radiante y enfocada en la noticia, siempre buscando la verdad.
Estaba maquillada, con su lápiz labial rojo y su cabello marrón corto que hacía juego con su abrigo.
Bajó las pequeñas escaleras del pórtico y vio la camioneta del noticiero.
Detrás de la camioneta, se abrió uno de los lados como deslizando la puerta.
Dentro de ella estaba una persona corpulenta con lentes y cabello ensortijado, también con gafas porque era corto de vista, y como siempre, con una camisa hawaiana.
Era Creg, que la saludó y la hizo pasar al instante junto con todas las máquinas que llevaba atrás, cerrando la puerta.
En la parte delantera había tres asientos y en el asiento del conductor se encontraba otra persona, parte importante de su equipo.
Era Ian, un chico joven que le gustaban los coches y siempre andaba con su cigarro, aunque algunos especulaban que fumaba algo más fuerte, pero sin confirmar.
Siempre llevaba su gorro de lana y sus lentes de sol, lo que lo hacía parecer un chico a la moda, o eso era lo que él pensaba, pero era buena gente.
—Hola —le indicó el muchacho a Melisa—.
¿Para dónde vamos?
—Así —respondió Melisa, mientras le entregaba las coordenadas a las que deberían ir—.
Debemos llegar lo antes posible, no me falles, Ian.
—Ian le indicó—.
¿Cuándo te he fallado, preciosa?
—y, tomándole una foto al teléfono de ella, ingresó las coordenadas en una aplicación de su dispositivo.
—Bien, sujétense, vamos a volar —dijo él, mientras hacía que el vehículo avanzara de cero a cincuenta en un santiamén.
Simultáneamente, el profesor y su equipo seguían avanzando con el helicóptero hasta que, al acercarse, una fuerte onda los hizo tambalear, casi haciendo que Michele perdiera el control de la nave.
—Sujétense —les indicó mientras maniobraba.
Luego de un rato, les comentó a los otros dos que deberían bajar; algo anda mal con la nave.
Al descender, se dio cuenta de que el depósito de combustible tenía una rajadura.
—Creo que no vamos a poder volar de nuevo pronto si no reparo esta fuga —le indicó al profesor.
—Está bien —respondió el profesor, algo molesto porque quería ver qué escondían esas luces.
El misterio lo llamaba.
Su ayudante solo lo observaba mientras le preguntaba a ella si podía ayudarla.
Ella le respondió que le pasara la caja de herramientas que estaba donde se habían sentado.
El muchacho cogió la caja y se la pasó, haciendo que se tocaran las manos por un momento.
Ambos pudieron sentir chispas, chispas de amor.
Se sonrojaron, pero luego cambiaron de tema cuando el profesor se acercó molesto hacia ellos, pidiéndole unas cosas al muchacho.
A medida que el profesor avanzaba, pudo ver algo a lo lejos acercándose rápidamente.
Le pidió unos binoculares a su ayudante y pudo ver una camioneta que levantaba polvo mientras se acercaba.
—¿Será…?
No creo…
—decía el profesor, siguiéndose preguntando hasta que se puso los binoculares y vio el logo del canal donde trabajaba la reportera Melisa.
—Vaya, sí que son rápidos.
Son ellos.
Estamos salvados.
En carro llegaremos rápido al lugar mientras tú, como piloto, solucionas el inconveniente del helicóptero.
El profesor hizo señas y le indicó a Philip que hiciera lo mismo.
Ambos parecían dos monos tratando de atraer algo.
Cuando el vehículo en el que venía Melisa estaba cerca de ellos, el conductor pasó de largo, pero ella le indicó: —Ese es el profesor.
Espérate un momento y retrocede.
El joven frenó en seco, levantando polvo que hizo toser a los tres que estaban fuera del helicóptero.
De uno de los lados de la camioneta salió Melisa y le dijo: —Hola, profesor.
¿Qué ocurrió?
—Tuvimos un inconveniente cuando nos acercábamos al lugar de esas luces.
Se sentía como si nos estuviera empujando —indicó Philip.
—¿Y tú eres…?
—preguntó Melisa.
Se sintió un silencio incómodo por un momento y el chico no sabía qué decir.
—Ah, disculpa —interrumpió el profesor Kile—.
Este es mi ayudante Philip, y ella es mi piloto.
A ella sí la conoces —le indicó el profesor.
—A ella sí.
Hola, Michele —fue a saludarla Melisa, dejando al muchacho con la mano levantada.
Creg aprovechó para saludarlo, diciendo: —Yo soy Creg y nuestro chofer es Ian.
—Mucho gusto —les dijo Philip.
—No te preocupes, a veces Melisa es un poco brusca con los nuevos —le susurró Creg al chico.
—Profesor, entonces tuvieron un percance —le preguntó Melisa.
—Sí, pero debemos llegar pronto antes de que esas luces desaparezcan —contestó el profesor.
—Bueno, pueden venir con nosotros en los asientos de adelante con Ian.
Y tú, Michele, puedes ir atrás con nosotros.
—Creo que me quedaré un rato por aquí, Melisa.
Debo arreglar este bebé, es mi fuente de ingreso.
—¿Estás segura?
—le comentó el profesor.
—Sí, profesor, vaya nomás y vea lo que tenga que ver, luego yo lo recojo.
Sin más ni menos, el profesor y Philip subieron adelante mientras los otros dos se quedaron atrás como venían.
Ian aceleró a medida que se despedían de Michele, que desaparecía en el retrovisor con cada avance del vehículo terrestre.
El carro siguió avanzando, pasaron las dos montañas, pero no se sintieron ninguna de las trampas activarse puesto que, al Urion destruir el edificio, se desactivó la energía.
