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El sistema del perro agente - Capítulo 56

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56: El Gran Lobo Galáctico 56: El Gran Lobo Galáctico El nuevo ser que resurgió y que del cuerpo de Podbe se transformó, lanzó un gran aullido al cielo.

De su hocico emergió una especie de rayo dorado que parecía salir fuera del cielo hasta el espacio exterior.

El brillo que despedía era cegador y pequeñas ondas salían de este, haciendo que todo aparato a la redonda se apagara, incluyendo las cámaras y los celulares.

Los televidentes en sus casas se quedaron con ganas de poder seguir viendo a la nueva criatura que entró en el campo de batalla.

Algunos pensaban que ese perro no era de este planeta; otros pensaban que ni en sus sueños más locos imaginarían una criatura tan majestuosa y mística.

Lastimosamente, todos se tuvieron que quedar con las ganas de saber más, ya que solo se podía ver en los televisores y pantallas “transmisión interrumpida”, y solo se escuchaba estática.

—¡Rápido, filma allá!

—le indicó Melisa a Creg—.

Es algo genial y grande, haz un acercamiento.

El camarógrafo comenzó a ver por su lente, pero la imagen salía lejana.

“¿Qué rato?” se preguntó.

Miró el monitor de la cámara y vio que estaba apagado.

Le indicó que no podía ver nada por la cámara.

—Parece que se averió —dijo Creg.

—Entonces utiliza tu celular —respondió Melisa.

Creg tomó su celular, pero al igual que todo el equipo, no funcionaba.

—Te paso el mío —dijo ella, pero también vio que su celular estaba apagado—.

¡Maldita cosa, justo ahora!

—Genial, ahora no podremos cubrir esta gran historia sin precedentes —dijo ella molesta.

—Al parecer, creo que ese aullido de ese animal ha apagado todo aparato —respondió Creg, y ella solo atinó a tirar su teléfono al suelo.

En el lado donde estaba Marie y los otros, ella estaba con el teléfono hablando con el jefe cuando no escuchó nada del otro lado.

Vio que el teléfono estaba apagado.

El jefe, al otro lado, decía: —Hola, hola, hola, Marie.

Uno de los presentes en la sala le indicó que, al parecer, ese aullido del lobo desactivó toda fuente de energía a la redonda.

—Estamos analizando qué tan grande pudo ser el radio del apagón.

Revísenlo de inmediato —indicó el jefe mientras colgaba la llamada y colocaba sus manos en la boca en acción de pensar.

Pensó por un rato y llamó a una persona.

Se oía voz de mujer.

—Necesito a todo tu equipo y una respuesta rápida para solucionar este inmenso problema.

Hagan lo que tengan que hacer.

La persona al otro lado se rió e indicó: —Ok.

El jefe cortó.

—Es verdad, ¿por qué tú sigues funcionando?

—le preguntaron los niños a Tron.

Este les indicó que él no había sido hecho con componentes de este mundo e hizo como si se riera con las ondas en donde estaba su boca.

Dani y Gin indicaron que, producto de ese gran rayo que salió con el aullido, se desactivaron todos los aparatos eléctricos y electrónicos.

Le comentaron esto a los demás.

Marie, lo único que hizo fue guardar el aparato que estaba inservible en ese momento.

“Bueno, al menos hemos ganado algo de tiempo mientras el equipo C hace su jugada”, pensó ella, imaginando que el jefe iba a hacer eso.

Una vez que el nuevo Podbe, por decirlo así, no escuchó lo que decía Aiden.

“¡Podbe, Podbe!”, lo comenzó a llamar.

“¿Eres tú?”, decía mientras el muchacho trataba de tener la conexión que tenía con su can, pero sin éxito alguno.

El lobo gigante terminó con su aullido, bajó la mirada y sus ojos se posaron en una sola cosa: en Urion.

Al verlo, comenzaron a encenderse como si chispas salieran de ellos.

Gruñó y, con el hocico, sacó de sus patas delanteras las galaxias que llevaba en ellas.

Eran como una especie de platillos voladores y los comenzó a lanzar hacia el guardián.

De pronto, varias de estas comenzaron a ser lanzadas rápidamente por el animal.

Urion, al ver que se le acercaban los objetos, se comenzó a mover en zigzag, pero al caer los objetos en el suelo, explotaban, haciendo que esas mini explosiones lo empujaran y le causaran daño.

—¡¿Qué?!

—decía Urion incrédulo de cómo esas cosas lo afectaban a pesar de intentar escapar de ellas—.

¿Y por qué sigo teniendo miedo de ese ser?

—se preguntaba mientras las esquivaba.