Pasaron las montañas y pudieron ver un edificio partido a la mitad y una gran nube de polvo acercándose a ellos.
—Cierra las ventanas —le indicó Melisa a Ian, quien rápidamente apretó el botón de cerrado.
La camioneta parecía haber desaparecido entre toda esa nube de polvo.
Creg tecleó unos comandos en el teclado y, en las pantallas que había en la camioneta, activó una cámara del techo, permitiendo divisar una nube de polvo en el perímetro.
Luego de un momento, se disipó y pudieron ver cómo un edificio estaba partido en dos.
—Pero, ¿cómo puede ser?
—exclamó el profesor—.
En esta zona no había ningún edificio y menos una empresa.
—Pronto, haz un acercamiento —indicó Melisa a Creg—.
Ahí dice “Ra” y, si vas al otro lado…
—sugirió ella.
Creg movió la cámara al otro lado y vio la palabra “Dar”.
—”Radar” debe ser —indicó Melisa, quien pronto sacó su teléfono y comenzó a revisar datos sobre esa empresa.
Le pareció familiar ese nombre, comenzó a pensar y recordó: —¿No es esa la empresa de la cual Nora estaba haciendo una investigación antes de desaparecer?
—¿Te refieres a Nora Ribs, esposa de Mike Laros?
—preguntó Creg.
—Sí, esa misma —le respondió ella—.
¿Qué hace esa compañía aquí escondida sin que nadie sepa su ubicación?
—se cuestionaba ella.
Pronto, Melisa miró en el monitor.
—Hay una cosa monstruosa saliendo del centro del gran hueco con alas.
¿Qué será?
—se preguntaba Creg.
—¿No puedes hacer un acercamiento?
—preguntó ella.
—Lo siento, no creo.
Es lo máximo que llega el zoom —indicó Creg, ofuscado.
—Esperen, esa cosa comenzó a descender y luego a caminar —indicó el profesor, que había volteado para mirar las pantallas de atrás—.
Y al parecer, creo que tiene algo en su costado —indicó Philip, que se unió a la conversación.
Todos estaban mirando el monitor en la camioneta, incluso Ian.
La cosa humanoide comenzó a salir y, conforme las cámaras seguían grabando, la imagen se hizo más clara.
—Miren, es como una especie de insecto, pero con cuerpo de león, creo —indicó Creg.
La criatura sacó unas armas de sus brazos y comenzó a cortar a las personas a su alrededor.
—¿Qué maldita abominación es esa cosa?
—dijo Melisa—.
Seguro es un experimento que salió mal de esa compañía —se preguntaba a sí misma.
—Miren, lo sabía, tenía algo.
Parece un niño —indicó Philip.
—Sí, es cierto —le replicó Creg.
—Esto debemos reportarlo —indicó Melisa, quien llamó a su jefe, Mark Web—.
Jefe, tengo una súper noticia y creo que será una bomba.
Podemos transmitirla de inmediato, es algo de suma importancia.
—¿Ah, eres tú, Melisa?
¿Qué tienes?
—le preguntó la voz en el teléfono.
—Es sobre esa empresa que Nora estaba investigando, ¿se acuerda?
—dijo Melisa.
—¿Nora Ribs?
¿Te refieres a esa y su historia que nunca llegó sobre Radar, y me tuve que disculpar?
Perdí muchos ratings y auspiciadores, aparte de mi credibilidad ese día —respondió el jefe con tono serio y un tanto molesto.
—¿Y qué tal si le digo que puede resarcir ese error y restregárselo en la cara a esos que no creyeron en usted?
—le comunicó ella.
—A ver, dime más.
¿Qué es lo que tienes para mí?
—le cuestionó el jefe.
—Tenemos la exclusiva.
Nadie ha llegado a este lugar y si me pone al aire ahora, no se va a arrepentir —le precisó ella.
—Y recuerda que quiero crédito para esta historia —indicó el profesor.
—¿Quién es ese?
—preguntó el jefe.
—Es el profesor Kile Rosas, que está conmigo —le dijo Melisa.
—¿Ese lunático?
—indicó el jefe, luego de que Melisa moviera el teléfono de vuelta hacia ella—.
Señor, por favor, pido una oportunidad.
Esta puede ser la noticia de su vida.
¿Cuándo le he fallado yo?
A ver, dígame —le preguntó ella.
El jefe pensó por un rato y luego le dijo: —De acuerdo, nunca me fallas en tus reportajes, y si necesitas un directo, pues vamos al aire.
¿Estás con Creg?
—Sí, señor —le indicó ella—.
Bien, dile que entre a la línea cinco, y en tres, dos, uno, nos conectamos.
—Entendido —le dijo ella, al momento de colocarlo en altavoz para que Creg ejecutara los comandos.
—Gracias, jefe, nos vemos.
Voy a realizar mi trabajo —indicó ella, cortando la comunicación.
—Bien, dame la pauta, Creg.
¿Cómo está afuera?
—se despejó la nube de polvo —indicó Ian, que también miraba los monitores.
—Pues bien, salgamos a cubrir la noticia más grande —indicó ella.
—¿Quieres salir, Melisa?
¿Acaso estás loca?
—le indicó Creg—.
Necesitamos esa noticia.
¿Acaso no somos periodistas que vamos en búsqueda de la verdad?
—dándole varios argumentos a favor para convencer a su compañero.
Al final, logró convencer a Creg, quien puso una cara de emoción.
Sin más ni menos, respiraron un rato por los nervios de salir a dar la noticia y ver esas escenas horribles del monstruo.
Melisa salió del carro con Creg atrás y le indicó: —En tres, dos, uno vamos al aire.
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