El animal seguía molesto y, desde donde estaba, se vio un haz de luz que hizo que desapareciera de su posición y apareciera al costado del guardián como si hubiera corrido rápidamente.

Se posicionó cara a cara con Urion.

Abrió su gran hocico para engullir a su enemigo y este último cambió sus manos de guadaña a manos normales para protegerse de los grandes y filosos colmillos del ser.

Con gran esfuerzo, logró liberarse en el último minuto, pero se veía agitado y empapado en sudor.

—¡Maldito animal, cómo osas ridiculizarme!

—se decía a sí mismo, puesto que quería conectarse solo con el animal, pero parecía que no—.

Ya veo, no entiendes o no puedo contactarte.

Estás como poseído por alguna extraña fuerza —indicó Urion—.

Me las vas a pagar.

En cuanto activó sus rayos oculares, lanzó una gran ráfaga de rayos hacia el lobo.

Una gran explosión se pudo ver en donde estaba el nuevo can.

—¡Oh, no, Podbe!

—indicó Aiden mientras Urion acababa de desactivar su ataque.

La nube de polvo que se alzó en ese lugar comenzó a disiparse y se pudo ver al ser como si nada.

Cerró su hocico y sacó su lengua como relamiéndose; al parecer, se había comido el rayo.

—¡Qué alivio que estás bien, pequeño!

—le gritaba Aiden, pero sin respuesta alguna.

Los demás se quedaron atónitos al ver que ese gran ataque que destruyó el edificio y abatió a los soldados no le hizo nada al nuevo ser animal.

—¡Bien, Podbe!

—indicaron los tres, Elena, María y Billy, contentos desde su posición—.

¡Vamos, Podbe, acaba con ese sujeto!

—le indicaban ellos, mientras los otros a su lado pensaban lo mismo.

El nuevo lobo perro lanzó un eructo producto de haber ingerido el rayo.

Urion sudaba frío, por así decirlo, porque no creía que su ataque más poderoso fuera neutralizado tan fácilmente.

“No, no puede estar pasando”, se dijo, y se abalanzó hacia el lobo Podbe con sus dos guadañas.

Mientras eso ocurría, Zeus y los doctores Laos y Swang comenzaron a retroceder y se refugiaron detrás de una roca para protegerse de cualquier daño colateral.

Se lanzaron miradas de impotencia e impaciencia por no poder lograr que su sueño se hiciera realidad.

Simultáneamente, los líderes del equipo de Zeus habían terminado la búsqueda de personas y se reunieron en el lugar pactado.

Solo lograron recuperar a setenta personas, algunas heridas y otras que no podían caminar.

Lastimosamente, no les podían dar primeros auxilios, puesto que los robots estaban inactivos producto de lo que el nuevo Podbe había realizado.

Zeus retrocedió hasta la roca y se encontró con dos personas: Melisa y Creg.

Creg lo miró con curiosidad.

—Yo te conozco.

Tú eres el dueño de la empresa Radar.

¿Qué estaban haciendo allá?

¿Acaso esos dos son experimentos que se salieron de control?

—comenzó a preguntar el camarógrafo al dueño de Radar.

Melisa, furiosa, lo miró de reojo.

—Así que usted es el que ha cometido tantos crímenes y ha salido impune de todos.

Cuénteme, ¿qué pasó con Rita Ribs?

Zeus los miró tranquilamente, aunque por dentro quería acabar con ellos.

—No sé de lo que habla, jovencita.

¿Tiene alguna prueba de ello?

No puede calumniarme de ese modo.

Soy una persona respetuosa y de una reputación intachable.

No me meto en asuntos turbios y no conozco ese nombre.

Aunque Melisa notó que, al mencionarle ese nombre, el rostro de Zeus mostró una especie de tic.

Los siete líderes que acompañaban a Zeus se acercaron a él, preguntándole si todo estaba bien, mientras miraban a la joven reportera.

Zeus respondió: —No, solo cosas de la prensa.

Pero como no tienen forma de seguir trabajando, quieren contar cosas sin sentido —se había dado cuenta de que la tecnología en el lugar no funcionaba—.

Bueno, si no tienen nada que hacer, no me estén preguntando tonterías.

Además, tengo que velar por mis trabajadores.

Si saben de primeros auxilios o algo, pueden venir conmigo; si no, quédense aquí.

Se volteó hacia sus hombres y les preguntó cuántos habían sobrevivido y que lo llevaran al lugar.

Su general le indicó: —Setenta, pero algunos están muy mal heridos.

—¿Setenta?, ¿eh?

—Zeus se tocó la cara con la mano en acción de pensar—.

Eso ni siquiera es la cuarta parte de toda mi gente —les dijo un tanto molesto—.

Bueno, quiero hablar con ellos.

Tú, Aragón, ve y busca algún suplemento para curar a los enfermos.

Y tú, Lady, crea algo que nos ayude a mandar una señal a alguna de nuestras bases para el rescate.

Creg bajó la cámara, que no tenía sentido seguir llevando, y al ver que Melisa, molesta, quería seguir al jefe de Radar, se le puso delante, colocando su brazo para que no avanzara, y le susurró: —No, Melisa, déjalo por ahora.

No podemos hacer nada.

Sé que sientes la misma impotencia que yo por descubrir la verdad, pero ese tipo tiene muchas conexiones y un gran poder que podrían acabar contigo y nadie podrá encontrarte.

No te arriesgues, no vale la pena.

Luego, volteó y le dijo: —Ya habrá tiempo para que caiga.

Chocando los puños, Melisa nunca había visto a Creg tomar valor de esa forma, lo que hizo que se calmara un poco, aunque Creg se moría de miedo por toda esa gente.

No lo demostraba, pero estaba sudando de los nervios.

Mientras tanto, Ian, el profesor y su ayudante se acercaban por detrás.

—¿Todo bien?

—le indicaron ellos—.

Hemos venido porque las máquinas dejaron de funcionar —indicó el profesor.

—Y el carro también —añadió Ian, que sacó un cigarro para relajarse, según él.

—Sí, todo bien, pero acabo de perder una gran oportunidad al no poder grabar las cosas y llegar a la verdad —le respondió Melisa más relajada.

—Sí, señor —indicaron los dos, que procedieron a irse mientras él y los restantes continuaban hacia donde estaban los heridos.

Aragón se decía en su interior: —Larot, espero que estés bien.

Aún puedo sentir tu aura, débil pero aún la siento.

Luego iré por ti, te lo prometo.

El insecto con medio cuerpo de león llegó donde el gran lobo, lanzando sus dos guadañas hacia este, pero el gigantesco can se protegió lanzando sus garras, que eran más grandes que las suyas cuando utilizaba su ataque de corte de garra dorada.

Sus garras rompieron las dos guadañas de Urion, quien chilló de dolor.

Sangre morada salió de donde estaban sus brazos.

—Estúpido perro crecido, no puede ganarme.

No puede estar pasando esto —se volvió a decir a sí mismo el guardián.

Urion retrocedió y comenzó a incrementar su nivel de poder.

Un aura roja maligna comenzó a recorrer todo su cuerpo.

El Podbe gigante fue hacia donde estaba y le lanzó un coletazo, haciendo que su enemigo saliera volando por los cielos hasta llegar a una roca que destrozó con la caída.

El equipo con el que estaba Podbe seguía vitoreando y sintiéndose emocionado por ver la destreza de este nuevo Podbe, pero Aiden, donde estaba, no se sentía bien y pensaba que algo andaba mal con Podbe, que no respondía a sus llamados.

El súper lanzó nuevamente sus discos giratorios en forma de galaxias nebulosas y, de su pelaje, lanzó un montón de estrellas como misiles hacia donde estaba Urion.

Explosiones se vieron por la zona en la que cayó Urion.

Un pequeño hongo de humo se pudo divisar una vez que Podbe paró de lanzar sus ataques.

—Con eso ya debe haberlo vencido —decían todos—.

No creo que sobreviva a tal ataque —se preguntaban tanto los compañeros del can como el equipo de Zeus, los reporteros que cambiaron su cara de molestia y amargura por no continuar en el aire con la noticia por una de alegría al ver que el animalote había destruido al guardián o eso es lo que se pensaba.

Aiden comenzó a acercarse al gran perro.

—Podbe, ¿estás ahí dentro?

Por favor, contéstame.

Pero el gigante animal no entendía de razones ni nada.

Parecía ido y no reconoció al muchacho que se acercó desde atrás de él sin hacer ruido.

Abrió su hocico y se tragó al niño.

Todos los presentes se quedaron anonadados por lo que había pasado.

—No, ¿cómo puede ser eso?

—decían, incluso los malos.

Zeus volteó antes de llegar donde los heridos y se tornó rojo de furia por perder al muchacho después de todo esto.

Un gran “¡no!” se escuchó en el ambiente, por María y Billy, mientras Elena se arrodillaba triste, diciendo: —Este será nuestro fin.

Lo mismo que le pasó a Aiden nos pasará a nosotros.

Mientras veían, el gran lobo posaba sus ojos sobre todos ellos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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